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Hasta ahora todos los ex directores de EL PAÍS al finalizar sus mandatos habían seguido trabajando para la empresa como colaboradores: Javier Moreno, Joaquín Estefanía, Jesús Ceberio, Soledad Gallego Díaz o el propio Juan Luis Cebrián

Antonio Caño Barranco despedido de EL PAÍS: Primer ex director que es expulsado de PRISA tras publicar un artículo contra el Gobierno y contra la izquierda de EEUU

HECHOS

El 14.07.2021 D. Antonio Caño comunicó que había sido despedido como colaborador mensual del Director de EL PAÍS.

Hasta ahora todos los ex directores de EL PAÍS al finalizar sus mandatos habían seguido trabajando para la empresa como colaboradores: D. Javier Moreno, D. Joaquín Estefanía, D. Jesús Ceberio, Dña. Soledad Gallego Díaz o el propio D. Juan Luis Cebrián.

Con el despido de la empresa de D. Antonio Caño se pone fin al proceso de liquidación de todo el equipo directivo del periodo 2014-2018 que comenzó con su destitución como director y el despido de todo su equipo.


Comunicado de D. Antonio Caño en Twitter anunciando que ha sido despedido de PRISA:

Alrededor de las 11.30 de la mañana de hoy, 14 de julio de 2021, recibí una llamada telefónica de la directora de Gestión de Talento del Grupo PRISA, Marta Bretos Serrano, en la que se me comunicaba mi despido con efecto inmediato, causando baja en la Seguridad Social y en la plantilla de EL PAÍS desde el momento mismo de la llamada.

Sobre mencionar la incomprensión y el dolor que siento ante una decisión que interrumpe, por teléfono, de forma fulminante y sin posibilidad siquiera de un intercambio de puntos de vista con los responsables del periódico, más de 39 años de trabajo en EL PAÍS, durante los que he sido redactor, corresponsal, redactor jefe, subdirector y director entre mayo de 2014 y junio de 2018.

El despido se produce después de varios incidentes con la dirección del periódico relacionados con el contenido de la Tribuna de opinión que publico una vez al mes. La última de ellas titulada ‘Algunas lecciones para la izquierda’, no fue publicada en la edición de papel por decisión del director del periódico [D. Javier Moreno]. Ya anteriormente durante la gestión de la anterior directora [Dña. Soledad Gallego Díaz] se impidió la publicación de otro artículo mío crítico con el actual Gobierno español.

Como mi trabajo durante tantos años siempre ha merecido los elogios de la empresa, a la que agradezco haber premiado ese trabajo con continuos ascensos hasta otorgarme la máxima responsabilidad del diario, sólo puedo entender que mis problemas en los últimos tres años – que se iniciaron con el despido de todos mis colaboradores tras mi sustitución en la dirección – están derivados de la situación política española y de la opinión que, libremente, como he hecho siempre, expongo en mis artículos. Por lo tanto, considero que este despido es un despido por razones ideológicas, ilegal y sin precedentes en la historia de PRISA. Durante mi etapa como director, todos los anteriores directores tuvieron libertad plena para expresar su opinión en artículos y columnas.

Como considero que este despido, no sólo me causa un enorme perjuicio personal y profesional, sino que supone también un atropello a la libertad de expresión, me reservo el derecho a las acciones legales pertinentes.

Antonio Caño (14-07-2021)

12 Mayo 2021

Pacto de Estado o elecciones

Antonio Caño

Solo un gran acuerdo con el Partido Popular para administrar la recuperación frenaría la degradación del Gobierno y la creciente desafección ciudadana que hacen insostenible la coalición

La extrema polarización que Donald Trump provocó en Estados Unidos para alcanzar el poder le garantizó la fidelidad ciega de una parte del electorado, pero convirtió al Partido Republicano y a casi toda la derecha norteamericana en un nicho ideológico cerrado, sectario, refractario a las verdaderas preocupaciones de la mayoría de los ciudadanos e inflexible y estéril a la hora de gestionar y gobernar. Fue suficiente la llegada de una crisis como la pandemia de coronavirus para dejar en evidencia su incompetencia y bastó la victoria de un hombre empático y prudente para que el país recuperase enseguida dinamismo y confianza.

