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La irrupción del candidato del Partido Reformista, Ross Perot, fue clave para la derrota

Elecciones EEUU 1992 – El demócrata Bill Clinton acaba con la presidencia del republicano George Bush al derrotarle en las urnas

HECHOS

En noviembre del año 1992 se celebraron elecciones presidenciales en Estados Unidos de América que convirtieron a William Clinton en el nuevo presidente de la nación.

¿HUNDIÓ PEROT A BUSH?

Perot Varios medios señalaron la decisión del multimillonario texano, Ross Perot, de presentarse a las elecciones de Estoas Unidos por su Partido Reformista como la clave que terminó de hundir a la candidatura del Partido Republicano de George Bush al recoger Perot un importante voto de castigo. Perot (que mareó con su retirada de candidatura en mitad de la campaña para retornar de nuevo alegando que había sido por amenazas) ha sido el ‘tercer’ candidato en discordia que más votos ha logrado en un país tan bipartidista como Estados Unidos.

QUAYLE DA PASO A GORE

Dan_Quayle La derrota de George Bush supone también la derrota del hasta ahora vicepresidente Dan Quayle, en quien se han centrado las burlas de cómicos de todo el mundo presentándolo como el ‘compañero tonto’ de Bush. El nuevo vicepresidente de Estados Unidos será el compañero de ticket de Bill Cinton: Al Gore.

04 - Noviembre - 1992

El presidente Clinton

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

Bill Clinton es virtualmente el nuevo presidente de los Estados Unidos. A falta de los resultados definitivos su victoria es lo bastante amplia para constituir un mandato de renovación. El próximo 20 de enero se instalará en la Casa Blanca por cuatro años como mínimo, un periodo de tiempo en el que tendrán que despejarse las dudas sobre el liderazgo mundial con el que ha finalizado el mandato de George Bush. Es cierto que en una elección presidencial de Estados Unidos resulta difícil distinguir claramente entre los programas de unos y otros candidatos, porque acaban pareciéndose extraordinariamente. En estas circunstancias, podrá afirmarse que Clinton, lejos de aplicar una política socialdemócrata, acabará moviéndose hacia el centro. Pero existen cuatro o cinco cosas en las que su ideología demócrata, liberal, será decisiva e invariable. En primer lugar, la renovación de los jueces del Tribunal Supremo, un área en la que el nuevo presidente intentará contrarrestar los nombramientos conservadores de la época de Reagan y de Bush. Segundo, en materia de educación y sanidad permitirá menos libertad a las decisiones individuales e incrementará la intervención estatal. Tercero, incrementará la presión fiscal de manera generalizada y pretenderá algo optimistamente reducir el déficit público a la mitad en cinco años. Empieza con suerte: la economía da señales de recuperación.

En política internacional, es de esperar que resulte un presidente ligeramente más aislacionista, más tentado de propiciar la independencia estratégica de Europa, lo que no quiere decir que se proponga abandonar al resto del mundo a su suerte. Sí será un aliado menos complaciente que su predecesor en materia de comercio internacional (léase proteccionismo y las negociaciones GATT), lo que no es mucho decir.

Al final resultará, sin duda, un líder menos experimentado que Bush en cuestiones internacionales, pero también más honrado (¿menos mentiras en cuestiones como el Irán-Contra?), menos pragmático a la hora de identificar la mejor manera de proteger los intereses de Estados Unidos (¿menor contemporiza ción con dictadores como Sadam Husein?) y no necesariamente más ignorante si es capaz de rodearse de asesores como el senador Sam Nunn. Es bueno saber que contará con el consejo y colaboración de un vicepresidente, como Al Gore, abierto a las nuevas preocupaciones por un mundo más vivible y más protegido, y de utilizar el apoyo de un Congreso en el que tiene la mayoría. En terrenos menos programáticos todo parece indicar que en la elección de Clinton ha, sido básica la opinión de sus compatriotas sobre su personalidad y sobre la de George Bush. Es evidente que los norteamericanos se han inclinado mayoritariamente por la más agresiva y decidida. La juventud de Clinton no ha sido en este caso necesariamente preferida por sí misma a la madurez de Bush. Lo ha sido sólo en tanto que indicativa de una personalidad más fuerte, menos sujeta a vaivenes de carácter. Y así, en la derrota de Bush ha sido determinante su repentina falta de agresividad, de convicción y de liderazgo. No se comprende de otro modo que el presidente enormemente popular de hace un año y medio (terminada la Operación Tormenta del Desierto) se convirtiera en el estrepitoso perdedor de ayer. En este sentido, puede afirmarse que Bush ha hecho tanto por perder la elección como Clinton por ganaría.

