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La editorial que publicó la obra criticada de Bernardo Atxaga pertenecía al Grupo PRISA, propietario del diario EL PAÍS

El crítico literario Ignacio Echevarría abandona EL PAÍS y el Grupo PRISA por el rechazo a sus críticas a un libro de Alfaguara

HECHOS

El 9.12.2004 D. Ignacio Echevarría confirmó que dejaba de colaborar con el diario EL PAÍS mediante una carta abierta al Director Adjunto D. Lluis Bassets.

  D. Lluís Bassets, Director Adjunto del diario EL PAÍS era el encargado de gestionar las colaboraciones de los críticos literarios del diario de PRISA a través del suplemento cultural Babelia.
04 - Septiembre - 2004

Una elegía pastoral

Ignacio Echevarría

El hijo del acordeonista descubre un episodio oscuro en el pasado de su padre: su colaboración con el franquismo que desembocó en los fusilamientos de Obaba. Esto le causa una profunda conmoción que lo lleva a cambios radicales en su existencia. Bernardo Atxaga desarrolla su relato entre los escenarios de una idílica vida rural, una visión acrítica de la realidad vasca y el entierro simbólico de las palabras muertas del euskera.

Resulta difícil sobreponerse al estupor que suscita la lectura de esta novela. Cuesta creer que, a estas alturas, se pueda escribir así. Cuesta aceptar que, quien lo hace, pase por ser, para muchos, mascarón de proa de la literatura de toda una comunidad, la del País Vasco, cuya situación tan conflictiva reclama, por parte de quien se ocupa de ella, el máximo rigor y la mayor entereza.

Bernardo Atxaga (Aestasu, Guipúzcoa, 1951) nunca ha eludido -y eso le honra- la representatividad que viene recayendo sobre él desde el éxito clamoroso deObabakoak (1988). No cabe dudar de las presiones que ello comporta y de lo difícil que tantas veces ha de resultarle abrirse paso a través de ellas. Hasta cierto punto, ello podría servir de atenuante de la tibieza y de la confusión que rodean la percepción que Atxaga tiene de la realidad vasca. Pero no puede de ningún modo atenuar, por lo que toca a esta novela, el carácter tan tópico -acusadoramente tópico, esta vez- de sus planteamientos narrativos, la enclenque consistencia de sus personajes, la poquedad de sus desarrollos.

El hijo del acordeonista tiene por principal escenario Obaba, la imaginaria localidad vasca en la que viene recreando Atxaga, con tintas arcaizantes, los atributos del ámbito rural en el que él mismo se crió. Entre otras cosas, la novela viene a contar el deterioro y la pérdida definitiva de ese mundo idílico por obra del progreso, sí, pero sobre todo por la injerencia de una violencia histórica en cuya espiral queda atrapado David, el protagonista del relato.

Las circunstancias que, hacia finales de los años sesenta, pudieron empujar a un sano e ingenuo chavalote vasco a militar en ETA: tal parece el asunto que Atxaga pretende ilustrar, echando mano de la experiencia de toda su generación y, eso sí, dejando claro su actual distanciamiento de la actividad terrorista tal y como se viene desarrollando desde el establecimiento de la democracia.

Cuando apenas cuenta 13 años, un informe psicólogico atribuye la poca sociabilidad de David al “apego” que siente por “el mundo rural”, y hace constar que “los viejos valores” aparecen en su mente “confundidos con los modernos”. Muy tempranamente, David siente la llamada poderosa de formas de vida arcaicas, que lo mueven a añorar un “mundo antiguo” que sobrevive todavía en las cercanías de Obaba. Allá frecuenta el caserío familiar de Iruain, en “un pequeño valle verde, bucólico”, que parece destinado a acoger a los “campesinos felices” (así los llama él siempre, citando a Virgilio), junto a los cuales se siente David más a gusto que entre sus compañeros de colegio.

El conflicto empieza cuando, siendo todavía adolescente, David descubre poco a poco el oscuro pasado de su padre, acordeonista de profesión, que colabora con las autoridades franquistas y que estuvo implicado, al parecer, en los fusilamientos que tuvieron lugar en Obaba tras la entrada en el pueblo de los facciosos, a los pocos meses de estallar la Guerra Civil. Pese a su completa ignorancia de lo ocurrido, David se siente “enfermo sólo de pensar que puedo ser hijo de un hombre que tiene sus manos manchadas de sangre”.

