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Menem los justifica en un proceso de 'pacificación nacional' y reconciliación

Carlos Menem indulta a los condenados en el juicio a las Juntas Militares y al líder de la guerrilla montonera

HECHOS

El 29.12.1990 el presidente de Argentina, Carlos Menem indultó a los últimos condenados por crímenes durante la dictadura de 1976-1982.

PRINCIPALES INDULTADOS:

Videla General Jorge Rafael Videla. Ex presidente de Argentina, condenado a cadena perpetua por la represión que se produjo durante su Gobierno.

Viola General Roberto Viola. Ex presidente de Argentina, condenado a 17 años de cárcel por la represión que se produjo durante su Gobierno.

Massera Almirante Emilio Massera. Jefe de la Armada durante los años más duros de la dictadura y considerado el máximo responsable jerárquico de la represión.

suarez_mason General Carlos Suárez Masón, ex presidente de YPF, acusado de crímenes contra la humanidad durante la dictadura.

fimernich Mario Firmenich, jefe de los Montoneros. Organización terrorista responsable de cientos de asesinatos tanto durante la dictadura como en el periodo anterior a ella, destacando el asesinato del sindicalista Rucci.

REACCIONES EN LA PRENSA ANTE LOS INDULTOS: PROTESTAS DE LANATA

  El diario Clarín puso énfasis en especial en el indulto a Carlos Suárez Masón, al que acusaban de numerosos delitos durante la dictadura y que quedaba en libertad sin haber llegado a ser condenado.

lanata_indultos El periódico de izquierdas Página/12, dirigido por D. Jorge Lanata, publicó varias portadas contrarias a los indultos. El 8.10.1989 Página/12 publicó una de sus portadas más destacadas: la portada completamente en blanco, para dar a entender que indultar era borrar el pasado y dejar la información en blanco. El 30.12.1990 Página/12, el día que se oficializaban los indultos, publicó una portada troquelada, como un collage en el que se veía a los represores y a madres de la plaza de mayo.

28 - Diciembre - 1990

Siete años de perdón

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

El Gobierno argentino, desde la recuperación democrática de 1982, ha sido en general timorato a la hora de enfrentarse con el estamento militar. Esta afirmación es válida tanto respecto de la dictadura disuelta en el absurdo de la guerra de las Malvinas como en relación con los diferentes intentos golpista s que se sucedieron después contra los sucesivos Gobiernos de los presidentes Alfonsín y Menem, hasta la última asonada de principios del presente mes de diciembre.Dicho en otras palabras, mientras el lenguaje de las autoridades civiles siempre era firme, su actuación pecaba de pusilanimidad. No se explica de otra manera la decisión de sentar en el banquillo a los responsables de los siete años de dictadura para luego dejar la justicia en manos castrenses; asegurar que todos pagarían por sus crímenes para luego promulgar la ley de obediencia debida; enviar a los criminales a la cárcel para luego indultarlos sin motivo verdadero.

En los últimos tiempos, cada vez que los militares argentinos han decidido levantarse contra su Gobierno legítimamente constituido, sus rebeliones han sido de corta duración. Es posible que ello sea menos significativo de la permanente disposición de sectores del Ejército a traicionar a su nación que de su innata debilidad e incapacidad para establecer sus reales. Lo que difícilmente les hace merecedores de un pragmático tratamiento de paños calientes que el Gobierno de Menem está dispuesto a darles en evitación de una temida revancha. Dicho sea sin invocar el desprecio que una medida de perdón generalizado implica para la más evidente justicia. En cualquier caso, ni los decretos de perdón ni las justificaciones legalistas de la medida podrán borrar la memoria histórica y reciente de las sociedades demócratas. El Informe Sábato, por ejemplo, permanecerá en la conciencia de todos los seres humanos.

Aun así, éste es el momento que ha escogido el presidente Menem para aplicar una misericordia que se entiende mal. El presidente argentino ha firmado un decreto de perdón del que se beneficiarán los mandos militares que sojuzgaron Argentina entre 1976 y 1983, llenándola de sangre y terror. Escandalosamente, la medida incluye el perdón para Martínez de Hoz, que, como superministro de Economía de la Junta Militar, llevó a Argentina a la quiebra total.Esta magnanimidad se aplica también a Mario Firménich, que, como líder de la guerrilla urbana de los Montoneros, fue comparsa e instrumento de la terrible historia. En esta ocasión, la medida de gracia favorece a nombres tan unidos al horror de los siete años de represión como los de los ex comandantes de las Fuerzas Armadas y ex presidentes de la Junta Militar ex generales Jorge Videla y Roberto Viola; el ex almirante Emilio Massera -célebre porque arrojaba a sus enemigos al Río de la Plata desde helicópteros-; los ex generales Suárez Mazo, Camps y Ricchieri, conocidos asesinos y torturadores, y el ex brigadier Agosti, condenado por tortura. Todos estos personajes cumplían o habían cumplido condena por sus actos.