Se han buscado muchas comparaciones con Trump en la política española, especialmente durante la reciente campaña para las elecciones en la Comunidad de Madrid, pero lo más parecido al trumpismo que se ha visto en nuestro país es lo ocurrido con la izquierda en los últimos tres años, sobre todo si se tiene en cuenta lo más importante que Trump representa: la demagogia, el fanatismo y el intento de crear una realidad alternativa y distinta a la que los ciudadanos reconocen de forma espontánea y voluntaria.

Los resultados de Madrid muestran con rotunda claridad el divorcio entre esa izquierda —la de los niñes y los fascistas— y los electores. Encuestas posteriores empiezan a demostrar, como era previsible, que ese fenómeno no se circunscribe a la comunidad madrileña. Los dos principales partidos de la izquierda fueron derrotados: el PSOE, de forma aplastante, pero también Podemos, en la medida en que la estrambótica maniobra de su líder apenas sirvió para llevar a su partido de la ruina a la miseria. El fracaso de ambos supone también el fracaso de la coalición en la que se sostiene el Gobierno de la nación. Esa coalición, frágil y artificial desde su precipitado nacimiento, resulta hoy insostenible. Rechazada en las urnas, cuestionada en los sondeos, esa alianza es incapaz de otorgar a España la estabilidad que se requiere para hacer frente a los gigantescos desafíos en el horizonte, muy especialmente a la gestión de los fondos europeos. Más aún cuando esa coalición requiere para legislar del apoyo de una amalgama de fuerzas anticonstitucionales cuya presencia en el entorno gubernamental contribuye a acentuar la impopularidad e inoperatividad del Ejecutivo.

Si el Gobierno insiste en el uso de los fondos europeos como un arma ideológica o electoral no sólo privará a nuestro país de una oportunidad única para el progreso económico y social, sino que agudizará la división y el enfrentamiento interno. La gestión patriótica de esos fondos debería ser, junto al todavía incierto final de la pandemia y el combate contra el desempleo, motivos suficientes para animar al Gobierno a negociar un gran pacto de Estado con el Partido Popular, refrendado como el principal grupo de la oposición. De paso, se puede tratar de presentar un proyecto constitucional común frente al independentismo en Cataluña. Sólo una iniciativa de ese tipo puede devolvernos la serenidad y unidad que el país necesita en las circunstancias actuales y evitar unas elecciones anticipadas que prolongarían el clima político infame que hemos sufrido durante la campaña de Madrid. Las elecciones deberían ser un último recurso, pero serán inevitables si el Gobierno pretende mirar hacia otro lado y ganar tiempo mientras llegan el calor y los cheques de Bruselas.

Los primeros pasos dados tras los resultados en Madrid no inducen, sin embargo, al optimismo. Tras insultar a los electores —otro gesto de arrogancia trumpista—, el Gobierno se ha dedicado a engrasar las piezas del Frankenstein, con la absurda esperanza de que la sustitución de un impopular vicepresidente por una mujer más simpática, pero de la misma ideología, será suficiente para mantener al engendro con vida un par de años más, sin querer reparar en el hecho de que es toda la mayoría de la moción de censura, con su presidente a la cabeza, la que en este momento encuentra la desaprobación de los españoles. Tampoco ayuda la personalidad de los protagonistas de este enredo. Tan obstinado en el error como en la conquista del éxito, el jefe del Gobierno prefiere sumir al país en el caos legislativo que ha sucedido a la conclusión del estado de alarma antes que reconocerle una buena idea al PP.

Cabe todavía desear que un golpe de lucidez o los buenos consejos de nuestros socios europeos reconduzcan a nuestras principales fuerzas políticas hacia el pacto necesario. Si se quiere observar todo desde la perspectiva de la rentabilidad electoral, una rectificación en esa línea sería también la única jugada eficaz en manos del Gobierno para frenar una pérdida de popularidad que, de lo contrario, seguirá en aumento cada día. Este Gobierno —o esta forma de gobernar, sin un proyecto con el que pueda identificarse una mayoría de ciudadanos— ha fracasado ya y solo queda la ratificación sucesiva de ese fracaso en las urnas.

Si no se produce ese gran pacto de Estado, el país se irá arrastrando malamente hasta nuevas elecciones, que llegarán por supuesto cuando las fuerzas involucradas consideren que es la mejor oportunidad, pero que será antes de lo previsto, quizá mucho antes. En las circunstancias actuales, el presidente del Gobierno no controla esos tiempos. Su socio de coalición, que nunca le ha sido leal, romperá la baraja cuando recupere algo de oxígeno, y lo hará de forma dramática, culpando al PSOE de haber traicionado los principios de la mayoría de la moción de censura. El resto de los componentes de aquel conglomerado tirará cada cual por su camino en función de los intereses del momento. Ni siquiera se puede descartar que alguno de ellos, según lo que digan las encuestas, vuelva a mirar hacia el PP. En suma, si un milagro no lo remedia, seguiremos con la disfunción política vivida en los últimos años, con la diferencia de que el protagonismo del Partido Popular será mucho mayor, aún no sabemos si como fuerza moderada o como un relevo desde la derecha a la dinámica de la polarización.

