3 noviembre 1976
Las elecciones estuvieron marcadas por el escándalo 'Watergate' que acabó con la carrera de Nixon, de quien Ford era vicepresidente
Elecciones EEUU 1976: El demócrata Jimmy Carter consigue la presidencia desbancando al republicano Gerald Ford
Hechos
Las elecciones presidenciales de Estados Unidos del año 1976 dieron la victoria al candidato del Partido Demócrata, James Carter, frente a la candidatura del hasta ese momento presidente, Gerald Ford, del Partido Republicano.
Lecturas
Lejos queda el holgado triunfo del Partido Republicano en las pasadas elecciones de 1972.
Nixon dimitió como presidente en agosto de 1974.
El candidato del Partido Demócrata, Jimmy Carter, se ha convertido en el 39º presidente de Estados Unidos, al obtener el 50,1% de los votos en las elecciones realizadas este 2 de noviembre de 1976. Derrotó así a su oponente el hasta ahora presidente Gerald Ford, del Partido Republicano, que consiguió un 48% de los votos.
Esta es la primera vez desde Hoover en 1932 que un presidente en ejercicio no es reelegido, al presentarse como candidato a un nuevo mandato. El caso Watergate ha pasado factura a Ford, los electores no han obligado que él indultó a Richard Nixon para evitar que pudiera ser juzgado.
Hasta hace apenas un año, Carter, senador por Georgia, era un desconocido. Sin embargo, a través de un programa basado en la extensión de las ayudas sociales y en la defensa de los derechos humanos, Carter consiguió el apoyo de las minorías negra y latina, que han resultado determinantes.
Los principales análisis electorales indican que Carter ha recibido el 90% de los votos de la comunidad negra de todo el país.
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EL POST CONTRA FORD
Las siguientes elecciones están previstas para 1980.
04 Noviembre 1976
Carter habrá de sensibilizarse para los problemas del mundo
Los indecisos – o que así se los suponía – han decidido que Jimmy Carter pueda ser el nuevo presidente de los Estados Unidos en enero próximo. EEU ha votado a Carter, y lo ha votado también más industrializado del país. Aunque por escaso margen de maniobra, Carter ha arrebatado a Ford la presidencia. Y se la ha arrebatado a cuerpo limpio, casi sin ayuda de la maquinaria del partido, que le fue echando, uno a otro, media docena de contrincantes, a los que ha ido dejando en la estacada, tras una campaña de sorpresas. Si este éxito fuera el preaviso del éxito como Presidente, habría que felicitarse de la elección de Carter. Pero las cosas no son tan sencillas. La verdad es que nadie puede todavía, por lo que sabemos de Carter, predecir un cuatrienio de grandes esperanzas para el mundo. En su campaña electoral se ha mostrado Carter como un certero agitador de las masas y ha señalado los grandes fallos éticos de la Administración republicana. No ha sido remiso en prometer reformas: socialización de la sanidad, absorción del paro, rigor fiscal, reducción de los gastos militares.
Los Estados Unidos tienen la posibilidad de sacar de sus estratos humanos – tan ricos y variados – los equipos de expertos que asesoren al Presidente y que materialicen en hechos de gobierno una política coherente y beneficiosa para el pueblo norteamericano y para los otros pueblos. De desear es que Carter atine en la elección de colaboradores. Es un buen idnicio el acierto que la opinión pública le reconoce en su designación de vicepresidente en la persona del senador Walter Mondale. Un secretario de Estado, clarividente y bien informado, un secretario de Tesoro que conozca a fondo las realidades de la economía, un jefe de Estado Mayor con mirada planetaria han de ser las primeras pruebas de contraste que nos permitan conjeturar el punto de mira en que Carter se coloque para encarar los complejos y enmarañados aconteceres de la política y de la economía en el ámbito mundial. Ni los Estados Unidos pueden impunemente obrar a espaldas de la interdependencia que hoy define (para bien como para mal) la realidad de las relaciones entre los pueblos. Las graves consecuencias que al precio del petróleo (y no digamos lo que su embargo significaría) ha traído para todas las economías es la prueba palmaria de que ni los Estados Unidos pueden desentenderse de ese fenómeno apremiante de la interdependencia que marca el sentido de la historia en nuestra época. Creemos, pues, que por encima de las reformas internas que fueren necesarias y de la moralización de los usos políticos y sociales – empeño en que Carter ha puesto su primera mirada de futuro Presidente – ha de imponerse en su conciencia la convicción de que el bienestar y la moralidad de los Estados Unidos están inseparablemente ligados a la suerte que corran los acontecimientos en el mundo. Y sólo con esta mentalidad será Carter un bueno y eficaz Presidente de los Estados Unidos.
03 Noviembre 1976
Carter electo
Los Estados Unidos de América del Norte y quizá no sea abusivo decir, el resto del mundo, tienen hoy nuevo presidente: James Carter, de 52 años.
