9 abril 2003
Primer español muerto en el proceso de invasión de Irak por parte del Ejército de los Estados Unidos
Un bombardeo iraquí acaba con la vida del periodista español Julio Anguita Parrado (de EL MUNDO) hijo del político de Izquierda Unida
Hechos
El 7.04.2003 el periodista de Córdoba Julio Anguita Parrado muere en la guerra de Irak, víctima de un misil.
Lecturas
El 7.04.2003 el periodista de Córdoba Julio Anguita Parrado muere en la guerra de Irak, víctima de un misil iraquí, cuando trabajaba como corresponsal del periódico EL MUNDO a los 32 años en Bagdad. Fue durante un ataque con misiles iraquíes a un centro de comunicaciones de las tropas americanas. En el mismo ataque murieron un reportero del semanario alemán Focus, y dos soldados estadounidenses.
Las solidaridades no impidieron una guerra mediática causada por D. Hermann Tertsch sobre la situación de los corresponsales de guerra.
09 Abril 2003
NOS QUEDA SU PALABRA
Presidente de Unidad Editorial
El dolor que toda guerra deja en las conciencias y en el corazón de quienes abogamos por la convivencia en paz y libertad se acrecienta todavía más hoy, en esta casa de la información plural y de la opinión contrastada, con la muerte de Julio A. Parrado. Un periodista con el coraje, la valentía y el espíritu crítico que caracteriza a los hombres y mujeres que trabajan en Unidad Editorial.
A sus 32 años sentía esa llamada propia del corresponsal vocacional de guerra para transmitir a nuestros lectores la temperatura de la primera línea, los acentos del horror, el sufrimiento humano tomado segundo a segundo. Julio nos ha contado día a día la intrahistoria de un conflicto que hoy nos azota en primera persona.
Julio A. Parrado ha sido un ejemplo más de quienes hacen profesión mediante ese elemento esencial de la vida y la comunicación.El instrumento que nos une a uno y otro lado del Atlántico y del Mediterráneo y del Pacífico y del Indico… la palabra. Ese milagro que se cultiva y se desarrolla desde la inteligencia y no desde el fanatismo, la brutalidad o los intereses inconfesables.La que nos hace entendernos a quienes estamos en el empeño de la comunicación.
Para un editor no existe más sentido profesional que el de garantizar la acogida de todas las ideas, de todas las informaciones veraces, de todas las opiniones. Esa es la base del progreso intelectual y la riqueza ideológica. Ese es el ejemplo que Julio ha sabido practicar con la intuición del joven informador, de la persona de bien, del compañero inolvidable.
De Julio nos queda el imborrable recuerdo de su honestidad y buen trabajo. Nos queda su palabra, munición y ariete con la que hemos venido abriendo cada mañana la última hora de la guerra.Su palabra desnuda, sin aditamentos ni afeites. La palabra que a nadie destruye, que a nadie mata. Su palabra que seguirá brotando con la fuerza inagotable de quienes le continuamos, con su misma pujanza y dignidad y con las renovadas fuerzas que nos confiere el haber sufrido en menos de tres años, tres muertes absurdas e injustas. La de tres defensores de la libertad de expresión como han sido José Luis López de Lacalle, Julio Fuentes y Julio A. Parrado.
En estos momentos mi recuerdo emocionado para Julio A. Parrado, mi saludo fraternal a su familia y a los que quedan en el relevo de la antorcha y mi compromiso inasequible de luchar, sin cejar un ápice, para que este grupo editorial defienda la palabra de cada uno de los que hacen que todos nos sintamos orgullosos de trabajar por la información libre.
Nos queda su palabra.
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Alfonso de Salas es presidente de Unidad Editorial, empresa editora de EL MUNDO
08 Abril 2003
Un duro tributo
Un duro tributo en vidas humanas está pagando el oficio de periodista en esta guerra. Con la muerte de Julio Anguita Parrado, un joven y competente periodista que ejercía su oficio como corresponsal de El Mundo en Nueva York y que quiso estar en la primera línea con las tropas norteamericanas, son ya ocho los profesionales del periodismo que han muerto en Irak, además de dos todavía desaparecidos y cuatro heridos.
