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Ordenó la invasión de Checoslovaquia en 1968 y la de Afganistán en 1979

Muere el dictador de la Unión Soviética, Leonidas Breznev, tras 18 años en el poder del PCUS y le reemplaza Andropov

HECHOS

El 11.11.1982 falleció Leonidas Breznev, Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética y Jefe del Estado de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

EL NUEVO DICTADOR: EL JEFE DE LA KGB

YuriAndropov El que fuera jefe de la temida policía secreta de la Unión Soviética, Yuri Andropov, ha sido el elegido por parte del Comité Central como nuevo Secretario General del PCUS, lo que le convierte en el nuevo dictador de la Unión Soviética.

LOS DERROTADOS

Chernienko La elección de Andropov supone una derrota para los otros destacados dirigentes del PCUS que podían aspirar a reemplazar a Breznev al frente del partido. Encabezaba la lista Constantin Chernienko, que durante la etapa final de la vida de Breznev apareció como su principal colaborador.

También fueron señalados por la prensa occidental como posibles sucesores, aunque con menos posibilidades los dirigentes más jóvenes del PCUS, Grigori Romanov o Mijail Gorbachov, que hubieran supuesto una mayor renovación que la que representaba Andropov.

12 - Noviembre - 1982

La historia del pragmatismo soviético

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián

Breznev llegó al poder en la URSS después de una hora de grandes novedades. Antes que él Jruschov había supuesto un cambio significativo en la historia de la Unión Soviética. En política interior enterró a Stalin, abrió las cárceles y los campos de concentración; en la política internacional jugó un papel cóntradictorio: levantó el muro de Berlín y pro vocó la crisis de los misiles en Cuba, para, a partir de ese momento, definir los principios de la coexistencia. Frente al Stalin vencedor de la Segunda Guerra Mundial, defensor del socialismo en un solo país, y cruel exterminador de sus enemigos, la epoca de Jruschov sobre todo a partir del momento de la concreción de su poder personal- inaugura la de un intento de socialismo con rostro humano avalado hasta por la cara sonrosada de campesino que el dirigente exhibía. El comienzo de los años sesenta fue asi una época de grandes esperanzas para el mundo: inauguró una etapa de distensión que todog los analistas convienen en afirmar duró, de forma más o menos caótica, hasta la invasión de Afganistán. A dicha etapa contribuyeron de manera esencial los famosos dos “K”: Jruschov en Moscú, Kennedy en Washington. Ambos vieron truncadas sus carreras, y sus propósitos de manera nada fortuita.Investigar cuál fue el verdadero motivo de la destitucion de Jruschov por sus pares puede llevarnos a la suposición, nada desechable de que el poder personal se paga caro en la URSS si no se es tan sanguinario como Stalin o no se sabe compartir a tiempo como hizo Breznev. La dirección en la Unión Soviética ha sido durante largos periodos patrimonio aparente de un solo individuo, pero se ha basado siempre en un tipo de poder colegiado sobre el que el se han tenido que apoyar y del que se han tenido que defender las primeras figuras. La etapa Breznev, marcada por una creciente absorción de protagonismo y poderes en su sola persona a partir de 1969, comenzó así con un gobierno de a tres, pero después ha sido además niarcada por el triunfo de la burocracia y la nomenklatura. Probablemente avisado por el mal fin de su predecesor -Jruschof es uno de los pocos dirigentes que no esta enterrado junto a las murallas del Kremlin- el peso del aparato durante la etapa de Breznev ha rebasado con mucho lo imaginable por cualquier teórico del socialismo científico. Paradojas de la historia: mientras sucumbian a las conspiraciones o a la muerte, o a ambas cosas a la vez, lo.s,detentadores de los hilos del Politburó -Podgorny, Chelepin, Kosiguin, ahora Kirilenko- ascendían de importancia y capacidad de decision los jefes de la policía, los servicios secretos y el Ejército.

