3 diciembre 2021
Begoña Gómez Urzaiz publicará un libro contra Ana Iris Simón que será publicitado en EL PAÍS
Un artículo de Ana Iris Simón (EL PAÍS) reivindicando volver a la tolerancia del pasado lleva a que sea acusado en su propio medio de ‘Neorrancia’ por Begoña Gómez Urzaiz
Hechos
- El 3.12.2021 Dña. Ana Iris Simón publica el artículo «Tan jóvenes y tan viejos en EL PAÍS».
Lecturas
El 3.12.2021 Dña. Ana Iris Simón publica el artículo «Tan jóvenes y tan viejos en EL PAÍS». En lo que pretende ser una reivindicación a la tolerancia del pasado es muy mal recibido desde algunas cuentas de Twitter.
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Dña. Ana Iris Simón colabora en EL PAÍS desde septiembre de 2021, aunque ya antes de empezar a escribir en él había recibido ataques desde la página de opinión del periódico como el de Dña. Raquel Peláez en 2021.
Lo llamativo es que ahora no se trata sólo de una tribuna de opinión contra ella, como la que es publicada el 7 de diciembre de 2021 contra ella por Dña. Begoña Gómez Urzaiz, sino de todo un libro contra ella que es promocionado por el mismo periódico en el que ella trabaja.
No será la última crítica hacia la ‘compañera’ Dña. Ana Iris Simón en EL PAÍS, en febrero de 2022 lo hará el Sr. Nacho Corredor.
03 Diciembre 2021
Tan jóvenes y tan viejos
Llevo con los mismos 12 amigos desde que, con 12 años, nos conocimos en el instituto. Sin necesidad de cuotas ni de cursillos de deconstrucción de roles de género siempre hemos sido cinco chicas y siete chicos, lo que en la adolescencia, os podéis imaginar, dio mucho juego.
Llevamos más de media vida juntos, así que nos hemos abrazado en festivales y en tanatorios, en bodas y en rupturas amorosas. Nos hemos visto llorar y reír, hemos discutido y nos hemos reconciliado, hemos pedido perdón y hemos perdonado. Juntos hemos aprendido que la amistad, con los años y como casi todo, se va convirtiendo en lo contrario a lo que uno pensaba que era en la adolescencia, cuando la empezó a descubrir. Que va más de tolerar que de querer cambiar, de comprender que de exigir; que es lo contrario al presentismo pero requiere presencia, que muchas veces se basa en querer al otro a pesar de y no por sus pareceres y opiniones sobre lo divino y lo humano. Y que eso es el amor.
Después han llegado otros, claro, amigos de la universidad o del trabajo, colegas que se hacen por afinidades relativas al ocio, al parecer político e incluso a la clase social, pero es con mis 12 amigos de siempre con quienes hablo como si me hablara a mí misma: conozco los niños que fueron, así que sé por qué se acabaron convirtiendo en los adultos que son. Eso siempre es jugar con ventaja.
La semana que viene celebraremos el cumpleaños de los últimos en alcanzar la treintena, Cynthia y Banegas, y este año que acaba se nos ha casado la primera y la primera —yo— ha tenido un crío. Como ni la juventud ni la vida adulta son lo que eran, como ya no existe el imperativo de ir tachando de la lista una serie de rituales de paso que le convierten a uno en un hombre hecho y derecho sino que lo que vivimos es casi lo contrario, la recomendación encarecida de huir de ellos, mis amigos y yo nunca habíamos tenido vidas tan dispares.
Los hay con trabajos estables, con empleos precarios e incluso en paro. Hay casados, parejas de hecho y hay quien sigue usando Tinder. Hay quien comparte piso, quien vive con su pareja y quien aún está en casa de sus padres, porque en muchos casos el imperativo no es solo social sino material. Algunos no es que no quieran, es que no pueden conquistar lo que hasta ayer significaba la adultez: dejar de depender económicamente de los padres, poder, si uno quiere, convertirse en uno.
La canción de Sabina, esa que dice “tan jóvenes y tan viejos”, nunca había tenido tanto sentido. Hoy uno cumple 30 y no sabe muy bien qué es. Nos pasa como a mi hermano de crío, que como quería ser mayor se inventaba tramos de edad que no existían: con siete años decía de él que era un joven adolescente y que mi padre, con cuarenta y pico, era un maduro interesante. Esto último probablemente fuera verdad.
