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Se forma una 'Gran Coalición' entre la primera fuerza (CDU-CSU) y la segunda (SPD) encabezado por Merkel

Elecciones Alemania 2005 – Ángela Merkel (CDU) logra derrotar a Schroeder (SPD) pero necesitará a su partido para poder gobernar

HECHOS

Después de las elecciones de septiembre de 2005 se formó un Gobierno de coalición entre el CDU-CSU y el SPD con Ángela Merkel como canciller.

EL RESURGIMIENTO DE LAFONTAINE

Oskar Lafontaine, que fuera en su día líder del SPD, rompió con su partido crítico con ‘la gran coalición’ y recogió los pedazos de los comunistas del PDS para crear su nuevo partido, ‘La Izquierda’, con el que ha logrado una importante representación quitándole votos a su antigua formación y quedando también por delante de Los Verdes de Fischer (53 escaños de La Izquierda por 51 de Los Verdes).

Por su parte los liberales (FDP) liderados por Guido Westerwelle logran unos dignos 61 escaños, es decir tercera fuerza, pero sin capacidad de influir en el Gobierno por ‘la gran coalición’.

20 - Septiembre - 2005

Se busca coalición

Editorial (Director: Jesús Ceberio)

¿Quién gobernará en Alemania? Tras las elecciones del domingo, nadie lo puede decir con certeza, y probablemente nada se aclarará hasta el 3 de octubre, día de la unidad alemana, una vez dilucidada la víspera la elección en Dresde, retrasada por la muerte de una candidata. En cualquier caso la ventaja de Angela Merkel quedará entre los tres o cuatro escaños, lo que convierte su victoria en lo más parecido a una derrota, mientras que el perdedor Gerhard Schröder se presenta como ganador. Cualquiera de los dos necesita el apoyo de dos grupos (liberales y verdes, que se rechazan mutuamente) para conseguir mayoría parlamentaria sin recurrir a la gran coalición. De momento, ambos hacen subir su propio precio de cara a una compleja negociación para formar un gobierno que puede ser de cualquier combinación de colores: negri-rojo, Jamaica, semáforo, o incluso de todos menos el nuevo Partido de Izquierda, como parecía sugerir ayer Merkel.

A la espera de lo que ocurrirá, lo que sí empieza a estar más claro es lo que ha pasado. Además de la mejor imagen y campaña de Schröder frente a Merkel, una parte del electorado socialdemócrata tradicional, desengañado con Schröder, ha vuelto a apoyarlo a última hora al ver la alternativa que se acercaba. Ha sido una reacción ante una derecha que despertaba recelos. La designación por Merkel de Paul Kirchof fue el gran error de la jefa de filas de la CDU, pues el oscuro jurista y profesor fue mucho más allá en la radicalidad de sus propuestas fiscales que el programa oficial, lo que alimentó el temor a una agenda oculta e impopular.

Empieza ahora ya no una guerra de posiciones sino de movimientos, en la que puede brillar Schröder, un consumado maestro en la destrucción de sus adversarios. No cabe descartar que se llegue a una gran coalición de democristianos y socialdemócratas sin sus dos águilas, aunque ninguno quiere ser el primero en ceder. Los alemanes están obligados a ser pacientes, más pacientes que los mercados de valores, que ayer bajaron en Alemania, y de divisas, con una nueva caída del euro.

Lo que ha resultado de las urnas es un rechazo a una reforma de sentido neoliberal o anglosajona del modelo de capitalismo renano. En la búsqueda de un nuevo pacto social, este resultado llevará a reformas socioeconómicas quizás más lentas pero sin duda más centradas, especialmente en materia de impuestos, pensiones y mercado laboral. También significa que Berlín no cerrará por el momento la puerta de la Unión Europea a Turquía como pretendía Merkel. Pero, tras el nofrancés a la Constitución Europea, que guarda similitudes con estas elecciones alemanas, la parálisis política europea sigue avanzando.

