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El fracaso de la liberación de los americanos rehenes en Irán fue clave en la caída de Carter

Elecciones EEUU 1980 – El republicano Ronald Reagan vence al demócrata Jimmy Carter y se convierte en el nuevo presidente

HECHOS

Las elecciones de Estados Unidos del año 1980 dieron la victoria al candidato del Partido Republicano, Ronald Reagan, frente al candidato del Partido Demócrata, James Carter (presidente desde 1976).

LOS VICEPRESIDENCIABLES

bush_mondale1980 George Bush, que fuera director de la CIA, era el candidato de Ronald Reagan para ser vicepresidente si triunfaba el Partido Republicano. Por su parte, Jimmy Carter, volvía a tener como compañero a Walter Mondale, vicepresidente durante los últimos cuatro años, para seguir si triunfaba el Partido Demócrata. Bush le ha desbancado, pero ambos son vistos como posibles candidatos para las elecciones de 1984.

LOS OTROS DERROTADOS

ted_kennedy_2 El senador Ted Kennedy, hermano de los asesinados John Kennedy y Robert Kennedy, presentó su candidatura a la presidencia en la Convención Demócrata. Pero fue derrotado por Jimmy Carter. A pesar del símbolo que arrastraba el apellido Kennedy, el historial de Ted seguía marcado por la muerte de Mary Jo Kopechne. Ante su derrota decidió renunciar a sus aspiraciones presidenciales.

anderson1980 John Anderson presentó su candidatura a la presidencia de Estados Unidos por el Partido Republicano, pero fue derrotado por Ronald Reagan. Al contrario que Ted Kennedy, Anderson no se rindió y mantuvo su candidatura como candidato independiente para intentar mostrar su poder. Las urnas han demostrado que su fuerza electoral es residual ya que ni siquiera ha supuesto una gran pérdida de votos para Reagan.

02 Noviembre 1980

Carter o Reagan

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián Echarri)

POCAS VECES ha estado tan empobrecido el rostro individual de la democracia como en estas inminentes elecciones -el martes- a la Presidencia de Estados Unidos. Habrán podido aparecer impostores o personajes fraudulentos, como Nixon y como el vicepresidente Agnew, pero otros mecanismos del sistema -la opinión pública, la Prensa, el poder judicial- han rectificado el daño. Una historia extraordinaria de grandes personajes viene a romper sus olas contra el muro chato de los dos candidatos de ahora: el cansado, abatido, presidente en ejercicio, Carter, que parece correr siempre detrás de los acontecimientos sin que nunca consiga ponerse delante, y su oponente republicano, con la sonrisa envejecida y arrugada y el rostro maquillado para una película de conquista y de imperio que simplemente ya fue. A lo lejos, el gnomo Anderson, republicano liberal y de sentido común, disidente del confornismo, que ha llevado a la política de Estados Unidos a esta situación electoral; quizá vaya a obtener más votos de lo que se piensa, quitándoselos no tanto al candidato oficial de su partido, sino a Carter; va a recibir votos liberales y votos de protesta. Pero nadie piensa que pueda, en ningún caso, destruir la calculada maquinaria de los partidos.Está sucediendo en Estados Unidos una especie de contrahistoria, o de adversidad: a medida que aumenta el poderío de la nación, su responsabilidad en el mundo y la importancia de la Casa Blanca desciende el mérito y la proyección de los hombres que la ocupan. Johnson, Nixon, Ford y Carter y la sombra de Reagan forman una escala desdendiente hacia la mediocridad, incluso hacia el desconcierto. Un aspecto de la cuestión podría ser el de la inversión de¡ carisma. A lo largo de esa gran historia han podido llegar a la Presidencia hombres mediocres o muy por debajo de las esperanzas; una especie de gracia de imagen, una responsabilidad descendida sobre ellos, una adecuación de sus actitudes y palabras dentro de un complejo de asesores, consejeros y hasta intelectuales, ha podido hacer de ellos verdaderos presidentes. Truman podría ser el ejemplo más reciente de esta repentina grandeza, sea cual sea eljuicio de valor que pueda hacerse de cómo la utilizó y de sus consecuencias históricas. El efecto inverso comenzó quizá a partir de Eisenhower, que deslució su vieja gloria militar -perdió el carisma que llevaba- en la Casa Blanca, rodeado de personajes dudosos, como Nixon y Foster Dulles, en una época especialmente dura y antidemocrática (la era McCarthy); sobrevino después la tragedia de Kennedy, como si fuese una demostración que cuando se querían alcanzar cimas altas y nuevas en la Presidencia y cambios radicales en la construcción del país y del mundo, la antihistoria disparaba con visores telescópicos, y, sobre todo, la impunidad del crimen, la incertidumbre de sus motivos y de su planeamiento, que pesan todavía sobre la democracia americana. Y luego la resignación huidiza de Johnson, la mezquindad culpable de Nixon, la torpeza de Ford, la vacilación de Carter.