La juventud ya no es un estado del alma, como decía aquel, sino un imperativo, pero las canas salen por mucho que uno se empeñe en seguir usando gorra pasados los 30. En el año en que los hemos cumplido, pienso en mis 12 amigos y en que cada vez contamos más anécdotas y fabricamos menos, pero al fin y al cabo eso es la vida. Y pienso, también, en el privilegio que ha sido y es crecer con ellos.
07 Diciembre 2021
Instrucciones para reconocer a un neorrancio
—¿Debería volver a implantarse el servicio militar en España?
—Qué es peor para una mujer, ¿divorciarse o que le toquen el culo?
—Qué prefieres, ¿irte de Erasmus a copular y comer Doritos o tener familia y propiedad inmobiliaria antes de los 30?
Ninguna de las tres preguntas tiene mucho sentido, porque plantean dicotomías falsas y un tanto absurdas. La de la mili presenta un debate que no está ni por asomo en la agenda política española. Ni siquiera Vox se atreve a pedir muy alto que vuelva el servicio militar obligatorio. Y, sin embargo, las tres cuestiones se han formulado en foros públicos en los últimos meses y responden al mismo fenómeno, que podríamos llamar “pensamiento neorrancio” y que es hábil a la hora de dar nuevos estilismos a ideas muy antiguas.
La primera pregunta dio para un programa entero de Gen Playz. El formato, que se emite en el área digital de RTVE y acaba de recibir un premio Ondas, está pensado para viralizar fragmentos especialmente polémicos en redes. Eso sucedió con uno en el que el politólogo y opinador Hasel Paris Álvarez defendía que habría que instaurar un servicio militar obligatorio para reintroducir la “disciplina” en una “sociedad deshilachada” y “crear un espíritu de hermandad entre españoles de distintas regiones”.
La segunda pregunta se la planteó el periodista Pedro Herrero en el podcast que conduce a la diputada de Más Madrid Clara R. San Miguel y en realidad no era una pregunta sino la manera que encontró el presentador, coautor de un libro reciente titulado Extremo centro: el manifiesto (Deusto), de matar dos pájaros con un solo tiro de misoginia paternalista: por un lado, quitaba hierro a los abusos sexuales (que calificó de “milongas de Harvey Weinstein”) y, por otro, promovía la que es su principal agenda, la defensa de la familia tradicional. Herrero se autodenomina “faminazi” y hace apología del adosado, el todoterreno y la barbacoa. Con carne.
Por último, la tercera es una de las disyuntivas que incluye el primer capítulo de Feria (Círculo de Tiza), el libro superventas que ha aupado a su autora, la periodista Ana Iris Simón, al estatus de opinadora polarizante. Simón es quizá la voz que mejor ha congregado a todo un movimiento que se denomina de izquierdas, desconfía de lo que llaman “deriva identitaria” y en general de cualquier idea surgida en las últimas dos décadas, y prefiere la melancolía por los tiempos mejores. La tesis del libro y del artículo que lo suscitó es que la autora siente envidia por la vida de sus padres, que lograron comprarse un adosado y formar una familia antes de cumplir los 30 años en los años noventa. Eso ahora, denuncia, resulta imposible si no se viene de dinero.
Feria es, como señalan muchos, una novela, aunque una tan atravesada de ideología que Santiago Abascal la paseó por el Congreso de los Diputados. Pero su autora ha desgranado de manera mucho más explícita su pensamiento en las columnas que escribe en este diario y lo hizo también de manera sucinta y viral en su famosa intervención en La Moncloa, en la que logró sintetizar en pocos minutos una propuesta política muy particular, con elementos autárquicos, natalistas, antiglobalistas, euroescépticos y ecoescépticos. Todo quedó resumido en esa frase final que se llevó tantos aplausos en las redes y en las columnas de los medios tradicionales, a quienes este discurso les pareció en gran parte refrescante, quizá porque lo pronunciaba una mujer joven: “Está muy bien y es necesario ayudar a empresas y emprendedores en sus tareas ecológicas. Y está bien ponerle wifi al campo, pero no hay Agenda 2030 ni Plan 2050 si en 2021 no hay techos para placas solares porque no tenemos casas, ni niños que se conecten al wifi porque no tenemos niños”.
