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La dirección del partido será asumido provisionalmente por una Gestora con Inés Arrimadas como una candidata postulada para la sucesión

Albert Rivera dimite como líder de Ciudadanos, renuncia a su acta y se retira de la política tras su fracaso electoral

HECHOS

El 11 de noviembre D. Alber Rivera dimitió como Presidente de Ciudadanos.

DIMITE TODA LA CÚPULA DE INCONDICIONALES DE RIVERA

El Sr. Villegas, el Sr. Girauta, el Sr. Hervás o el Sr. Páramo han anunciado también que dimiten de sus puestos en Ciudadanos y se retiran de la política tras conocer la marcha de su líder, el Sr. Rivera. La Sra. Inés Arrimadas se perfila como previsible sucesora del Sr. Rivera.

15 Noviembre 2019

Rivera se lo merece

Jorge Martínez Reverte

Hoy, Ciudadanos se ha convertido en un grupo de personas desorientadas que intentan comprender por qué el destino ha sido con ellos tan cruel

No me voy a sumar al coro de los que lamentan la muerte política de Albert Rivera. De los efectos de estas tan dañinas como inexplicables elecciones de noviembre, la liquidación de Rivera como presidente de Ciudadanos ha sido el único positivo. Todo lo demás ha sido tan negro como para conducir a Pedro Sánchez y a Pablo Iglesias a darse un tardío abrazo de compleja aritmética.

No es preciso ser muy detallista, pero Rivera supo reunir en torno a su proyecto centrista a mucha de la mejor gente de España. Francesc de Carreras, Maite Pagaza, Fernando Savater, Toni Roldán… todos ellos inteligentes, capaces, valientes y, ¿por qué no decirlo?, patriotas, eso sí, de una España democrática y tolerante. Pero en un momento dado, y no importa mucho la fecha, porque se trató de un proceso, Rivera decidió que su partido se tenía que volcar a la derecha, haciendo así una pirueta que ningún campeón del mundo de acrobacia aérea se habría atrevido a realizar. Rivera demonizó al PSOE y liquidó de un plumazo las posibilidades más que ciertas de dar a España un Gobierno de centro-izquierda.

Sus mensajes de lucha contra la corrupción, de salidas democráticas para una Cataluña infectada por el más repugnante de los virus xenófobos, de implantación de la democracia interna en los partidos… se fueron todos diluyendo en torno a uno solo: todo el poder para Albert Rivera y su indefinido proyecto patriótico. ¿Cómo no iban a abandonar su barco los millones de votantes que vieron en Ciudadanos una nueva manera de hacer política y una posibilidad de hacer mejor este país?

Hoy, Ciudadanos se ha convertido en un grupo de personas desorientadas que intentan comprender por qué el destino ha sido con ellos tan cruel como para convertirles en una mera muleta en la que Vox se apoya para intentar su asalto al Estado democrático. Así que a algunos, y desde luego a los muchos ciudadanos que votaron esa opción política, se nos ha des-aparecido la virgen, o sea, la posibilidad de que España fuera gobernada por la tercera España.

Lo que ha pasado al final, después del abrazo entre Sánchez e Iglesias, no tiene mala pinta, aunque sí un fuerte aroma de inestabilidad que ya va a tener siempre cualquier opción que no pase por un buen filtro centrista, aunque el PSOE ya sea eso gracias al PP.

Rivera está bien muerto políticamente.

13 Noviembre 2019

¿Qué nos pasa?

Francesc de Carreras

El comunicólogo que aconsejó a Rivera salir en un spot con un perrito llamado Lucas no debería ser contratado nunca más por nadie

Más allá del acierto o ineptitud de nuestros políticos, de su personalidad y conocimientos, deberíamos intentar averiguar cuáles pueden ser las razones de fondo que expliquen por qué estamos en la situación política que estamos: desprestigio creciente de los políticos y los partidos, fracturas en el arco de partidos parlamentarios que dificultan elegir un presidente del Gobierno, ejecutivos débiles o en funciones desde hace cuatro años. Y desde el domingo estamos peor. ¿Qué nos pasa?

