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Un atentado terrorista en Afganistán acaba con la vida de los soldados españoles Rubén Alonso Ríos y Juan Andrés Suárez García que estaban en misión humanitaria

HECHOS

El 9 de noviembre de 2008 se conoció la muerte en Afganistán de Rubén Alonso Ríos y Juan Andrés Suárez García.

10 Noviembre 2008

Muerte en Afganistán

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

Es necesaria una reflexión sobre la estrategia política y militar seguida contra los talibanes

Dos soldados españoles resultaron muertos, un tercero herido de gravedad y tres leves a consecuencia de un atentado al sur de Herat, en Afganistán. El número de militares españoles fallecidos en este conflicto se eleva, así, a 87, confirmando que se trata de la misión internacional más peligrosa en la que han participado nuestras tropas desde 1989, fecha en la que comenzaron a integrarse en operaciones de mantenimiento de la paz. Este atentado exige reiterar el reconocimiento sin reservas a la labor de las Fuerzas Armadas.

El de ayer no es un episodio aislado. Se enmarca, por el contrario, en un avance sostenido de los talibanes, que el pasado mes de julio lanzaron la mayor ofensiva contra la presencia internacional desde el inicio de la guerra en 2001. No se debe actuar bajo la presión de los acontecimientos, y menos aún cuando se trata de un conflicto en el que no sólo está en juego el futuro de Afganistán. La sola posibilidad de que los yihadistas reconstruyan el santuario que encontraron bajo el régimen talibán supondría quedar a merced de los mismos riesgos que se hicieron realidad el 11-S y en otros mortíferos atentados, entre ellos el que tuvo lugar el 11 de marzo de 2004 en Madrid. Pero, además, certificaría una derrota de la Alianza Atlántica y de Naciones Unidas que alentaría las expectativas de Al Qaeda y otros grupos terroristas afines.

La llegada de Barak Obama a la Casa Blanca, un presidente que se opuso a la guerra de Irak pero que concede la máxima importancia a la misión en Afganistán, podría facilitar la petición de fuerzas adicionales a los aliados. De producirse, esta propuesta debería ser sopesada con tanta lealtad como rigor, puesto que la solución del avispero afgano no pasa sólo por incrementar las tropas; sería preciso reconsiderar, además, la estrategia militar y la aproximación política y diplomática seguidas hasta ahora en un país capaz de desestabilizar Estados limítrofes, como Pakistán. Sin una respuesta clara a estos puntos, las posibilidades de fracaso se multiplican.

Las tareas previstas por Naciones Unidas y la OTAN al enviar las tropas no coinciden con la realidad que hoy se vive sobre el terreno. La reconstrucción de un país devastado por el fanatismo y por años de guerra no será viable bajo el hostigamiento creciente y los continuos sabotajes contra las fuerzas internacionales por parte de los talibanes. Tampoco sin erradicar la corrupción del régimen afgano y sin un compromiso inequívoco de Pakistán, cuyo Gobierno se encuentra atrapado entre dos fuegos, las exigencias internacionales y la infiltración de yihadistas en las estructuras del Estado.

Estos momentos de transición entre dos presidencias en Estados Unidos resultan especialmente peligrosos. Nada impediría, sin embargo, que los aliados abrieran ya una reflexión sobre el sentido que pretenden dar a su presencia en Afganistán, para, a continuación, redefinir la estrategia y estimar los medios necesarios.

11 Noviembre 2008

La obscenidad de Chacón

César Vidal

En pocas circunstancias -y no han faltado- ha dado mayores muestras de bajeza moral el gobierno de ZP que en lo relacionado con la guerra de Afganistán. Durante años, ha negado -a sabiendas de que era mentira- que nuestras tropas en la zona se encontraban en un conflicto bélico, ocultando tal circunstancia bajo el eufemismo vergonzante de la misión de paz.