A partir de entonces, el mun

do de David queda ensombrecido por la maldad impenitente de los fascistas y sus secuaces. Ellos son el origen de todos los males, pues no sólo son ladrones y asesinos, no sólo son españolistas y están moralmente corruptos, sino que, para colmo, son los que, a fin de hacer prosperar sus turbios negocios, y siempre “llevados por su odio a las gentes del País Vasco”, hacen traer a Obaba las grúas y los camiones que con sus ruedas aplastan las “palabras antiguas”, hundiéndolas en el barro “como copos de nieve”, dejando ver “lo desigual de la lucha, qué poca esperanza había para el mundo de los ‘campesinos felices”.

La progresiva toma de conciencia de este estado de cosas ocupa al menos dos terceras partes de la novela, en las que de paso se da cuenta minuciosa -y sonrojante- de las zozobras amorosas de David. El resto del libro, a fuerza siempre de introducir elipsis temporales toda vez que el relato se enfrenta a una dificultad, da cuenta de las forma casi inevitable en que David se incorpora a ETA, organización que, conforme a su testimonio, parece limitarse a distribuir panfletos y hacer volar monumentos y edificios públicos. Sólo cuando las cosas empiecen a desmandarse tomará David la decisión de emigrar a Estados Unidos, donde a la vera de su tío Juan, poseedor de un rancho dedicado a la cría de caballos, cumple su ideal de vida bucólica, al lado de Mari Ann, su mujer (hija de un veterano brigadista internacional, cómo no), y sus dos hijitas. Con ellas juega David a enterrar en pequeñas cajas de cerillas palabras que en la “vieja lengua” de su país van cayendo en desuso.

La beatitud y el maniqueísmo de sus planteamientos hace inservible El hijo del acordeonista como testimonio de la realidad vasca. A este respecto, la novela sólo vale como documento acrítico de la inopia y de la bobería -de la atrofia moral, en definitiva- que no han dejado de consentir y de amparar, hoy lo mismo que ayer, de forma más o menos melindrosa, el desarrollo del terrorismo vasco, reducido aquí a un conflicto de lobos y pastores, un problema de ecología lingüística y sentimental, al margen de toda consideración ideológica.

Existe un huidizo concepto,

el de la razón narrativa, que por su parte ampara las sinrazones que puedan caber en un relato. Pero es esta razón narrativa la que empieza por fallar completamente en El hijo del acordeonista, novela que incumple las mínimas reglas del decoro literario. El texto se ofrece como un desordenado “memorial” escrito por David pero reescrito póstumamente por su amigo Joseba, antiguo camarada en la lucha y en la actualidad conocido escritor vasco. Un artificio tramposo que, con sus chispas metaliterarias -y metaficcionales, dado que se insinúan aquí y allá claves autobiográficas-, no consigue amenizar la deriva tan previsible de un libro construido con una sentimentalidad jurásica, que en sus mejores páginas trae, bien que a su modo, el recuerdo de las novelas de José Luis Martín Vigil. Todo servido en una prosa de seminarista, de una cursilería casi conmovedora, llena de ridículos arrobamientos (“los osos: tan inofensivos, tan inocentes, tan hermosos”) y capaz de refutar en términos como los siguientes las maledicencias que corren en torno a don Pedro, un indiano ricachón -pero republicano- de quien se cuenta que labró su fortuna a costa de su hermano: “Detalles policiales aparte, los dos hermanos se querían mucho: porque eran Abel y Abel, y no, de ninguna manera, Caín y Abel. Desgraciadamente, como bien dice la Biblia, la calumnia es golosina para los oídos…”. Y sigue.

Para nimbar el marco pastoral de la novela con favorecedoras luces crepusculares, resulta que David escribe su memorial sabiéndose víctima de una grave dolencia que pronto lo arrancará de su particular paraíso terrenal. Aunque tarde, ha comprendido que “la vida es lo más grande, quien la pierda lo ha perdido todo” (sic). Pero incluso a la muerte consigue arrancarle David rasgos embellecedores, pues en su cercanía el amor adquiere, dice, nuevas formas: “Formas dulces, casi ideales, ajenas a los conflictos y a los roces de la vida cotidiana”. Como las del camino de salvación que postula esta novela.

