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Tercer mandanto consecutivo de los republicanos y derrota del candidato demócrata Michael Dukakis

Elecciones EEUU 1988 – El vicepresidente de Reagan, George Bush, gana las elecciones y le sucederá como presidente del país

HECHOS

En noviembre de 1988 se celebraron elecciones presidenciales en Estados Unidos en las que ganó el candidato republicano, George Bush.

QUAYLE, VICEPRESIDENTE A PESAR DE TODO

Dan_Quayle El compañero de ticket de George Bush es Dan Quayle que ha contado desde el principio con la animadversión de la prensa europea, que primero lo presentó como un ‘ultraconservador’ derechista, para luego directamente presentarlo como un ‘tonto’ que no era capaz de pronunciar correctamente la palabra ‘patata’ y que encima había utilizado la influencia de su familia para librarse de ir a la guerra de Vietnam. Aún con todo, con el triunfo de Bush será el nuevo Vicepresidente de Estados Unidos.

DERROTA DE JESSE JACKSON Y LA COMUNIDAD NEGRA

jesse_jackson_lenorafulani Por primera vez un activista afroamericano, Jesse Jackson, se presentaba en serio como candidato al Partido Demócrata. A pesar de que en las primarias se le llegó a ver como un candidato con posibilidades, la convención terminó dando el triunfo a Michael Dukakis obligando a Jackson a tirar la toalla. Otra activista afroamericana, Lenora Fulani, creo el partido Nueva Alianza con el que se presentó como candidata a la presidencia de Estados Unidos con la única misión de ‘castigar’ a los demócratas por su error y restar votos a la candidatura de Dukakis.

¿LA CNN DESTRUYÓ A MICHAEL DUKAKIS?

Dukakis_Shaw El principal protagonista del  debate presidencial entre los dos candidatos a la Casa Blanca: el del Partido Republicano, George Bush, y el del Partido Demócrata, Michael Dukakis, no fue ninguno de ellos, sino el periodista de la CNN, el afroamericano Bernard Shaw. Señalado como la persona que ‘hundió’ a Dukakis durante el mismo. Le preguntó si sería partidario de aplicar la pena de muerte a un criminal que violara y asesinara a su mujer y el candidato no fue capaz de reaccionar.

Shaw es el reportero estrella de la CNN (Cable News Network) una joven cadena de noticias fundada por Ted Turner que está luchando por hacerse hueco entre los imperios norteamericanos (la ABC, la NBC y la CBS).

09 Noviembre 1988

El nuevo presidente

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

George Bush ha sido elegido, con una amplísima mayoría, presidente de Estados Unidos. Dentro de dos meses tomará, de manos de Ronald Reagan, las riendas de la primera potencia mundial, en un momento en que Estados Unidos tiene que afrontar decisiones de enorme trascendencia, no sólo para su propio destino, sino para la suerte del mundo. En estas horas que siguen a la elección del nuevo presidente, una incógnita parece destinada a determinar sus primeros pasos al frente del Gobierno: ¿será el nuevo inquilino de la Casa Blanca tan gris como la campaña que le ha llevado al sillón presidencial? Hay que responder con cautela a esta pregunta. «Un candidato mediocre no tiene por qué ser un presidente mediocre», escribía recientemente uno de los semanarios más influyentes del mundo anglosajón. En la historia de Estados Unidos hay ejemplos para todos los gustos. Un candidato (Jimmy Carter) que suscitó enormes esperanzas se revelé después como uno de los peores líderes de este siglo. Y un actor con grandes lagunas culturales ha bautizado con su nombre una de las épocas más dinámicas de Estados Unidos. Por ello conviene olvidar lo que ha sido la pasada campaña -de nefasto recuerdo para todos los que la han seguido o sufrido- y expresar sin prejuicios el deseo de que George Bush sepa colocarse a la altura de lo que necesita el pueblo que le ha elegido.La razón fundamental de su victoria es indiscutiblemente la satisfacción de la gran mayoría de los electores por la obra llevada a cabo por Ronald Reagan. Bush era el candidato del continuismo. Pero ello no significa que la nueva presidencia pueda ser considerada como la prolongación del reaganismo. En realidad, con el fin del mandato de Reagan, se cierra definitivamente una página en la historia norteamericana. Cuando, en 1980, Reagan accedió a la presidencia tras lashumillaciones de la era Carter, su principal mensaje era la exaltación de los valores conservadores, la adopción de posiciones de fuerza frente a los adversarios internacionales, el refuerzo del poderío bélico de su país y la reactivación de la economía merced a las fórmulas teóricas de un neoliberalismo de combate.