La propuesta neorrancia tiene cierta transversalidad política. Abarca tanto a una izquierda antidentitaria o izquierda rojiparda, que cree que el énfasis en las cuestiones raciales y de género tiene un efecto desmovilizador y perjudica a la clase trabajadora. Para ellos, un obrero es siempre un señor blanco, y nunca, por ejemplo, una mujer racializada. Pero también conquista a la derecha tradicional —no en vano alguien como Juan Manuel de Prada fue uno de los defensores más tempranos de Simón— y guiña el ojo a ese extremo centro del que hablábamos. La etiqueta la acuñó hace un lustro el periodista Íñigo Lomana y algunos de los que se adscriben a esa corriente se han apropiado del nombre con alegría irónica. Se llama así a quienes maquillan ideas muy connotadas (connotadamente de derechas), haciéndolas pasar por sensatez y sentido común equidistante.
No es difícil entender este éxito de lo neorrancio. Por un lado, el mensaje neorrancio viene empaquetado en un envoltorio muy popular y fácil de comprar, que habla del pueblo (el de cada uno), la familia (la de siempre) y la memoria (individual, no histórica ni colectiva). Además, si lo neorrancio tiene cierto alcance es porque linda por distintos lados con otros discursos muy en boga. De hecho, casi todo el mundo puede encontrar en su repertorio de ideas una pequeña porción de neorranciedad.
Cuando desde lo neorrancio se reivindica a veces el natalismo (¡faltan bebés españoles!) o una maternidad muy esencialista, que debería ser temprana, e idealiza, por ejemplo, la lactancia materna, está guiñándole el ojo a las corrientes de crianza alternativa que también van por ahí. Cuando un neorrancio despotrica de lo políticamente correcto (en una reunión reconocerán a un neorrancio por lo poco que tarda en reírse de los talleres de masculinidades y del lenguaje inclusivo, auténticas obsesiones) se gana rápidamente el favor de todos los que creen de verdad que nos acecha la censura y la ortodoxia puritana, sin tener en cuenta que por aquí todavía no se ha cancelado a nadie. Al idealizar la España vaciada hay por supuesto un contingente importante de personas que encuentran atractivo el discurso anticapitalino. Y ejerciendo como argamasa de todo el conjunto, está el nacionalismo español, que tiene la peculiaridad de ser invisible e indetectable para quien lo padece.
Quienes hablan neorrancio, porque lo neorrancio es también un lenguaje con el que se escriben tuits y columnas, se inhiben de los debates que tensionan esta década, como la emergencia climática. Descartan, cuando no ridiculizan las demandas del feminismo, o de aquel feminismo que consideran poco sensato, porque a ellos las feministas les gustan poco vocingleras. Si abordan la reivindicación transexual es para mal, porque menudo invento de la modernidad neoliberal querer vivir con el género sentido.
En cambio, sí dicen preocuparse por la pobreza generacional, la precariedad laboral y el acceso a la vivienda. Lo malo es que las recetas que aportan para solucionar esos problemas tienen poco sentido ya. No parece muy conductivo para el bien común soñar con una hipoteca temprana cuando la burbuja ha pinchado no una sino varias veces, y se ha demostrado que la idea de endeudarse de por vida para ser pequeño propietario de unos cuantos metros cuadrados que se puedan legar a la siguiente generación no contribuye a paliar la desigualdad estructural, sino todo lo contrario. Tampoco tiene mucho sentido replegarse en la entronización del terruño y de la familia de sangre, que han sido colchón protector para mucha gente, pero también escenario de infiernos domésticos para cualquiera que se haya salido de la norma. La nostalgia, el término de moda, solo pueden permitírsela algunos y es la herramienta más eficaz para acabar con toda insurrección. Hay a quienes nos genera, además de desazón, una inmensa pereza.
26 Enero 2022
'Neorrancios' o el arte de llamar falangista a Ana Iris Simón
Estos días prolifera la coletilla ‘neorrancio‘ en artículos (‘El País’, ‘Ctxt’, etc.) que tachan la nostalgia de reaccionaria y componen listas negras de sospechosos rojipardos. Ahí va —pienso yo— otro de los regalos que la izquierda pura ofrece a sus adversarios conservadores. De la generosa corriente que brindó a la derecha obsequios como “la unidad de España es facha”, “leer eso es facha”, “la libertad de expresión es facha”, “esa música es facha”, “ir en coche es facha”, “la heterosexualidad es facha”, “la maternidad es facha” o “comer carne es facha”, llega “la nostalgia es facha”.
Quien no condene el pasado más reciente (los años noventa) como un medievo caracterizado por apedrear a los gais y apalizar a las mujeres entre risas del público cavernícola es un candidato en firme a neorrancio. Sin embargo, verbigracia de los autores, liberarse de la etiqueta es fácil. Solo has de enfocar tus narices al resplandeciente futuro sin capitalismo, ofensas, familia, ni heteronormatividad que ellos promocionan. Si no las pasaste putas en los años noventa o tuviste una infancia relativamente normal de clase media, puede costarte trabajo. Asume la culpa y revisa tus privilegios.