En las alocuciones finales de la campaña, mientras Clinton aconsejaba a los votantes que se inclinaran por “una nueva América”, Bush les pedía que le dejaran “ampliar el sueño americano”. Es evidente que sus compatriotas se han preguntado por qué el presidente saliente había esperado hasta ahora para hacerlo. La época de George Bush, una década que comenzó con un mediocre actor californiano pero soberbio comunicador (Ronald Reagan) en la Casa Blanca, ha pasado. Es el tumo de Bill Clinton.

04 - Noviembre - 1992

Clinton abre una nueva etapa

ABC (Director: Luis María Anson)

Los votos confirmaron las encuestas. Bill Clinton se sentará en el sillón presidencial de la Casa Blanca. Ha hecho una campaña inteligente, rehuyendo la confrontación personal con Bush y Perot, en la que tenían mucho que perder. Clinton ha demostrado que es un excelente calculador, con instinto para captar los sentimientos colectivos. Después de doce años de consevadurismo, América pide cambio. Lo necesita. Reagan sobre todo, Bush en menor medida, liberaron muchas fuerzas individuales y empresariales asfixiadas por la burocracia inútil.

Pero la economía de mercado vive desde hace casi dos siglos condicionada por los ciclos: son fases de expansión y recesión, movimientos pendulares de unos diez años. Pero hay también etapas paralelas en las que el Estado se expande y se reduce, como en los latidos del corazón. El Gobierno federal ha recortado su presencia a lo largo de los ochenta. Ahora hay un sentimiento extendido que reclama mayor protagonismo del poder político, más ayudas. Es un planteamiento peligroso en el que la nueva Administración habrá de avanzar con pies de plomo.

Lo que la parte más emprendedora de América reclama es la recuperación de su capacidad de competir; es decir, la modernización del sistema educativo y, sobre todo, de la formación profesional, por un lado. Por otro, las facilidades, sobre todo exteriores, que las empresas necesitan para exportar. Ésta ha sido la punta de lanza de la campaña. Posiblemente, Bush ha errado al empeñarse en hacer del debate una cuestión personal. Es cierto que el poder presidencial es muy grande. Pero lo que al final se impone en América es el entramado de las instituciones, el sabio sistema de controles y contrapesos.

Una nueva Administración y un nuevo Congreso inyectarán energía para relanzar la vida pública, y eso es precisamente lo que pide al país. Clinton ha asegurado que él sabrá, no ya dirigir, sino arbitrar en el complejo entramado de fuerzas que forman las empresas, los sindicatos, los centros de investigación y las universidades. El poder federal, ha subrayado Clinton con sutileza, no es el responsable de crear: tiene que permitir que surjan nuevas formas de competencia y de colaboración. Porque la economía de mercado no es sólo lucha: también requiere la cooperación.

Es necesario que este concepto rebase las fronteras norteamericanas y se extienda, en el polémico marco del GATT, a la cooperación con las otras dos grandes áreas que generan equilibrio y riqueza. El flamante vencedor Clinton no puede caer en el error de fomentar una paz doméstica a costa del proteccionismo y el entrenamiento creciente con sus aliados; la moderación de Bush le otorgaban mayor crédito entre los Gobiernos europeos y las grandes empresas de la CE. Pero Clinton ha demostrado ser un gran pragmático y las realidades de la economía, previsiblemente, un grado excesivo de intervencionismo.

Eso lleva a la gran cuestión del papel de EEUU en el mundo, de aquí al final de siglo. Cuestión poco tratada en la campaña. El electoralismo aquí ha demostrado sus peores defectos. Los votos no se obtienen explicando las responsabilidades de América en el exterior. Y, sin embargo, Bush tenía razón: una economía saneada no basta. El fin de la guerra fría deja al país como única fuerza garante del mínimo equilibrio mundial indispensable.

Desde Europa vemos la elección presidencial con una distancia que deforma la realidad americana. El sistema de equilibrios entre el Legislativo y el Ejecutivo, y la impronta federal dominan la vida pública. Se trata, no conviene olvidarlo, de cincuenta Estados con vida política propia. En California, por ejemplo, se celebraba ayer un trascendental referéndum sobre la eutanasia. La limitación del mandato de senadores y representantes es otra gran cuestión sometida a los electores en catorce Estados. No estamos, por tanto, ante la elección del primer mandatario, sino ante una revisión profunda de las estructuras políticas de la nación, desde la base  a la cúspide.

Si los datos finales confirman las primeras informaciones, la afluencia de votantes habrá sido superior al promedio de las elecciones de este siglo. En el descenso de la abstención ha influido la preocupación del americano medio, inquieto por el curso general de un país acostumbrado en las tres últimas generaciones a competir en primera línea como líder mundial.