20 - Septiembre - 2005

Los miedos alemanes

Hermann Tertsch

Es más que lógica la tentación de muchos de someter a un psicoanálisis a la sociedad alemana e intentar elaborar teorías sobre los refinados mecanismos de autocastigo a los que parece recurrir cuando se siente desafiada por la realidad. Eugenio Xammar, inteligente corresponsal catalán en la Alemania de entreguerras, achacaba entonces las cuitas alemanas a la falta de preparación política. Ochenta años más tarde la bisoñez no parece explicación suficiente para lo que desde fuera podría parecer un esfuerzo inmenso por parte del electorado alemán para complicarse aún más su problemático presente y su para nada prometedor futuro. Es difícil de imaginar un resultado más nefasto para las ambiciones de los partidos de sacar a la primera potencia europea de su depresión. La tarea de formar Gobierno se convierte ahora en empresa más que improbable. Por no hablar de gobernar después. El miedo de los alemanes al futuro (Zukunftsangst) está generando una situación en la que el futuro da realmente miedo.

Alemania se sume en mayor zozobra si cabe y en Europa se diluyen las esperanzas de recuperar una potencia rectora con un Gobierno dispuesto a tomar decisiones. Nadie cuenta ya con la iniciativa de Francia y Alemania para sacar a la UE de su parálisis. Alemania sólo se va a ocupar de sí misma y nada indica que con especial éxito. Ningún Gobierno tomará las decisiones necesarias para la reforma. Hay mandato expreso del electorado para no hacerlo. Las razones para esta catástrofe europea que supone la prolongación indefinida de la agonía alemana son muchas. Búsquense explicaciones en el virtuosismo embaucador de Gerhard Schröder, en la torpeza de Angela Merkel, en el izquierdismo forzado y populista del canciller, arrastrado por la candidatura del fatuo ex compañero Oskar Lafontaine, en los votos de castigo contra Schröder que los ex comunistas han arrebatado a los cristianodemócratas. Lo único cierto es que los alemanes han demostrado una vez más que el miedo (Angst) es el dueño máximo de la conducta social y que el canciller reformista ha convencido a gran parte del electorado de que finalmente él se ha convencido a su vez de que las reformas no son tan necesarias como él pretendía. Y se ha erigido en campeón para combatirlas. Enarbolando la bandera del miedo. Es todo un monumental sarcasmo. Un canciller que acorta en un año la legislatura tras convencer a todos de que es incapaz de gobernar, se presenta de nuevo para hacer lo mismo y con el fracaso como bandera, iguala en votos a la oposición. Parece evidente que Schröder se dio cuenta a tiempo de que el fracaso de las reformas es la opción que goza de la mayoría social. Dicha mayoría social miedosa y autocomplaciente busca ignorar a toda costa los problemas y quien se los recuerda paga. Merkel pidió el voto y sacrificios para el cambio -cómo Schröder durante años- y de repente amaneció en la campaña con un estigma de ultraderechista y neoliberal que le pueden costar su futuro. Los liberales consiguieron arañar unos puntos en un electorado que cree en la urgencia de los cambios y teme una gran coalición maniatada por concesiones al populismo, los Verdes se defendieron dignamente con Joschka Fischer de gran timonel y Lafontaine y su conglomerado rojipardo ha acabado dañando más a Merkel que a Schröder.

Contaba hace tiempo el gran analista Robert Leicht que Schröder era consciente ya en 1998 de que la coalición rojiverde nacía cuando socialmente estaba ya superada y de que hubiera preferido ya entonces una Grosse Koalition con la CDU para llevar a cabo las reformas estructurales necesarias para impedir que el proceso de desertización industrial y pauperización sea irreversible. Si es así, Alemania ha perdido siete preciosos años. Schröder y Merkel como posibles jefes de una gran coalición son hoy ya dos opciones igual de patéticas, cuestionados dentro y fuera de sus partidos. Lo trágico del resultado es que no existe alternativa democrática. Los resultados no podían ser peores pero la situación puede serlo pronto, de no producirse un alarde de responsabilidad.