En 1989, George Bush tendrá que hacer frente a una realidad radicalmente distinta. Es cierto que hay prosperidad en EE UU, pero apoyada en un déficit público escalofriante que va a hipotecar el futuro de las generaciones venideras de norteamericanos. Dos posibles soluciones a este desequilibrio -una subida de impuestos, cada vez más dificil de evitar, o una drástica limitación del gasto público en el terreno de la defensa- entran en contradicción con las bases mismas del reaganismo. Por otra parte, la coyuntura internacional, con Gorbachov en Moscú, se presenta en condiciones poco parecidas a las de 1980. Los pasos dados por Reagan en la vía del desarme han creado nuevos imperativos para la política exterior de EE UU. El reto de Bush no puede ser revivir la filosofía de su predecesor. No existen condiciones objetivas para ello.

En el plano interior, la marea conservadora que ha sostenido a Reagan en el sillón presidencial corre el riesgo de dejar fuera del sistema a quienes, en la mejor tradición del liberalismo de los fundadores, defienden los valores de una sociedad más justa y las conquistas de una comunidad avanzada. Principios como la separación entre religión y Estado, el derecho al aborto, la protección de las minorías o la garantía de los servicios sociales más primarios han sido puestos en causa, mientras la fractura producida por una sociedad cada vez más bipolar amenaza, a la larga, la estabilidad del sistema. Éste será uno de los grandes retos de la nueva presidencia. En el área exterior, el equilibrio de las relaciones económicas internacionales está sustituyendo progresivamente a la paridad militar como factor de estabilidad estratégica. En este terreno, el nuevo presidente tendrá que hacer frente a la tentación de utilizar políticas nacionalistas o proteccionistas para solucionar dificultades económicas internas -reclamadas desde hace tiempo por una mayoría del Congreso-, lo que pondría en riesgo un orden comercial internacional que Estados Unidos, necesita tanto o más que cualquiera para prosperar sobre bases seguras.

10 Noviembre 1988

El heredero de Reagan

DIARIO16 (Director: Pedro J. Ramírez)

Parece como si George Bush hubiera sido el candidato de todo el mundo. Su triunfo electoral, que le convierte en presidente electo de Estados Unidos, ha sido recibido con satisfacción en todo el mundo. Los aliados europeos – Moscú, Pekín, Tokio y un interminable, etc. – se mostraban ayer muy contentos con el resultado salido de las urnas. Todos parecen conocer bien a George Bush y se sienten tranquilos y satisfechos.

Es cierto que George Bush ha sorprendido a todos. Hace tan sólo cuatro meses, su imagen era absolutamente calamitosa y el candidato demócrata, Dukakis, le aventajaba en más de diez puntos. Poco a poco, pero con una progresión imparable, recuperó la diferencia y dejó atrás al adversario. Al final, Dukakis acortó distancias, pero, con todo, en votos populares quedó a ocho puntos por debajo del vencedor, Bush. No ha sido la de Dukakis una derrota humillante (como las precedentes de McGovern, Carter y Mondale), pero sí contundente.

A la hora de analizar las causas de la victoria de Bush habría que hacer una larga enumeración. La primera de todas es que el manto protector de Reagan ha sido argumento definitivo. El balance de los años de Reagan representa el periodo más largo de bonanza económica en la Norteamérica de la posguerra. Y el electorado no ha querido jugar con cambios que pudieran poner en peligro este bienestar. En segundo lugar, la ‘guerra sucia’ – utilizada por ambos estados mayores pero especialmente (y con éxito indiscutible) por Bush – ha significado una baza sustancial a favor del candidato republicano. En tercer lugar habría que mencionar los errores de Dukakis, que no ha acertado a quitarse de encima la imagen del tecnócrata frío y lejano.

