29 enero 1967

Sólo faltaban diez minutos para que concluyera la prueba cuando se produjo el incedio

Accidente espacial en Estados Unidos: Los astronautas Chaffee, Grissom y White mueren durante un ensayo en su nave ‘Apolo’

Hechos

El 28.01.1967 se hizo pública la muerte de los astronautas Rorger Chaffee, Edward H. White y Virgil I. Grissom.

29 Enero 1967

Muerte legítima

ABC (Director: Torcuato Luca de Tena Brunet)

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Edward H White, Virgil I. Grissom y Rookie B. Chaffee, es decir, lost res hombres que iba a iniciar la etapa final hacia la Luna. No existen ya. Murieron en el suelo, fuera del elemento natural de los astronautas, que es la ingravidez. Este es el primer tributo de sangre conocido con certeza a la más formidable aventura de nuestro tiempo. En todos los ámbitos de nuestro mundo se percibe y aquilata el significativo de esa aventura, que es el tránsito no sólo de una edad a otra, sino también de una forma de pensamiento a otra. Los ‘campos gravitatorios’ de la sensibilidad humana se han expandido al mismo tiempo que iban siendo posibles las proezas astronáuticas. La música que los pitagóricos adivinan en el curso de los astros, toda la sinfonía elíptica del espacio sidéreo, está empezando a ser comprobada diríamos que el tacto, por los hombres. Porque la ilusión de que ha sido la Humanidad entera la que ha escalado tañes cimas, aunque hayan sido muy pocos quienes han intervenido en la portentosa hazaña ascensional, es una ilusión verdadera. Un sutil lazo vinculatorio convierte a los hombres todos en protagonistas. Y porque es verdadera esa ilusión, la muerte de los tres norteamericanos ha causado en el mundo entera una dolorosa estupefacción. Muerte cruel e irónica. Dispuestos para galopar sobre síntesis de las auroras y de anocheceres, de lontananzas vírgenes, de sorprendentes paradojas espacio-temporales, estos olfateantes lebreles del cosmos han ido a morir, diríamos, ‘in vitro’, o sea, durante una experiencia dentro de laboratorio. Nada hay tan impresionante como esto. Los tres dentro de la cápsula, en una actitud aproximada a la del ‘nasciturus’, ensayaban dentro de la cápsula, en una actitud aproximada a la del nasciturum, ensayaban su alumbramiento en las regiones superiores. Un poco más de tiempo y hubieran alcanzado el ápice, el vértice, la cúspide. Pero murieron fuera de su sitio. Porque su sitio no era ese ‘dentro’, el algodonoso y delicado seno de la cápsula inmóvil, sino la curva continúa del universo. Su muerte, sin embargo, es legítima. Toda conquista es cruenta. Ese fallo, esa dolorosa detención es el precio por la marcha hacia adelante. Su sangre, la primera conocida con certeza de la aventura, es la primera que baña la tierra. Sangre inicial, lustral. Tal vez hoy nos damos cuenta a fondo de que los jinetes cósmicos pertenecen a nuestra propia raza, que son hombres.

White, Grissom y Chaffe son hombres. Hombres caídos en el campo de honor.

El Análisis

La tragedia del Apolo 1 y el precio de la conquista espacial

JF Lamata

La noticia ha sacudido a los Estados Unidos y al mundo entero: el 27 de enero de 1967, en Cabo Cañaveral, tres astronautas norteamericanos —Virgil «Gus» Grissom, Edward H. White y Roger Chaffee— perdieron la vida en el incendio de la cápsula del Apolo 1 durante un ensayo rutinario en tierra. El fuego, rápido e implacable, convirtió en tumba el habitáculo presurizado en oxígeno puro, sin dar a la tripulación posibilidad de escape.

Estos hombres no murieron en una guerra, pero su sacrificio se honra como si hubieran caído en combate. En realidad, la carrera espacial de los años sesenta es también una batalla, librada sin armas pero con la misma intensidad, entre las dos superpotencias que buscan demostrar al mundo la supremacía de su sistema político y científico.

El presidente John F. Kennedy, antes de caer asesinado en Dallas, había lanzado en 1961 el gran reto: que un estadounidense pusiera pie en la Luna antes de que termine la década. El objetivo era político y simbólico, tanto como científico. La Unión Soviética había tomado la delantera: primero con el Sputnik, luego con Gagarin, el primer hombre en el espacio. El Apolo debía ser la respuesta definitiva.

Pero la tragedia revela la cara oscura de la aventura espacial. La prisa por alcanzar a Moscú, la presión por cumplir con la promesa de Kennedy y las dificultades técnicas acumuladas hicieron que se pasaran por alto riesgos evidentes. El informe preliminar habla de cables defectuosos, materiales inflamables y un diseño incapaz de garantizar la evacuación de la tripulación. Tres vidas segadas por un error técnico que en realidad era síntoma de un error político: la obsesión de ganar la carrera espacial a cualquier costo.

Sin embargo, no sería justo quedarse en la acusación. Grissom, White y Chaffee eran plenamente conscientes de los peligros y aceptaron el riesgo con la serenidad de quienes saben que son pioneros. Murieron en la antesala de un sueño que aún parece al alcance: ver a un ser humano caminar sobre la superficie lunar.

Hoy Estados Unidos llora a sus héroes. Mañana deberá corregir errores, replantear prioridades y demostrar que la ambición de conquistar el espacio no se traduce en una imprudencia sistemática. La tragedia del Apolo 1, como otras grandes pruebas en la historia de los pueblos, puede ser un punto de inflexión: o frena la carrera espacial, o la obliga a crecer con más seguridad y responsabilidad.

Grissom, White y Chaffee no pisaron la Luna, pero quizás gracias a su sacrificio otros llegarán a hacerlo.

J. F. Lamata