El riesgo inherente a la difícil y loable tarea de corresponsal de guerra se ha multiplicado en esta nueva contienda, en la que más de 500 periodistas y cámaras han sido incrustados entre las tropas aliadas y otros 1.500 se hallan sobre el terreno en los distintos frentes, de los que unos 200 han podido permanecer en Bagdad. Las características de los combates, con multiplicidad de frentes abiertos y de zonas de fricción bélica, en las ciudades cercadas y en las larguísimas líneas de aprovisionamiento, son circunstancias propicias para el incidente sangriento, en el que la prudencia y la profesionalidad de los militares y de los periodistas que les acompañan no bastan para anular el riesgo. Es la guerra mejor cubierta de la historia, pero, a lo que se ha visto hasta ahora, también de las más peligrosas.
Muchas cosas se podrán criticar del tratamiento informativo sobre la guerra y sobre todo de los filtros militares entre las fuerzas anglo-americanas (pues muy poco hay que hablar del engaño sistemático y de la manipulación grosera practicada por un régimen totalitario que se desmorona a medida que pasan las horas). Pero no hay duda de que la incrustación de periodistas entre las tropas anglo-americanas ha permitido conocer actuaciones incorrectas, errores y horrores que de otra forma no habrían llegado a las opiniones públicas occidentales, entre los que se cuentan algunas imágenes terribles de los combates en directo.
La guerra es el horror. Pero hay que contar el horror a los ciudadanos que eligen y enjuician a los Gobiernos que han decidido librarla. Y en esta guerra se está contando con más medios y mejor que nunca. Gracias entre otras cosas a buenos periodistas como Julio Anguita Parrado y un colega alemán, ambos periodistas incrustados, que perdieron ayer la vida en un incidente más de esta guerra que no se tenía que haber librado.
11 Abril 2003
Periodistas en guerra
Las sospechas de los compañeros del cámara José Couso no son disparatadas. Tres ataques seguidos en pocas horas, a tres edificios que albergaban a periodistas en Bagdad -la sede de Al Yazira, la televisión de Abu Dhabi y el hotel Palestina- exigen una explicación y no un mero lamento por parte norteamericana. Aunque todo resultado de una hipotética investigación interna será recibida con escepticismo, cuando no cinismo, por gran parte de la opinión pública, una indagación sobre estos trágicos hechos supondría un gesto que podría paliar la amargura generada por las primeras reacciones de indiferencia por parte de EE UU.
Dicho esto, hablemos de Julio Anguita Parrado y José Couso, de sus circunstancias personales y profesionales y de las reacciones del periodismo y sus empresas ante su muerte. Porque la irracionalidad y la fanatización de los adalides de la moralidad suprema del pacifismo han alcanzado unas cotas que amenazan con hacernos perder el norte a todos. Los corresponsales de guerra son los únicos testigos en una batalla que están allí por voluntad propia. Asumen el riesgo de morir. La población y los combatientes no tienen opción. Los periodistas, sí. Al menos así era.
Pero las dos muertes que tanto nos han dolido nos demuestran que ya no es exactamente así. Hay periodistas que están en la guerra porque temen menos a las bombas que a la precariedad laboral a la que han sido condenados. Son periodistas sin contrato fijo a los que sus directores los mandan a la guerra sin un miserable seguro y obligándoles a pagar de sus bolsillos el equipo mínimo de seguridad. Son periodistas que se juegan la vida no ya por esa vocación de informar, curiosidad y emoción por estar allá donde se hace historia, que nadie les niega, sino por arañar unos titulares e historias que les permitan mejorar su angustiosa situación laboral y su dignidad, zarandeada por contratos basura, subcontratas y desprecios.