Las actuales generaciones de votantes han desaprendido a respetar a sus presidentes y a tener en ellos la fe ciega de lo que les parecía infalible. Su carácter emblemático se ha corroído. Hasta llegar a esta situación tan absurda de Carter o Reagan, o la protesta inútil de Anderson, o el vacío triste y solitario de la abstención, que resulta también contradictorio (aunque sea una actitud explicable) con unos principios que son los que se ponen en juego en cada año bisiesto, en el que los americanos acuden a las urnas para elegir un presidente, y una importante renovación en el Congreso y en los puestos de gobernador.

No corresponde esta imagen con lo que todavía es una enorme vitalidad del gran país que ahora vota; de una sociedad conglomerada, trabajadora, con una conciencia intelectual que impresiona y una ciencia teórica y práctica que avanza sin cesar Todavía mal formada, por la escasez de sus doscientos años de existencia, malherida por las contradicciones de los últimos años -la más visible, la guerra de Vietnam-, es una sociedad capaz y fuerte. Preocupa notablemente esta disociación entre su vida y su política, que puede llegar a acabar muy mal.

Nos preocupa a quienes no teniendo voto somos, sin embargo, dependientes en gran forma de la actitud que tome la dirección política de ese país y la solidez de su sociedad. Mantiene una enorme trama económica y una determinación militar en una zona en la que estamos incluidos, y exporta unas imágenes de sociedad, de propósitos, de objetivos y hasta de superficies en la que estamos incluidos. Sostiene la hegemonía de Occidente; y los tirones que dan otras sociedades occidentales por desgajarse de ella son también síntomas de su condición precaria: se ha roto una confianza mundial al mismo tiempo que, dentro de Estados Unidos, se deshacía el american dream. Detrás de esta desesperanza en sus elecciones presidenciales existe aún la esperanza de una recuperación de su política y de un ajuste con su sociedad. Es necesario. Es algo más, o mucho más, de lo que puede representar esta opción obligatoria entre dos personas no necesarias como son Carter o Reagan.

06 Noviembre 1980

La imagen y el equilibrio

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

Ya tiene un nuevo -viejo- rostro la política visible de Estados Unidos. Ronald Reagan está en la misma tercera edad que los dirigentes de la URSS: las cuestiones del mundo pueden convertirse en una disputa de ancianos conservadores. Con este resultado ha quedado confirmada una tendencia creciente en Estados Unidos en los últimos dos años: la de la inclinación hacia la política de la energía, de la fuerza y de la dureza, que parecen ser los atributos principales de la derecha. Cuando Carter lo percibió era ya demasiado tarde. Dos actuaciones principales montó para recibir los beneficios de esa imagen, y las dos le salieron mal: la campaña antisoviética a raíz de la invasión de Afganistán, que no encontró el eco suficiente en el mundo, y la operación militar para rescatar a los rehenes de Irán, que trató de disimularse para preservar el prestigio de los estrategas y guerreros de la nación que tiene razones para considerarse la más fuerte del mundo, pero que hirió de muerte al presidente en ejercicio, que no vaciló en declararse el único responsable. El último episodio de la entrega-no entrega de los rehenes le ha sido fatal: Jomeini ha ayudado bastante a la caída de Carter. Quizá tenga que arrepentirse. La realidad es que Carter se va sin que nadie le llore; el mayor motivo de inquietud que produce su caída es el de la naturaleza del que asciende. En los últimos días se ha producido un curioso fenómeno,notable especialmente en el enfrentamiento que tuvieron cara a cara los dos candidatos ante la televisión y la radio: mientras Carter procuraba vestirse la piel de lobo, Reagan trataba de apoderarse de la piel de cordero. No querían, ninguno de los dos, su propia imagen, su estereotipo. Probablemente -si nos atenemos a los resultados- lo consiguió mejor Reagan, hasta poder hacer pensar a muchos que, después de todo, no podía ser tan insensato como le declaraban sus adversarios, ni siquiera tan rudo como se había mostrado al principio de su campaña electoral. Muchos de los puntos de programa que enunció en ella no van a poder ser cumplidos.Los americanos votan principalmente por asuntos de política interior, y más especialmente por el reflejo de esa política en su economia individual. En este caso, la política exterior ha representado un papel primordial: probablemente porque es más difícil que nunca deslindar los dos campos, sobre iodo en un país como Estados Unidos, claramente dependiente hoy de la energía y las materias primas de los otros países; Carter mismo ha denunciado a la URSS como el perturbador de esos mercados y de ese imperio. el vigilante que ha impedido acciones directas contra Irán o contra las grandes zonas del Tercer Mundo de donde procede el desafío actual; a la hora de definir ese enemigo es lógico que el elector -el elector que ha traspasado la muralla del desaliento, del desapego, que ha llevado a tantos a la abstención- prefiera a quien está profesionalizado en el an tisovietismo y, particularmente, en el articomunismo, como es Reagan. Se puede suponer que donde va a tener más repercusiones la elección es, por tanto, en la política internacional: en la Conferencia de Madrid, que va a ser un via crucis y un intento continuo de bloqueo, más fuerte aún que el que había iniciado Carter; en las conversaciones SALT, en las presiones sobre países como Italia y Portugal, y sobre todo en Latinoamérica, donde parecen perderse las posibilidades de que continúe la política de democratización relativa y se refuercen las dictaduras. Momento especialmente difícil para países como El Salvador, donde un cambio de frente de la política de Washington puede precipitar el golpe militar fascista; de donde puede irradiarse a Centroamérica. En otras zonas del mundo va a ser también muy perceptible: como en el complejo Egipto-Israel, donde la elección ha sido acogida con júbilo.