Hoy está la izquierda en el poder y es, por tanto, a la izquierda a quien le corresponde la responsabilidad principal de poner fin a esta deriva. El PSOE puede haber cometido en el pasado muchos errores en la tarea de gobernar, pero nunca ha renunciado a sus obligaciones como partido de Estado. Aquellos nuevos socialistas que dicen ahora con displicencia que “escuchan a sus mayores” harían bien, en efecto, en estudiar cómo sus compañeros en el pasado supieron poner los intereses de la nación por encima de cualquier otro. Es improbable que ocurra. Para ello se requiere un debate interno del que el PSOE de hoy, rendido a su líder —otro signo trumpista— carece. Sin embargo, debería ocurrir. Cualquier democracia moderna necesita una izquierda abierta, conectada con los ciudadanos, especialmente los menos favorecidos, una izquierda no dogmática, tolerante, progresista, humilde, respetuosa del adversario. Esa izquierda no es garantía de que la derecha no vuelva a gobernar jamás. Ni debe serlo. La razón de ser de la izquierda no es acabar con la derecha. Pero esa izquierda sí es garantía de que cuando el Partido Popular regrese al Gobierno, lo que ocurrirá más temprano que tarde, millones de ciudadanos se sentirán igualmente representados y protegidos.

15 Mayo 2021

¿Me había confundido de periódico?

Fernando González Cajal

Leo EL PAÍS todos los días desde aquel primer número, que aún conservo, y ahora soy suscriptor de su edición en papel, que espero mantener viva hasta que dure. Tengo la costumbre de leer directamente las páginas de opinión. Vi la de Antonio Caño en espacio destacado. Pasados unos minutos pensé si me había confundido: ¿estaba leyendo otro periódico?, me pregunté. Su alegato contra el Gobierno de coalición, sus argumentaciones vacuas, impropias de un exdirector, las descalificaciones de “trumpismo de la izquierda”, “degradación”, su loa al PP, su propuesta de un gran acuerdo del PSOE con él, como partido fiable y solución del futuro, me confirman que Caño no solo no es que no está informado de la realidad es que no debería hacerme dudar de lo que ha sido siempre mi periódico. Tan mío, lector, como suyo, exdirector.

Fernando González Cajal

16 Mayo 2021

Por fin alguien me ilumina

Blas Ferrero Celada

Acabo de leer el artículo de opinión firmado por Antonio Caño publicado el 12 de mayo. Mi sensación es que por fin alguien me ilumina sobre el trumpismo: ya no es de derechas, reaccionario, chabacano y divulgador de patrañas, ahora está en la izquierda (así, en bloque). Parece que la demagogia, el fanatismo y el intento de crear una realidad alternativa rendido a su líder (sic), son las únicas y más significativas características del trumpismo y que estas están en la izquierda. Hasta este momento, y dada la trayectoria profesional de Caño, había creído que su análisis de la política era fino y atinado. El artículo de este martes me permite borrar los dos adjetivos, pues la carencia de matices, el escamoteo de realidades y la audacia de sus propuestas (audaz=osado, atrevido) me llevan a hacerlo. Agradezco a su diario (del que soy lector desde su fundación) la publicación de semejantes colaboraciones, pues nos sitúan (para mi decepción) en su sitio a algunos analistas.

Blas Ferrero Celada

30 Mayo 2021

Antonio Caño y 'El País'

Ian Gibson

Yo me afinqué definitivamente en España en el verano de 1978 y, desde entonces, he sido fiel lector, cada día, de El País, fundado dos años antes. Creo que lo seré hasta el final del tiempo que me toque, pues la verdad es que le debo mucho. Tanto, que no concibo mi vida de hispanista sin la aportación fundamental que me ha brindado el diario durante casi medio siglo, gracias al alto nivel de numerosos colaboradores suyos –con algunos de los cuales he podido disfrutar de trato personal y hasta amistad–, su información cultural, su defensa de la democracia, su exquisita atención a la Memoria Histórica y las exhumaciones de las víctimas del franquismo, y un largo etcétera. Incluso, cuando vivía por tierras granadinas, he gozado, debido a la amabilidad de Juan Cruz, de mi propia columna en la edición andaluza del rotativo. Gratitud sincera, pues, y, por supuesto, mi enhorabuena.

