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Es el mayor atentado islámico desde el 11-M en España

7-J : El terrorismo islámico golpea Londres con una cadena atentados en líneas de metro y un autobus

HECHOS

El 7-07-2005 se produjeron cuatro atentados con bomba en Londres: En el treen entre Liverpool Street y Aldgate, en el tren entre King Cross y Rusell Sauqre, en el tren entre Edgware Road y Paddington y en un autobus en Tavistock Square.

El 7-07-2005 se produjeron cuatro atentados con bomba en Londres: En el treen entre Liverpool Street y Aldgate, en el tren entre King Cross y Rusell Sauqre, en el tren entre Edgware Road y Paddington y en un autobus en Tavistock Square.

Los Terroristas suicidas:

  • Magdi Asdi el-Nashar: profesor egipcio en la Universidad de Leeds; arrendatario de la casa donde se encontraron los explosivos; fue arrestado en El Cairo el 15 de julio por la policía egipcia. Tras una detención de varias semanas, los oficiales egipcios le absolvieron por no tener ninguna conexión con las explosiones.
  • Ejaz «Jacksy» Fiaz (también conocido como Eliaz Fiaz): posible co-conspirador, de treinta y pocos años, de Beeston, Leeds. Se pensó en un principio que había sido uno de los terroristas suicidas del tren de la Picadilly Line; ha desaparecido.
  • Naveed Fiaz: hermano Ejaz, detenido por la policía en los días siguientes a los ataques, pero dejado en libertad sin cargos el 22 de julio. Estaba conectado con los tres suicidas mediante el Hamara Youth Access Point.
  • Haroon Rashid Aswat: un espía de Al Qaeda y posible informador del MI6 se piensa que es el que fabricaba las bombas o el organizador de la célula terrorista, descrito inicialmente como un pakistaní de treinta y algunos años, que entró en Gran Bretaña a través de un puerto un día de junio de 2005, y dejó el país el 6 de julio. Informes del 28 de julio decían que había sido arrestado en Livingstone (Zambia) unos días antes. Fue deportado al Reino Unido el 7 de agosto y arrestado por la policía británica a su llegada. Las autoridades de los Estados Unidos han expresado su deseo de pedir su extradición para que encare cargos relacionados con el establecimiento de un campo de entrenamiento de terroristas en Oregón en 1999.
09 Julio 2005

Las bombas estaban en el suelo de los vagones

Walter Oppenheimer

Londres recuperó ayer su pulso vital. Nada hacía indicar que la víspera había vivido el peor atentado terrorista de su historia, una matanza que ha segado la vida a más de 50 personas. Los turistas se hacían fotos, había autobuses y el metro había vuelto casi a la normalidad. Sólo estaban suspendidos los tramos cercanos a las tres estaciones donde explotaron las bombas. Aunque el Gobierno no lo ha confirmado, se sabe que en el autobús que circulaba por Tavistock Square murió el terrorista que llevaba los explosivos, pero no es seguro que fuera un suicida. Los explosivos eran de tipo militar.Los investigadores no tienen muchos indicios de la procedencia de los autores materiales.

El Foreign Office confirmó que ha habido extranjeros muertos, pero el Consulado de España en Londres aseguró que no hay españoles ni entre las víctimas mortales ni entre los heridos graves.

Un día después de los atentados se refuerza la tesis de que fueron obra de un comando de Al Qaeda y que se inspiraron en los ataques del 11-M en Madrid, pero eso es más una deducción que una conclusión comprobada. Aunque las autoridades mantienen un gran hermetismo informativo, fuentes conocedoras de la investigación afirmaron a este diario que al menos uno de los terroristas, el que hizo volar un autobús en Tavistock Square, murió en el atentado, aunque eso no significa que fuera un suicida.

El jefe de Scotland Yard, sir Ian Blair, se limitó ayer a decir: «No hay ningún indicio de que se tratara de un atentado suicida, pero tampoco de lo contrario». En ese atentado, la cifra oficial de fallecidos ha pasado de 2 a 13.

Los investigadores cuentan con multitud de elementos para poder identificar a los autores de los cuatro atentados del jueves 7 de julio. Uno de ellos son los explosivos: se trata de cargas de menos de cinco kilogramos de un explosivo de tipo militar.