Resulta absurdo que, habiendo sido traumático sentarlos a todos en el banquillo e imponerles fuertes condenas en su momento, se acuda ahora a indultarles cuando han dejado de tener importancia su trayectoria personal, sus reivindicaciones y la justificación que pretendieron oponer a la condena de que eran objeto. Este segundo indulto generalizado se otorga a quienes fueron los protagonistas de la represión o de la depredación financiera nacional. Con el primero de ellos, en octubre de 1989, fueron perdonados 280 civiles y militares por sus miles de tropelías, y sólo porque las habían cometido obedeciendo órdenes.Debe reseñarse, en honor de la sociedad argentina, que existe una sólida oposición a la medida de gracia que quiere aplicar Menem. Sindicalistas, diputados, ciudadanos, se han opuesto a lo que una declaración ha denominado la “irreparable claudicación moral” del presidente. No existe razón para perdonar lo imperdonable, el sufrimiento estéril de un pueblo, con un acto que, como asegura el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, “lejos de pacificar y reconciliar, no hará más que culminar una cadena de concesiones” inútiles al poder militar. Peor aún, concediendo el perdón por siete años de tropelías, dará razón a lo irrazonable: justificará la antigua falacia castrense de que los desmanes de la dictadura obedecieroa, a una verdadera guerra librada con honor contra los enemigos de la patria.

30 - Diciembre - 1990

¿Indulto o rendición?

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

La coincidencia, en la pintoresca fecha del 28 de diciembre, de dos propuestas de indulto para protagonistas de otras tantas dictaduras militares, la griega del 67-74 y la argentina del 76-83, no debe ocultar la honda diferencia que media entre ambas. Discutible, sin duda, la medida de gracia que Caramanlis ha decidido firmar -rompiendo bruscamente sus promesas anteriores- no carece totalmente de lógica. Frente a los diputados derechistas, que reclamaban la amnistía para los «coroneles», el Presidente ha optado por medidas de gracia que no suponen, en modo alguno, una revocación de su condena. No habrá amnistía. Las protestas -moralmente más que comprensibles- de la izquierda parecen sobre todo justificarse en la no existencia de una petición explícita de clemencia por parte de los indultados y en su no reconocimiento recíproco de la legitimidad democrática. En cuanto a la conveniencia, sin embargo, de dejar en la calle a esos cadáveres políticos que son hoy -después de quince años de cárcel, conviene no olvidarlo- los ancianos que, hace 23 años, masacraron al pueblo griego, baste con recordar que Gyorgos Papadopoulos y Nikolaos Makarezos tienen ahora 71 años, Stylianos Patakos 78, y que la situación del ejército griego parece normalizada en esta última década, bajo el control del ejecutivo civil. Y un último detalle muy importante: del indulto quedará excluido el jefe de la policía militar, responsable directa de la represión y la tortura masivas: Dimitris Ioannides, quizás el hombre más odiado de la Grecia contemporánea. Frente a esa ambigüedad calculada de los gobernantes griegos, el indulto de Carlos Menem para los ejecutores de la dictadura militar argentina no puede sino aparecer como una farsa sin atenuantes. Ni morales, ni políticos. El poder civil en Argentina sigue siendo poco más que un títere sometido al permanente pim-pam-pum de unos militares empeñados, aún hoy, en presentar la carnicería de los años de Videla, Massera y Viola, como una «heróica victoria contra la subversión comunista». Videla se ha permitido incluso el lujo de imponer al Presidente que su nombre no aparezca junto al del guerrillero peronista Firmenich, forzando así a que los decretos de indulto se redacten por separado. Y, en una última y salvaje ironía, el único militar rechazado por sus camaradas de armas, Suárez Masón, no lo ha sido, en modo alguno, por su carácter odioso de torturador atroz, sino por romper las normas del «honor militar» al huir a USA para eludir la acción de la justicia. Los máximos diligentes de una dictadura militar que practicó el asesinato y la tortura como norma, saldrán a la calle, tras unos breves años de cárcel livianísima, para ser acogidos por «carapintadas» y demás colegas como incomprendidos héroes. Y la democracia argentina seguirá siendo una ilusión permanentemente expuesta al capricho de los hombres de los tanques.