Ello no quiere decir que haya estado siempre conforme ni con su línea editorial, que a veces me ha decepcionado e incluso preocupado, ni con los razonamientos de algunos de sus articulistas.

Bajo la dirección de Antonio Caño, a partir de 2014, el diario mantuvo una línea muy dura contra Pedro Sánchez, apoyada por la artillería pesada de Juan Luis Cebrián desde su columna bimensual Al hilo de los días. Pero con la destitución de Caño en junio de 2018, y la llegada de Soledad Gallego-Díez, dicha arremetida se suavizó notablemente, aunque nuestro hombre siguió metiendo cizaña como colaborador.

Defensor a ultranza de la que considera «la gigantesca obra de la Transición» –a la cual no parece encontrar defecto alguno–, publicó en El País del 28 de mayo de 2020 un artículo titulado La farsa que nos enloquece. En él embistió contra el Gobierno y la oposición, culpándoles por partes iguales del que consideraba caos político de la nación tras dos meses y medio de pandemia. ¿Su solución? «Cualquier persona sensata –escribió– sabe que la gravedad de la situación política y económica de España exige un gran pacto nacional entre las principales fuerzas políticas defensoras de nuestro sistema constitucional. No hay más opción».

¿Realmente no había más opción? Puesto que el único interés del PP, como ha demostrado una y otra vez, ha consistido siempre en derribar al Ejecutivo de Sánchez, haga lo que haga este y proponga lo que proponga, el tal «gran pacto» no era entonces, y no es hoy, más que una quimera. La oposición de los populares, lo vemos cada día, es de una deslealtad radical y desvergonzante impensable en cualquier país civilizado de nuestro entorno europeo, máxime en medio de una gravísima crisis sanitaria y económica. Es como si para el PP no existiera, ni por asomo, compromiso alguno con el bien común.

En el artículo referido, Caño reservó su máximo desprecio para Podemos, considerando que el 15 de mayo de 2011 «interrumpió el curso de nuestra historia, no para avanzar más rápido, sino para volver al pasado». Pero, ¿a qué pasado, no especificado? Y es que otra obsesión del periodista jienense es cualquier iniciativa que huele o pudiera oler a comunismo.

El 12 de mayo de este año, con Pablo Iglesias ya fuera del Gobierno, Caño ha vuelto al ataque con un artículo titulado Pacto de Estado o elecciones. No voy a analizarlo aquí en profundidad porque repite en esencia el contenido del de hace doce meses. Solo que el columnista ha llegado ahora a la conclusión de que el «engendro» que hoy (des)gobierna España es sinónimo de trumpismo, y que padecemos un presidente «tan obstinado en el error como en la conquista del éxito».

Lo que me interesa destacar es la publicación, en el espacio estrella de la breve sección de Cartas al director de El País, que siempre se resalta en negritas, de dos reacciones muy críticas ante lo manifestado por Caño.

Firma la primera, titulada ¿Me había confundido de periódico? (15 de mayo), un lector del diario desde su primer número, Fernando González Cajal. Se expresa muy dolido. Apenas puede creer lo que acaba de leer, con su «alegato contra el Gobierno de coalición, sus argumentaciones vacuas, impropias de un exdirector, las descalificaciones de trumpismo de la izquierdadegradación, su loa al PP, su propuesta de un gran acuerdo del PSOE con él, como partido fiable y solución del futuro».

¿Cómo no compartir este juicio?

La segunda misiva contestataria, publicada al día siguiente bajo el título Por fin alguien me ilumina, llevaba la firma de Blas Ferrero Celada. Lector de El País desde su nacimiento, como González Cajal, reconocía haber creído hasta entonces que el análisis político de Caño era, en general, «fino y atinado». Pero ahora se ha dado cuenta de su equivocación. El artículo en cuestión le permite, dice, borrar ambos adjetivos.