Puede decirse que Breznev, que contaba con una biografía personal tan apagada y gris como su propia figura, fue sin embargo un alumno aplicado de las historias ajenas. Su represión de las libertades que en cierta medída trataron de aflorar tras los aparentes intentos liberalizadores de Jruschov fue definitiva, pero no empleó para nada los métodos brutales y sanguinarios de Stalin. Cambió el paredón del fusilamiento y las purgas por los sanatorios psiquiátricos. No asesinó a los disidentes: los envió fuera del país o los deportó. En política internacional supo hurtarse a las responsabilidades de la normalizacion de Praga, que cargó sobre Kosiguin, pero aprendió también la lección, que le ha llevado a resistirse hasta el final a una intervención directa en Polonia. Su prudencia, y su innegable dependencia de sus pares, le permitieron consolidar poco a poco su situación personal. Con el poder de Breznev crecía así el poder de los burócratas: y se acrecentaba y consolídaba la gerontocracia soviética, en una rara combinación de servicio al aparato político del nuevo régimen y al respeto tradicional que en los pueblos de Oriente sienten por los consejos de ancianos.

Hacer un balance por eso de la época Breznev es asumir que en gran parte la época misma ha terminado. Terminó, como decimos, con la invasión de Afaganistán, que marca un hecho clave para la ruptura de la distension y que permite la llegada al poder en los Estados Unidos de un nuevo tipo de gerontocracia -o de representante del antiguo régimen- como es Reagan. Hasta ese momento, hay que decir que en política exterior Breznev había jugado un papel moderador y moderado, tanto por necesidad como quizá por convencimiento. Si no detuvo la política de rearme, a sus esfuerzos se debe en gran parte lo que de éxito se atribuya a la conferencia de Helsinki y las relaciones entre las dos Europas crecieron y se consolidaron durante su mandato. Puede decirse que Breznev ha sido un pragmático, fiel a su composición mental de burócrata. La distensión europea le permitía acumular tropas en la frontera china; la retirada del apoyo al proceso revolucionario de muchos paises en América Latína le facilitó la penetración en Africa del brazo de los cubanos. El pragmatismo se ha visto lo mismo en los cambios de rumbo y dirección sostenidos por el Kremlin en la guerra de Etiopía, que en las recientes conversaciones con China o en el abandono espectacular en que ha dejado a la Organización para la Liberación de Palestina tras la invasión israeli del Líbano.

El mismo pragmatismo que en el exterior lo practicó en la política interna. El crecimiento de la burocracia de todo tipo fue empujando el depósito del poder en manos de la policía politica (KGB) y de las Fuerzas Armadas. Los primeros rictus de un desarrollo econórdico semejante a lo que en su día pueda ser la sociedad de consumo soviética han dado paso a la corrupción administrativa del inmenso aparato de poder que gobierna el país. La importancia del PCUS (Partido Comunista) ha ido en definitiva decreciendo paulatinamente, deteriorándose, desvaneciéndose en sus viejos ideales revolucionarios y asumiendo los nuevos de potencia imperialista que presume ante sus ciudadanos no de la capacidad de igualitarismo y justicia que el comunismo ha generado, sino de la fuerza bélica y de los espectaculares éxitos en la carrera del espacio. El comunismo se ha ido desmoronando como idea, como sistema, como esperanza. Los comunistas del mundo -incluso del tercer mundo- han dejado de querer que su país fuera un día algo parecido a lá URSS. Ya no estimula la imagen de la potencia armada hasta los dientes, y prácticamente ínvulnerable: estimula la calídad de vida y la esperanza de futuro, y en la URSS no existe. Jruschov supo dar esa versión de esperanza, aunque quizá no fuese mas que un ilusionista distinguido. Breznev fue la losa de los sueños.

La duda que se abre ahora sobre el saldo de su personalidad no es meramente histórica o académica: representa una inquietud para el futuro. Breznev era el producto de un sistema al que prestaba la cara, la voz, el vocabulario requerido. Un sistema que se abría sobre las contradicciones antes indicadas: pacifismo/armamentismo, apertura/represión. Pero era además el último representante de la segunda generación de revolucionarios. La tercera tiene que enfrentarse a una Unión Soviética muy diferente a la de Lenin. Es hoy la segunda potencia mundial, posee un desarrollo económico notable que sin embargo no ha beneficiado directamente a sus ciudadanos, componentes de una población culta y ordenada que se ahoga por falta de libertad. Breznev representaba y encarnaba el aparato de un Estado arcaico frente a una sociedad cada día más necesitada de renovación a la que las estructuras políticas le impiden seguir adelante. Quizá su muerte pueda arrojar alguna luz sobre donde residía, y reside verdaderamente, el poder en la Unión Soviética.

