18 marzo 1999
A Ana Botella, la esposa del presidente del Gobierno español José María Aznar, se le cae la falda en un acto público ante cámaras y fotógrafos
Hechos
El 18 de marzo de 1999 a Dña. Ana Botella se le calló la falda ante cámaras cuando asistía a un acto en la Pasarela Cibeles.
Lecturas
20 Marzo 1999
La falda de Ana Botella
Habremos de esperar dos años para que «la foto» salga a la luz. Y es que las fotos con morbo siempre se hacen esperar. Sucedió en el caso de Marta Chávarri, está sucediendo con Lequio-Mar Flores (hablo en presente continuo porque, dos años después, ellos son actualidad todos los días: mis maltrechas neuronas acusan el hartazgo) y sucederá, sospecho, con Ana Botella de Aznar. Empecemos por la moraleja: una mujer pública no siente sobre sus carnes la condición de pública hasta que no enseña la ropa interior. Eso lo saben bien todas las mujeres de la familia real inglesa, que alguna vez han visto traicionada su intimidad por una maldita ráfaga de aire. Parece que el aire las persigue allá donde van. En el caso de Ana Botella, protagonista de la foto que aún no existe, la culpa no fue del aire, sino de un simple desliz. Lo expresa la propia palabra: su falda se deslizó. Era una falda tipo pareo, de precario ajuste: una falda superponible, que dirían en las tiendas del ramo, o superquitable, que digo yo.
La presidenta llegaba al desfile de Antonio Pernas, uno de los diseñadores de la pasarela alternativa a Cibeles, cuando de pronto se sintió aliviadísima, ágil de movimientos, incluso un pelín suelta de muslos. Por un momento olvidó seguramente que la moda es opresión y que las pasarelas no hacen sino recordarle lo mucho que se sufre metida en un escote palabra de honor, prieta en un jersey tres tallas por debajo de lo que requiere su chasis o encaramada en unos vertiginosos tacones de aguja.
Fue apenas unos segundos, lo justo para creer que le habían brotado alas y que podía levantar el vuelo. Cielos qué corte. Cuando quiso darse cuenta ya no había remedio: su falda yacía en el suelo como un cadáver. Ana Botella pudo haber gritado, pero no lo hizo. Tampoco echó a correr ni sufrió un súbito proceso de petrificación (otra cualquiera, mismamente yo, me hubiera desplomado junto con la falda). Casi al instante, un revuelo de guardaespaldas la cubrió y Ana Botella pudo agilizar su operación sin ser demasiado vista. Sin embargo, el fotógrafo estaba allí. Para qué nos vamos a engañar: el fotógrafo siempre está allí. La verdad siempre habita agazapada dentro de un carrete. Pasado el tiempo se desvelará el gran enigma que flota estos días en el aire, y que no se refiere, como muchos han podido malpensar, al color de la ropa interior. Lo que el pueblo soberano se pregunta ahora es: ¿complementaba Ana Botella su frágil atuendo con unos calcetines hasta la rodilla?
El incidente de la presidenta no ha ensombrecido la glamourosa noticia (allí donde va Jesús del Pozo va el glamour) de la pasarela alternativa.
Sí la ha ensombrecido -y para bien- la noticia que ha hecho pública el Salón Gaudí: a partir de ahora no aceptará modelos cuya talla sea inferior a la cuarenta. La anorexia no se combate con habladuría sino con medidas.
Mientras las pasarelas estén pobladas de es- queletos ambulantes, nada conseguirán los mé- dicos, los psicólogos, los sociólogos y toda la recua de platicadores ocasionales. No estaría de más cebar por decreto-ley a Esther Cañadas, la hermosísima alicantina que re- corre las pasarelas con mirada felina y desgarrada (ésa es otra: ahora las modelos no sonríen sino que ponen cara de mala leche) y a Laura Ponte. O a Kate Moss, que es la madre del cordero. Tampoco sería mala idea abrir una suscripción popular para echarle de comer aparte a la ingeniosa Amaya Arzuaga, que diseña para sí misma.
Aunque sin ir tan lejos, se podría neutralizar el efecto hambruna (porque estas chicas pasan hambre, no cabe ninguna duda) pidiendo más representación de mujeres mullidas y jugosas en los escaparates de la vanidad. La moda es arbitraria y caprichosa. Quién sabe: quizás un día, gracias a una foto, los muslos de Ana Botella se conviertan en el paradigma de la belleza.