Lo verdaderamente fascinante de este asunto, con todo, es que quienes hoy mandan en el diario –capitaneado desde la salida de Gallego-Díaz por Javier Moreno– hayan decidido no solo publicar estas cartas sino en un lugar tan hipervisible. Es evidente que ha pasado algo serio. Algo, según hemos podido leer en Confidencial Digital, relacionado casi seguramente con declaraciones recientes de Caño, en la Cadena Cope, donde ha dicho que nunca entendió las razones no solo de su despido sino del de todo su equipo. Según la misma fuente, estas reflexiones han creado «un profundo malestar» entre algunos periodistas, y parte de la dirección, de El País, toda vez que sigue siendo colaborador del mismo.

Desde la aparición de las dos cartas no he vuelto a ver nada más en el diario sobre el caso. Será fascinante constatar si Caño reaparece en su página de opinión y si, de ser así, comenta o pasa por alto la tormenta desencadenada. Sea como fuera, El País ha ganado en dignidad y fortaleza al hacer públicas las referidas misivas, determinación que le honra y que este lector asiduo le agradece de corazón.

19 Junio 2021

Algunas lecciones de Estados Unidos para la izquierda

Antonio Caño

Tras ganar la batalla entre radicales y moderados por el liderazgo del Partido Demócrata, Joe Biden ha integrado las propuestas de sus adversarios y su gestión trata de unir al país

Estados Unidos, que ha sido durante el último siglo un referente mundial por tantos motivos, no se había caracterizado nunca, precisamente, por ser una fuente de aprendizaje para la izquierda. Ahora lo es. Desde hace unos pocos años se libra en el seno del Partido Demócrata una batalla ideológica entre izquierdistas y moderados que recuerda a las que en el pasado conocieron los partidos socialdemócratas europeos, con la diferencia de que, mientras estos sucumben hoy entre el caudillismo y la confusión, el debate en la izquierda norteamericana resulta vivo, estimulante y enriquecedor para el país.

La victoria electoral de Donald Trump en 2016 condujo a los demócratas, al mismo tiempo, al pesimismo y a la radicalización. Mark Lilla explicaba un año después en un libro muy celebrado, The Once and Future Liberal, que el pensamiento tradicional de la izquierda a favor de la igualdad de oportunidades había sido sustituido por las políticas de identidad, de tal modo que cada uno defiende los derechos de una minoría y sólo los pertenecientes a ese determinado grupo, supuestamente discriminado o perseguido, son autorizados a hablar en nombre de esa causa. “El reto de Kennedy de ‘¿qué puedes hacer por tu país?’”, decía Lilla, “ha sido sustituido por el de ‘¿qué me debe mi país en función de mi identidad?”.

A la sombra intelectual del auge del movimiento wake en los campus universitarios, candidatos de la izquierda del Partido Demócrata cosechaban éxito tras éxito en las elecciones primarias, todos ellos con el apoyo y la inspiración de Bernie Sanders, quien parecía imbatible como el aspirante demócrata a la presidencia del país. La joven del Bronx Alexandria Ocasio-Cortez se convertía en una estrella mediática. Menos de un año antes de las elecciones de 2020, Joe Biden —un representante de lo que ese sector del partido criticaba como vieja política, la política de la moderación y el acuerdo— parecía acabado.

Pero el Partido Demócrata demostró capacidad de reacción. Aterrado ante la perspectiva de un duelo Trump-Sanders (equivalente a un Fujimori-Castillo en la primera potencia mundial), el aparato demócrata se movilizó a fondo para reconducir el voto sobre el que tenía mayor control —negros, latinos, sindicatos— a favor de Biden, que acabó ganando la nominación y la Casa Blanca.

La conquista del poder por parte de un hombre de trayectoria centrista que había sido vicepresidente y ocupado un escaño en el Senado durante 36 años no acabó del todo con el auge del sector izquierdista, pero sí reunificó el partido, al menos formalmente, y dio un nuevo brío a los moderados. Biden ha tratado desde el primer día de conservar esa unidad, ha abrazado con mayor o menor discreción algunas de las banderas de la izquierda, como la del Black Lives Matter, y ha dado la razón, con sus proyectos de inversión pública, a las denuncias del sector radical de su partido sobre la desigualdad social.

Estos primeros cinco meses de la presidencia de Biden han sido, por tanto, de una plácida convivencia entre moderados e izquierdistas en el Partido Demócrata. A partir de ahora, todo empieza a ser más complicado. Biden intenta un estilo de gobierno en el que, sin renunciar a la audacia que el momento requiere, pretende avanzar sin estridencias: sus declaraciones son tranquilas y conciliadoras, sus gestos tratan de combinar la atención necesaria a aquellos a quienes Trump maltrató con el respeto debido a quienes votaron por él. Enseguida ha aparecido su instinto negociador e intenta por todas las vías posibles pactar sus proyectos transformadores con el Partido Republicano, lo que no será fácil porque el conservadurismo norteamericano sigue por completo a las órdenes de Trump.