Los periodistas que cubren la información del Congreso le hicieron el miércoles un plante al presidente del Gobierno. A algunos fuera de allí les encantó el desplante que tanto les sirve en su disparatada carrera de agresión a las instituciones. Vale incluso fagocitar cadáveres. Primero habría que preguntarse por qué unos profesionales enviados al Congreso a cubrir un acto se niegan a hacerlo y roban a su empresa y a su público una información por las que unos les pagan y otros pagan usuarios de los medios. Segundo, hay que interrogarse por qué no han hecho un plante a sus empresas, cuando muchos de ellos están en la misma situación que Julio y José.
José se fue a la guerra porque no tenía opción. No quería volver nunca. Murió, salvo que sus compañeros lo desmientan, sin dejar testimonio de las miserias de la profesión. Julio sin embargo era testigo directo, aunque desde su atalaya neoyorquina, del obsceno rapto y comercialización de que fue objeto otro Julio, éste apellidado Fuentes, con su cadáver, su muerte y su biografía utilizados durante semanas para mayor gloria de quien no era precisamente su amigo y para la mitificación barata de la supuesta tribu. Julio pidió que quien le despreció y maltrató en vida «no se apunte medallas» en su funeral. Quizá su muerte sirva para que los periodistas acaben plantándose ante quienes deben, ante quien le obligó a Julio a comprarse el chaleco antibalas con su dinero, lo que le impidió tener uno que le hubiera permitido cumplir los requisitos de seguridad que se exigía para sumarse al convoy que partió para Bagdad y abandonar el campamento donde murió. Las muertes de periodistas conmueven al gremio más que los goteos de muertes de albañiles. Es lógico. Pero el dolor y la emoción no deberían impedirnos ver quiénes instrumentalizan a los muertos para atacar a las instituciones o, quizá peor, para erigirse en el héroe por delegación del difunto y pasearse de televisión en televisión, de radio en radio, con la llantina puesta. Julio y Jesús han muerto. Los hemos llorado y los recordaremos. Pero algunos compungidos por ahí deberían dedicar sus lloros a sí mismos.
12 Abril 2003
Aclaración
En su edición de ayer se publica un comentario titulado «Periodistas en guerra» firmado por Hermann Tertsch, en el que a propósito de la muerte de nuestro compañero Julio A. Parrado se afirma literalmente: «Quizá su muerte sirva para que los periodistas acaben plantándose ante quienes deben, ante quien obligó a Julio a comprarse el chaleco antibalas con su dinero, lo que le impidió tener uno que le hubiera permitido cumplir los requisitos de seguridad que se exigía para sumarse al convoy que partió para Bagdad y abandonar el campamento donde murió».
En otro párrafo, inequívocamente referido a José Couso y Julio A. Parrado, se dice además: «Son periodistas sin contrato fijo a los que sus directores los mandan a la guerra sin un miserable seguro y obligándoles a pagar de sus bolsillos el mínimo equipo de seguridad».
Al margen del desprecio moral que nos merece quien es capaz de escribir cosas así, todo lo que el señor Tertsch afirma es absolutamente falso.
Julio A. Parrado disponía de un chaleco de protección SI IIIA adquirido por nuestro periódico a través de una acreditada empresa del sector de seguridad. La correspondiente factura consta en nuestro poder y está a disposición de quien quiera conocerla.
Julio A. Parrado era el titular de la póliza de seguros número 853017 suscrita a través de Willis Correduría de Seguros y Reaseguros, SA, por la que nuestro periódico venía pagando 6.508 euros de cuota semanal desde que comenzó el conflicto con Irak.
Julio A. Parrado se encontraba en excedencia voluntaria, estando prevista su reincorporación a la nómina del periódico el próximo 1 de mayo. Tenía una remuneración fija y El Mundo pagaba su seguro médico, el alquiler de su vivienda y todos los gastos derivados de su actividad profesional.
Si el señor Tertsch no rectifica de forma pública y satisfactoria todas sus falsas imputaciones, nuestro periódico presentará contra él una querella criminal por injurias y calumnias en el juzgado de guardia.