28 - Diciembre - 1990

Asesinatos y memoria

Tito Drago

El autor analiza el significado y trascendencia del indulto que iba a firmar Carlos Menem para jefes militares condenados por la guerra sucia durante la dictadura o por terrorismo, como Mario Firmenich, jefe de la guerrilla peronista Montoneros.

El indulto -al contrario de una amnistía- no borra los delitos ni la condena, y, en este caso en particular, extingue sólo la acción penal principal, pero no las accesorias ni la civil. Videla, Massera, Viola y Firmenich no podrán votar, ser elegidos, designados para cargos públicos ni actuar en política o negocios de cualquier tipo. El indulto no borra el proceso judicial ni sus conclusiones. La justicia argentina, en todas sus instancias, condenó a los tres militares por haber cometido “delitos graves y aberrantes” contra la condición humana, y al montonero, por “actos de terrorismo y secuestro con extorsión”.El indulto tampoco borrará de la historia la decisión del presidente Raúl Alfonsín de ordenar el procesamiento de los máximos responsables de la dictadura. Argentina se convirtió, merced a esa decisión, en un ejemplo para el mundo al ventilar ante la opinión pública uno de los periodos más trágicos de su historia y llevar al banquillo de los acusados a sus máximos responsables. Estos, que cometieron sus crímenes con alevosía, amparados en la impunidad de la noche y con la suma del poder público, fueron juzgados con las máximas garantías jurídicas y humanas, las que ellos negaron a sus víctimas. En el accionar de los dictadores y de sus secuaces no hubo excesos ni obediencia debida: apresaron, torturaron, asesinaron e hicierondesaparecer a niños, embarazadas, ancianos, jóvenes y adultos, una minoría de estos últimos involucrados en acciones armadas.

Esos juicios sirvieron, además, para que cualquier persona o grupo que en el futuro sufriera la tentación de ir tras los pasos de Videla, Massera y compañía sepa que podrá ser llevado ante el tribunal y sufrir el escarnio público por sus crímenes. Videla y sus socios podrán salir en libertad, pero jamás podrán caminar con la frente alta por la calle.

Una situación diferente es la de Firmenich, quien lideró uno de los movimientos guerrilleros que lucharon contra las dictaduras de Onganía, Levingston y Lanusse (1966-1973). Por eso, en mayo de 1 973, al asumir el Gobierno el peronista Héctor J. Cámpora, se aprobó una amplia ley de amnistía para todos los condenados, procesados o acusados por delitos políticos y conexos, incluidos los que involucrasen algún tipo de acción armada.

Firmenich, uno de los amnistiados, continuó ordenando esas acciones, con atentados, secuestros y homicidios a pesar de que se restauró el régimen constitucional. Es más, para justificar el pase de su movimiento a la clandestinidad, ordenó autoatentados contra sus locales públicos. Dirimió diferencias dentro de montoneros con el secuestro y la muerte de disidentes y, una vez en el exilio, llegó a pactar con Massera y, sin la menor garantía, mandó de regreso para la contraofensiva a decenas de jóvenes exiliados, la mayoría de ellos esperados y muertos al pasar la frontera, mientras él daba conferencias en Roma.

Diferencias

Por eso, desde el punto de vista de la moral y la ética, es difícil decidir quién es peor de los cuatro indultados. Pero, aun cuando el indulto los unifique y Firmenich acepte y apoye alborozado la libertad de los tres ex militares para lograr la suya, en una muestra más de desprecio por los centenares de jóvenes que dieron la vida siguiéndolo, los casos son diferentes.

Los militares que usurparon el poder y sus cómplices civiles eran funcionarios públicos, tenían el monopolio de las armas confiado por las leyes, y autojustificaron el golpe de Estado bajo el argumento de que su objetivo era preservar la constitucionalidad republicana, la democracia y los derechos humanos. Exactamente todo lo que violaron con reiteración y premeditación. Los oficiales, sobre todo los de alta graduación, conocían las leyes, sabían que las estaban violando y renunciaron al derecho de no cumplir órdenes ilegales. Sabían también que los grupos de tareas especiales además de torturar, matar y hacerdesaparecer, extorsionaban, cobraban rescates y tenían redes para comercializar los bienes robados a sus víctimas.

Los jóvenes que siguieron a los montoneros y a otras organizaciones guerrilleras lo hicieron guiados por fines altruistas, querían la liberación de su patria y justicia social para su pueblo. Firmenich y otros como él ensuciaron las banderas más puras, se sumaron a la guerra sucia y desvirtuaron aquellos fines. Sin embargo, tratar igual a los dos bandos es un insulto a la memoria de una juventud maravillosa incinerada en el altar del idealismo.