Ese comportamiento del presidente está empezando a inquietar a la izquierda del Partido Demócrata, una amalgama de fuerzas dispersas y radicalizadas que, como confesaba recientemente uno de sus jóvenes representantes, Max Berger, a Andrew Marantz en The New Yorker, observó con admiración el nacimiento de Podemos en España y ha tratado de seguir algunos de sus pasos. La izquierda demócrata está presionando al presidente para que, aprovechando la exigua mayoría del partido en el Senado (donde se necesita el voto de la vicepresidenta Kamala Harris para romper el empate a 50 entre los dos partidos), se elimine la larga tradición de filibusterismo y se impida así que los republicanos puedan abortar las reformas del Gobierno.

Ese es sólo uno de los frentes en los que se va a librar la batalla entre moderados y radicales en la izquierda norteamericana, pero habrá otros: una ambiciosa ley de medio ambiente con profundas repercusiones económicas, leyes sobre derechos transexuales, reforma policial y de seguridad pública, reforma migratoria y una variedad de iniciativas relacionadas con el conflicto racial. En discusión en estos momentos en el Congreso hay una ley muy controvertida que pretende revertir a nivel federal algunas decisiones que están tomando los estados bajo control republicano en materia electoral.

El debate es abierto, rico y, desde luego, trascendental. La izquierda ve, quizá por primera vez en la historia, una oportunidad de dejar su huella en el rediseño del sistema político norteamericano. Los demócratas tradicionales, que todavía son mayoría, sobre todo en las instituciones, creen que podrán contener a los jóvenes rebeldes. La derecha confía en que esa batalla acabará destruyendo al Partido Demócrata y Trump volverá a la presidencia dentro de cuatro años. Algunos analistas están alarmados del tono revolucionario que han alcanzado algunas propuestas demócratas. Otros, como David Brooks, creen que, en última instancia, el sistema será capaz de asimilar a estas corrientes radicales, como ya ocurrió en los años sesenta del siglo pasado con movimientos como el de los Panteras Negras o la Nación del Islam.

Biden ha conseguido hasta ahora navegar por encima de esas turbulencias sin perder un gramo de su popularidad. Consciente de que, después de cuatro años de Trump, lo último que el país necesita es más agitación, trata de dirigir un cambio tranquilo. Es pronto para saber si lo conseguirá, pero, de momento, el planteamiento es envidiable: el presidente ha expuesto con claridad un modelo de país y trata de conformar una mayoría, dentro y fuera de su partido, para sacarlo adelante, convenciendo, no eliminando adversarios.

Ignoro si esta experiencia será útil para la izquierda en otras latitudes. Desde luego, no en América Latina, donde la izquierda lleva tiempo entregada al populismo autoritario y antidemocrático y cada día da un paso más en esa dirección. Pero también se aprecian algunos signos preocupantes en España. Quienes vivieron los días aciagos que condujeron al ascenso de la supuesta izquierda en el PSOE podrán dar testimonio del nivel del debate y de las consecuencias orgánicas que aquel proceso tuvo. No estoy seguro de que, en ese caso, acabara verdaderamente ganando la izquierda, pero lo que sí es evidente es que el líder triunfante impuso su autoridad sin un ápice de contestación.

Biden está sometido a diario a una severa fiscalización por parte del segmento radical de su partido, que, con la complicidad de una buena parte de la academia progresista, está esperando el momento de gritar “¡traición!” —a punto ha estado de ocurrir por su posición contra la inmigración ilegal—. Sin embargo, quizá por su edad, el presidente está tranquilo. Parece más interesado en no hacer enemigos que en ganar lealtades inquebrantables. Muchos norteamericanos discrepan de su política, pero pocos pueden negar que su gestión está contribuyendo a sanar heridas, a unir a la nación.