Las causas por las cuales atravesamos esta situación seguramente son muchas. Voy a ceñirme solo a dos: las primarias y los métodos de comunicación y propaganda utilizadas por los partidos.

Hace unos años, no muchos, ante el descontento por el funcionamiento interno de los partidos se pusieron de moda las elecciones primarias y todos los partidos las adoptaron en sus muy distintas versiones. ¿Qué han solucionado? Exactamente nada, es más, han degradado su democracia interna.

El hecho actual es que el líder elegido, legitimado por el voto de sus militantes, actúa como un déspota en su feudo: señala la línea programática y estratégica, determina la táctica, designa de hecho a los componentes de los órganos de dirección, acumula todo el protagonismo ante la opinión pública. En parte todo esto ya sucedía antes de las primarias, pero con ellas se ha acentuado. En los partidos no hay corrientes de opinión, hay un jefe que hace y deshace, nadie le lleva la contraria porque corre el peligro de ser marginado.

La segunda cuestión es la nueva forma de comunicarse estos líderes con los ciudadanos para intentar atraer votantes. Dicen que hay una ciencia que se llama comunicología y hay especialistas en la misma que suelen poseer el grado de licenciado o doctor. Si lo han obtenido en Harvard o la London School of Economics, sus decisiones, por definición, siempre son inmejorables, incluso geniales. El comunicólogo que aconsejó a Rivera salir en un spot con un perrito llamado Lucas no debería ser contratado nunca más por nadie. Se trata de un tipo peligroso, perjudicial para sus clientes.

Pero hay más. Esta manera de comunicarse degrada a los posibles votantes hasta lo más bajo, los considera como objetos estúpidos, como niños pequeños o como incultos analfabetos, con ello desgasta la idea de democracia, una idea que siempre ha arrastrado problemas en sí misma. Si la democracia es la forma de autogobernarse los ciudadanos es porque se supone que estos son personas racionales que, al menos, saben o pueden saber cuáles son sus intereses. Lo que se necesita, por tanto, es saber explicarles cuáles son esos intereses mediante argumentos que puedan entender. Pero no, por lo visto es mejor el perrito.

“Mire, vamos mal”, como de vez en cuando soltaba el juez Marchena.

11 Noviembre 2019

El centro ha muerto, ¡viva el centro!

Jorge Bustos

El hundimiento de Ciudadanos es la sinécdoque del hundimiento de la democracia del 78, que anoche expiró a eso de las diez de una gélida noche de noviembre. Ha muerto a manos de los sospechosos habituales, la izquierda y la derecha, las dos únicas maneras permitidas de ser español a excepción de la independentista. Albert Rivera llevó el partido a la gloria en abril y lo ha conducido a la UVI ahora, pero cada bando ofrece explicaciones contradictorias entre sí. Para unos le mató el veto a Sánchez en primavera, para otros haberlo levantado en septiembre. En realidad da lo mismo. Rivera, detestado ya por todos los nacionalismos, declaró además la guerra a las dos maquinarias de poder más formidables del Estado –Génova y Ferraz–, al tiempo que despreciaba al populismo conservador. Ningún quijote sale victorioso de semejante arremetida contra gigantescos molinos. Se convirtió en el enemigo número uno de todo el país. Fue masacrado durante meses. Se lanzaron campañas públicas y subterráneas para convertir su imagen personal en un comedero de cormoranes. Cometió el error de aislarse, desentenderse de los cuadros del partido y pasar de la prensa. Pero ninguno de esos errores alcanzaba a justificar el delirante tratamiento al que fue sometido en los medios; al final ya el perro Lucas generaba el mismo escándalo que la cal viva de los GAL. Rivera perdió el derecho a ser escuchado, pese a que en la recta final, recuperado ya el discurso originario, entregó algunas de las mejoras muestras de su oratoria.

El caso es que España ha decidido que el centro le sobra, que lo que quiere son extremos. Es evidente que Rivera tendrá que irse –ojalá lo haga con grandeza, sin encastillarse, a la altura de su histórico coraje– y que Inés Arrimadas habrá de liderar un partido racional de arduos grises absolutamente necesario en una España emocional en blanco y negro. Pese al cuadro del fusilamiento de Torrijos en que ahora consiste el ánimo naranja, el partido cogobierna cuatro autonomías y le sobran reservas intelectuales para la refundación: no tardarán en llegar otras elecciones que hagan justicia a un centro liberal lastrado por el calcinamiento de su fundador.