Hay indicios de que lo tienen los militares. Es la única burocracia no inmovilizada en el país. Ha seguido progresando incesantemente en la invención y la industria del armamento, de la investigación espacial, en la de las ciencias del poder por la fuerza. La URSS es un Estado arcaico con un ejercito futurista. No puede imaginarse peor combinación: la fuerza sin dirección moral. Que ese mismo poder mílitar haya querido conservar la imagen moderada y negociadora de Breznev mientras ganaba tiempo en la carrera de armamentos no es una contradicción, aunque sólo sea una especulación. El fenómeno tampoco es exclusivo de la URSS. Sólo la pasión política o la propaganda interesada puede seguir diciendo, por ejemplo, que Polonia es un país comunista: es una dictadura militar dentro del Pacto de Varsovia. A los militares no les ha importado que hayan perecido las formas de gobierno comunistas.

Hacer por eso previsiones de futuro sobre la sucesión es del todo arriesgado. Aunque es general el convencimiento de que tanto el KGB como las Fuerzas Armnadas tendrán en este tema un peso decisorio ya entrevisto con el reciente ascenso de Andropov. Tampoco es previsible un cambio espectacular, ni interiór ni exterior, en poco tiempo. Las transiciones en la URSS duran más de un lustro. Las fuerzas que allí gobiernan tienen su dinámica propia y original. Aunque es preciso reconocer que de todo ello tenemos una ignorancia inmensa. No sabemos lo que pasa en los círculos interiores soviéticos por su propio secreto, y porque las informaciones de la “inteligencia” occidental están frecuentemente adulteradas y expresan más unos deseos que unos datos. Pero en principio, la muerte de Breznev no tiene por qué producir un cambio significativo en el corto plazo, ni en la política interior ni en la internacional. Y esto, que algunos lo presentarán como signo de estabilidad y continuidad de un sistema, es preciso decir que responde también y sobre todo a la obsolescencia y falta de dinamismo de las estructuras políticas del país. A la petrificación de unos ideales revolucionarios, basados nada menos que en proyecto de socialismo científico y aniquilados materialmente por la práctica del poder y la pasión de la fuerza.

12 - Noviembre - 1982

El acertijo dentro del enigma

Manuel Blanco Tobío

Hace ya cuarenta años que sir Winston Churchill definió a la Unión Soviética como un acertijo dentro de un enigma. Continúa siéndolo, inaccesible al paso del tiempo y a la que impropiamente llamamos ‘distensión’ y por eso cuando desaparece al fin Leónidas Breznev, sólo adivinaciones y conjeturas se pueden hacer sobre su repercusión en la arena del mundo y sobre quién o quienes van a formar, en adelante, la cúpula del poder soviético. Del o que sí podemos estar seguros es que no vamos a asistir a un cambio de guardia a un relevo generacional. No hay unos jovenes turcos o cosa parecida que esperen impacientemente su turno ante las puertas del Kremlin. La URSS según todas las apariencias, va a seguir siendo gobernada por su gerontocracia.