18 Julio 2021

Antonio Caño: "Ningún Gobierno ha tenido un entorno mediático tan favorable como el de Sánchez"

Leyre Iglesias

El miércoles a las 11.30 horas Antonio Caño (Martos, Jaén, 1957) recibió una llamada en la cual la responsable de Gestión del Talento de El País le comunicó su despido fulminante. En 2018 Caño llevaba cuatro años como director del diario cuando fue relevado días después de la moción de censura que aupó a Pedro Sánchez a la Moncloa. Ahora, tras 39 años en la empresa (los últimos, como asesor digital y escribiendo una tribuna al mes), el periodista que contó para El País la llegada de los sandinistas o la invasión norteamericana de Panamá afirma que el suyo es un despido ideológico por sus críticas al presidente.

Pregunta.- ¿Le han dado ya alguna explicación?

Respuesta.- Sostienen que se debe a la situación económica de la empresa y a una reorganización interna. Pero me parecen pretextos, porque es evidente que mi despido es ideológico. La empresa ha decidido que mi firma resulta contraproducente para determinados intereses políticos.

P.- ¿Qué papel atribuye a Sánchez en esa decisión?

R.- La entrada de Pedro Sánchez en política ha coincidido siempre con mi marginación en El País. A mí me cesan como director siete días después de que Sánchez ganara la moción de censura, y tras un editorial en el que sosteníamos que, aunque la moción era correcta, la mayoría que surgía de ella no daba estabilidad suficiente y el nuevo Gobierno debía convocar inmediatamente elecciones. El domingo siguiente a mi cese, el periódico publicó un editorial, titulado Punto y aparte, en el que sostenía lo contrario. Desde entonces mi vida laboral en El País ha estado llena de obstáculos. En dos ocasiones no se han publicado mis artículos. En otra ocasión la dirección promovió la publicación de cartas de los lectores en contra de mis artículos.

P.- ¿Qué relación ha tenido usted con Sánchez?

R.- Primero tuvimos una relación profesional lógica y con la intensidad que uno puede imaginar entre el director de un periódico importante y el dirigente del primer partido de la oposición. Apoyamos sus primeros movimientos: le dimos como ganador del primer debate electoral, elogiamos el acuerdo con Cs… Luego hay una segunda versión de Sánchez tras la repetición electoral. Perdió votos y, arrinconado, optó por vías muy desesperadas. En aquellas circunstancias nosotros ya sí pensábamos que, tras dos fracasos electorales continuados, había que permitir que el primer partido formase gobierno. Ahí la relación empezó a deteriorarse. Él continuó en una huida hacia delante tremenda que llevó al PSOE a un gran estrés culminado en aquella reunión terrible del Comité Federal. E hizo un movimiento máximo: convocar un Congreso Extraordinario en un plazo en el que no daba tiempo a discutir sobre el «No es no». En ese momento consideramos que había superado todos los límites de lo tolerable, que estaba causando un enorme perjuicio a la socialdemocracia, a la izquierda y al PSOE, y que debía irse. Eso no le gustó, y desde entonces me ha acusado de cosas que no son ciertas, de responder a intereses de no sé qué… Trató de desprestigiar a El País, salió en televisión criticando al periódico… Generó todo este clima sobre la «verdadera izquierda» en el que él ganó y a mí me echaron.

P.- ¿Y qué es Sánchez? ¿Es la verdadera izquierda?

R.- En absoluto. Sánchez es una adulteración de la izquierda. En España la socialdemocracia ha sido, en mi opinión, la gran fuerza transformadora, siempre con un altísimo sentido de Estado. Con el PSOE se pudo contar en los momentos clave. Sin Alfredo Pérez Rubalcaba, por ejemplo, no habría sido posible la abdicación. Sánchez se ha inventado otra izquierda en su coalición con Podemos, en su confusión con Podemos. Le ha hecho un daño irreparable al PSOE. Y, lo que es más importante, ha hecho un daño que espero que sí sea reparable a España.

P.- ¿Por qué?

R.- Porque siempre pone sus intereses personales por delante de los del Estado y los del PSOE. Una vez que fue derrotado por los españoles y por su propio partido, no aceptó ninguna de esas derrotas y, como mal perdedor, dio una patada a la mesa, lo que significaba dar una patada a las instituciones. Y ahí estamos.

P.- ¿También le ha dado una patada a la prensa?

R.- Pedro Sánchez tiene más opinión publicada a su favor que ningún otro Gobierno antes. También en radio y televisión. Ningún Gobierno ha tenido un entorno mediático tan favorable como el de Sánchez. Eso coincide con que los medios son más débiles que nunca, con lo cual no solo tiene menos medios críticos, sino que los que tiene son más débiles. Eso nunca había ocurrido.

P.- En ese contexto, ¿es posible ejercer aún el periodismo libre en España?