09 - Diciembre - 2004

Carta abierta de Ignacio Echevarría a Lluis Bassets

Ignacio Echevarría

Estimado Luis,
Como esta es una carta abierta, conviene repasar algunos hechos que te son bien conocidos.
El pasado 4 de septiembre apareció en Babelia una reseña mía sobre la novelaEl hijo del acordeonista, de Bernardo Atxaga, por entonces recién publicada. La novela —interesa puntualizarlo— ha sido editada en castellano por Alfaguara, que pagó un importante adelanto para hacerse con ella, y que la lanzó como uno de los “platos fuertes” de la rentrée otoñal. Como suele suceder en estos casos, Babelia prestó una atención especial a la novedad, dedicándole a Atxaga la portada del suplemento y una amplia entrevista. En este contexto apareció mi reseña, que era inequívocamente desaprobatoria del libro, pero que —importa hacerlo constar— me había sido solicitada por la directora del suplemento, María Luisa Blanco, quien antes me consultó acerca de mi opinión sobre Atxaga, respondiéndole yo, sin falsedad, que se trataba de un autor cuya trayectoria venía siguiendo con curiosidad y con respeto.
La publicación de la reseña provocó en la dirección del periódico una fuerte conmoción, que se tradujo de inmediato en un pautado despliegue de artículos, entrevistas y crónicas que, en conjunto, apuntaban tanto a paliar y neutralizar los posibles efectos de la reseña como a compensar a Bernardo Atxaga por los perjuicios de todo tipo que ésta pudiera acarrearle. En cualquier caso, la reacción fue tan desproporcionada, que llamó la atención de numerosos medios de prensa españoles, que se hicieron eco de ella de la más variada forma, en general con sorna, pero también con escándalo y con sorpresa.
Yo mismo quedé consternado, y más expuesto que nunca a las dudas de siempre, que me asaltaron con especial crudeza. ¿Tiene sentido ejercer la crítica en un medio dispuesto a desactivar los efectos de la misma y a desautorizar a su propio crítico? ¿Tiene sentido tratar de hacer una crítica más o menos exigente e independiente en un medio que parece privilegiar y defender a ultranza, sin el mínimo decoro, los intereses de una editorial que pertenece a su mismo grupo empresarial? Haciendo caso a quienes me recomendaban no abandonar ni ceder terreno precisamente en momentos como éste, me resolví al final a escribir una nueva reseña, apalabrada ya desde meses atrás, y que mandé a la redacción de Babelia el pasado 13 de octubre. Se trataba en esta ocasión de un comentario a El bosque sagrado, un ya clásico libro de ensayos críticos de T.S. Eliot que la editorial Langre, de El Escorial, ha publicado este mismo año.
Al poco de ser recibida en el periódico, la reseña fue “retenida” por ti, que diste instrucciones de que no se publicara. Como esta situación se prolongara durante más de dos semanas, me decidí a dirigirte, con fecha del 28 de octubre, una carta en la que te manifestaba mi extrañeza y en la que te pedía explicaciones. Añadía en mi carta que me resistía a aceptar las explicaciones que a mí mismo se me ocurrían, y te recordaba que llevaba catorce años colaborando con el periódico.
En la respuesta que me dabas el día siguiente, en carta del 29 de octubre, confirmabas que habías impartido, en efecto, instrucciones de que mi reseña no se publicara, y para justificar esta decisión aportabas unas pocas reflexiones que ponían muy en duda las posibilidades de mi continuidad enBabelia a la luz, sobre todo, del tono en tu opinión demasiado tajante y descalificatorio empleado por mí a la hora de valorar la novela de Atxaga.