La derecha española ha tenido también unas reacciones jubilosas. Supone, y puede no faltarle razón, que la Administración Reagan va a ser mucho más comprensiva que la de Carter para toca la acentuación del conservadurismo, que ya se viene percibiendo.

No parece conveniente olvidar, sin embargo, que Estados Unidos forma un país enormemente estable -a pesar de sus últimos avatares, de sus últimas sacudidas-, y que cualquier veleidad presidencial está siempre sometida a contrapesos muy importantes: uno es el del Congreso, otros son los de una dirección invisible de los asuntos económicos y de las materias de guerra. El riesgo de que Reagan ponga al mundo más cerca de la guerra debe ser enormemente ponderado. Quizá en ese aspecto era más peligroso Carter, con sus veleidades y con sus impulsos. Hay todavía un sentido común en el gran país que tiene vías para contrarrestar la estupidez o la vehemencia. El recuerdo de Nixon, que fue un político de mucha más talla y más experiencia pública que Reagan, y de cómo fue cortada su carrera con el pretexto del Watergate, cuando en realidad era incapaz de sacar al país del grave atolladero en que estaba, no se puede perder de vista.

06 Noviembre 1980

Reagan y la libertad económica

DIARIO16 (Director: Pedro J. Ramírez)

El acceso de Reagan a la Casa Blanca implica un duro reto para los defensores de la libertad económica a ultranza. La Escuela de Chicago por fin tiene a un paladín en disposición de llevar a la práctica ideas que sus adversarios han venido desacreditando por considerarlas utópicas.

Desde una perspectiva de simpatía por esa línea de pensamiento, el envite nos llena, sin embargo, de intranquilidad. El hecho de que junto al liberalismo económico, el programa de Reagan incluya aspectos francamente antiliberales en otras parcelas, va a contribuir inicialmente a reforzar la falacia de que intervencionismo y progresismo son poco menos que conceptos sinónimos.

Desconfiamos en segundo lugar de la firmeza de las convicciones de Reagan y de su capacidad de cumplir sus promesas electorales. Es muy fácil anunciar sobre la tarima de un villorrio que se reducirán en un 30 por 100 los impuestos y muy difícil empezar a cortar por lo sano en la gangrena de la burocracia washingtoniana. Máxime cuando se simultanea este propósito de frugalidad recaudatoria con un sustantivo crecimiento de los gastos de defensa.

No queremos ser agoreros, pero mucho nos tenemos que quienes se autodefinen como liberales van a verse a menudo abochornados por el comportamiento de este cowboy oportunista. Difícilmente podrá ser tratado con indulgencia si la misma libertad de disponer sobre su vida y hacienda que reclama para el granjero de Iowa no le es reconocida por su administración al minero boliviano o al estanciero de la Pampa.