Pero si ya tamaño comportamiento es de por sí escandaloso, aún más lo ha sido el de buena parte de los protagonistas de las últimas horas. Cuando ha tenido lugar la muerte de otros dos soldados españoles en Afganistán, nos hemos visto obligados a asistir a lo que sólo puede considerarse un ejercicio desvergonzado de obscenidad por parte de la ministra de Defensa. Los antecedentes de la Chacón son, desde luego, obvios. Chacón es la política que, en su día, se solidarizó con un cómico del tres al cuarto que «se había cagado en la puta España» diciendo que ella también era Rubianes. Chacón es la ministra que ha convertido en primer objetivo de su ministerio el integrar a la mujer en las FF AA, pero no en dotar a nuestras tropas del equipo necesario. Chacón es la ministra que se ha preocupado de cambiar los uniformes femeninos en el Ejército, pero no los carros de combate sustituyéndolos por otros dignos. Chacón es la ministra que pertenece a un gobierno que consiente que personajes como Touriño se gasten en automóviles innecesarios lo que podría dedicarse a blindados indispensables para nuestras tropas. Chacón es la ministra que ha apoyado unos presupuestos que significan un recorte del 7% en el gasto de Defensa a la vez que se incrementaba en un 22% los del absolutamente inútil Ministerio de Igualdad, todo ello sin decir ni mu. Chacón es la ministra que milita en el PSC, ese partido catalanista que ha arrancado a los españoles la parte del león para infraestructuras y que se dedica a abrir embajadas de Cataluña en el extranjero porque hay que darle un trabajo a Apeles, el hermano de Josep Lluís. Chacón es la ministra que se permite -al estilo del CAC y del gobierno del bachiller Montilla- excluir a medios de comunicación de sus viajes, como hizo recientemente con la cadena COPE. Chacón es, en última instancia, la ministra que no se ha atrevido a enfrentarse con la prensa este fin de semana porque sabe hasta qué punto es culpable de que nuestras tropas se jueguen la vida sin contar con un equipo suficiente -el que tienen los otros ejércitos que están en Afganistán- que pueda salvarlos en episodios como el de las últimas horas. Con ese historial a sus espaldas, seguramente, muchos de los lectores comprenderán que pocas veces en mi vida haya sentido tanto asco, tanta repugnancia y tanta indignación como hace unas horas al ver a la ministra de Defensa eludiendo a un grupo, sin duda fiero, de periodistas y leyendo un papel en el que expresaba su admiración por unos soldados a los que no ha atendido ni un solo minuto desde que se hizo con la poltrona ministerial. Ningún hombre de honor hubiera incurrido jamás en semejante conducta. La Chacón ni es un hombre ni tiene honor. Bastaría, pues, con que dimitiera y nos librara a todos de tener que contemplar tanta obscenidad.

César Vidal

11 Noviembre 2008

Las buenas lágrimas

Alfonso Ussía

Aquí en España, se llora por cualquier tontería. Las folclóricas y las actrices no han dado buen ejemplo. Somos de carcajada mostrando las encías riendo ordinarieces y procacidades, y de llantos incomprensibles y plañideros por asuntos menores. Meses atrás, en un programa de televisión, la actriz Concha Velasco se encontró con una compañera de profesión a la que no había visto durante seis meses y se pusieron a llorar.

Ya me dirán. Esas lágrimas no pueden compararse con las de los familiares de los dos soldados de España muertos en Afganistán. «Estamos destrozados, pero se fue de voluntario y loco de alegría». «Ha muerto el único hijo que tenía y el padre de mis dos nietos». «Sólo pedimos intimidad y respeto». Las buenas lágrimas. Nuestros últimos soldados caídos se llaman Juan Andrés Suárez García  y Ruben Alonso Ríos, brigada y cabo primero, respectivamente. El segundo apenas llevaba dos semanas en el sur de Herat, impactó con su furgoneta bomba con un vehículo militar español. Dos soldados de España muertos y cuatro heridos, uno de ellos de gravedad. Sus familias saben que ellos cumplían voluntariamente una misión, y que conocían el riesgo de su profesión y vocación militar. Y lloran lágrimas de tristeza aliviadas por el orgullo de tener a sus hijos en el espacio de los héroes.

No serán los últimos. Los militares interpretan la muerte de otra manera que los que no lo somos. Para ellos la muerte es una compañera más que ninguno desea, pero de presentarse de golpe ante sus vidas, la aceptan por inevitable. Y visten a la muerte de trabajo, cumplimiento del deber, servicio a España, entrega a la paz y orgullo de soldados. Lo hacen en desiertos lejanos, porque su deber está por encima de la comodidad, de la seguridad y de la propia vida. Por eso sus familias son como ellos, y asumen con un valor indecible el dolor de su tristeza.

Con la muerte de nuestros soldados no se puede hacer política. Están ahí porque España se ha comprometido y tiene soldados para cumplir ese compromiso voluntariamente. Y si tienen que ir más militares, irán orgullosos y felices, aún conociendo los muchos riesgos que asumen. En algunos medios he leídos y oído críticas fuera de tiempo y oportunidad. Que si el vehículo atacado, un BMR, tenía 30 años de antigüedad. ¿Han visto como ha quedado la furgoneta terrorista? ¿Creen que un BMR con cinco años de antigüedad hubiera resistido? A nuestros soldados, los de hoy y los de ayer, no los ha mandado un Gobierno conservador o socialista, sino España y sus compromisos internacionales. Ha declarado recientemente Obama, presidente electo de los Estados Unidos, que el incremento de la presencia militar estadounidense en Afganistán es beneficioso, recomendable y seguro. Cuando muere un soldado español cumpliendo sus deberes de militar y lo que es más grandioso, cumpliendo los deberes que como militar él se ha impuesto voluntariamente, no caben preguntas con intención política. Se merecen nuestra gratitud, nuestra admiración, nuestro recuerdo y nuestras mejores lágrimas. Se merecen que estemos con ellos y junto a ellos, no sólo en la muerte, sino también en la vida, en la que tanto y tantos les fallamos. Un debate político con dos soldados caídos por España de cuerpo presente, es una obscenidad.

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