“Se ha dicho”, me escribías, “y supongo que te habrá llegado, que tu crítica era como un arma de destrucción masiva y que el periódico hace mucho tiempo que ha renunciado a utilizar este tipo de armas contra nadie.”
Tengo entendido que quien dijo esto, y lo dijo a voz en grito, frente a varios testigos, fue Jesús Ceberio, director de El País, el lunes siguiente a la publicación de mi reseña. Y te confieso que, dentro de todo, no deja de resultar halagador, para mí y para el oficio de crítico, que a alguien le quepa pensar que una simple reseña, escrita en el tono que sea, pueda tener los efectos de una arma de destrucción masiva. No deja de resultar cómica, por otra parte, la ocurrencia de emplear la metáfora “arma de destrucción masiva” en estos tiempos que corren. Parece que estamos todos condenados —unos más que otros— a presumir su existencia allí donde no las hay.
En tu carta aceptabas tranquilamente la posibilidad de que las explicaciones que yo mismo me daba acerca de lo ocurrido, y que me resistía a aceptar, fueran buenas. Y eso es lo alarmante, pues entre esas explicaciones se cuentan dos particularmente graves. A una ya he hecho referencia al aludir a mis dudas sobre el sentido de tratar de hacer una crítica independiente en un medio que parece privilegiar, con descaro creciente, los intereses de una editorial en particular y, más en general, de las empresas asociadas a su mismo grupo. No parece casual que sea un libro de Alfaguara el que haya alentado tus escrúpulos sobre el tono que eventualmente empleo a la hora de hablar sobre un libro que considero francamente malo. Llevo muchos años empleando un tono muy parecido, y el hacerlo no ha sido hasta ahora motivo de estupor ni de reprobación, más bien lo contrario. Te invito, para comprobarlo, a releer mis reseñas de las últimas novelas de autores como Jorge Volpi (Seix Barral), Antonio Skármeta (Planeta), Jaime Bayly (Espasa) o Lorenzo Silva (Espasa), tanto o más duras que la dedicada a Bernardo Atxaga, todas ellas publicadas en el plazo de un año a esta parte, o poco más.
Pero lo que me preocupa de verdad es que El País, del que vengo siendo lector desde hace más de veinte años, y donde vengo escribiendo desde hace catorce, pueda ejercer de un modo abierto la censura y vulnerar interesadamente el derecho a la libertad de expresión, del que tan a gala tiene ser defensor y valedor. Eso, y no otra cosa, es lo que se desprende de la resolución de vetar a un antiguo colaborador por el solo motivo de haber manifestado contundentemente, sí, pero también argumentadamente, su juicio negativo acerca de una novela.
Me decías en tu carta que dudabas aún sobre qué hacer conmigo, y me anunciabas, para “los próximos días”, una “respuesta completa” a mi petición de explicaciones. Pero ha pasado más de un mes, y supongo que las pobres reflexiones que entonces me adelantabas no han hecho entretanto sino cobrar cuerpo. Con fecha del mismo día 29 de octubre te escribía yo que quedaba a la espera de tu “respuesta completa”. Pero no dispongo de una eternidad para eso. Entiendo que la espera ha transcurrido en vano, y soy yo el que de nuevo tomo la iniciativa de escribirte esta carta abierta para esta vez simplemente decirte adiós, y despedirme de paso de los lectores de El País que durante todo este tiempo han seguido, con su aprobación o con sus desacuerdos, mi empeño quizás insensato de perseverar en el cada vez más menoscabado y cuestionado ejercicio de la crítica.
Vale.
19 - Diciembre - 2004

