31 mayo 1995
Antonio Flores se quita la vida a los 14 días de la muerte de su madre
Hechos
El 30 de mayo de 1995 muere D. Antonio González Flores.
Lecturas
El 30 de mayo de 1995, apenas catorce días después de la muerte de Lola Flores, fue encontrado muerto Antonio González Flores, de 33 años, en la pequeña casa que su madre había mandado construir para él dentro de la finca familiar de El Lerele, en La Moraleja. Hijo de Lola Flores y Antonio González Batista, El Pescaílla, y hermano de Lolita y Rosario, Antonio había intentado construir una identidad musical alejada parcialmente de la tradición familiar: cantautor de pop-rock con influencias del blues, la rumba y la canción urbana, había debutado en 1980 con Antonio y canciones como No dudaría, pero atravesó posteriormente años irregulares marcados también por sus problemas con las drogas. Su carrera había renacido en los noventa como compositor para sus hermanas —fue autor de buena parte del éxito de Rosario— y especialmente con su último disco, Cosas mías, publicado en 1994.
La muerte de su madre el 16 de mayo lo había dejado profundamente afectado. Antonio ni siquiera pudo asistir a su entierro y, en uno de sus episodios de desesperación, se fracturó una mano al golpear una pared. El 26 de mayo, todavía con la mano escayolada, reapareció en Pamplona para ofrecer en el pabellón Anaitasuna el que sería su último concierto. Se le observó agotado, falto de sueño y emocionalmente destrozado, pero quiso actuar y dedicó el recital a Lola afirmando que su madre habría querido verlo sobre el escenario. Cuatro días después fue encontrado sin vida. Las primeras informaciones hablaron de una combinación de alcohol, barbitúricos y otros fármacos; posteriormente se informó también de presencia de cocaína. Aunque la proximidad de la muerte de Lola y el estado depresivo del cantante hicieron pensar inmediatamente en un suicidio, la investigación policial contempló como explicación una sobredosis accidental, y nunca quedó establecida de manera concluyente una voluntad de quitarse la vida.
La tragedia provocó una nueva conmoción apenas dos semanas después del multitudinario entierro de La Faraona. Lolita y Rosario Flores, su padre El Pescaílla y numerosos amigos del cantante volvieron a reunirse en medio de escenas de enorme dolor. Antonio dejaba además una hija de nueve años, Alba Flores, fruto de su relación con Ana Villa. Al día siguiente fue enterrado en el cementerio de La Almudena, junto a su madre. La coincidencia temporal resultó inevitablemente devastadora para la imagen pública de la familia: Lola Flores había necesitado más de veinte años de enfermedad para morir; su hijo Antonio apenas consiguió vivir catorce días sin ella.
31 Mayo 1995
La tragedia llama dos veces en la puerta de los Flores
Antonio Flores no ha podido sobrevivir a su madre. Y tampoco ha podido sobrevivir a su tiempo, víctima de una presión psicológica y de una competitividad que le habían llevado prematuramente a las drogas. Flores, de tan sólo 33 años y afectado por una profunda depresión, eligió a su manera dejar un mundo que no soportaba. Decíamos hace unos días que Lola Flores representaba las contradicciones de una vieja España, llamada a desaparecer. La tragedia de Antonio Flores es profundamente contemporánea, en la medida que refleja a una cierta generación atrapada por el vertigo del vacío. El hijo de Lola Flores había logrado el éxito como cantante pero era infeliz. La muerte de su madre cortó su último vínculo con la vida.
31 Mayo 1995
Sobredosis de recuerdo
Se ha quitado de en medio. Lo han quitado. La droga, la pena, los fantasmas, las ganas de vivir, de morir, las ganas de no tener ganas, el dolor, la soledad y, sobre todo, Lola Flores, el peso pesado de la madre, que ya no estaba ahí para echarle la bronca, para vigilarle las noches e impedir el paso a esa tentación que siempre vivía al lado.
Nadie sabe si Antonio Flores se ha ido queriendo o sin querer, porque junto a su cama no había una caja negra que registrara el alcance de su último acto de voluntad. Antonio Flores quería huir, pero sólo él sabe hacia donde.