La mínima repercusión de la política exterior en los debates electorales ha preocupado a los europeos. Desde este lado del Atlántico se ve a los norteamericanos muy vueltos hacia el interior de sus propias fronteras. A lo largo de este siglo, ese síntoma ha coincidido con los peores momentos, al menos desde que la Revolución de 1917 extendió la aceptación popular de los ‘valores occidentales’. Las campañas antiamericanas se desvanecen generalmente en Europa cada vez que Estados Unidos hace un gesto de repliegue.

Después de doce años de defensa a ultranza de las leyes del mercado, una corriente profunda del pensamiento americano – también occidental – ha vuelto a la superficie de la mano de Clinton. Hay que dejar, en efecto, que se expresen las fuerzas económicas, pero no cabe ignorar ejemplos como los de Alemania o Francia, donde la seguridad social y la defensa de los desprotegidos ha sido compatible con la libertad empresarial. El mundo occidental no quiere unas fuerzas del mercado abandonadas a su arbitrio. Los años de Ronald Reagan y Bush se cierran con avances, pero también con explosiones de violencia, marginación y pobreza, como hemos presenciado en Los Ángeles. Las reglas de la competitividad no pueden saltar sobre los mecanismos de protección inventados hace ciento treinta años en un sistema tan poco revolucionario como la Alemania de Bismarck. También en este antiguo debate pueden hallarse razones de eco obtenido por la oferta de cambio del próximo presidente de Estados Unidos, Bill Clinton.

04 - Noviembre - 1992

La antorcha ha cambiado de manos

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

TRES años después del derrumbe del bloque soviético, uno y medio tras la victoria militar estadounidense más fulgurante de los últimos cincuenta años, George Bush, el gestor del Nuevo Orden mundial, se esfuma de la escena. Su naufragio súbito, en beneficio de un Bill Clinton por quien casi nadie hubiera apostado hace sólo unos pocos meses, podría resultar paradójico en un primer acercamiento. No lo es, a poco que las condiciones del nuevo horizonte político consumado en estos años sean tenidas en cuenta con un mínimo de rigor. Tras doce años de administración republicana, el gigante americano se ha detenido a reflexionar. La URSS, aquel legendario enemigo exterior sobre cuya amenaza se forjasen buena parte de las mitologías americanas de esta segunda mitad del siglo XX, se ha desvanecido en el aire. Allí donde existía una potencia militar de primer orden, designable en la fantasmática de la América profunda como Imperio del mal, queda ahora sólo un inmenso territorio sumido en el caos y la miseria. La estrategia del containment, del bloqueo y contención de la expansión soviética, ha terminado. Y, con ella, un ciclo largo se cierra para la historia estadounidense. De un modo que se repite regularmente a lo largo de la historia, los agentes de un éxito de tales dimensiones -Bush, en este caso- son parte del mundo de relaciones que contribuyeron a liquidar y acaban siempre por ser arrastrados con él en su naufragio. Bush era hoy ya, ante los ojos del electorado americano tan hijo del pasado como la Guerra Fría cuya victoria el cosechó. Su éxito militar en el Golfo no podía ser sino el preludio de una jubilación dorada.