R.- Sí, pese a Sánchez. Seguimos siendo una democracia plena y la libertad de expresión se sigue ejerciendo, pero cada vez a un precio más alto, porque cada vez es más patente la incomodidad del Gobierno con ciertas opiniones. La selección que hace el presidente para conceder entrevistas es un ejemplo entre muchos. No quiero referirme a mi despido como a otro de esos ejemplos, pero desgraciadamente es así.

P.- A usted le cesaron como director poco después de la moción de censura. Ahora le despiden tras una amplia crisis de Gobierno que incorpora a figuras procedentes del PSOE de Rubalcaba. ¿La remodelación supone un cambio de rumbo o es cosmética?

R.- Por ahora no tengo ninguna esperanza de ver un cambio de rumbo porque no hay un cambio en las alianzas. La personalidad de Sánchez arrasa con todo. El caudillismo que ha impuesto en la dirección del Gobierno y en la del partido no deja espacio al menor atisbo de crítica y hace que cualquier cambio de nombres sea meramente cosmético.

P.- ¿A dónde va el PSOE?

R.- Soy muy pesimista. Quiero equivocarme, pero creo que del PSOE no queda nada. Son unas siglas que aún producen una cierta rentabilidad electoral, cada vez menos, cuando antes era un partido vivo, a veces ingobernable. Después de Sánchez el PSOE va a entrar en una larguísima travesía del desierto de la que no sé cuándo saldrá ni cómo. Y es trágico: es un partido insustituible en cierta medida, porque es la izquierda con sentido de Estado. Y eso, a diferencia de la izquierda activista, no se crea de la noche a la mañana.

P.- ¿Y el futuro de El País?

R.- Es curioso cómo la historia de El País y la del PSOE han caminado por líneas paralelas casi siempre… El País está ahora en manos de gente que no procede de la historia del periódico, que no conoce su cultura y que en algunos casos ha sido hostil a El País y a PRISA. ¿A dónde van a llevar a El País? No lo sé.

P.- Visto lo visto, ¿se arrepiente del editorial que describía a Sánchez como a un «insensato sin escrúpulos»?

R.- ¿Cómo me voy a arrepentir? ¡Si se confirma cada día, por Dios! Ojalá me pudiera arrepentir. Ojalá pudiera llamar a Pedro Sánchez y decirle: «Presidente, siento mucho aquel editorial: era injusto y se ha demostrado falso». Pero la desgracia es que aquel editorial se ha demostrado cierto. Anticipó todo lo que nos ha ocurrido.

El Análisis

¿TANTO MOLESTABA UN ARTÍCULO DE CAÑO AL MES?

JF Lamata

Parto de la base de que no compro la propaganda oficial de podemitas, federicos y pedrojotianos de que D. Antonio Caño era poco más que un vendido al PP, a Rajoy, al Ibex o a Soraya Sáenz de Santamaría (EL PAÍS, bajo el mando del Sr. Caño, fue el único periódico impreso nacional que en el periodo 2014-2017 pidió la dimisión D. Mariano Rajoy).

Pero supongamos que si lo fuera, supongamos que el Sr. Caño era un peligroso pepero que escribía al servicio de D. Pablo Casado, D. José María Aznar y hasta el espíritu de D. Manuel Fraga. ¿Y…? Estamos hablando de las páginas de ‘Tribuna Libre’ (no de la página editorial, ni de las páginas de información). Las ‘Tribunas Libres’ que están para eso: para expresar una opinión libre, incluyendo, si hace falta la opinión del enemigo, para conocer sus argumentos. Y en el caso del Sr. Caño era una Tribuna Libre al mes… ¡¿Tanto molestaba a los lectores de EL PAÍS que una vez al mes apareciera una simple página de opinión – según ellos – favorable al PP?!.

La dirección de EL PAÍS argumenta que los artículos del Sr. Caño espantaban a determinados lectores que se indignaban por leer artículos contrarios al PSOE. Curioso. Algo así no sorprendería en medios como ELDIARIO.ES, PÚBLICO.ES, INFOLIBRE, LA MAREA por el lado zurdo, o medios como LIBERTAD DIGITAL, PERIODISTA DIGITAL, OKDIARIO, ESDIARIO y otros medios ideológicos cuyo principal núcleo de lectores busca una trinchera más que otra cosa. Pero se suponía que EL PAÍS era otra cosa. Pero por lo visto ‘era’. Los tiempos cambian.

J. F. Lamata

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