Menem asumió la responsabilidad individual de firmar el indulto y de pagar la cuota de impopularidad que conlleva. Lo justificó recordando que bajo el Gobierno de Alfonsín se dictó una amnistía encubierta bajo las leyes de obediencia debida, sin resolver las cuestiones internas de las Fuerzas Armadas y afirmando que el país debía cicatrizar las heridas para mirar hacia el futuro con confianza. La mayoría de los argentinos, según las encuestas, no es partidaria del indulto, pero tampoco manifiesta una oposición activa, por desencanto, resignación y porque otras cuestiones, como la subsistencia diaria y la reconstrucción del país, reclaman su atención urgente,

La represión rápida, eficaz y contundente del último motín de loscarapintadas permitió Menem sumar un punto a su afirmación de que el indulto le permitiría cerrar una etapa con las Fuerzas Armadas, para establecer la disciplina, y con ella la primacía de la sociedad civil sobre el poder militar. Le queda por delante consolidar un gran frente nacional que permita superar la crisis económica y social. Si tuviera éxito podría justificar su apelación al cierre de las heridas y al mirar para adelante, como requisito para que el país progrese.

Mientras, sigue presente el reclamo de las madres y abuelas de la plaza de Mayo por sus desaparecidos, y quedan las cicatrices, los archivos judiciales y las hemerotecas como mudos recuerdos de una pesadilla que, para muchos, fue una horrible realidad y testimonios de que ni la más feroz dictadura asegura la impunidad para los violadores de los derechos humanos.

Porque el indulto podrá sacarlos a la calle, pero no borrará sus crímenes condenados por la justicia y por la opinión pública, argentina y mundial.

18 - Enero - 1991

No hay indulto para el desprecio

Mario Benedetti

Cuando parecía que el miedo se estaba quedando sin siglo, el siglo agonizante se llenó de miedos. Si el golfo Pérsico nos recordó lo que ya sabíamos y no nos atrevíamos a admitir (que el petróleo importa mucho más que el ser humano), en Argentina el presidente Menem conmovió al mundo con su salto mortal. Y no cayó de pie, como los profesionales del alambre, sino de rodillas. Fanático de todos los deportes, y en especial del fútbol, el primer mandatario se hizo el autogol más espectacular de su zigzagueante carrera política.Ya es bastante dramático que en un solo país se propugne una perversión de la Justicia pero más grave es que casi un continente sea invadido por lo injusto. Debe reconocerse que los Videla, Viola, Suárez Mason, Massera, Camps no están solos; en realidad, gozan de la compañía de Pinochet, de Stroessner y, de otros de menor renombre internacional, como Gavazzo y Cordero. Si lo de Argentina duele más es porque fue el único país que al recuperar la democracia (tal vez como forzada consecuencia del nunca más propuesto por el dignísimo y corajudo informe Sábato) procesó y condenó a los máximos responsables de la tortura y el genocidio organizados. Por cierto, que eso no ocurrió en Brasil ni en Uruguay ni en Paraguay ni en Chile. Sólo en Argentina, pero la piedad presidencial eliminó de un plumazo esa honrosa ventaja.

También es cierto que la represión argentina (la famosa guerra sucia)fue la más cruel, la más inhumana, la más sádica. Quizá valga la pena recordar que entre los recientes indultados figuran el ex almirante Emilio Massera, responsable de que helicópteros arrojaran los cuerpos de las víctimas sobre el océano Atlántico, y también Ramón Camps, alguien que se ha jactado y responsabilizado de 5.000 tumbas “NN”. Este directo, impúdico legatario de Herodes también organizó el secuestro y la desaparición de centenares de niños, más tarde adjudicados (al menos los sobrevivientes) a parejas del exterior o a otros militares argentinos.La apuesta a la pacificación nacional que, con este oprobio, Menem pretende articular no tiene sentido. Pocas veces se ha recordado, con tanta acritud, en la Argentina y en el mundo, la inicua biografía de los indultados. La semana anterior, el general (R) Domínguez, fiscal militar, calificó de “perdón sin honra” el concedido a los golpistas de 19716, que luego “violaron la ley, aplicaron métodos indebidos y corrompieron al Ejército”. Durante su gobierno, el ex presidente Raúl Alfonsín creó, como explicación de sus propios (y más discretos) perdones, la figura de la obediencia debida, pero, ¿a quién diablos debían obediencia los jefazos ahora agraciados? Lo del peralón sin honra parece, después de todo, una denominación puntual; por algo al general retirado Carlos Domínguez le costó la cesantía.Los ex jefes indultados no ignoran que la sociedad argentina se estremeció con la electrizante noticia de su libertad. El odio adormecido volvió a echar chispas. Pero los perdonados tal vez se inspiren en un verso del poeta latino Lucio Accio (170-90 antes de Cristo): “Con tal que teman, que odien” (Oderint dum metuant). Se creen superiores, infalibles, invictos, y en consecuencia, el bien ganado odio de la comunidad los reconforta, les templa el ánimo, les afila los dientes.