Pero, finalmente, hay que reconocer que Bush ha sorprendido a propios y extraños. Durante ocho años ha desempeñado lealmente su papel de segundón. Pero desde que fue investido candidato oficial en la convención del partido, el país ha visto a un Bush distinto, más disentido, con ideas imaginativas, rompiendo en parte la imagen de alto funcionario y patricio adinerado.

Bush es, pues, el ganador, y en su primera rueda de Prensa, ayer se mostró conciliador, rápido de reflejo y familiar. Ha aventajado en un porcentaje notable a su adversario, pero el presidente de todos los norteamericanos habrá de tener una atención especial precisamente hacia los electores que menos le han votado: las minorías negra e hispana y las mujeres, buena parte de las cuales constituye esa masa marginal, en  torno a los trienta y seis millones de personas que vive por debajo del dintel oficial de pobreza en Estados Unidos.

Para el Partido Demócrata, esta tercera derrota consecutiva debe provocar un proceso de importante autocrítica. Algo falla en este partido que desde Kennedy-Johnson no ha ganado unas elecciones, salvo el mandato primero de Carter, culminado en un pobre balance y en una estrepitosa derrota. Los demócratas tienen todavía la imagen del partido que se preocupa de las gentes y, de hecho, en estas elecciones han vuelto a obtener la mayoría en el Senado y en la Cámara de Representantes. ¿Qué les pasa a la hora de elegir a sus candidatos y temas para la presidencia de la nación? Los estrategas de Bush han retorcido los argumentos hasta el punto de convertir la palabra liberal en sinónimo de todos los males habidos y por haber.

El presidente electo ya ha anunciado el primer nombramiento de su Gabinete, James Bakekr, eminencia gris de su equipo, antiguo jefe de la Casa Blanca, ex secretario del Tesoro y director de la campaña de Bush. Baker será el nuevo secretario de Estado, un nombramiento que ha provocado una reacción muy positiva en todo el mundo. Las tareas principales de Bush, como ya se ha repetido hasta la saciedad, serán proseguir en la reducción de armamento, mantener – e incluso mejorar – el diálogo con Moscú y tratar de reducir el colosal déficit presupuestario del país.

Pero la tarea prioritaria de Bush, posiblemente, sea algo mucho más complejo y abstracto: distanciarse de Reagan. No puede el nuevo presidente reducir su objetivo a administrar la herencia pasada. Bush carece del carisma de Reagan, pero quizá ello no sea un grave inconveniente. A veces, candidatos mediocres se han convertido en excelentes presidentes. Bush lo mismo puede acabar en una línea de mediocridad que asombrar a todo con un nuevo estilo de liderazgo, menos teatral y más inteligente. Está en sus manos.

09 Noviembre 1988

George Bush en la Casa Blanca

ABC (Director: Luis María Anson)

La victoria de George Bush ha confirmado todos los pronósticos de vísperas y sirve como demostración de que el pueblo americano ha preferido premiar la experiencia y la buena administrativa que dejaba como herencia Ronald Reagan, proclamando sucesor al más íntimo de sus colaboradores.

Por un lado, se elige al hombre maduro con un conocimiento de la política internacional y nacional muy superior al de su contrincante, y por otro, se respeta la autoridad moral de Ronald Reagan.

La elección no ha ofrecido ninguna sorpresa respecto a las previsiones de los politólogos de servicio. Prácticamente George Bush ha ganado en todos los puntos donde se le daba como teórico vencedor y Michel Dukakis pierde justamente donde se considera derrotado de antemano.