Todo esto huele a movimiento desesperado de algunos activistas para salvar los muebles tras la quiebra de la hegemonía cultural que representó Podemos en la izquierda y arrinconar en la herejía, con la apropiada etiqueta infamante, a los autores que abandonaron la ortodoxia directa o indirectamente. Caben ahí Guillermo del Valle, Pedro Insúa, Paula Fraga, Víctor Lenore, Lucía Etxebarría, Esteban Hernández, Hásel Paris, Paco Arnau, Félix Ovejero, Manuel Monereo, Roberto Vaquero, Daniel Bernabé, un servidor de ustedes y cualquiera del que se encaprichen los de las listas. Pero por encima de todos está el símbolo de todo lo caduco y reaccionario: Ana Iris Simón, quien condensa todos los ataques del libro coordinado por la periodista de ‘S Moda’ Begoña Gómez Urzaiz: ‘ Neorrancios: sobre los peligros de la nostalgia’ (Península).
Lo he leído intentando averiguar por qué es tan nocivo lo ‘neorrancio’, pero me ha sido tan imposible entenderlo como a los autores justificarlo. Son menos de doscientas páginas, pero el desorden de las ideas es inenarrable. En la etiqueta parece mezclarse lo estético, lo político y lo personal, la homofobia latente y el desinterés ecológico, según le vaya dando el aire a cada uno de los autores. Con excepciones, toman parte en el libro autores habituados a escribir sobre la virtud ideológica, la opresión y los matices infinitos de la frustración generacional en ‘S Moda’, Twitter, ‘La Marea’, ‘El Salto’, PlayGround, ‘Público’, Radio Primavera, ‘Ctxt’ y otras plataformas de lo que podríamos llamar, tirando de Faemino y Cansado, la jauría contra el odio.
Si tomamos el libro como el intento serio de construcción de un concepto, es decir, desde el plano de los argumentos, el desastre es absoluto. El neorrancio sería de izquierdas pero nacional-sindicalista, tránsfobo, homófobo, patriarcal, etcétera, aunque no sea necesario probarlo ni reunir todos los puntos: la acusación es baratísima. En puridad, se ha reunido a un grupo de sabios para ver si entre todos lograban convencer al lector de que Ana Iris Simón es falangista, pero cada cual ha argumentado como ha querido y se contradicen. Esto ha tratado de subsanarse con una portada que muestra el yugo y las flechas para orientar con sutileza, pero dado que cada cual ha ido por donde le ha llevado la providencia el conjunto es un collage surrealista.
Algunos ejemplos: tan pronto uno ataca a Ana Iris Simón porque en ‘Feria’ extrapola de sus vivencias personales la situación de los años noventa, otro usa su infancia infeliz en los noventa para decir que las cosas iban muy mal; si tal autor condena la inclinación materialista de la supuesta ‘izquierda rojiparda’, otro presentará un análisis materialista de las condiciones que han convertido al mercado inmobiliario en un monstruo; si uno abomina de los fermentos nostálgicos donde se crean mitos nacionalistas, el siguiente tachará de reaccionaria la oposición al libre destino de las naciones vasca y catalana. Es así todo el rato.
El libro es como escuchar la lista de reproducción que confecciona el algoritmo de Spotify: todo suena igual, pero no hay continuidad. Tantas vueltas dan sus autores a sus respectivos ombligos (activista LGTB escribiendo sobre LGTB, hija de inmigrante escribiendo sobre inmigración, etc.) que no caen en la cuenta de la incongruencia más sonada: incurren en lo mismo que critican. Son nostálgicos, aunque no lo sepan. Se alimentan del anhelo cegador por una sociedad futura, tan perfecta como el supuesto pasado imperial. Es decir, hay una melancolía originada por la ausencia: una suerte de nostalgia de ese futuro que no termina de llegar.
Pero no es el único motivo por el que esta condena a la nostalgia sale rana. No saben lo que es, no lo han estudiado suficiente. Ni se toma en cuenta la nostalgia de Ulises de camino a Ítaca, ni la de Stefan Zweig rememorando el mundo de ayer, ni la de los exiliados del franquismo, autores de algunas de las páginas más conmovedoras sobre esa nostalgia que describió Hannah Arendt: la de la lengua. Tampoco caen en la cuenta del enfoque, más cercano a lo que pretenden criticar en Ana Iris Simón, que dio al sentimiento José Luis Sampedro: nostalgia del viejo, que es un extranjero en el presente.