20 - Septiembre - 2005

Lecciones de Alemania

Miguel Ángel Aguilar

Como desde tiempo del padre Las Casas siempre andamos flagelándonos conviene reconocer ahora en primer lugar que nuestro sistema de recuento electoral es desde el punto de vista técnico muy superior al de los países democráticos de nuestro entorno, según acabamos de comprobar en el caso de los comicios legislativos del domingo pasado en Alemania. Porque la votación en los colegios germanos se cerraba a las seis de la tarde y todavía pasadas las dos de la madrugada seguíamos sin más datos que los de los sondeos a pie de urna, mientras que en una convocatoria análoga en España sobre las diez de la noche ya hubiéramos tenido escrutado más del 90% de los sufragios emitidos y estaríamos en condiciones de saber los resultados con aproximación irreversible.

Otra nota diferencial viene dada por la actitud de los líderes de los partidos. En España la costumbre inveterada es la de que todos comparezcan para explicar en el lugar donde tienen establecido su cuartel general, rastreando los términos comparativos convenientes el éxito de su formación por el número de votos o el porcentaje logrado respecto de la participación registrada en las elecciones generales, autonómicas o municipales que más favorezcan la idea de mejora de su partido o coalición. La noche electoral viene a ser siempre una noche de satisfacción de todos por los resultados obtenidos cualesquiera que hayan sido, aunque la procesión autocrítica vaya por dentro. Aquí ha sido siempre el momento de la conformidad salvo en casos contados, como el de Joaquín Almunia con su dimisión anunciada en Ferraz en marzo de 2000, o el de la permanente bronca a los electores de Julio Anguita, cuando era líder de Izquierda Unida.

Al contrario, en esta ocasión en Alemania las primeras comparecencias nocturnas de los líderes de los cristianodemócratas de la CDU-CSU y de los socialdemócratas del SPD, Ángela Merkel y Gerard Schröder, fueron para proclamar con el mayor énfasis posible la derrota de su adversario principal en la campaña, sin reclamar en absoluto la propia victoria. En efecto, ambos partidos mayoritarios reflejan un descenso porcentual. El SPD ha pasado del 38,5% al 34,3% y la CDU-CSU de ese mismo 38,5% al 35,2%. Lo cual en número de escaños en el Bundestag significa para el primero descender de 251 a 222 y para el segundo bajar de 248 a 225. La diferencia exigua entre los dos grandes sigue siendo de tres escaños, la misma que antes, aunque en 2002 favoreciera al SPD y ahora la ventaja sea para la CDU-CSU. El bipartidismo queda pues disminuido para regocijo de los pequeños. Tanto los liberales del FDP, que se alzan una ganancia notable al pasar del 7,4% al 9,8% y de 61 a 98 escaños, como los de la nueva izquierda del PDS de Oskar Lafontaine, que duplican su relevancia del 4,0% al 8,7% y transforman sus 54 escaños en 87.

Claro que los resultados numéricos, con un 78% de participación, deben contrastarse teniendo en cuenta las expectativas que cada uno de los contendientes gozaban al inicio de la campaña, cuando la democristiana Merkel sacaba más de 20 puntos al canciller Schröder, que parecía condenado. Pero todos los apoyos internacionales, tan generosamente brindados a la líder de la CDU-CSU, se han demostrado insuficientes porque éstos han sido los segundos peores resultados de los democristianos en toda su historia y además las capacidades mediáticas del candidato del SPD han logrado remontar de manera sostenida las encuestas más adversas. Por eso, el sentimiento a la hora del recuento de las papeletas presenta a la primera como derrotada, mientras el segundo queda a salvo, aunque todavía pueda terminar las negociaciones que deberán abrirse ahora saboreando la dulzura de una retirada.