Lo más probable es que pensara estar de vuelta por la mañana, una vez ahuyentados los demonios del recuerdo, después de cabalgar por unas horas los senderos del placer en blanco. Sin embargo, no despertó. O lo despertaron en otra parte, con su madre pegándole la bronca por hacer lo que había hecho sin su permiso. El caso es que la familia descubrió el cuerpo de Antonio impávido y derrotado, con el color de la muerte pegado como un tul sobre su rostro aceitoso, y desde entonces las paredes del Lerele no han parado de escuchar aullidos.
Ya hay quien habla de la maldición de los Flores. Desaparecida Lola, los cimientos de la familia se resquebrajan y por todas partes empiezan a aparecer deudas, agujeros, vacíos y ausencias.
Desde que salió La Faraona de casa, amortajada y con los pies por delante, nadie ha vuelto a poner los cojones sobre la mesa. El Pescaílla duerme hasta casi entrada la tarde, las tatas deambulan por los salones en espera de órdenes que no llegan, y las últimas amistades de ocasión desfilan ante el tresillo dando el pésame y tal vez llevándose en el bolso un cenicero de plata.
Un duelo ha empalmado con otro. Las lágrimas por Lola se funden ahora con las lágrimas por Antonio, un hombre que se apeó del folklore familiar para buscar un modelo de vida distinto y que en su periplo existencial trabó buena amistad con la droga.
Estuvo a punto de matar a disgustos a su madre, pero aguantó, sacó fuerzas de la nada y esperó a que ella se fuera definitivamente para dar rienda suelta a sus debilidades. Había plantado una casita prefabricada en medio del jardín familiar y allí, cerca de la mirada de Lola, componía, cantaba y mantenía su particular batalla contra la droga.
Antonio Flores era feo, cobrizo, vehemente y sentimental, buen artista, padrazo, un poco flamenco y un poco rojo, desbaratado y canalla, tierno y ofuscado, gritón, enamoradizo, neurótico y bohemio. De todo un poco.
Las informaciones dirán que se lo llevó por delante la droga, pero seguramente murió de un ataque de amor, de una insoportable sobredosis de recuerdos.
31 Mayo 1995
Unos hijos marcados
No hace mucho que hubimos de vivir, casi sin escapatoria posible, el abrumador y masoquista espectáculo de la muerte de Lola Flores, elevada sin más a la categoría de incuestionable mito nacional. Muchísimos españolitos de a pie, y no tan de a pie, se sintieron honda o histéricamente conmovidos. Era como si les hubiesen arrebatado algo que formaba parte importante de sus vidas, como si por unos días hubiesen perdido a la propia madre. Porque, ciertamente, la imagen que en los últimos meses las televisiones habían dado de Lola correspondía a la de una prototípica madre española: una madre coraje, racial, increíblemente vital, fiera defensora de la familia y protectora hasta la muerte de los hijos. Sus confesiones sexuales, sus declaradas prostituciones, habían sido obviadas, tomadas por simples pecadillos de juventud, ante la inmensidad de su maternidad. Tras su muerte, una cadena de televisión repuso una serie dedicada a su figura, censurando piadosamente los aspectos relativos a su vida sexual.
Y si la muerte de la Lola Nacional dejó un poco huérfanos a muchos españoles, que la lloraron sinceramente por unos días, cabe imaginar la tremenda orfandad de los que la habían vivido realmente hasta el último día como la auténtica madre nutricia, como una madre de arrolladora personalidad, devoradora de los propios hijos, de los que nunca quiso o pudo desprenderse, dejándoles siempre «pequeños» y sin poder crecer por sí mismos, encadenados por la gran trampa del amor materno. Unos hijos marcados indeleblemente por la huella de lo maternal, víctimas para siempre del mito de la maternidad. ¿Cómo podrán liberarse del ominoso peso de una madre inerte e incuestionable y que, sin embargo, ha dejado de nutrirles?