De Leónidas Breznev nos queda una suntuosa biografía oficial, con sus estadísticas vitales y una iconografía muy retocada en los últimos años. De nuestro mundo occidental, quién más se acercó a su intimidad fue Henry Kisisnger, en 1973, cuando pasó unos días con su anfritrión en el cazadero oficial del Politburó de Zavidovo, abatiendo jabalíes. Kissinger, según nos cuenta en el segundo tomo de sus memorias, “Years of Vpheaval” vio en Breznev un hombre de doble personalidad, mostrando unas veces su preocupación por la paz y sugiriendo otras la posibilidad de desmantelar a China. Kissinger nos dice que quizá ambas actitudes eran genuinas.
Leónidas Breznev ha estado mandando en la URSS durante dieciocho años. Si hiciésemos un balance urgencia, probablemente tendríamos que convenir en dos cosas bastante evidentes, o no lo suficientemente invisibilizadas por el telón de acero: En primer lugar, que el poderío militar de la URSS se ha acrecentado tanto en este tiempo que los mismos Estados Unidos han reconocido su actual supremacía militar, y en segundo lugar que los problemas internos de la URSS no han hecho más que acentuarse. Estos problemas son tanto políticos como ecónomicos.
Los problemas políticos brotan, en definitiva, por la que parece incapacidad congénita, o estructural, del sistema soviético para atender a una creciente aunque amordazada demanda de cambios y libertades democráticas, y que tiene su expresión más pungente en la historia de tantos disidentes de dentro y de fuera del país. En la URSS, sin duda, ha desaparecido el terrorismo staliniano; pero no el férreo control del partido sobre la vida y la cultura soviética.

Los problemas económicos brotan, a su vez, del hecho bien conocido de que sesenta y cinco años después de la Revolución de Octubre, la parte del león de la economía se la lleva la industria pesada, subordinada a la defensa; de que la agricultura continúa siendo incapaz de dar satisfacción a las necesidades del país, y de que la demanda de artículos de consumo continúe indefenidamente preterida. El ciudadnao medio soviético es ya un potavoz de grandes frustraciones acumuladas que están comenzando a buscar un cauce de expresión política alternativa.

¿Es concedible que un gran país como la URSS pueda meterse en el siglo XXI llevando colgado al cuello un sistema político y económico envejecido y fracasado, transportando a esa nueva centuria una generación de soviéticos cuyos padres, ya ahora mismo, apenas saben de la Revolución lo que les cuentan los textos escolares y el faraónico ritual conmemorativo del partido?

Hace años uno de los disidentes soviéticos en Occidente, Andrei Amalrik, muerto en accidente de tráfico en España, en diciembre de 1981, escribió un interesante libro con este título tan intrigante: “¿Sobrevivirá la URSS hasta 1984?” En este libro que yo compré en Londres, decía Amalrik que así como el Cristianismo habái venido a prolongar por unos años la vida del Imperio Romano, el comunismo tambián había venido a prolongar la vida del imperio soviético hasta 1984. Es una tesis audaz pero reveladora de la existencia en la URSS, ya entonces de una oposición interna al régimen que, como dijimos, no ha hecho más que crecer.

No lo suficiente como para derribar el gran monopolio soviético, eso es evidente y relativamente hablando, superfluo. Son demasiado remotas las posibilidades de que se produzca en la URSS un ‘golpe’. Pero el continuo aumento de la presión interior, ayudada por la crisis económcia y por un estado de la opinión mundial poco propicio a la tolerancia con las reiteradas violaciones a las libertades y derechos del hombre, si son capaces de imprimir al régimen soviético una dirección auténticamente liberalizadora, que se esperó para invariablemente frustarse con el fallecimiento de Stalin y después con la defenestración de Kruschev, y que pronto veremos si cambia de alguna manera con la desaparición de Breznev. No estamos sugiriendo la novedad histórica nunca experimentada. La evolución del régimen chino tras la muerte de Mao, es indicicativa de posibilidades.

Nadie parece esperar, en Europa ni en América, que la sucesión de Breznev, cualesquiera que sean sus complejidades, venga a alterar los planteamientos básicos de su política exterior, cuyo continuismo inalterable está representado por la durabilidad de Andrei Gromyko. En el campo de las diatribas y de las denuncias, las relaciones enstre Moscú y Washington continuarán teniendo una mala semántica y una mala acústica, pero siguiendo el sabio consejo de un funcionario del Departamento de Esado, las dos potencias termonculeares han aprendido a tratarse en la forma en que los erizos se hacen el amor, es decir: Con infinitas precauciones.
La llamada ‘distensión’, o ‘detente’ en buena parte inventada por Leónidas Breznev en coproducción con Henry Kissinger y Nixon, ha dejado de ser, por todo ello, un simple renglón de política exterior, para convertirse en una vaga pero aceptada fórmula de supervivencia en un mundo que almacena ya cincuenta mil cabezas atómicas, con una capacidad destructiva equivalente a veinte billones de toneladas de TNT. Quien o quienes sucedan a Breznev se saben muy bien esa aritmética del infierno, o alternativa dle diablo, por lo que no es concedible ni de esperar de inmediato una brusca sacudida en las relaciones ruso-norteamericanas.