Como integrantes del equipo de dirección de El Mundo le rogamos la publicación de esta carta en su integridad.
23 Abril 2003
La rectificación
Resulta muy difícil escribir unas líneas para rectificar una información escrita y firmada por mí que -como todo lo que firmo en este periódico que es el mío desde hace veinte años- se publicó bajo mi entera responsabilidad el pasado día 11 de abril bajo el título de Periodistas en guerra. Es la primera vez que me veo obligado a hacerlo para mantenerme fiel a ciertos principios que he defendido en público e intentado respetar en mi trabajo. Siempre he sentido pena por aquellos que no saben reconocer sus errores, son incapaces de enmendarlos y suelen estar por ello condenados a repetirlos. Incluso quienes medran con tal hábito y se encumbran en el poder y la influencia infunden más temor que afecto o respeto. Este triste episodio lo demuestra una vez más.
Un documento en poder de El Mundo confirma, según la dirección de ese diario, que Julio Anguita Parrado «disponía de un chaleco de protección SI IIIA» que había comprado la empresa editora en un lote de seis. En mi artículo, pedía a los periodistas que habían hecho un desplante a Aznar que se plantaran «ante quien obligó a Julio a comprarse el chaleco antibalas con su dinero, lo que le impidió tener uno que le hubiera permitido cumplir los requisitos de seguridad que se exigía para sumarse al convoy que partía hacia Bagdad y abandonar el campamento donde murió». Disponía de varias fuentes que así lo afirmaban, incluida alguna en el diario de nuestro desafortunado compañero.
Todo parece indicar que me dieron un dato erróneo, no sé si con buena o mala fe, pero esto no puede ni debe servirme de excusa. Es ahora evidente que debería haber puesto más ahínco en confirmar el dato. Sin el cual, por cierto, el artículo habría sido prácticamente el mismo. Por eso probablemente me duele aún más este error. Varios colegas me recomendaron someter a mayor escrutinio la famosa factura. Me he negado a ello y la doy por válida e incontestada. No seré yo quien intente encubrir un desliz propio con supuestos montajes ajenos. Pido por tanto disculpas por este error a quienes se sientan afectados y en primer lugar a mi propio diario por haberle llevado a publicar un dato que, desmentido por el documento que obra en poder de El Mundo, no puedo reafirmar. La responsabilidad es mía. Eso sí, sólo ésa. Porque no soy responsable de que la dirección de ese periódico se sintiera aludida cuando hablaba de «periodistas a los que sus directores mandan a la guerra sin un miserable seguro». Existen, no lo duden. Pero yo no citaba a Julio.
Dicho esto, y sin ánimo de agitar aún más las turbulentas aguas del periodismo nacional, quiero compartir un par de reflexiones e interrogantes a las que me ha inducido mi error, así como las valientes declaraciones de Mercedes Gallego y las reacciones en general tras la muerte de Julio Parrado y José Couso. ¿Cómo pudimos, yo y tantos otros, considerar tan perfectamente verosímil la aberración que habría supuesto el hecho de que una empresa obligara a un periodista a comprarse su propio chaleco para ir a semejante guerra? ¿Cómo es posible que, pertrechado con tan excelente chaleco SI IIIA, «homologado por el Ejército israelí», Julio no pudiera sumarse al convoy hacia Bagdad?
¿Por qué el joven periodista no estalló en júbilo cuando el director de su periódico -según éste afirma en carta publicada en EL PAÍS el 12 de abril- le comunicó su ingreso en plantilla «el próximo 1 de mayo», máxime en un momento en el que se multiplican las bajas incentivadas? ¿Cómo logró Julio reprimir su felicidad y mantener en absoluto secreto tamaña buena nueva? Finalmente: ¿por qué me felicitaron tantos colegas -quizás más gente de El Mundo que de otros medios y mi propio diario- por ese artículo, a pesar de saber ya o comunicarles yo que contenía el imperdonable error de un dato no suficientemente contrastado que se me podía refutar con autoridad? ¿Por qué hay tanta gente allí y en todas partes que considera a Ramírez incapaz de decir una verdad que no le beneficie?