Pero lo de menos es lo que pase con Cs: lo significativo es lo que su desplome tiene de metáfora del fin de la concordia que inauguró la Transición. Que el naranja se haya coloreado de verde supone que el esfuerzo de reforma es sustituido por el ímpetu de ruptura, el prestigio de la moderación por la testosterona del radicalismo y una cierta atención a los hechos por el descaro de las mentiras estimulantes. En su saña antiCs, el bipartidismo no escatimó artillería para acabar con Rivera, y Podemos y Vox se sumaron al linchamiento con entusiasmo de neófitos. Periodistas y tuiteros, redes sociales y tertulias, por tierra, mar y aire, noche y día, laborables y festivos, semana tras semana. Ayudados por el estomagante infantilismo en que a menudo incurría la comunicación del partido, sin duda, pero obviando el mismo celo cuando se trataba de enjuiciar los desatinos de los demás. Pues bien, el plan se ha consumado: el tumefacto cuerpo del centro boquea para sobrevivir. He aquí el legado de cainismo que acompañará siempre a Pedro Sánchez, el dirigente más tóxico de la historia de la democracia, el taxidermista que evisceró al PSOE, legitimó al separatismo, despertó al nacionalcatolicismo embridado en su día por Fraga y Aznar y ahora se propone reinar sobre las ruinas del pacto constitucional. Hará equilibrios de Joker sobre los escombros unos meses más hasta que se caiga y tengamos que recalificar este solar para reconstruirlo de nuevo.

12 Noviembre 2019

Huida hacia la felicidad caniche

Arcadi Espada

Viendo cómo Albert Rivera se despedía ayer de Ciudadanos y de la política acabé de entender por qué el partido ha perdido 9 puntos entre las elecciones de abril y las de este noviembre. A ratos, mientras aguantaba por imperativo laboral su discurso aniñado y narciso, examinaba, tan ansiosamente en busca de la felicidad lo veía, la posibilidad de regalarle este párrafo de Cody Delistraty que había leído hace poco en Aeon: «La felicidad, en muchos sentidos, constituye el mayor logro del marketing de la última década, con productos de autoayuda y antiestrés que completan ahora la lista de mayores ventas en Amazon (véanse las «mantas de peso», los libros de colorear «desestresantes» para adultos o las peonzas de mano), y que hacen compañía a los grandes éxitos escritos por los «blogueros de la felicidad». Todo esto es posible gracias a una muy novedosa e inquietante versión de «la felicidad» que propugna que debes evitar a toda costa hacerte mala sangre». Viéndole dudaba, en fin, si el que estaba despidiéndose era Rivera o su perrillo Lucas.

La analítica fina, y no la meramente sanguínea y oportunista del día después, dirá en qué porcentaje los votos de Ciudadanos fueron a parar a la abstención, a Vox, al Pp o incluso al Psoe. Pero todos esos trenes parten de la misma estación: muchos votantes habían perdido definitivamente la confianza en Rivera. Por lo que decía, no estoy seguro de que lo hubiera entendido plenamente: parecía sorprendido de que con la misma lista y el mismo programa hubiera pasado de 57 a 10. ¡Tanto interés en sí mismo y descartarse como hipótesis! No solo se trataba de sus cambios de opinión estratégicos. La confianza entre candidato y votante no siempre se basa en razones detalladamente descritas y coherentes. La desconfianza es un virus. Aprovecha cualquier inmunodeficiencia repentina y su efecto es devastador. Las ideas son importantes en la política pero tienen un trato diferente al de la vida intelectual. La política son ideas encarnadas. Esto implica la confianza en el que ha de llevarlas a la práctica. La democracia es delegación y la delegación no es un asunto cualquiera, incluso para las mentes más hirsutas. Al compás de los hechos de este año de la basura, muchos votantes de Cs perdieron la confianza en que Rivera pudiera gestionar adecuadamente sus deseos. Visto cómo se estaba yendo pensé que tenían toda la razón.