Reagan y la política exterior

Ronald Reagan ha resumido su campaña en temas de política exterior en el lema conseguir que América sea grande de nuevo. La cuestión que se plantea ahora es si la recuperación del liderazgo mundial se va a hacer al modo de ‘apoyar a ultranza a los amigos leales como Somoza y el Sha, cueste lo que cueste’ y ‘ hay que enseñar unos dientes bien afilados a Moscú para que nos respete’, o más bien por medio del diálogo, el pragmatismo y el pacto.

Todo depende de quiénes sean los hombres elegidos para llevar adleante la política exterior de la nueva era republicana. En el equipo de Reagan hay halcones como el general Haig y pragmáticos como Henry Kissinger, al igual que en la Administración Carter convivieron mal que bien Brznezinski y Vance.

Las frases ultras que han salpicado su campaña han provocado una alarma cierta en el mundo, pero no son pocos los observadores que recuerdan que en su etapa de gobernador de California supo ser pragmático. Del mismo modo, recordar la paradoja de los demócratas de Kennedy – invadiendo la Bahía Cochinos – y Johnson – con su escalada en Vietnam – realizando una política imperial frente a un Nixon que se reconcilió con China, acabaó la guerra e inició las conversaciones para las SALT II con la URSS.

06 Noviembre 1980

Umbral de una nueva era

ABC (Director: Guillermo Luca de Tena)

La historia de la cabalgata de Ronald Reagan hacia la Casa Blanca ha tenido un final feliz para este antiguo actor, que se adentró en la política a los cincuenta y cinco años y que jugará su cargo como próximo presidente de los Estados Unidos con los setenta cumplidos. El sorprendente margen de la victoria – un diez por ciento de votos más que su rival – es indicativo de que en el panorama político norteamericano se ha producido un terremoto. Si a la claridad inequívoca del programa del republicano Ronald Reagan se le suma este masivo apoyo popular, la conclusión es que la elección de anteayer marca para Estados Unidos – y posiblemente para el mundo – el final de una era.

El último presidente norteamericano que completó normalmente sus dos mandatos fue Eisenhower. Desde entonces durante dos décadas, Estados Unidos ha visto desfilar por la Casa Blanca una sucesión de presidentes en constantes traumas y perennes crisis que han dejado sumamente deteriorada la primera sede del poder del mundo. Aquella etapa, sin embargo, comenzaba llena de esperanzas en la nueva frontera que se anunciaba no sólo al país, sino al mundo: en Roma iniciaba su pontificado Juan XXIII y en Moscú la tradicional dura imagen de los gobernantes del Kremlin daba paso a un Nikita Kruschev dispuesto a establecer con Occidente un diálogo constructivo. Aquellas esperanzas se esfumarían pronto para dar paso a un período de enorme frustración

Han sido veinte años de debilitamiento, en espiral imparable, del Poder de la Casa Blanca. Los comandantes en jefe de la nación más poderosa de la Tierra cometieron errores tan graves como la operación de bahía de Cochinos (Kennedy) o la del intento de liberar los rehenes de Irán (Carter). Se ha practicado una política sistemática de desconcertar – e incluso molestar a – los países amigos y ceder ante los adversarios por pequeños que fueran. Ha sido una etapa de crisis económicas externas y cambios estructurales internos a los que se ha respondido con una estrategia de bandazos incontrolados sin visión de futuro.

Estados Unidos parece sentir una cierta nostalgia por la era Eisenhower cuyo mandato tan pobremente fue catalogado en sus días, pero que ha ido ganando puntos con la perspectiva histórica a dos décadas de distancia. Nadie pretende atribuir a Reagan cualidades excepcionales o virtudes taumatúrgicas, pero el nuevo presidente tiene la suficiente honestidad y claridad de ideas para impulsar a su país por la senda de la recuperación tras largos años de retroceso.

Hace cuatro años el país tímidamente se pronunció a favor del cambio, pero el hombre elegido incrementó todas las frustraciones nacionales; esta vez el deseo del cambio ha sido un clamor y la avalancha ha barrido a los senadores en línea más progresista. Los años ochenta comienzan con Reagan en la Casa Blanca, con el Papa Wojtyla en Roma, con el ‘conservador’ Helmut Schmidt en Bonn y con el hombre fuerte ‘Margaret Thatcher’ en Londres. Después de dos décadas de iniciativa política, económica y cultural presidida casi en exclusividad por el progresismo, un nuevo concepto del conservadurismo se apresta a enfrentarse con eficacia a los desafíos de la hora presente.

