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El ex Jefe Nacional de Falange, Manuel Hedilla reaparece para protestar por un artículo publicado en el diario PUEBLO

HECHOS

El ex Jefe Nacional de la Falange Española, D. Manuel Hedilla, retirado de la vida política, reapareció en 1969 con un carta publicada en el diario PUEBLO.

23 - Mayo - 1969

LA HERENCIA DE LA FALANGE

Leopoldo Azancot

Los falangistas irrealistas y puros y aquellos que, sin serlo, han perdido un puesto oficial o nunca lo tuvieron, acostumbran decir que la Falange murió en abril de 1937. Esta afirmación es inexacta. Falange sólo murió en aquella fecha en cuanto a partido único, y ello, por cuatro causas fundamentales.

  1. Por sus contradicciones internas, materializadas en la pugna ‘suicida’ entre Manuel Hedilla, representante de la clase media y el grupo de la Falange andaluza, origen del movimiento. En efecto, Falange, que murió como un movimiento antirrepublicano alentado por los monárquicos, evolucionó hacia la izquierda hasta unificarse con las J. O. N. S. en febrero de 1934, pero esta unificación – y sus consecuencias ideológicas – sólo fue aceptada táctica y provisionalmente por los elementos derechistas del movimiento, los cuales buscaron la revancha en cuanto conocieron la noticia de la muerte de José Antonio, que era quien hasta entonces mantuviera el equilibrio entre las dos facciones.
  2. Por la falta de madurez de su ideario, que comprendía, junto a principios de trascendental importancia, otros que eran contradictorios entre si, banales la idea del imperio, que nunca se supo si debía ser material o espiritual – o ilusorios – la superación de la lucha de clases por decreto previa a la supresión de las condiciones económicas y sociales que la hacían inevitable. Esta falta lógica de madurez en un movimiento juvenil fue causa de que el ideario falangista resultara inaplicable como tal en su conjunto.
  3. Por la falta de destreza política de sus dirigentes. Prueba: el comportamiento de Hedilla durante los sucesos de Salamanca, quienes, además, a causa de sus simpatías por el nazismo hubiera provocado la entrada de España en la II Guerra Mundial del lado de los futuros vencidos. (Esto último ha sido desmentido por Hedilla en los últimos tiempos).
  4. Por el error político que supuso el que la Falange quisiera hacerse con la jefatura de un alzamiento político, no el militar, que ella no había organizado y en el que participaban fuerzas políticas de distinto signo. Esta muerte de la Falange como partido único no supuso el abandono de los objetivos falangistas verdaderamente fértiles y con proyección de futuro: la supresión de los partidos políticos incluido, como era lógico, el falangista, pues su existencia como tal, aun bajo la fórmula de partido único, hubiera sido contradictoria con su teoría de que los partidos políticos debían ser suprimidos, el establecimiento de una constitución de nuevo cuño que, rompiendo  descon los esquemas de las democracias burguesas, hiciera posible la unidad nacional y la creación de un Sindicato único que potenciara al máximo la fuerza de los trabajadores. Con gran realismo, Franco hizo suyos dichos objetivos, pero no intento alcanzarlos dando un salto en el vacío, desviándose de ellos y apuntando a su superación, cuando no se vislumbraban totalmente idóneos. Mientras que el establecimiento de una nueva constitución ha seguido una progresión lenta y rectilínea. Sin solución de continuidad, que ha durado treinta años. La abolición de los partidos políticos llevada a cabo no bien terminada la guerra será transferida en fecha próxima por la creación del estatuto de asociaciones y los sindicatos. (…) ¿Conseguirán las fuerzas políticas del paísinterrumpir esta evolución hacia la postguerra, iniciada, desarrollada y avalada por Franco, una vez desaparecido este? No lo creo. Y no lo creo porque esta evolución hacia la justicia sólo se interrumpirá si desaparece la unidad nacional y esta unidad, que hoy es poco política, pero que mañana también puede ser económica no desaparecerá, porque el Ejército es depositario y garante de la misma.
27 - Mayo - 1969

RÉPLICA DE HEDILLA

Manuel Hedilla Larrey

En el número del día 23 del diario PUEBLO, he leído un artículo firmado por Leopoldo Azancot en el que se me alude de manera reiterada.