El Ejército, que suele trabajar con un gran secretismo, es el encargado de esta parte de la investigación. Llama la atención que las cargas de explosivos fueran tan livianas y que no tuvieran metralla. Ambos factores pudieron deberse a la voluntad de transportarlas con más facilidad, evitar los detectores de metales e introducirlas en el metro sin llamar la atención.

Pero en todo caso es una de las explicaciones de que hubiera menos muertos que en los atentados del 11 de marzo en Madrid, donde sí se utilizó metralla y las cargas eran bastante más potentes. Andy Hayman, responsable de la sección antiterrorista de Scotland Yard, explicó que en los tres atentados en el metro las cargas explosivas estaban situadas en el suelo de los vagones, junto a las puertas de acceso. Eso sería un indicio de que no se trató en este caso de ataques suicidas y de que los terroristas habrían abandonado el vagón dejando allí la carga.

En contra de esta tesis juegan las constantes campañas de sensibilización al público, que dificultan -aunque no descartan- la posibilidad de que ese movimiento pasara desapercibido para los demás pasajeros, aunque el hecho de que los vagones fueran abarrotados podría haber facilitado esa tarea.

Los investigadores no tienen aún una idea clara de cómo fueron detonadas las cargas explosivas en el metro. La posibilidad de que se utilizaran teléfonos móviles como en los atentados de Madrid no está descartada. Parece especialmente verosímil en los atentados de la línea Circular, en Edgware Road, y en esa misma línea entre las estaciones de Liverpool Street y Aldgate, porque los trenes circulan relativamente cerca de la superficie y es posible que pudiera llegar hasta allí la señal de un teléfono móvil. Es más difícil en el caso del atentado en la línea Piccadilly, entre King’s Cross (un importante intercambiador del suburbano de la capital) y Russell Square, porque el metro circula en ese tramo a una gran profundidad.

El atentado contra el autobús de la línea 30 en Tavistock Square plantea otro tipo de interrogantes. Aunque no está confirmado de manera oficial y pública, se sabe que el terrorista murió en el lugar del crimen, pero no se sabe si hizo detonar el explosivo o éste estalló por accidente cuando se dirigía a su verdadero objetivo. El autobús no tenía que circular por Tavistock Place: había sido desviado de su ruta habitual debido al atentado previo entre King’s Cross y Russell Square. Es posible que el terrorista creyera que le habían descubierto y decidiera hacer estallar la bomba. O que, por cualquier razón, no hubiera podido llegar a la cita con sus colegas y hubiera decidido coger un autobús y hacerlo estallar. O que ese fuera el primero de una serie de atentados en autobuses y que los otros fracasaran porque, tras trascender los primeros atentados, se colapsó la red de telefonía móvil.

La policía confirmó ayer que había provocado la detonación de dos paquetes sospechosos, sin aclarar si se había tratado de paquetes explosivos o de falsas alarmas. Sir Ian Blair confirmó también que las autoridades se llegaron a plantear la suspensión de la red de telefonía móvil para bloquear posibles nuevos atentados, «pero decidimos no hacerlo, a pesar de que legalmente podríamos haberlo hecho, porque podíamos haber perjudicado a miles de ciudadanos que en esos momentos necesitaban contactar con sus familias».

Otro elemento de investigación son las decenas de miles de cámaras de seguridad distribuidas por todo Londres, incluidos los autobuses más modernos como el de la línea 30. Pero a estas alturas no se sabe si las cámaras del autobús estaban grabando (lo hacen sólo de manera intermitente) ni si las grabaciones se han mantenido intactas tras la explosión.

Uno de los aspectos más llamativos de la serie de atentados es que todos ellos tienen en común la estación de King’s Cross. Por allí pasa la línea circular, que se extiende al oeste hacia Edgware Road, y al este, hacia Liverpool Street y Aldgate. También la línea Piccadilly, que va en dirección sur hacia Russell Square. Y la línea 30 de autobuses. ¿Fue King’s Cross para los terroristas de Londres lo que Alcalá de Henares fue para los terroristas de Madrid?, es decir, ¿su lugar de cita para cometer los atentados? En ese caso, su imagen habrá sido captada por las cámaras de seguridad de King’s Cross y de las estaciones donde abandonaron el metro, si lo abandonaron.

Los investigadores no tienen a estas alturas demasiados indicios sobre la procedencia de los autores. Podría tratarse de un comandoprocedente del extranjero. Pero podría tratarse también de islamistas británicos que estarían ahora camuflados con relativa facilidad dentro del país, llevando a cabo su vida diaria con toda normalidad. Éste fue precisamente el caso de Madrid.