06 Noviembre 1980

Babbit en la Casa Blanca

Carlos Luis Álvarez 'Cándido'

Carter lloró como el último rey moro de Granada. De repente se convirtió en el pequeño Jimmy, que siempre trató de usted a su padre. Su rostro arrugado tendrá ahora más surcos, mientras que el rostro abotagado de Ronald Reagan tendrá más espacio.

La culpa política de este desastre demócrata la han tenido los demócratas. Debieron saber que al dar sus votos a Carter sobre Kennedy, cavaban su propia tumba. Kennedy tenía un puente en su pasado, y los demócratas, como si fueran el dedo justiciero de Dios, lo arrojaron por el mismo puente. La culpa de Carter es meramente personal. Aquella retracción instintiva que sentía la mano de Goethe ante la cruz y las moscas es la misma que han sentido los ciudadanos americanos ante Carter cuando la acercaban a las urnas. Una especie de vago terror, de miedo supersticioso, de repugnancia.

Carter ha sido fulminado por los tabúes americanos. Sus exhortaciones morales resultaban inocuas, y sus respuestas de poder, benévolas a veces, otras furiosas. Irán de un lado, con la guerra del comando cinematográfico que puso en peligro la vida de los rehenes de Jomeini y hundió en el ridículo a Norteamérica, y de otro Afganistán, con el secuestro del trigo destinado a los rusos y el boicot al as Olimpiadas, son las estaciones más dolorosas del vía crucis de Carter. Concretamente la secuencia del comando y la del boicot a las Olimpiadas fueron verdaderas guerras de papá, y terminaron, lo mismo que todas las guerras de papá, como el rosario de la aurora. De una aurora que empezaba a rayar republicana.

En cuanto a Ronald Reagan, que se distinguió por primera vez como reaccionario con Goldwater, racista y loco, va ya para diecisiete años, representa el simple orgullo de ser americano por encima de todo y contra todos, de una manera ostentosamente honrada. Reagan es el desarrollo político de Mr. Babbit, el símbolo americano creado por Sinclair Lewis. Es emprendedor, o culto, audaz, perseverante, ambicioso y prosaico.

Este Babbit politizado tiene la idea ‘genética’ de que el comunismo es un fenómeno irracional, y que por lo tanto no hay motivos para abordarlo racionalmente. Es una idea de casino que no podrá llevar a la Casa Blanca si quiere que el mundo no salte por el aire. En cualquier caso sus palabras, aún veladas y distendidas por el primer sosiego del triunfador, no indican que esté muy dispuesto a la negociación. Las condiciones son de tal índole, que más parecen un subterfugio para no negociar.

Así, a primera vista, da la sensación de que un erro ha salido de la Casa Blanca y que ha entrado otro.

Cándido

01 Enero 1981

La cita con Reagan

Eduardo Haro Tecglen

El 20 de enero Ronald Reagan entra en la Casa Blanca: entra en la historia. Quizá con la sensación de que la historia es suya. Una sensación que debe perder. Es difícil que los grandes hombres hagan historia; a veces, eso sí, les queda un poder de deshacer; más generalmente, los deshechos son ellos. Carter sale triturado. Otros han salido peor; incluso vilipendiados (Nixon), incluso muertos (Kennedy). La institución presidencial ha perdido gran parte de su carisma.