América vuelve los ojos sobre sí misma, ahora, puesto que no hay ya nada fuera, sobre lo cual proyectarlos. La URSS y su bloque imperial son una ruina que se desmigaja, Latinoamérica ha renunciado a sus últimos ensueños de revolución y aun de pretensión emancipatoria. Europa queda lejos y la presencia militar allí resulta cada vez más ociosa… El Imperio del mal, en fin, ha sido aniquilado. Mas los teólogos saben cuan peligroso es deshacerse del Diablo. Sin su presencia, nada garantiza ante los hombres la legitimidad de Dios. Sin un principio universal del Mal, todo criterio del Bien se torna sólo en juego relativo de rentabilidades. Es ese juego el que ha aparecido ante los ciudadanos estadounidenses en el momento de tener que optar entre la continuidad de George Bush y esa «otra cosa», aun inconcreta, representada por la sabiamente construida imagen juvenil y dinámica de Bill Clinton. Perdida la verosimilitud de los grandes principios de garantía universal, la mirada ciudadana se ha retrotraído hacia el jardín privado y la cesta de la compra. Y lo que el votante ha podido contemplar allí muy poco se correspondía con los sueños de grandeza del discurso oficial republicano. Bush heredó de Reagan una economía en crisis y casi al borde de la catástrofe. No ha sabido ponerle un remedio eficaz. De primer acreedor mundial, los Estados Unidos pasaron, en los años ochenta, a transformarse en primer deudor, hasta llegar a los vertiginosos 4 billones de dólares actuales. Fue la lógica reaganiana, de la cual Bush no ha hecho sino recoger los frutos más amargos: bajos impuestos, especulación disparada, desreglamentación creciente, abandono de responsabilidades y de cualquier intervencionismo estatal y dependencia casi exclusiva del monetarismo para estimular la producción. Durante algún tiempo, los elevados tipos de interés mantuvieron una entrada suficiente de dinero exterior. Pero buena parte de ese dinero no pasó nunca a la inversión productiva. La acción conjunta del dolar elevado y del encarecimiento del dinero contribuyó a sangrar el ahorro mundial y a reducir simultáneamente las exportaciones estadounidenses, muy encarecidas por la sobrevalorización de su moneda. En paralelo, estos últimos años de la Guerra Fría habían exigido un esfuerzo militar desproporcionado. Los datos a los que se enfrentó ayer el elector americano son, ciertamente, muy preocupantes. Bajo Reagan y Bush, el déficit presupuestario de Estados Unidos ha alcanzado niveles insostenibles a medio plazo. 6% del producto nacional bruto en 1983, 5% en el bienio 19841986, con Reagan: casi el doble de lo que en Europa se considera un punto crítico. Las causas son esencialmente atribuibles al disparo de los gastos de defensa y al fuerte aumento de la protección social, que, del 20% del Producto Nacional Bruto a finales de los años 60 y el 24% a mediados de los 80, pasará a representar en 1992 un 45% del gasto público. Todo ello con un estancamiento de los ingresos fiscales en torno al 20% del PNB desde los años sesenta. Frente a esa doble herencia -victoria final sobre el enemigo exterior y derrota económica interna-, el electorado estadounidense ha apostado ahora por un «relevo generacional» que recuerda en sus simbolos e imágenes al impulso que llevó a J.F. Kennedy al poder en los sesenta. Se trata del mismo gusto por el winner, el joven ganador de imagen atractiva, que, en el caso de Clinton ha sido muy fácil forjar, merced, en buena parte, a la inmensa torpeza exhibida por los republicanos a partir, sobre todo, de su Convención. Todos los tópicos más periclitados de la «América profunda» han sido puestos en juego por el entorno bushiano, sin la menor conciencia de estar cavando la propia fosa: una rigidez conservadora extrema en todo cuanto concierne a los clichés religiosos y familiaristas ha producido el efecto inverso al buscado. La imagen de Bárbara Bush estableciendo la ecuación «sexo igual a muerte» o los intentos de desprestigiar a Clinton por su actitud crítica frente a la guerra de Vietnam han sido un boomerang que ha encajado el propio Bush en pleno rostro.

Y nadie puede negar que el candidato demócrata ha sabido jugar muy hábilmente con esas torpezas de su adversario, utilizándolas para fortalecer un mensaje, tal vez simple, pero, en todo caso, de apariencia clara y coherente: el de la necesidad de un cambio rotundo. Desde un primer momento, Clinton se ha centrado sobre los problemas que de verdad preocupan a los ciudadanos americanos de 1992: la economía y los servicios. Y se ha desentendido de los llamamientos épicos a la victoria militar sobre un enemigo secular ya inexistente. En un país con tan escaso sentido del pasado como los Estados Unidos el recuerdo de las victorias de anteayer puede resultar -Bush acaba de comprobarlo en pellejo propio- cosa de arqueología. Ayer no existe. Aunque ayer haya sido la victoria sobre la URSS o sobre Sadam Husein. Su éxito abre lo que debería ser un punto de inflexión esencial en la América contemporánea. Un dato pone en manos del nuevo presidente unas potencialidades sin precedente. Por primera vez desde hace cincuenta años, EEUU no tiene un adversario mundial al cual verse obligado a hacer frente. Todas las coartadas que llevaron a los dirigentes americanos a defender, a través de la Trilateral, en las dos décadas últimas, tesis favorecedoras del recorte táctico de las libertades democráticas, han desaparecido. Los viejos principios fundadores de la Constitución americana pueden así -y, en todo caso, deben- pasar al primer plano. Y los anhelos de policía mundial quedarse en un mal sueño ya periclitado. Si así fuere y si Clinton logra recomponer la economía americana sobre la base de la paz y el progreso, su mandato debería generar efectos benéficos sobre el conjunto de la economía mundial, que aguarda el tirón de la locomotora estadounidense. De no producirse así, de verse envuelto también Clinton en el marasmo de un sistema productivo estrangulado por la industria de guerra y el deterioro económico y social interno, caminaríamos todos hacia un período caótico. En lo económico como en lo político. La antorcha ha cambiado de manos. Las esperanzas levantadas por Clinton son muy altas. Sus responsabilidades por el modo en que sepa gestionarlas lo son aún más.

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