Es la hipótesis que más temen el Gobierno y los investigadores. Primero, porque facilitaría la posibilidad de que se cometieran nuevos atentados. Segundo, porque ayudaría a incrementar la tensión con la comunidad musulmana británica, que probablemente se vería acosada por grupúsculos de la extrema derecha. En la noche del jueves se registraron tres ataques a mezquitas, que han pasado desapercibidos en los medios británicos.

Los musulmanes del Reino Unido, que hasta ahora han tenido tendencia a pensar que las campañas del Gobierno contra grupos islamistas son mera propaganda, descubrirían de repente que es real el peligro del extremismo religioso en el seno de su comunidad, considerada por las fuerzas políticas como abrumadoramente pacífica en su inmensa mayoría. La policía hizo ayer constantes llamamientos a la colaboración ciudadana, un mensaje dirigido especialmente a la comunidad musulmana, a la que se pide que comunique de manera anónima cualquier pista que pueda llevar a los autores.

La posibilidad de que fueran islamistas británicos pondría también de relieve las dificultades de los servicios de espionaje para infiltrarse y obtener información. El ministro del Interior, Charles Clarke, advirtió de que los atentados del 7-J «no pueden oscurecer anteriores éxitos» de los servicios de espionaje, pero reconoció que «desde luego, ha habido un fallo en inteligencia en el sentido de que no hemos sabido lo que nos iba a ocurrir».

07 Julio 2005

Esta vez, Londres

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

De nuevo, esta vez en Londres, como el 11-S en Nueva York y el 11-M en Madrid, el terrorismo logró ayer hacer realidad la pesadilla que persigue a toda sociedad democrática y civilizada. Las explosiones de tres bombas en el metro y una en un autobús causaron al menos 37 muertos y centenares de heridos. Apenas unas horas antes los londinenses habían concluido su fiesta para celebrar la designación de su ciudad como sede de los Juegos Olímpicos de 2012. Parece evidente que las bombas no están vinculadas a la elección olímpica, sino a la cumbre del G-8 en Gleneagles (Escocia). Los asesinos querían una matanza de grandes proporciones para paralizar en el caos y el terror a la capital británica.

Al margen de los simbolismos elegidos por los terroristas, que, según todos los indicios, están vinculados al fanatismo de Al Qaeda, el objetivo de los explosivos de ayer, como de los aviones del 11-S y las mochilas-bomba de los trenes de cercanías de Madrid, son todos los seres humanos, que, en un largo recorrido repleto de penurias y conflictos, han avanzado por la senda de la libertad, el respeto mutuo, la prosperidad y la tolerancia. La cultura del odio y de la muerte no soporta el éxito de las sociedades abiertas en su continua perseverancia hacia mayores cotas de felicidad individual y colectiva.

Las bombas de Londres han de recordar a todos que nuestras sociedades tienen un enemigo a muerte, fanático pero sofisticado e implacable, para el que nuestra desgracia y miedo es el mayor triunfo. Es un enemigo difuso, difícil de identificar y localizar, pero que ya sabemos -especialmente a raíz de las pesquisas policiales en España- que también está entre nosotros, en el seno de las sociedades democráticas y libres. Ahora es el momento de llorar a los muertos, ayudar a los heridos, consolar a las familias y expresar toda la solidaridad con los ciudadanos de Londres. Pero hay que empezar a tomar conciencia de la envergadura de la amenaza, que lamentablemente lleva a pensar que será necesario escribir estas frases más veces en el futuro.

Nadie está a salvo de esta amenaza y nadie podrá neutralizarla por sí solo. Urge una intensificación de la cooperación internacional, una mejor coordinación real de los servicios de información y una prevención conjunta de las democracias. Pero urge a la vez evitar los atajos erróneos y las iniciativas preventivas equivocadas. Sería una cruel paradoja y una victoria clamorosa del terrorismo que las democracias entregaran sus libertades y desmontaran sus principios con la excusa de la lucha por defenderlos. Como lo sería ensanchar la base de los terroristas identificándoles con los inmigrantes o con algunas etnias y religiones, en sociedades multiculturales como son la londinense o la madrileña. También esto sería un triunfo otorgado a los asesinos.