El mundo con que se encuentra Reagan al comenzar su presidencia es especialmente maligno. Parece que la malignidad conjunta la condición de lo pernicioso con un cierto regocijo del sujeto actor. En este caso, el mundo. Una abstracción casi con características de deidad. El mundo tiene en estos momentos enredados varias madejas en las que la esperanza y la desesperanza son difíciles de distinguir. Hay unas civilizaciones en marcha, con un progreso continuo y hasta veloz, que muestran un aspecto de progreso – en el sentido de conquista por el camino de una felicidad por el progreso abarca a muy pocas personas, pero ilusiona a todas las demás. Por razones más bien misteriosas sucede que el invento de la civilización corresponde a unos países y los medios para llevarla a cabo corresponden a otros. La pugna de aquellos por disponer de los bienes de éstos es antigua: llega al máximo en el momento en que Reagan tema el poder. El presidente y su grupo se encuentran con el desafío de lo que se llama tercer mundo: la tradición viejísima de su partido requeriría que a ese desafío se respondiera con la fuerza de la conquista, envuelta en términos más o menos eficaces, desde un punto de vista literario-moral, acerca de las libertades. Pero los últimos intentos que se han realizado en ese sentido han sido inversos: el manto imperial está deshilachado. Pequeñas y grandes revoluciones se han ido oponiendo al gran sistema. Las aventura militares han terminado mal. Primero, para los imperios de otro tiempo; Gran Bretaña y Francia, las otras naciones europeos – Portugal, Holanda… – perdieron sus imperios; cada vez que Estados Unidos ha intentado asumir el papel imperial ha perdido (Corea, Cuba, Vietnam). Toda esta frustración se deriva hacia un antiguo enemigo: la URSS, el desafío quedó planteado en 1917, y no ha terminado, pese a periodos de alianza, de tregua o de coexistencia. Se reverdece ahora. Washington se ha hecho a la idea de que la no existencia de la URSS sería suficiente para recuperar el dominio necesario del mundo. Emite, pues, toda serie de amenazas. Pero la sutileza, la malignidad de la situación, es mayor. Los aliados de los Estados Unidos – Europa, Japón – creen que la solución no está en la amenaza: comienzan una campaña de separación de esa tesis. Sucede, simultáneamente, que la URSS a su vez está herida de esa amenaza y de algunas más. China, con la que imaginó construir un mundo nuevo, se le vuelve en contra – la conquista sonriente de China es al mismo tiempo la mejor baza de Estados Unidos y la señal de un cambio o de una bifurcación en el camino de la historia – los países afines del Este de Europa tratan de evadirse de su hegemonía; los partidos comunistas del mundo cesan de compartir su ideología práctica, y hasta la teoría. El cansancio, el abatimiento de un régimen que termina por no ir hacia ningún sitio (después del gran impulso de la revolución, vino el estancamiento y la falta de objetivos) se revela no sólo en los disidentes, sino en la desafección ciudadana, en la vida de cada día.

Las grandes modelos están rotos: a la izquierda como a la derecha. Dicen los teóricos que hay una falta de espiritualidad que hay una falta de espiritualidad. Por espiritualidad se entiende un espejismo suficiente como para que cada uno se olvide de sí mismo y sus intereses en aras de ‘un mundo mejor’. Hace tiempo que se ha descubierto que el mundo mejor es siempre para los que no se sacrifican, y que la llamada ‘mal – espiritual es un invento para formas de explotación. Para reparar ese enorme roto

¿Qué va a hacer Reagan con este mundo maligno? ¿Qué va hacer este mundo maligno con Reagan? Todo parece indicar que el hombre elegido en virtud de su fortaleza, de su rudeza, de su vieja condición de guerrero frío, va a conducir la historia hacia un pacto. Ya hay indicios. Ya hay un viaje de un senador regañito a Moscú, y una rápida reducción de tensiones inmediatas en la Conferencia de Madrid. El pacto que se ve venir es el de los grandes gigantes, tan fuertes como subnormales, para ofrecerse algún punto de apoyo mutuo. No es la primera vez que la URSS y los Estados Unidos intentan un reparto del mundo: lo hicieron en Yalta, y en Potsdam. Pequeños y grandes países tuvieron que comportarse con arreglo a aquel dictado. El tiempo ha ido barajando las circunstancias; parece que ahora se trataría de recomponer, de rehacer esa alianza de grandes enemigos. Un Papa trazó una vez una línea imaginaria en el mundo: de un lado, las conquistas de España; del otro, las de Portugal.

Puede que otra Papa se avenga a trazar, silenciosamente, una nueva divisoria; otro Papa menos profético y más práctico.

Es una esperanza para la paz mundial ‘no hay indicios de que la paz mundial este más amenazada ahora que antes – pero es una desgracia para los países a los que corresponda ser repartidos. Quizá todavía tengan tiempo de reaccionar; es lo más probable. Los gigantes están demasiado atontados por su propio desgaste, y aún se les puede desafiar.

Eduardo Haro Tecglen

EL ABC CREE QUE TED KENNEDY HABRÍA GANADO

1980_Ted_Kennedy En su portada de 48 horas después de las elecciones, el ABC dirigido por D. Guillermo Luca de Tena aseguraba que si el candidato del Partido Demócrata hubiera sido Ted Kennedy en lugar de Jimmy Carter, él sí hubiera podido frente a Reagan.

La espectacular derrota de Jimmy Carter frente a Ronald Reagan en las elecciones norteamericanas es, a juicio de no pocos observadores políticos, el precio que el Partido Demócrata ha pagado por haber optado por el presidente y haber rechazado al senador Ted Kennedy al designar un candidato a la Casa Blanca, en su último Congreso. El avance en las urnas del Partido Republicano coloca a los demócratas de cara al futuro, en una situación comprometida.

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