12 febrero 2022
Ana Iris Simón (EL PAÍS) realiza una crítica a la clase política y es acusado en su mismo periódico por Nacho Corredor de hacer un discurso reaccionario
Hechos
Publicado en EL PAÍS el 12 de febrero de 2022.
Lecturas
El anómalo proceso por el que se han aprobado los presupuestos gracias a un diputado del PP, D. Alberto Casero, que se equivocó al votar, ha causado también una trifulca entre colaboradores del diario EL PAÍS. la Sra. Ana Iris Simón realizó una crítica a toda clase política y el Sr. Ignacio Corredor ha considerado que eso equivalía a criticar todo el sistema democrático.
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La curiosa relación de EL PAÍS con una colaboradora.
Sólo lleva seis meses como columnista de EL PAÍS y Dña. Ana Iris Simón se está convirtiendo en la segunda colaboradora del periódico de PRISA más cuestionada en las mismas páginas donde colabora. El primer puesto es, indiscutiblemente, para D. Fernando Savater. Aunque en el caso del Sr. Savater cuando se escribió todo un libro contra él, del Sr. Sánchez Cuenca, este fue promocionado en InfoLibre, pero no en EL PAÍS, que fue desde donde el filósofo se defendió. En el caso de la Sra. Simón ha tenido que soportar como su propio periódico promociona un libro contra ella de la Sra. Begoña Gómez, y, al contrario que el Sr. Savater, la Sra. Simón no ha usado su columna para defenderse.
Ahora la crítica ha sido del Sr. Nacho Corredor, todo un peso pesado que ha hecho una interpretación de la columna de la Sra. Simón sobre el debate presupuestario que ha llevado a esta a elevar una carta de protesta contra la dirección del opinión del periódico a la que ha tenido acceso LHDB.
La siguiente polémica de Dña. Ana Iris Simón con ‘compañeros’ de su medio será en mayo de 2025.
12 Febrero 2022
Hasta los cojones de todos nosotros
En junio de 1873, Estanislao Figueras, presidente de la I República, dimitió. “Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros”, cuentan que dijo antes de renunciar a su cargo, liar el petate y largarse a Francia. Y lleva persiguiéndome toda la semana. La frase, no el pobre Estanislao, que en paz descanse.
Me vino a la cabeza con motivo de la votación de la reforma laboral. Lo que aconteció ya lo saben: dos diputados de UPN votaron en contra porque Yolanda Díaz es la vicepresidenta de Sánchez, el cual habría pactado con Bildu, que a su vez tendría relaciones con ETA. Uno del PP, por su parte, votó a favor, no se sabe si por tonto o por listo.
Por la noche, mi pareja, que a veces sale en la tele, me contaba mientras cenábamos que los temas que había llevado preparados al plató, incluida la reforma laboral, no le habían valido de nada: se habían pasado hora y pico hablando de los navarros y el diputado popular. Entre tanto follón, no había dado tiempo a comentar ni lo bueno —como, por ejemplo, que los contratos temporales solo puedan ser formativos o estructurales— ni lo malo —no derogar algunos puntos clave de la reforma del PP, como el despido barato— del proyecto de Yolanda Díaz. Entonces volví a acordarme de los testículos de Figueras y de Pedro Herrero y Jorge San Miguel, no por sus colgajos sino por su libro: Extremo centro: El Manifiesto.
En él señalan que, en un primer momento, la hiperpolitización que vivimos en los últimos años era positiva. Y claro que lo fue: los escándalos de la corrupción, la crisis económica, que fue una estafa, que lo llamaran democracia cuando no lo era, que mandaran los mercados aunque no los hubiéramos votado y que fuéramos la primera generación que viviría peor que sus padres o la crisis territorial dieron como resultado una indignación que canalizó en la repolitización de la sociedad y en la ruptura del bipartidismo. Por el lado izquierdo y por el derecho.
Pero lo que ocurrió después, explican Herrero y San Miguel, fue que esa hiperpolitización no se articuló, en muchos casos, en plataformas civiles, cuerpos intermedios o causas concretas, sino mediante la polarización ideológica. Todo ello con la complicidad de los medios de comunicación, especialmente de la tele. El resultado es que lo siguen llamando democracia y sigue sin serlo, que la crisis sigue siendo una estafa, que siguen mandando los mercados aunque no los hayamos votado y que seguimos siendo la primera generación que vivirá peor que sus padres.
Pero, oye, al menos nos entretenemos llamándonos fachas y rojos, o rojifachas, o fachirrojos los unos a los otros. Al menos sabemos que Iglesias se compró un chaletaco, que Abascal no hizo la mili, que el perro de Rivera olía a leche. La única putada es que conocer al dedillo los salseos de pasillo del Congreso, o reírse de la última ocurrencia de Casado, no sirven de mucho cuando a uno le hacen un ERE y le pagan una miseria.