Pero el hecho de que la elección haya tenido lugar sin sorpresas no deja de constituir, por eso mismo, una importante noticia en el análisis de la vida política norteamericana. Porque Dukakis podía teóricamente significar una renovación de la línea doctrinal seguida por el equipo republicano durante dos periodos electorales y esta ofrenda de novedad no ha sido considerada interesante por el ciudadano. El pueblo ha preferido que acceda a la Presidencia el antiguo vicepresidente y ofrece así al partido republicano la oportunidad de conseguir su tercera victoria electoral consecutiva, y batir un récord sin precedentes de continuidad en la Casa Blanca, ya que desde el término de la Segunda Guerra Mundial, la alternativa en la presidencia de la república se había producido de manera infalible después de dos elecciones como máximo.

Las razones para este nuevo triunfo del partido republicano pueden buscarse en múltiples direcciones. En primer lugar, hay que señalar la solidez del nuevo presidente de los Estados Unidos durante su campaña, en la que ha conseguido invertir los pronósticos que habían ofrecido este verano las agencias de sondeos electorales.

En segundo lugar, hay que señalar que Michael Dukakis ha deformado su propia imagen durante la campaña, tratando de situarse ante el electorado en una situación evidentemente falsa, y tan sólo en apariencia más a la izquierda de lo que en realidad reclamaba su posible clientela electoral.

Aún así Dukakis no ha conseguido el apoyo del voto de los ciudadanos de color, que, una vez retirado Jackson, han preferido ignorar la campaña electoral.

Pero sería injusto ignorar que el mensaje de George Bush ha encontrado, entre el americano medio, un eco superior al de su rival político y, sobre todo, que los jóvenes en su inmensa mayoría han decidido sostener la candidatura de Bush frente a la de Dukakis.

George Bush ha callado muchas cuestiones en su campaña electoral que tienen resonancia planetaria como, por ejemplo, la manera de absorber el déficit creciente de la balanza norteamericana o las relaciones entre Washington y la OTAN. Son asuntos que a lo largo de su mandato deberá clarificar con urgencia, posiblemente renunciando a muchas de sus promesas electorales.

Pero puede decirse que con George Bush en la Casa Blanca los dos problemas fundamentales que afectan directamente al os europeos tendrán más claras soluciones que si hubiese sido Dukakis el vencedor.

Queda así mejor asegurado el diálogo entre Moscú y Washington que ha sido la gran aportación de Ronald Reagan al equilibrio mundial. Y no es dato que deba ser infravalorado, el interés de Moscú por la victoria de George Bush, que puede además, con su experiencia, mantener con mucha más autoridad que Dukakis el necesario diálogo entre la Europa occidental y la gran nación norteamericana.

En la hora de la definitiva confrontación democrática conviene rendir en justicia un homenaje al derrotado Michael Dukakis ha dado un ejemplo admirable de tenacidad hasta el último día de la campaña: en esto consiste también la regla del juego democrático. EL gobernador de Massachusets, lejos de tirar la toalla, ha peleado con dignidad y empuje hasta el final, precisamente porque ante las urnas nada debe considerarse escrito de antemano.

Dukakis ha defendido lo que en América se llama el credo liberal, que como es sabido representa en EEUU una posición harto distinta a la del liberalismo europeo. Los liberales norteamericanos han mantenido desde hace medio siglo, una mayor intervención del Estado en la viuda ciudadana frente al capitalismo puro y duro, representado por algunos hombres de empresa desde Hearst en los primeros años del siglo, hasta Armand Hammer. Pero lo cierto es que sin esa línea profunda no existiría hoy el contrapeso que necesita toda sociedad basada en la iniciativa libre. Roosevelt, Truman, Kennedy y Johnson, junto a derrotados ilustres como Adlai Stevenson y hoy Michael Dukakis, han defendido esa línea maestra del pensamiento americano sin ella las bolsas de pobreza, el abandono de los más débiles, la sanidad asegurada y la protección de las minorías desheredadas, podrían sucumbir en manos de la temible máquina, cuyo objetivo único consiste en producir y vender.

La victoria de George Bush es una buena noticia para la paz del mundo y una prima de seguridad para todos los países que aspiran a encontrar en un correcto diálogo entre el Este y el Oeste el definitivo final de la guerra fría. En la Casa Blanca hacía falta un hombre de experiencia acaba de abrir las puertas de la presidencia de los Estados Unidos.

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