A pesar del irrestricto apoyo que siempre obtuvieron de la Iglesia argentina, poco favor le hacen a Dios estos militares tan devotos, a menos que su mística se ejerza a través de Moloc, divinidad de los amonitas que prefería los sacrificios de niños. Ahora que Ramón Camps ha sido liberado, conviene recordar que los niños desaparecidos no eran subversivos ni clandestinos ni combatientes ni guerrilleros. Eran, simplemente, niños. Sin embargo, no están. Si fueron asesinados, ese crimen no es ni siquiera político; es, lisa y llanamente, crimen. Si, en cambio, fueron asignados a otras parejas, sería, pura y simplemente, despojo. A pesar del tiempo transcurrido, una y otra vez el tema de los niños desaparecidos vuelve a irrumpir en la escena como una implacable acusación. En realidad, constituyen una imagen tan universal e intocable que nadie puede permanecer ajeno a semejante colmo de crueldad. El ominoso silencio que pende aún sobre los centenares de niños no regresados constituye el lado más escalofriante de esta historia letal.

No obstante, el controvertido perdón de Menem ha dejado insatisfechos a sus insaciables destinatarios. Ahora reclaman la gratitud social. Perdón sin monumento no es perdón. Ahora bien, ¿alguien encontraría admisible que pidiéramos a los judíos la glorificación de Eichman o a los franceses la exaltación de Barbie? El pesado alcance de esta turbia faena no termina hoy. La amarga sensación de impunidad que la decisión presidencial ha desencadenado puede inferir un daño irreparable a la juventud argentina. La consideración que Menem ha tenido con los máximos responsables de 30.000 muertes y desapariciones, de incontables torturas y vejámenes , se convierte en una inconmensurable falta de respeto hacia la sociedad que lo eligió presidente y creyó en sus reiteradas promesas de justicia. “El indulto me lo banco yo solo”, dijo con su habitual y trágico desparpajo el presidente, pero la realidad es otra: quien verdaderamente lo banca es el desalentado pueblo argentino.

El indulto no estimula ninguna reconciliación. Simplemente instala otra vez el miedo, y no porque el ciudadano crea que Videla, Viola, Camps et al vayan a encabezar nuevos motines. Es obvio que en la tradición militar quien no manda tropas queda fuera del juego, y fuera del juego están, muy a pesar suyo, Videla con sus ojos de témpano, Massera con su mueca de sarcasmo, Viola con su añoranza del horror, Camps con su paisaje de tumbas “NN”. El perdón del crimen reactualiza el crimen. El miedo puede propagarse y hasta abarcar la sociedad completa, pero el miedo nunca es democrático. Cuando la democracia se inunda de miedo es porque algo o alguien la carcome; es porque subsisten brotes endémicos de autoritarismo (y por tanto, de antidemocracia). Ni el miedo ni el olvido son democráticos. Por algo Borges, que vivió etapas de increíble deslumbramiento ante los sables, dejó, sin embargo, esta cita que es casi una revelación: “Sólo una cosa no hay. Es el olvido”. Es extraño que a estas alturas el presidente argentino no haya aprendido que amnistía no es amnesia.

Es posible que el ex general Videla (hombre de comunión y vilipendio diarios) y sus colegas de perdón logren la comprensión de su Iglesia cómplice y hasta el aval antimarxista del papa Wojtyla (dejamos por ahora a Dios fuera de este imbroglio), pero lo que sí es seguro es que jamás obtendrán el indulto de la historia. En los primeros días hábiles posteriores a su libertad, tanto Massera como Videla concurrieron a oficinas públicas para renovar sus permisos de conducir (no a los pueblos, sino a sus coches) y fueron unánimemente abucheados, y de paso insultados, por el público. (Por algo los griegos, que todo lo saben acerca de liturgias y condenas, decidieron no indultar a los coroneles de la dictadura 1967-1974). En la memoria del pueblo argentino y de toda América Latina, estos depredadores de la dignidad, estos hierofantes de la muerte, cumplirán inexorablemente su condena en la cárcel del desprecio, que seguramente no será tan placentera como los chalés en que padecieron sus cinco años de confortable martirio. es escritor uruguayo.

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