Entre tanto, lo raro es que ningún tertuliano se plante en ningún plató y, emulando a Peter Finch en Network, se ponga a vocear eso de “estoy harto y no pienso aguantarlo más”. Que ningún diputado recoja sus enseres, se haga un Estanislao y los mande a todos a la mierda. Cada cual, supongo, se gana el pan como puede.
18 Febrero 2022
Hasta los cojones, ¿de quién?
La inexplicable (en términos literales) convocatoria anticipada de elecciones en Castilla y León nos ha dejado varias conclusiones más allá del debate interno que se ha generado en la dirección del Partido Popular sobre la conveniencia o no de gobernar con Vox. Conveniencia que no generaría ninguna duda en caso de estar hablando de unas elecciones generales. Si el PP y Vox sumaran, gobernarían juntos. De hecho, todo el debate generado en las últimas horas en la derecha está básicamente condicionado por cuáles son las decisiones más adecuadas para llegar en mejores condiciones ante el eventual escenario. Pero más allá de las dudas tácticas que hay dentro del PP, e incluso más allá del necesario, pero extemporáneo debate, por lo tarde que llega, de si es oportuno aislar a la extrema derecha del acceso a las instituciones o no, los resultados de las recientes elecciones regionales han evidenciado de nuevo la popularidad de una visión antipolítica apoyada por una parte considerable de la ciudadanía. El fenómeno de la España vaciada (que ha fracasado en todas las provincias en las que solo era un pretexto de laboratorio) y la fortaleza con la que Vox ha consolidado su representación (a través del regalo que ha supuesto el adelanto de estas elecciones que se convocaron en clave interna en el PP), son consecuencia de una misma visión que parte de una falacia: todos los políticos son malos, cuando no inútiles, salvo los políticos que impulsan ese diagnóstico.
Se podría dedicar espacio, y debe hacerse, a analizar cuáles son las condiciones objetivas que han facilitado el surgimiento de estos fenómenos. Sin ese diagnóstico será imposible canalizar los retos que plantean. Pero el debate sería parcial si no se denunciara la peligrosa normalización con la que paulatinamente se introducen ideas reaccionarias en el debate público de nuestro país y que anteceden la consolidación de estos fenómenos electorales. Convendría debatirlas desde el respeto personal. Ana Iris Simón publicaba hace unos días en este mismo diario un inquietante artículo, Hasta los cojones de todos nosotros, cuyo principal mensaje conecta con la misma pulsión antipolítica que usan siempre los reaccionarios para consolidar sus posiciones: todos los políticos son iguales y da igual a quien votes, porque nunca cambia nada. Una verdad que solo es aplicable (y a medias) en aquellos regímenes en los que todos los políticos responden a una misma estructura orgánica y a una misma concepción del Estado: la de la ausencia de derechos y libertades, la de la ausencia de pluralidad de partidos y la de la ausencia de democracia. Si todos son iguales, ¿por qué defender la democracia? Si nada cambia, ¿por qué hacer esfuerzos en mantenerla? El “todos son iguales” es una hipótesis repetida en numerosas ocasiones por parte de quienes o bien quieren mirar hacia otro lado, o bien quieren usarlo de pretexto para proponer determinada visión del mundo. Todos son iguales, salvo el que dice que todos son iguales. Ese no. Ese es el bueno. El redentor. El mesías. El que nos va a salvar. O el que queremos que gane.
Esta lógica ha sido repetida también las últimas semanas a raíz (o quien sabe si como pretexto) de la bochornosa votación que vivió el Congreso ante la reforma laboral impulsada por el Gobierno de España, con la complicidad de la Comisión Europea, pactada por patronal y sindicatos, y apoyada por diputados socialdemócratas, liberales, conservadores, comunistas o verdes. Como si la negociación, transacción, renuncias y vocación de llegar a acuerdos para mejorar las condiciones materiales de los trabajadores, estuviera al mismo nivel que la traición de los diputados regionales de UPN, que ni siquiera fueron capaces de defender su posición en el pleno, a ver si así pillaban por sorpresa al Gobierno, y a sus socios, o a las ya sistemáticas acusaciones hiperbólicas contra nuestras instituciones democráticas de una parte de la oposición, que en esta ocasión acusaron a la presidenta del Congreso de “pucherazo” o “secuestrar la democracia” sin prueba alguna.