Los atentados de Londres son un ataque contra la sociedad europea en su conjunto. Las diferencias sobre la Constitución o sobre los presupuestos de la UE son nimiedades al lado del desafío que tiene ante sí la sociedad libre europea. El ataque terrorista sufrido por la capital británica, justo al empezar el semestre de la presidencia de la UE, merece una enérgica respuesta política de todos los socios europeos.

07 Julio 2005

Bajo las bombas

Juan Luis Cebrián

El brutal ataque terrorista que ayer padeció Londres merece, además de las lógicas expresiones de pesar y la condena unánime del mundo civilizado, algunas reflexiones políticas sobre la respuesta de las democracias ante situaciones como ésta y acerca de la utilización interesada, y aun sectaria, que se suele hacer de tan execrables sucesos. A Dios gracias, no hemos oído todavía a ninguno de nuestros iluminados comentaristas de domingo, ni a los parlanchines portavoces del partido de la oposición, sugerir que los comandos de ETA estén detrás de las bombas londinenses, ni Tony Blair ha caído en la tentación de acusar al IRA como responsable último de los asesinatos, ni su Gobierno ha convocado multitudinarias manifestaciones de adhesión a su persona, ni se ha manipulado el dolor de las víctimas y sus allegados para llevar las aguas al molino del propio interés, político o de cualquier otra especie. Estas son cosas que, en medio del horror, reconfortan en un país como el nuestro, sometido en los últimos meses a la irritación demagógica de algunos periodistas descontentos y a la deformación parlamentaria impulsada por quienes perdieron las últimas elecciones generales tras los ataques del 11-M y la gestión de esa crisis por nuestras autoridades del momento. El jueves negro de Londres y el jueves negro de Madrid tienen la misma firma, se explican por las mismas causas y merecen la misma respuesta unánime de parte del mundo civilizado. Ésta no puede ser, de nuevo, una guerra indiscriminada y cruel como aquella en la que se embarcó el trío de las Azores. Es posible que los atentados en la capital británica no sean -por lo menos, no principalmente- una respuesta a la invasión de Irak, pero a estas alturas también parece obvio que la guerra convencional contra Sadam Husein y la brutal invasión de un país extranjero no constituían la réplica adecuada a la insidiosa agresión de Al Qaeda. Diga lo que diga el presidente norteamericano, el problema con el que tenemos que enfrentarnos no es la existencia de un imaginario imperio del mal al que tenemos que vencer, sino el averiguar cómo las sociedades democráticas y abiertas son capaces de defenderse de los integrismos criminales de cualquier especie, sin renunciar a su sistema de vida, basado en los valores de la libertad.

Una primera condición para que la lucha contra este terrorismo de nuevo cuño sea exitosa es precisamente el reconocimiento de su carácter internacional, que demanda respuestas basadas también en acuerdos y decisiones de idéntico significado, lo que enfatiza la necesidad de recuperar el papel de la ONU y sus instituciones anejas. Por eso es tan grave la actitud de quienes han pretendido enmascarar lo sucedido hace año y medio en Madrid con lucubraciones mendaces sobre las motivaciones e identidad de los terroristas. Por eso, también, el tremendo error cometido por la Casa Blanca y sus socios de Londres y Madrid a la hora de lanzarse a la aventura bélica en Asia, de espaldas a la legalidad y sin el asentimiento de sus principales aliados, sólo se explica por razones ajenas a la lucha antiterrorista y ligadas a oscuras motivaciones de poder. Desde que fue tomada aquella decisión, que ha costado decenas de miles de vidas inocentes, hemos visto debilitarse los organismos supranacionales mientras se perpetraba la profunda división de Europa, se potenciaban los sentimientos ultranacionalistas y los fundamentalismos de todo género, y se sumía a las poblaciones del llamado primer mundo en un ambiente de miedo y desesperanza. Los gobernantes, junto a las justas lamentaciones por lo sucedido, deberían hacer un examen de conciencia sobre lo equivocado de aquella determinación, aparentemente audaz, sin que ello signifique que tengan que sentirse culpables por lo sucedido. Los culpables del terrorismo son, exclusivamente, los terroristas, pero los líderes políticos son responsables de tomar las medidas adecuadas que garanticen, a un tiempo, la seguridad y la libertad de los ciudadanos sin añadir más horror al horror ya causado. Es una tarea nada fácil, desde luego, virtualmente casi imposible, pero de la que de ninguna manera pueden abdicar quienes voluntariamente se presentan ante la ciudadanía como conductores de su destino.