El 'caso Echevarría'

Malen Aznarez

Varios lectores se han dirigido a esta Defensora pidiendo la aclaración de unos hechos que consideran sumamente graves. “¿Se ha apartado al crítico Ignacio Echevarría del suplemento Babelia? Si es así, ¿tiene esto algo que ver con el hecho de que su crítica a la última novela de Bernardo Atxaga, El hijo del acordeonista, se dirigiera contra uno de los lanzamientos estrella para el otoño de una editorial, Alfaguara, que pertenece al mismo grupo empresarial de este periódico?”, pregunta desde Vitoria Javier Berasaluce Bajo. “Me parece que los lectores de EL PAÍS y de Ignacio Echevarría merecemos una explicación de lo ocurrido”, dice E. L. de Cegama. “Creo que el asunto es lo suficientemente grave y afecta a la credibilidad del periódico para que la carta abierta de Echevarría al director adjunto se despache con un ‘sin comentarios”, añade Segundo Saavedra. Es el resumen de casi una veintena de quejas.

La redactora jefe de Babelia, María Luisa Blanco, da su versión de lo sucedido: “El libro de Bernardo Atxaga se programó a finales de julio para que protagonizara la primera portada de Babelia de septiembre. La crítica del libro se le pidió a Ignacio Echevarría. Rafael Conte y Echevarría se reparten la crítica de los libros considerados más importantes, que suelen coincidir con aquellos a los que se les dedica una portada. La de Atxaga se decidió en el contexto de potenciar valores literarios actuales que no habían tenido hasta el momento un excesivo subrayado dentro de las páginas del suplemento. En esa línea se ha dado portada a autores como Ray Loriga, Belén Gopegui o Mario Onaindía.

Desde un punto de vista informativo se consideró interesante hacer una entrevista a Bernardo Atxaga por las expectativas generadas en torno a una novela esperada desde hacía siete años, premio de la Crítica cuando el libro se publicó en euskera. Atxaga venía avalado, además, por su trayectoria literaria; fue, por tanto, una apuesta explícita por el autor. Como es frecuente en el periodismo, no siempre coincide la opinión de un crítico o un columnista con un despliegue informativo concreto. En Babelia hay otros precedentes: Sarah Waters, escritora británica, avalada por un enorme éxito, salió en una doble página con entrevista y una crítica negativa de José María Guelbenzu. El respeto a la libertad e independencia de la crítica lleva a este tipo de divergencias. Después de la publicación de la crítica de Atxaga, el director, Jesús Ceberio, me pidió públicamente que comunicara al crítico que este periódico no utiliza ‘bombas atómicas’ contra nadie. Así se lo comuniqué y le reclamé la reseña de dos libros pendientes desde julio. A las dos semanas envió la crítica de uno de ellos, El bosque sagrado, de T. S. Eliot, que el director adjunto, Lluís Bassets, guardó hasta nueva orden. Dos meses y medio después se recibió la carta abierta de Ignacio Echevarría”.

Esta Defensora ha planteado al director adjunto, Lluís Bassets, responsable de Opinión y del suplemento Babelia, y destinatario de la carta abierta de Echevarría (en la que le pedía explicaciones por la crónica retenida, hablaba de censura y aseguraba que el periódico había defendido a ultranza los intereses del grupo empresarial), las siguientes preguntas:

1. ¿Por qué Echevarría no ha publicado ninguna crítica en Babelia desde hace más de tres meses? ¿Tiene algo que ver con el hecho de que la última que publicara fuera una crítica muy negativa del libro de Bernardo Atxaga editado por Alfaguara? ¿Tiene razón el crítico cuando afirma que ha sido objeto de una represalia por culpa de esa nota negativa?

2. ¿No queda en entredicho, como señalan algunos lectores, la credibilidad de EL PAÍS, cuando entran en colisión los intereses del grupo empresarial al que pertenece con una crítica independiente?

3. ¿Por qué no se ha publicado la carta abierta de Echevarría?

Éstas son sus respuestas de Bassets:

1. “Resulta difícil sobreponerse al estupor que suscita la lectura de esta novela. Cuesta creer que, a estas alturas, se pueda escribir así’. Hago mías estas palabras con las que empezaba Echevarría su crítica, pero aplicada a lo que él escribe. No me parece razonable que en un diario de información general, que pretende hacer un servicio al mayor número posible de lectores, se ataque personalmente a un escritor y se haga utilizando además una forma tan cruel. (La versión original ni siquiera le ahorraba al autor una referencia despectiva a su competencia moral, frase que aceptó suprimir a sugerencia de la Redacción deBabelia). Creo que un diario como EL PAÍS es ecléctico y plural por definición en cuestiones estéticas, lo cual no significa que sus críticos no lleguen al fondo de las cosas ni tengan libertad para expresar sus reservas o su enmienda a la totalidad de una obra, independientemente de quién sea el editor. Su artículo contra Atxaga llevó a interrogarnos sobre el papel de este crítico y decidimos congelar por el momento su colaboración. Envió semanas más tarde una crítica cuya publicación fue aplazada. Entiendo que la dilación molestara a un crítico tan reconocido y valorado, y no tengo inconveniente en reconocer que podía y debía publicarse. Lamento de verdad que él mismo haya decidido dar por terminada su relación con el periódico. No ha habido censura. No ha habido despido ni rescisión por nuestra parte de una relación. Ha sido Echevarría quien la ha roto sin tantear ninguna otra posibilidad. ¿Ha habido limitación al derecho a la información y a la libertad de expresión? Creo sinceramente que no y que en este bloque de derechos y libertades se incluye el de los lectores a elegir el diario que quieren leer y por parte de las empresas periodísticas el de contratar los artículos que desean ver publicados en sus páginas”.

