1 abril 1924
El líder del Partido Nazi que, paradójicamente, no es ciudadanos alemán, sino austriaco
Alemania: Adolf Hitler condenado a 5 años de prisión por su intento de Golpe de Estado del ‘Putsch’ de la Cervecería
Hechos
El 1 de abril de 1924 un tribunal de Munich condenó a Adolf Hitler.
Lecturas
El Tribunal de Munich ha condenado a Adolf Hitler a cinco años de cárcel, pena que deberá cumplir en una prisión militar; además, el tribunal le impone una multa de 200 marcos oro. Es el juicio por el intento de Golpe de Estado, del Putsch de la Cervecería.
La sentencia es considerada como extremadamente indulgente el tribunal ha elegido la pena más leve entre las previstas para delitos de alta traición. Además existe la posibilidad legal de que Hitler alcance la libertad condicional tras cumplir seis meses de detención efectiva, lo que constituiría todo un triunfo político para el condenado. El proceso, que había comenzado el 26 de febrero último, apasionó a la opinión pública alemana; cerca de 60 periodistas informaron diariamente sobre su desarrollo.
Inspirándose en la marcha sobre Roma organizada por Benito Mussolini, Hitler intentó aprovechar la cólera de los alemanes contra la ocupación aliada de la cuenca del Ruhr, el paro, el hambre y el desmesurado crecimiento de la inflación. El 8 de noviembre del año pasado, Hitler organizó una intentona para deponer al Gobierno de Baviera de Von Kahr, pero la operación fracasó cuando sus partidarios fueron dispersados por la policía de Munich.
Junto a Hitler se sentaron en el banquillo de los acusados sus principales colaboradores: Pernet, Weber, Frick, Kriebel y Brückner.
Hitler aprovechará su estancia en prisión para redactar un libro propagandístico: Mi Lucha.
Tras salir de prisión Adolf Hitler reorganizará el partido nazi, el NSDAP, creando una nueva sección armada: las SS.
El Análisis
El Tribunal de Múnich ha dictado sentencia: Adolf Hitler, el cabo austriaco convertido en agitador político, ha sido condenado a cinco años de prisión por su intento de golpe de Estado en noviembre pasado. La conocida como revuelta de la cervecería, liderada junto al general Ludendorff y sus camisas pardas de la S.A., fue un intento torpe, ilegal y peligroso de derrocar al gobierno legítimo de la República. El veredicto debía ser el final político de este personaje… pero, por el contrario, ha terminado convirtiéndose en su primera gran victoria pública.
Durante el juicio, Hitler ha transformado el banquillo en tribuna. Su defensa no ha sido jurídica, sino puramente política, apelando al orgullo herido del pueblo alemán, atacando sin complejos al Tratado de Versalles, a la República de Weimar, a los comunistas y a las élites. Su tono, incendiario pero firme, ha resonado más allá de las paredes del tribunal. Para un número creciente de ciudadanos humillados por la crisis económica, la ocupación del Ruhr y la inflación, Hitler no es un golpista, sino un patriota que ha osado hacer lo que otros no se atreven. Su condena, aunque justa en el plano legal, ha sido recibida por muchos como una injusticia moral.
A corto plazo, la sentencia neutraliza a este agitador: entrará en prisión y su partido ha sido prohibido. Pero a largo plazo, el juicio puede haber sido el trampolín que lo catapulte al centro del escenario nacional. Lejos de apagar su influencia, lo ha convertido en mártir para algunos, y en una figura conocida para muchos más. Lo que debía ser un cierre para el capítulo más oscuro del radicalismo bávaro podría terminar siendo el prólogo de algo mucho más peligroso si la República no encuentra cómo recuperar la fe de los alemanes en la democracia.
J. F. Lamata