–       Supongo que no es preciso invocar los preceptos de la ley de Prensa, que amparan mi derecho a la réplica para acogerme a la hospitalidad de esas páginas, ya que, además, se trata más que de justificar mi postura, de defender ideas y actitudes, con las que se puede o no comulgar, pero a las que tú y los hombres como tú respetan, y con las que no se puede jugar para hacer literatura de fácil lucimiento.

–       Resulta increíble la osadía de quien sin conocer los hechos – no aporta testimonio alguno – sienta la tesis del enfrentamiento entre un grupo de clase media que yo representaba… ¡Asombroso! Jamás creí que pudiera darse de aquellos hechos una interpretación de este tipo. Hay testimonios suficientes de ‘aquello’ refrendados por cuanto ha sucedido posteriormente.

–       No, la Falange desde el principio fue un movimiento juvenil, poético, que pretendía encarnar la superación de la antítesis izquierdas-derechas, la cual constituía el auténtico suicidio.

–       La Falange no fue antirrepublicana, ni fue anti-nada. Dada su naturaleza afirmativa. No creo que el señor Azancot niegue a José Antonio autoridad para definirla.

–       Yo creo que a la Falange no le faltó madurez ideológica. Lo que no tuvo fue tiempo para formar sus promociones, por obligarle las circunstancias a pasar a la acción precipitadamente.

–       No voy a negar que hubiera discrepancias interiores de orden ideológico y hasta pugnas personales al pretender decidir la conducta a seguir ante tan compleja encrucijada, pues la Falange era algo vivo, y donde hay vida hay problemas, pero ello no merma su madurez como doctrina en aquellos difíciles días, sino al contrario.

–       El ideario falangista no era inaplicable. Lo que pasa es que como en toda asepsia, como en toda tendencia hacia el deber y el sacrificio, siempre hay quien no quiere seguirla y es mas cómodo decir que es irrealizable, como es más cómodo defender la píldora que no a la familia numerosa.

–       En cuanto a la idea del imperio no hay que coger el rábano por las hojas. Se trataba simplemente de una forma literaria de potenciar la misión universal de España.

–       La lucha de clases no es algo inviable como el articulista sostiene, sino que es un fenómeno histórico referido a una determinada situación localizada en el tiempo y en el espacio y exacerbada por motivos puramente políticos y económicos, con los que estoy en desacuerdo.

–       Finalmente, y dejando a un lado el análisis de las peregrinas teorías políticas que sostiene, ex cátedra, el señor Azancot, en las que no falta el halago, lo que no se puede tolerar es que además de profesar la Historia, el articulista se arrogue funciones y facultades de profeta. Asegura que por mis simpatías con el nazismo hubiera provocado la entrada de España en la II Guerra Mundial, lo cual, según parece, yo he tratado de desmentir. ¿Desmentir qué? ¿Qué era simpatizante del nazismo? ¿Qué hubiera provocado la entrada de España en la guerra?

–       Si se refiere a los primero, es una afirmación completamente gratuita. Yo fui simpatizante del pueblo alemán – y sigo teniéndole simpatía – que en aquellos tiempos y durante la Guerra Civil fue (con el italiano y el portugués) uno de los principales, si contamos afectos y ayudas, en los momentos difíciles, frente a la indiferencia de los más y el odio rabioso de otros países, cuyos rescoldos están a la vista. Pero no simpaticé con la doctrina nazi, ni siquiera me plantee nunca el problema de copiar nada del nacional-socialismo.

–       Si a lo que se refiere que he tratado de desmentir es a lo de provocar la entrada en la guerra. Me sorprende que se me dé tan gran importancia como para pensar que pude estar en condiciones de decidir tamaña cuestión, sobre todo teniendo en cuenta que desaparecí de la escena política en abril de 1937, es decir, más de dos años antes del comienzo de la guerra mundial: y pretender asegurar lo que hubiera pasado y lo que hubiera hecho yo, de haber continuado en la política, es propio de una imaginación calenturienta e inconsciente.

–       El señor Azancot pudo informarse o, al menos, preguntar a los testigos de los hechos, en lugar de tratar de descifrar futuribles. Yo, por mi parte, le hubiera suministrado con honestidad cuantos datos me hubiese pedido, suponiendo, claro está, que le interesasen la verdad y el rigor, pues, de lo contrario, se puede acabar haciendo piruetas políticas que van desde el apoyo al capitalismo como factor de la justicia social (¿!) hasta el ataque a quien ya sufrió bastante y a nadie hace daño, pero que siempre ha amado a España como el que más.

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