2. “Un periódico tiene la credibilidad que le dan sus lectores. Que la crítica está mediatizada por los intereses editoriales del grupo empresarial es una opinión que no comparto. Como mínimo expresada en estos términos”.

3. “No creo que una carta abierta dirigida a mí sea la forma más adecuada de resolver el conflicto. Cuando la recibí y pensé que sólo la había dirigido al periódico -al director, a Babelia y a mí mismo-, expresé mi deseo de verla publicada. Me convenció de lo contrario su divulgación inmediata y masiva en Internet sin conceder siquiera 24 horas al diario para su publicación. No creo que EL PAÍS deba prestarse como plataforma para una acción contra el propio diario”.

Son explicaciones que el director de EL PAÍS, Jesús Ceberio, “comparte y respalda de principio a fin”, al tiempo que subraya que “en modo alguno puede hablarse de censura, puesto que la crítica se publicó”. El pasado viernes, Ceberio reconoció haber gestionado “muy mal” este “conflicto”. Ante la inquietud del Comité de Redacción por la carta de más de un centenar de críticos, colaboradores y redactores de EL PAÍS -publicada ayer en Cartas al Director-, Ceberio lamentó que “este conflicto, que ya reconocí haber gestionado muy mal, dé pie a conclusiones que me parecen desmesuradas y que tratan de extender una sospecha general sobre el periódico. EL PAÍS lleva más de 28 años ejercitando la libertad de expresión y de crítica, como bien saben los firmantes de la carta que frecuentan sus páginas. Por encima de posibles errores, ése es un compromiso permanente de la dirección con los profesionales que hacen el periódico y con los lectores”.

Esta Defensora está de acuerdo en que el periódico tiene derecho a escoger los artículos que quiere publicar en sus páginas. El caso es que Echevarría había escrito, este mismo año, otras críticas en idéntico tono implacable. Y antes había fustigado con dureza a escritores de la talla de Javier Marías, sin que -como el propio crítico dice en su carta- hasta ahora eso hubiera sido “motivo de reprobación”. Echevarría también había criticado distintos libros de Alfaguara. Cuatro en este mismo año, entre ellos Delirio, de Laura Restrepo, último premio Alfaguara de Novela. Nunca hubo quejas de censura por parte del crítico, quien siempre escribió con absoluta libertad lo que creyó conveniente y así se publicó.

No se puede hablar, por tanto, de censura. Pero esta Defensora cree que más que una “muy mala gestión” de lo que la dirección asume como un “conflicto”, el desarrollo del mismo ha sido un auténtico disparate. No sólo debían haberse extremado todo tipo de precauciones para evitar el conflicto y las sospechas, sino que antes que nada debió de hablarse con Echevarría en vez de mantener silencio durante tres meses. Si, como ha asegurado Jesús Ceberio, la decisión no fue prescindir del mismo, “sino congelar la relación durante un tiempo”, parece de locos haber llegado a una situación que ha desembocado en la pérdida de un crítico de prestigio, y dado pie a graves repercusiones para la credibilidad del periódico.

La discusión que se podría plantear, a juicio de esta Defensora, es si ha existido conflicto de intereses, porque es cierto que dentro de los grandes conglomerados periodísticos existe siempre esa sospecha. Y consecuencias derivadas de ese conflicto.