En todo caso, y aunque plagado de dudas, doy por errónea mi afirmación sobre el chaleco de Julio Anguita Parrado, reitero mi pésame a su familia y a sus compañeros de redacción, como a los de José Couso, y por mi parte doy por zanjado este triste episodio, dejando claro que sólo he rectificado una frase de un artículo de más de dos folios que me parece más actual hoy que cuando se publicó. Concluyo estas líneas expresando mi esperanza -confieso que frágil- en que no tengamos que lamentar más muertes de colegas, en que la obscena precariedad en la profesión sea un fenómeno pasajero, en que directivos y empresas sientan vergüenza cuando mercadean con cuerpos y tragedias y, finalmente, en que ciertas personas -recuperadas de tanto sollozo y santa indignación- no vuelvan a tener la osadía de hablar de deontología profesional. Porque ni un error ni mil merecen el castigo de la náusea permanente.
08 Abril 2021
Julio, un héroe
Ni a los milicianos de Sadam ni a los soldados de la Guardia Republicana les suena la sangre en los bolsillos como a Miguel Hernández. Desgraciada la ciudad que para sobrevivir necesite de héroes.En la época posépica, los últimos héroes, a los que la muerte encuentra siempre hacia delante, firmes lo mismo que los árboles en las trincheras, no son los generales ni las siete hermanas, sino los periodistas de guerra que como Julio A. Parrado, nuestro enviado especial, acompañaba a los soldados. Julio se ha ido donde su corazón ha preferido, a un destino elegido libremente, a una profesión que mata. El frío suelo como una madre lo abraza como a aquellos periodistas de todo el universo que cubrieron la defensa de Madrid. La guerra ha mostrado que la opinión pública anglosajona está madura para soportar niños en la televisión por la mañana, por la tarde y por la noche, a todas las horas, bebés que no se sabe si duermen o si son niños bomba. La Bolsa sube, las encuestas apoyan a Bush. Sólo la opinión pública española, indócil, idealista, se mantiene firme contra el nuevo orden que llevan en sus inmensas mochilas las ratas y los jinetes del Séptimo de Caballería porque han sido informadas por periodistas tan libres y lúcidos como Julio A. Parrado. Gracias a las informaciones de los enviados especiales que se juegan la vida, los españoles no aplaudirán a esa cuádriga de cuatro caballos blancos que lleva hasta los monumentos de mármol a los generales victoriosos, precedidos de los enemigos capturados y de los botines arrancados al enemigo, en este caso geoestrategia y crudo. La mayoría de los ciudadanos de este país no cree que los generales de Irak se merezcan un arco del triunfo como el de París, y menos una escultura como la de Samotracia. La suya no va ser una victoria alada ni se merece un Arco del Triunfo, más bien un Valle de los Caídos.Anteayer, en su última crónica, contaba cómo los marines presentían la victoria. Contaba cómo los centros de mando de las dos divisiones que asedian Bagdad eran puro bullicio de trabajo y optimismo.Julio ha muerto en la flor de la edad, en primera línea, cumpliendo su deber. Se ha prolongado en la posteridad y ya es un periodista inmortal. Se ha perdido el triunfo; no se ha perdido nada, porque hay triunfos militares que ensucian. Será una victoria sin Homero y sin Virgilio. Gracias a Julio, y a todos los compañeros de la aventura del periodismo, la opinión pública española ha creado en la calle, espontáneamente, un nuevo partido cuyas siglas son PAZ.
Será una victoria pírrica, victoria provisional, porque la resistencia, según los árabes, empezará al otro día del alto el fuego y viviremos una apoteosis de terrorismo. Tampoco tendrá Julio que relatar la vileza de la posguerra, ya que nos tocarán las alcantarillas de la más grande reconstrucción de posguerra después del Plan Marshall, con 1.000 millones de dólares para repartir.