Sabido es cómo los mitos populares se crean y se mantienen porque son socialmente útiles, como elementos de cohesión para una sociedad atomizada, dispersa, desorientada y vitalmente frustrada, pero que siempre encubren tragedias reales y que inevitablemente generan víctimas incluso mortales. En el caso de Lola Flores el mito ya ha generado su primera víctima mortal, personificada en su hijo Antonio, recientemente suicidado, y que seguramente era el único varón que ella había tenido realmente consigo, el hijo que probablemente hubo de luchar siempre contra el deseo de la madre, de una madre que nunca quiso que se alejase de ella, que la abandonase, que incluso presumía de haberlo «liberado» de la droga, ese terrible enemigo de todos los hijos indefensos. De inmediato, la trágica muerte de Antonio Flores ha sido fatalmente interpretada en exclusiva función del amor materno: no ha podido sobrevivir a la pérdida del amor de una madre inmensa. Nadie va a respetar el gran secreto de su vida que el propio Antonio se ha llevado a la tumba. Lamentablemente, puede quedar como el eterno culpable de la muerte de la madre, a la que tanto hizo sufrir en vida.
Todo sea en favor de la glorificación de la madre eterna, de una madre eternamente sacrificada por la insaciable voracidad de unos hijos supuestamente malvados que la han explotado hasta el mismo día de su muerte, pero que en el pecado llevarán la penitencia. El primero en pagarlo ha sido Antonio, probablemente su hijo predilecto. Tremenda madre aquélla a la que su hijo bienamado no ha podido sobrevivir. Nefasta madre… Sus hijos, los que aún quedan vivos, merecerían mayor respeto, toda la solidaridad. El mito de la eterna maternidad, desde hace siglos, sigue provocando conflictos indelebles en los hijos de Yocasta, la silenciada esposa de Layo y madre de Edipo, el que mató al padre y se acostó con la madre, sin saberlo. Para escapar de la maldición del oráculo, habría que crear otra familia, otra cultura, otros mitos menos crueles y más solidarios. Pero eso sería ir muy lejos para una sociedad confortablemente conservadora y engolfada con el consumo televisivo de mitos perversos.
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Enrique González Duro es psiquiatra.
El Análisis
Tres días antes de la muerte de Antonio, su hermana Lolita Flores explicaba en televisión la extraordinaria dependencia afectiva existente entre madre e hijo y utilizaba una expresión inevitablemente llamativa: Antonio tenía todavía «complejo de Edipo». No pretendía establecer un diagnóstico clínico freudiano, sino describir una relación excepcionalmente intensa. Durante los años en que Antonio tuvo problemas con las drogas, Lola podía pasar noches enteras hablando con él sobre la vida, la religión o la muerte; incluso había construido una pequeña vivienda dentro del jardín familiar para mantenerlo cerca. Que catorce días después de morir ella apareciese muerto él convirtió inevitablemente aquella frase en una explicación popular de la tragedia: Antonio no habría sabido vivir sin Lola. Es una interpretación emocionalmente comprensible, pero demasiado sencilla para convertirla en explicación médica. Antonio arrastraba problemas anteriores de consumo, atravesaba un duelo devastador y murió por una combinación tóxica de sustancias cuya voluntariedad no pudo establecerse con certeza. Existen casos famosos que recuerdan superficialmente este fenómeno: el más extraordinario sería el de Debbie Reynolds, que sufrió un ictus y murió el 28 de diciembre de 2016, apenas un día después de fallecer su hija Carrie Fisher; su hijo Todd relató que Reynolds le había expresado su deseo de reunirse con Carrie poco antes de sufrir el ictus. Pero tampoco ese paralelismo demuestra que una persona pueda literalmente «morir de pena» por otra: el duelo intenso puede tener consecuencias físicas y psicológicas graves, pero cada fallecimiento necesita su propia explicación médica. En el caso de Antonio Flores, la coincidencia temporal fue tan brutal que terminó fundiendo ambas muertes en la memoria colectiva: resulta imposible recordar la muerte de Lola sin recordar que, apenas dos semanas después, la familia tuvo que volver al cementerio para enterrar a su hijo.
JF