El Libro de estilo señala que la mejor forma de evitar el conflicto de intereses “es la transparencia interna que este periódico se compromete a mantener”. Asimismo dice que, por encima de cualquier otro, prevalecerá el interés del lector; y añade que “en las informaciones relevantes de contenido económico o financiero referidas a cualquier empresa integrada o participada por el Grupo Prisa se hará constar que se trata del grupo editor de EL PAÍS”. En este caso, elLibro de estilo no ayuda a aclarar el problema planteado, porque publicar que la editorial pertenece al Grupo Prisa -que no se hizo- no hubiera resuelto nada. Esta Defensora cree que, de alguna forma, habría que establecer unos principios rotundos que, en casos de sospecha de conflicto de intereses por productos relacionados con el grupo empresarial, dejaran bien a resguardo la independencia de las informaciones, especialmente las críticas. Nada dudoso que pueda impedir, en palabras de Bassets, que los críticos de EL PAÍS no puedan llegar “al fondo de las cosas ni tengan libertad para expresar sus reservas o su enmienda a la totalidad de una obra, independientemente de quién sea el editor”.

Porque si los lectores están por encima de todo, es precisamente en casos como éste cuando el cuidado ha de ser exquisito. La credibilidad es difícil de alcanzar, pero se pierde con facilidad. Y ya se sabe que la mujer del César no sólo tiene que ser honrada, sino también parecerlo.

28 - Enero - 2005

Cuatro años después

Juan Goytisolo

La carta abierta del crítico Ignacio Echevarría a Lluís Bassets, director adjunto de este periódico, tocante a la retención de sus colaboraciones a raíz de una severa reseña de la novela de Bernardo Atxaga, El hijo del acordeonista, publicada por Alfaguara, exige desde luego una reflexión y la apertura de un debate en torno a la difícil independencia del crítico respecto a los intereses empresariales y, añadiría yo, a las consideraciones de corrección política que a menudo la traban. La reseña que desencadenó el incidente no fue censurada, puesto que apareció en las páginas de Babelia; pero, como si se tratase de un signo propio de los tiempos que vivimos, en los que las libertades que se afirman en teoría se niegan en la práctica, el autor tuvo que hacer frente a unas consecuencias completamente al margen de consideraciones literarias. El tema no es nuevo, aunque sí se manifiesta, como él dice, con mayor “descaro”: forma parte de la casi absoluta comercialización -pienso en otra palabra más fuerte- de la vida literaria española en la que, por citar un ejemplo, los premios de las editoriales más conocidas suelen otorgarse de antemano y los jurados que los avalan se limitan a plebiscitarlos como en los referendos de Franco o del socialismo real. Algo huele a podrido, no en la lejana Dinamarca sino en nuestro luciente Parnaso, y resulta difícil a estas alturas sorprenderse con ello. Echevarría ha tenido más suerte que yo: el apoyo de un centenar de novelistas, críticos, editores, etcétera, que se adhieren al contenido de su carta abierta y entre los cuales cabe destacar un buen puñado de ellos libre de toda sospecha -comenzando con Rafael Sánchez Ferlosio, el mejor Cervantes español desde que el premio existe- junto a otros de dudosa autoridad moral y algunos cuya firma ocasiona vergüenza ajena. A esto se llama mezclar capachos con berzas, con la consecuencia de que tal mezcolanza empañe a mi entender la credibilidad y buena fe de quienes salen en defensa de la libertad amenazada.

Cuando hace cuatro años señalé dicho estado de cosas en estas mismas páginas de Opinión (Vamos a menos, EL PAÍS, 11 de enero de 2001), aguardaba un debate sereno sobre el tema, que no se produjo. Salvo unas pocas revistas marginales o de circulación limitada, nadie entró al trapo. El artículo se discutió, eso sí, de viva voz y, cuando días después de su publicación pasé por Madrid, recogí el comentario unánime: “Has escrito lo que todo el mundo piensa”. “En este caso”, repuse a más de uno, “¿por qué nadie lo expresa?” De nuevo me topaba con el fatídico dicho de Larra: “Lo que no se puede decir, no se debe decir”. Y no obstante tenía más suerte que un autor tan estimable como Julio Llamazares, cuya opinión sobre el asunto, anterior a la mía y coincidente con ella, no obtuvo elnihil obstat. En corto: la discusión provechosa y abierta brilló por su ausencia y las cosas siguieron como antes.