Quién tendría que confiar en un hombre que apartando sin contemplaciones a las mujeres –a las embarazadas, incluso– y a los niños ha sido el primero en bajarse del barco encallado en la peor tempestad de la vida democrática española y con su partido como damnificado principal. Algunas personas adultas tenemos la inclinación de introducir en la política determinadas épicas a lo Frank Capra y subrayar la necesidad de que nuestra política instagramática respete una mínima gramática moral en la que cuenten el sacrificio, la lealtad o el honor, virtudes viriles en el tiempo previo a que las chicas acapararan todas las virtudes. Pero ni siquiera es necesario acudir a ellas a la hora de juzgar la huida de Rivera hacia la felicidad caniche. Más desmoralizador aún que el bajonazo moral es el técnico. La circunstancia política española es, en efecto, de una gran miseria. Basta con mirar fijamente al presidente del Gobierno. Sin embargo, para los políticos de raza no cabe imaginar paisaje más excitante. Algo parecido sucede con el periodismo. ¿Qué periodista verdadero, aun muerto de hambre, no encuentra en esta convulsión fenomenal motivos para seguir muriendo? Por el contrario, ayer nos enteramos que Albert Rivera quiere volver a la Caixa. Allí de donde lo sacó Teresa Giménez Barbat, según el célebre tango.

Hay otra frase tópica para estos momentos. Los barbudos socialdemócratas la pronunciaban mucho en la noche electoral. ¡Rivera debe asumir su responsabilidad! Y, en efecto, Rivera dijo ayer que asumía su responsabilidad y, asumiéndola, se licuaba. Pasmoso. El error fundamental de Rivera ha sido poco original entre los de su clase. Ha practicado a fondo la desertización. Para saber hasta qué punto baste con decir que algunos temperamentos impetuosos claman porque se aceleren los trámites y asuma el poder la única que está capacitada para hacerlo, la señora Inés Arrimadas. Y lo más extraordinario es que puede que tengan razón. Rivera rehuyó siempre el talento. He llegado a pensar que era algo físico. El último caso fue el de Manuel Valls. Es cierto que Valls aúna a la grandeur francesa la coquetería catalana; pero habría valido la pena tener algo de paciencia, porque pudo ser un hombre utilísimo para el proyecto de Ciudadanos. Y como él, decenas.

Rivera solo supo convivir con burócratas y aprendices: gentes capaces de atender a su carácter algo maníaco –esta pueril obsesión por llegar siempre el último adonde lo esperaban, sobre todo si el Rey tenía que llegar–, dispuestas a retóricas tan sonrojantes como la organización, ayer en la sede, del pasillo fúnebre que precedió a su discurso de evasión. Impresiona que asumir la responsabilidad sea dejar ahora el partido en sus manos. Asumir la responsabilidad habría sido trabajar; reconocer los graves errores tácticos de la última época; invitar a los discrepantes que se fueron a un proceso de reflexión conjunta abierto e integrador y, una vez hecho esto, poner el cargo a disposición de las conclusiones de esa reflexión. Evidentemente se habría tratado de una asunción de responsabilidades laboriosa, profunda, sin brillo, inadecuada al gusto por la política sentimental, chispeante, aquagym del que Ciudadanos ha sido notable y desdichado patrocinador en tantos momentos.

Albert Rivera recordó ayer cómo fue elegido presidente de Ciudadanos no por sus méritos sino por el orden alfabético. Méritos los tuvo. Hasta que la situación le exigió hacer frases más largas con el alfabeto.

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UN ABOGADO TENTADO SIEMPRE POR LA POLÍTICA

Origen. Albert Rivera Díaz, nacido el 15 de noviembre de 1979 en Barcelona, es el único hijo de María Jesús, malagueña emigrada con 13 años, y Agustín, hijo de malagueños.

Carrera. Cursó Derecho en ESADE y tras licenciarse comenzó a trabajar en laCaixa.

Política. Coqueteó con PP y críticos del PSC antes de ser candidato de Ciudadanos, desde su primera cita en Cataluña (2006, tres dipu-tados) hasta este domingo en el Congreso (10 escaños, 47 menos que su tope, el 28-A).

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