En este contexto, según la autora, “nos entretenemos llamándonos fachas o rojos”, como si en la historia de nuestro país el fascismo no hubiera impuesto una dictadura durante 40 años, tras dar un golpe de Estado con la complicidad de los nazis, y como si los rojos no hubieran sido fundamentales en la Transición hacia nuestra democracia. Vamos, como si fueran lo mismo. Dice Ana Iris Simón que al final siguen mandando los mercados. Como si fuera lo mismo el capitalismo de Suecia que el capitalismo de Perú. O como si fuera lo mismo apoyar un ingreso mínimo vital (criticable por su ejecución, no por su necesidad), que no hacerlo; como si fuera lo mismo subir 300 euros del SMI en apenas cuatro años, que oponerse a ello, o como si fuera lo mismo dedicar una parte importante del último año de la acción política a que los empresarios y representantes de los trabajadores llegaran a un acuerdo para mejorar las condiciones laborales, y la estabilidad de la norma aprobada, que boicotear su aprobación. Pocos debates como el de la reforma laboral han servido tanto para mostrar la política como espacio para la transformación (con nombres y apellidos) y la política como excusa para la destrucción (con unos protagonistas también perfectamente identificables). Señalar que todos son iguales, en este o cualquier otro debate, implica asumir que da igual quién esté al frente y que la política no sirve para nada. Y si la política no sirve para nada, porque todos son iguales, porque nunca cambia nada, no sé muy bien para qué queremos instituciones, y menos aún para qué queremos democracia. Aun cuando esos mismos nos hagan creen constantemente que cualquier tiempo pasado fue mejor, olvidan siempre que solo los privilegiados tenían más derechos que nosotros, solo los jóvenes privilegiados tenían acceso a más oportunidades que nosotros y, olvidando, que ningún fallo del sistema podía ser corregido tras la reivindicación de todos nosotros.
19 Febrero 2022
Carta de Ana Iris Simón a director de Opinión de EL PAÍS
¿Qué tal, cómo estás? En primer lugar, siento molestarte. Te escribo por una pieza publicada ayer en la sección de Opinión del periódico, en respuesta a mi columna de la semana pasada. Como sabrás, no es la primera criticando mis posiciones que se publica en El País, cosa que me parece no solo comprensible sino deseable: creo que es positivo, tanto para un medio como para sus lectores, albergar firmas y posiciones discordantes, que dialoguen y debatan las unas con las otras. Ahora bien: también creo que ese ejercicio ha de ser honesto y respetuoso, no solo con las personas sino también con el ejercicio de nuestra profesión.
En la pieza -que enlazo a continuación- se interpretaba, torticeramente, mi columna de la semana pasada en clave antipolítica, interpretando y extrayendo de ella una conclusión que no estaba en el texto y que es difícilmente extraíble de él para cualquiera con comprensión lectora: la afirmación antipolítica de que «todos los políticos son iguales». En esta tesis, que nunca he pronunciado y que, insisto porque me parece relevante, nadie con un mínimo de comprensión lectora puede extraer de ese texto, ya que incluso arranca elogiando a un político y señalando cómo no se debate el contenido de la política real -la reforma laboral, hecha por políticos, valgan la redundancia-, se basaba la tribuna.
Y estoy acostumbrada a que se analicen esperpénticamente mis palabras o artículos, a que se saquen de contexto y se interpreten falazmente, pero creo que, cuando se trata de un medio y no de Twitter, donde cada cual puede desbarrar libremente. hay límites. No solo por respeto a mí sino al ejercicio del periodismo en general y del columnismo en particular. Si Millás o Luz Sánchez- Mellado escribieran mañana una columna hablando de lo poco que les gustan las peleas entre perros y gatos, no creo que fuera ético publicar una réplica atribuyéndoles haber señalado que todos los animales son detestables y acusándolos, por tanto, de peligro para el reino animal. Aunque la profesión cada vez esté más devaluada y el debate público más embarrado, creo que no todo vale.
Espero que entiendas mi disgusto y este mensaje, que no se debe, insisto, a que se me rebata, ya que eso se ha hecho muchas veces desde las páginas del periódico y me parece positivo, tanto para mí misma porque me da una capacidad de marcar ciertos debates que, creo, no me merezco, como para el medio y el lector por acoger una pluralidad de puntos de vista. Se debe a que se mienta y a que pongan en mi boca palabras que no he pronunciado. No es una chiquillada ni una cuestión baladí: se me está acusando, atribuyéndome algo que a todas luces no está en esa columna y que nunca he dicho, de poner en cuestión la democracia. Además, y esto me duele especialmente como nieta de exiliado, el autor termina acusándome también y por denunciar la polarización social, de interpretar de no se qué manera la Guerra Civil.