De forma que la atención hay que ponerla en las posibilidad de que al cabo de seis décadas el enigma soviético comience a abrirse, como una almeja, y a enseñarnos qué clasle de acertijo hay dentro. Entre tanto, sólo los llamados ‘kreminólogos’, una espcialidad como la de Champollion, serán capaces de ir descifrando esa piedra de la Roseta que es el poder soviético y su misteriosa manera de resolver, como en una tribu primitiva, los problemas de suceder al jefe.

Manuel Blanco Tobio

13 - Noviembre - 1982

Breznev y Kruschev

Lorenzo López Sancho

Nikita Kruschev tenía sobre la mesa de su despacho del Kremlin una medalla de oro. Cuando algún alto dignatario era recibido y osaba preguntarle qué medalla era aquella, Kruschev, con afectada sencillez y displicencia, respondía: “Es la medalla de Papá.”. En efecto, lo era. Juan XXIII, que había dado otra a un distinguido periodista americano por ayudarle en su gestión como mediador entre Moscú y Washington para conseguir la liberación de un importante prisionero de los soviéticos, le había dado, a petición del periodista otra medalla para el jefe del Estado ruso y este la había aceptado.

Eran los tiempos de la conciliación internacional. Creo que nadie podrá evocar en toda la muy larga vida pública de Breznev una anécdota semejante. Kruschev que hizo alguna vez gestos excesivos, como aquel de golpear con un zapato su pupitre de un salón de ocnferencias internacionales, los cometía a causa de su debilidad. Secretamente estaba infeccionado de liberalismo y como todos cuantos tienen conciencia de hallarse en pecado de herejía, necesitaba disimularla con actitudes. Breznev jamás necesitó realizar gestos espectaculares. Su dureza ideológica le permitía aparecer moderado en las actitudes. Pero durante su largo mandato consumó los mayores gestos políticos de la prolongada e inquieta posguerra en que vivimos. Las invasiones de Checoslovaquia cuando la famosa y triste primavera de Praga, y once años después la de Afganistán, fueron mucho más contundentes que el zapatazo de su antecesor. El número uno soviético ni levantó la voz ni descompuso su gesto de anciano libre de la cólera que es siempre la justificación de los débiles.

Kruschev hubiera liquidado la diamantina dureza comunista disolviéndola en el ácido dulcemente corrosivo de su tendencia liberal. Un régimen como el de Moscú soporta mucho mejor el hambre y las frustraciones del pueblo que el rock, la pintura abstracta, la forma de convivencia con el adversario ideológico. Breznev, moderado de la intransigencia, no cedió un ápice lo mismo en el organigrama del partido que en las negociaciones con la potencia rival. Desde que firmó con Nixon el primer acuerdo Salt para reducir las amenazas de los misiles, nunca llegó a un acuerdo positivo. El resultado ha sido la abrumadora superioridad rusa en ese terreno, que Kruschev había desbaratado con el gesto espectacular del envío de misiles a Cuba.

Sin embargo, algo se le estaba desmoronando a Breznev en el interior del sistema. Los disidentes no sólo han sido más cada año, sino más audaces. El KGB, que es un antiestado dentro del Estado, ha recobrado mucha de su antigua fuerza. El pueblo se permite gruñir porque ahora ya sabe cómo es el mundo occidental. Al final, Breznev se aproximaba más lentamente al panorama que se esbozaba cuando las debilidades cuasi liberales de Kruschev. Se empieza a ver que el comunismo  ruso no marchaba, aunque tanto se ha dicho, en el sentido de la Historia. Que el verdadero sentido es otro y se va hacia él, como hacia Roma, por todos los caminos. Lo mismo el de las condescendencias gestuales que el de las intransigencias impasibles.

Lorenzo López Sancho

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