Pero lo que asombra e inquieta a muchos lectores es que Ignacio Echevarría haya tardado catorce años en advertir dicha situación. Él, como el ex crítico-estrella de este periódico y algunos firmantes de la carta abierta se abrieron camino a pulso en este mundo de poderosos intereses empresariales y de amores y odios compartidos con el responsable de turno. Divisiones implícitas, pero respetadas: los de la Casa y los de Fuera, los correctos e incorrectos. ¿Han meditado los interesados en el ninguneo por razones diversas de figuras tan dispares como Julián Ríos, Gregorio Morán o Alfonso Sastre, cuya obra Lumpen, marginación y jerigonza fue vetada por la casi totalidad de la prensa “seria” por causas que nada tienen que ver con el aguijador contenido del libro? Otros escritores, poetas y novelistas de valor -la lista no es corta- fueron empujados también a los márgenes y condenados a una provisional e ilusoria inexistencia. El fenómeno es general -en los grandes periódicos franceses ocurre algo parecido, como lo prueba que, por motivos idénticos, el mejor de ellos prescindiera de los servicios de su crítico más solvente a consecuencia de una reseña negativa de la obra de un colaborador de sus páginas- pero, por ello mismo, no se puede a estas alturas fingir inocencia de vestal y rasgarse las vestiduras cuando el conflicto con intereses “superiores” no afecta a otros, sino a uno mismo.

Sería conveniente releer a Cernuda y sus lúcidas reflexiones expuestas en diferentes ensayos para comprender que “en España, las reputaciones literarias han de formarse entre gente que, desde hace siglos, no tiene sensibilidad ni juicio, donde no hay espíritu crítico ni crítica y donde, por tanto, la reputación de un escritor no descansa sobre una valoración objetiva de su obra”. O la advertencia elemental de que la crítica “no consiste en administrar un compuesto de azúcar, melaza, sacarina y jarabe a aquellos escritores admirados y palo tras palo a aquéllos detestados por el crítico”.

Creo que esta última observación se ajusta como vitola al habano a algunas reseñas de Echevarría: yo he recibido de él, no sé si con razón, bastantes palos (aunque por fortuna no de “destrucción masiva”) y recuerdo, entre otras, sus loas a un autor admirado por él en las que, como evoqué sin nombrarlo en mi artículo de hace cuatro años, acumulaba una docena de adjetivos entusiastas (“piropos” o “mimos” en el lenguaje de Cernuda) que harían sonrojar al propio Cervantes.

Los escritores podemos sacar provecho de las críticas bien fundamentadas, y a mí me han sido muy útiles al hilo del tiempo para remediar insuficiencias y paliar defectos (por ello, el cineasta Néstor Almendros solía decir con humor: “Yo nunca critico a mis enemigos porque a lo mejor aprenden”). Pero ni el incensario no justificado con análisis y argumentos ni el encarnizamiento contribuyen a la solidez de la confianza en el crítico ni ayudan a los reseñados que, como Artxaga, necesitan una luz que les oriente sobre la mejor manera de eludir el lugar común y el sentimentalismo fácil.

Mas vuelvo al panorama de la vida literaria española y a la libertad del menester de crítico. Las observaciones de Cernuda y, antes de él, las de Azaña, cayeron en saco roto. Las jerarquías universitarias heredadas del franquismo, la incorregible burocracia cultural y la convergencia del poder asfixiante de los grandes consorcios editoriales con el canibalismo tribal se conjugan con terrible eficacia para ahogar la independencia intelectual. Se vende, se sigue vendiendo, gato muerto por liebre viva, y ello con la complicidad o resignación de los críticos, sometidos a veces a presiones difíciles de soportar. La necesaria transición cultural se hace esperar (¡ojalá el Cervantes otorgado a Sánchez Ferlosio sea la ceja del alba de ella!) y, entre tanto, el carrusel de los “tíos vivos” da vueltas y más vueltas para mayor gloria de la Literatura Nacional y de las conmemoraciones del Quijote que nos aguardan.

En tales circunstancias, episodios como el que comentamos son producto de un sistema de difícil arreglo. El oficio crítico exige un espíritu de independencia casi heroico y, por consiguiente, poco común. Pero la justa denuncia de lo acaecido tendría mejores credenciales si el represaliado y algunos de los que con oportunismo flagrante se solidarizan con él, no se hubieran beneficiado durante años de tal situación y hubieran abierto el debate a su debido tiempo.

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