En una de las elecciones más reñidas desde 1960 y también en una de las de mayor porcentaje de votantes, el pueblo norteamericano ha considerado oportuno el cambio de partido en la Casa Blanca y ha mantenido la mayoría de que ya gozaban los demócratas en el Congreso Nacional y en el gobiernos ejecutivos de los cincuenta Estados de la Unión.
A pesar de los intentos de la Administración Republicana por nivelar la economía y sacar al país de la odisea de Watergate, Ford, que llegó hace dos años a la cima por designación a dedo, no ha superado en sus primeras elecciones presidenciales la triste imagen dejada a su partido por la última etapa de Richard Nixon.
Pero no es hora de lamentaciones y menos en el juego político de una democracia muy activa todavía. Es hora de realismo y el realismo para Estados Unidos y también para el resto del mundo, incluida nuestra castigada España, se llama Jimmy Carter, con el peso del Partido Demócrata detrás, que a partir del próximo 20 de enero estará instalado en la Casa Blanca de Washington D. C.
En el terreno económico interno no cabe duda de que los ocho millones de parados que esperan alivio de una Administración demócrata, han pasado más que los argumentos ‘menos humanos’ de reducir la inflación de los republicanos. Poco va a cambiar, sin embargo, la sociedad norteamericana con las promesas de Carter.
Pero es en el campo internacional donde la duda sobre la política demócrata tiene esta mañana de noviembre expectantes a los Gobiernos de los cinco continentes. Quizá una dosis de menos intervencionismo en los asuntos internos, menos preocupación por la legalización de ciertos partidos políticos y menos presidencia militar podría ser la aportación Cartel al delicado momento español.
El Análisis
Las elecciones presidenciales celebradas en Estados Unidos este mes de noviembre han supuesto un vuelco político: Jimmy Carter, hasta hace poco un desconocido gobernador de Georgia, ha derrotado al presidente Gerald Ford y devolverá al Partido Demócrata la Casa Blanca tras ocho años de gobiernos republicanos marcados por el recuerdo de Richard Nixon y su escándalo de Watergate.
El camino hacia esta jornada no ha sido sencillo. En las primarias republicanas, Ford tuvo que librar una batalla encarnizada contra Ronald Reagan, el carismático gobernador de California que se presentaba como el abanderado de la renovación y la ruptura con el pasado nixoniano. Aunque el presidente en ejercicio logró imponerse, lo hizo por un margen muy estrecho, dejando fracturas en el partido que no se cerraron a tiempo. Ford, hombre de aparato, serio, de talante conciliador, aparecía debilitado y sin la capacidad de galvanizar al electorado.
Frente a él, los demócratas optaron por una figura inesperada: James Earl Carter. Exgobernador de Georgia, de origen campesino, bautista practicante y exoficial de la Marina, Carter se presentó con un mensaje sencillo y poderoso: honestidad, limpieza y regeneración frente al descrédito del establishment de Washington. La elección de Walter Mondale como candidato a la vicepresidencia reforzó ese perfil de equilibrio y seriedad institucional. Por su parte, Ford apostó por Bob Dole como número dos, un senador de Kansas con experiencia, pero con escasa capacidad para atraer votos fuera del electorado tradicional republicano.
Los resultados han sido ajustados en el voto popular, pero claros en el Colegio Electoral: Carter ha obtenido 297 compromisarios frente a los 240 de Ford, con victorias decisivas en estados del Sur y del Medio Oeste. La geografía electoral refleja bien la fractura: el Sur, que en décadas anteriores fue bastión demócrata y que había coqueteado con Nixon, ha vuelto a dar la espalda a los republicanos gracias a la condición de sureño de Carter.
Más allá de la aritmética, el veredicto del electorado es transparente: Gerald Ford ha pagado el precio del legado de Richard Nixon. Su decisión de otorgarle un indulto total, apenas un mes después de asumir la presidencia, pudo interpretarse como un gesto de reconciliación nacional, pero a ojos de millones de estadounidenses fue un símbolo de impunidad y de protección de las élites políticas frente a la justicia. Nixon quedó intocable judicialmente; el Partido Republicano, en cambio, no ha quedado intocable en las urnas.
Se abre así una etapa incierta. Carter llega con la promesa de limpiar la política, pero también con la desconfianza de quienes lo consideran un recién llegado sin experiencia en el complejo tablero de la política internacional, en plena Guerra Fría. Los republicanos, por su parte, deberán reconstruirse tras una derrota que revela su desgaste moral y electoral.
La elección de Carter es un mensaje claro: Estados Unidos quiere pasar página del trauma de Watergate. Ahora queda por ver si el nuevo presidente, con su estilo austero y provinciano, será capaz de enfrentarse a los enormes desafíos que le esperan, dentro y fuera del país.
J. F. Lamata