No, nada de esto. No busque el lector profundidad, ni complejidad. Han decidido los autores que la nostalgia es mala quizás porque algún tuit que decía eso tuvo éxito, o porque está de moda abominar de ella en sus monocultivos sociales, o porque la ultraderecha la utiliza para vender un pasado grandioso e imperial que justifique el ‘Make España Great Again’, o porque la ‘izquierda rojiparda’ cae en un ensimismamiento obrerista, como de mural de Diego Rivera, que no encaja con las reivindicaciones de las minorías. Si esto es todo lo que tienen contra la nostalgia sale más a cuenta ponerse un disco de Edith Piaf. Viejorrancia, supongo.
‘Bullying’ virtuoso
Criticar aspectos ideológicos presentes en ‘ Feria’ es razonable, pero la acusación de neofascista para Ana Iris Simón es burda, y la insistencia de varios autores abusiva: podrían haberle puesto al libro ‘Neorrancia’ y sacar en la portada una foto de Simón con el brazo levantado a lo fascista, aunque en realidad esté pidiendo un taxi. Atacan el elogio que esta autora hace de lo que en los noventa era objetivamente mejor (mayor estabilidad laboral, lazos sociales menos volátiles, mayor capacidad de ahorro, más posibilidades de acceso a la vivienda, aunque el mercado ya estuviera envenenado) como si esto supusiera defender lo que en épocas pasadas era mucho peor: un machismo, una homofobia y una xenofobia más típicas de los tiempos de Franco. Es como si alguien ensalzara la hospitalidad de los musulmanes y le acusasen por ello de estar a favor de la mutilación genital. Brocha gorda.
Crean un silogismo perverso y falaz, como si añorar los contratos indefinidos, la fuerza sindical o las indemnizaciones por despido implicara que también echas de menos un mundo donde los gais vivían en los armarios y las mujeres en las cocinas. Regido por el ‘todo o nada’ y el maximalismo, el libro lanza una enmienda a la totalidad del pasado, del que hacen retrato interesado y falso. Algunos intentos de demostrar que las cosas no eran como las cuenta «Feria» rozan lo estrafalario. Un ejemplo: “No guardo nostalgia de aquellas familias de los noventa cuyo método pedagógico consistía en perseguir a los niños por el pasillo hasta alcanzarnos y propinarnos azotes edificantes, ni en los abusos antes de cumplir los diez años”. Pues vale.
La sensación tras leer ‘Neorrancios’ es que hay dos ‘Ferias’: el libro que uno leyó pasando un rato delicioso y el oscuro tratado falangistoide que destripan aquí. Por ejemplo, abroncan a Ana Iris Simón por no referir la experiencia de los gais en los pueblos pequeños, olvidando que en ‘Feria’ hay páginas enteras dedicadas al hermano de la autora, que es gay; la acusan de promover una vuelta de la mujer a sus labores, cuando la autora habla de su madre trabajadora y de su propio trabajo durante largos fragmentos; o la tildan de privilegiada cuando proviene de una familia de feriantes, y de eso va ‘Feria’. Es todo así: unilateral y exagerado.
Los textos más interesantes del libro, y también las partes más valiosas de los textos menos interesantes, son los que abandonan el tono de bronca y la obsesión por situar a un montón de gente en el protofascismo. Algunos abren ventanas a experiencias minoritarias y poco conocidas, pero ciertas, como las de los inmigrantes guineanos o “las maricas de pueblo” en textos muy desiguales en estilo, pero rescatables por su contenido. Encontramos también la descripción de una increíble familia comunal compuesta por un montón de madres y un montón de hijos que te deja con ganas de saber más, una propuesta de cooperativa de viviendas fuera del sistema de alquiler, o un liviano estudio de la maternidad en Sylvia Plath que se lee con gusto.
Algunos de esos fragmentos también contienen críticas razonables a la cosmovisión de ‘Feria’, pero el tono general desabrido y la intención demonizadora, muy presente desde el prólogo de Gómez Urzaiz y en los capítulos más envarados, engullen y malogran esas otras voces y relatos. El proyecto hiede a envidia y resentimiento que tira para atrás, y no lo entiendo, porque ‘Neorrancios’ no se publica en una pequeña editorial independiente como la que lanzó al estrellato a Ana Iris Simón sin que nadie lo viera venir, sino en un sello del grupo Planeta. Esto es, tal vez, lo más divertido de todo.