En España hemos padecido durante los últimos meses la demagogia -esa sí, culpable- del antiguo ministro del Interior, y actual secretario general del PP, jaleado por una abundancia de corifeos mediáticos, en torno a la identificación del «verdadero autor intelectual» de los atentados de Madrid. Se ha puesto en duda la limpieza de la investigación judicial y policial sobre aquellos sucesos, al tiempo que se propagan toda clase de teorías peregrinas, culpando de los hechos lo mismo a terroristas etarras que a espías franceses o marroquíes, e incluso a guardias civiles más o menos corruptos, o más o menos hábiles, con tal de ocultar la miserable actitud de un gobierno que ocultó información, cuando no mintió descaradamente, tratando de rentabilizar en las urnas el pánico generado por los atentados. Se ha politizado a las víctimas, discriminándolas y dividiéndolas, difamándolas cuando se expresaban de forma diferente a la deseada por los gurúes de la radio episcopal, injuriando a sus representantes y calumniando al encargado oficial de su tutela. Se ha roto la unidad democrática y la solidaridad debida con los directores de la lucha antiterrorista y se ha obstaculizado y ridiculizado el valeroso esfuerzo del gobierno y el parlamento, a la hora de buscar una solución duradera para nuestro particular terrorismo doméstico. La memoria de los casi doscientos muertos en las estaciones madrileñas no sirvió para moderar la indecente actitud de quienes no paraban en barras a la hora de defender su mancillado honor de gobernantes, incluso a base de confundir a la opinión pública, dividir al cuerpo social y crispar hasta el extremo la convivencia política. Quizás el sacrificio horrible de las inocentes víctimas del metro londinense sirva ahora para que rectifiquen su actitud, y atiendan a los deseos de unidad democrática que expresan los ciudadanos de cualquier ideología y condición, frente a una amenaza que es común a todos.

En el plano internacional, el reforzamiento de las instituciones de ese género y la cooperación, todavía muy pobre, entre los diferentes sistemas y servicios de seguridad son la única manera posible de confrontar el peligro. Éste no es un problema de americanos, ingleses o españoles; es un problema global que demanda respuestas globales. Requiere, por lo mismo, una Europa política más unida y fuerte, con un liderazgo más relevante que el que ejerce el antiguo anfitrión de las Azores, y una cohesión mayor en la de-fensa de los valores fundamentales de la democracia frente a los particularismos de unos y otros. Demanda también una Alianza Atlántica menos sometida al unilateralismo de la primera potencia mundial y más comprometida con el futuro de las poblaciones a las que defiende. En definitiva, el mensaje de muerte de los fanáticos seguidores de Bin Laden pone de relieve la necesidad de un cambio profundo en nuestras instituciones de gobierno y en las motivaciones que agitan las pasiones del poder.

La batalla tiene que darse en muchos frentes: en el policial y judicial desde luego, pero también en el cultural, en el educativo y en el religioso. Atañe a la integración de los inmigrantes que llegan por oleadas al mundo desarrollado, a las cuestiones planteadas por el multiculturalismo, a la lucha contra las desigualdades económicas, y a la eliminación del exasperante y ciego egoísmo de las sociedades capitalistas. Atañe, en definitiva, a la recuperación de los valores de la democracia, a la eliminación del odio como caldo de cultivo de la política y al reconocimiento de la existencia del otro en el marco de nuestra convivencia plural. Algo por lo que deberían velar (en España, por ejemplo) no sólo los responsables políticos, sino los medios de comunicación, y de manera connotada aquellos que, en nombre de la defensa de sus accionistas, inundan los hogares de basura televisiva o inmundicia radiada, contribuyendo a ese ambiente de división social y miedo. La Alianza entre Civilizaciones, objetivo proclamado por José Luis Rodríguez Zapatero, puede parecer un programa ingenuo o utópico, pero es el camino adecuado para acabar con la insidiosa amenaza del terror global. Para que tan elogiable deseo se convierta en realidad, son precisas la represión del crimen y la victoria sobre los terroristas. Pero también, y sobre todo, la recuperación de un clima de confianza entre los dirigentes del mundo democrático, en el terreno doméstico y en el plano internacional. Algo que, hoy por hoy, brilla por su ausencia.

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