Por debajo del 5%, que se exige para la atribución de escaños en la lista nacional, han quedado algunos partidos como los anarquistas del APPD con su lema Derecho a no trabajar o los neonazis, pero con los votos necesarios para resarcirse de los gastos electorales, procedentes de zonas con escasos recursos económicos. En cuanto a los inmigrantes turcos, o sus descendientes con nacionalidad alemana, han penalizado a los democristianos contrarios al ingreso de Turquía en la UE. Última sorpresa: el ministro de Hacienda, Eichel, promotor de subir los impuestos y de reducir subvenciones, ha sido elegido con más del 50% de los sufragios.

20 - Septiembre - 2005

El laberinto alemán, Europa y España

Editorial (Director: José Antonio Zarzalejos)

Si antes de las elecciones la situación alemana era compleja, ahora todavía más. De hecho, Alemania parece haber renunciado a mirar hacia adelante guiada por el deseo de asumir las responsabilidades que le corresponden por su peso económico y su dimensión política dentro de Europa. Lo sucedido en Alemania nos sitúa en el peor de los escenarios: el de la incertidumbre y la inestabilidad; al menos mientras no se dilucide quién formará gobierno y sobre la base de qué coalición y bajo qué compromisos.

Alemania ha dicho lo que piensa sobre sí misma y su respuesta no ha sido precisamente clara. La compleja fisonomía política puesta sobre la mesa exterioriza la confusión de fondo que pesa sobre el electorado. En este sentido, la derrota dulce de Schröder y la victoria pírrica de Merkel colocan a Alemania en una difícil encrucijada. El importante fortalecimiento de los liberales del FDP por un lado y, por otro, el mantenimiento de los Verdes y el inquietante ascenso de una izquierda retardataria que agrupa a las huestes de Lafontaine con los rescoldos totalitarios de los poscomunistas del SPD, proyectan más sombras que luces a un escenario político en el que ni siquiera la hipótesis de una «gran coalición» CDU-SPD despeja las numerosas dudas que gravitan sobre el futuro político de Alemania. En cualquier caso, y como fuerza vencedora en número de votos, la talla política de Merkel se pone a prueba a partir de ahora, para ver si en un ejercicio de alta política consigue sacar petróleo de una victoria insuficiente. Hay notorios ejemplos en el panorama europeo.

Después del resultado del domingo, las reformas sociales y económicas en marcha quedan pendientes de un gobierno plenamente consciente de hacia dónde quiere conducir el país. Algo que, sea quien sea el que asuma la responsabilidad de gobernar, no abordará del todo, ya que existen notables diferencias entre los partidos que pueden llegar a formar cualquiera de las hipótesis de gobierno, incluso si ésta finalmente es la de una «gran coalición». Así las cosas, la Alemania salida de las urnas parece decidida a encerrarse en un complejo laberinto.

Los problemas que para Europa supone la consolidación de una Alemania ensimismada no son de menor tamaño. Por un lado, proyecta sobre el continente las sombras de su laberinto debido a la centralidad que desempeña en el seno de la UE. Por otro, disloca definitivamente la viabilidad del llamado eje franco-alemán ya que, a la debilidad política que exhibe Francia tras el referéndum sobre la Constitución europea, se añade ahora una Alemania que tendrá que localizar la mayor parte de sus energías sobre ella misma, a la espera de que el escenario político interior vaya decantándose con el tiempo. De este modo, que Berlín se vuelque sobre su propia estabilidad daña extraordinariamente las posibilidades de reactivación institucional de la Unión tras el varapalo sufrido con los referendos de Francia y Holanda.

Con el eje en baja forma y con el proyecto europeísta articulado en torno a la derrotada Constitución europea en vía muerta, la situación no puede ser más complicada. Máxime cuando todo esto sucede durante la presidencia británica y la negociación definitiva de las Perspectivas y los Presupuestos de la UE están todavía pendientes de discusión. Precisamente en esta difícil coyuntura, España corre el riesgo de verse seriamente perjudicada en sus intereses nacionales. Si no despliega una estrategia diplomática inteligente que le permita atajar con habilidad y prontitud el peligro de ver reducida su voz en una UE sin horizontes definidos y con demasiados intereses nacionales en liza, nuestro país puede quedar condenado a ejercer un pobre papel. Sin aliados firmes dentro de la UE y sin anclajes exteriores más allá de ella (salvo esas estrafalarias alianzas tropicales) la política internacional de Zapatero puede así exhibir de repente todas sus debilidades.

Particularmente inoportuna en las actuales circunstancias de incertidumbre sobre quién será al final el canciller es la entrada en el asunto del presidente del Gobierno español, que se dedicó ayer a desacreditar el resultado y el papel de Merkel y a alabar con todo tipo de ditirambos a Schröder. De nuevo, las prisas y los apriorismos que tan nocivos han resultado para los intereses de España.

19 - Septiembre - 2005

Alemania y la piedra del SPD

Gustavo de Aristegui

Alemania tropezó dos veces en la misma piedra del SPD, pero no tres. Las jugadas de demagogia electoral se las pueden tragar los electores una vez, pero no dos. Los electores alemanes no compraron el producto de tercera mano del Canciller Schröder, se veía venir. Hace tres años ganó in extremis, se enfundó las botas de agua y ejerció el liderazgo que se espera de un jefe de Gobierno en un momento de crisis, debido a las peores inundaciones que había sufrido su país en décadas.

Su otra estratagema no fue tan limpia y positiva. Se aprovechó de la ola anti-guerra de Irak en Alemania y la surfeó con habilidad. Si no hubiese habido elecciones en Alemania entonces, su posición frente a Irak hubiese sido en el campo anti-intervención, como el de Italia entre los favorables a la intervención, es decir de perfil bajo.

Esta campaña ha sido bien distinta, aunque hace tres años también partía por detrás en las encuestas, en ésta la distancia de partida con la CDU/CSU era enorme. Sin embargo Schröder es un político de campañas, se le da mejor que gobernar, por eso fue recortando las distancias. Sin duda le ayudaron algunas declaraciones desafortunadas de Angela Merkel y del presidente bávaro Stoiber.

La líder cristianodemócrata rectificó, pero fue tarde para frenar la progresión socialdemócrata, lo que no le ha impedido convertirse en la primera fuerza política del país.Hacia el final de la campaña Schröder quiso resucitar los fantasmas del pasado, y ver si Irak le volvía a dar la victoria cuando todos lo daban por derrotado como en 2002.

Pero esto lo que pone de manifiesto es lo desesperado que estaba y que tampoco tenía argumentos de fondo, ni un programa mínimamente sólido. Se ha visto con su paquete de reformas claramente insuficientes para enderezar la primera economía de la UE y tercera del mundo, y excesivas según la izquierda de su partido y los sindicatos. La coalición «rojiverde» estaba agotada de ideas y se había quedado sin margen de maniobra.

Las posibilidades de formar una coalición de izquierdas es poco probable, primero porque sólo podría gobernar juntando tres de las cuatro fuerzas de ésta: su propio partido el SPD, los Verdes, los ¿ex? comunistas y/o el nuevo partido de ex socialdemócrata y enemigo personal de Schröder, Oskar Lafontaine, cosa improbable dadas sus pésimas relaciones.

Schröder ha convertido una derrota aplastante en una dulce derrota, pero su socio de Gobierno de los siete últimos años, los verdes de Fischer, ha sido el gran derrotado, pues han dejado de ser la tercera fuerza del Bundestag. Nadie ha ganado, todos han perdido, y el país necesita un Gobierno sólido, estable, con las ideas claras y que no le tiemble la mano al timón.

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