9 mayo 2004
El atentado fue atribuido a separatistas chechenos
Asesinado con bomba el presidente pro-rruso de Chechenia, Kadirov
Hechos
El 10.05.2004 una bomba acabó con la vida de Ajmad Kadirov y otras 30 personas.
Lecturas
Una bomba acabó con la vida de Kadirov, dos de sus guardaespaldas, el delegado del Consejo de Gobierno de Chechenia, Husein Iasev, el periodista de Reuters Aslan Jasanov y una niña de ocho años.
10 Mayo 2004
De nuevo sangre en Chechenia
Hacia apenas unas horas que el presidente Vladimir Putin había inaugurado su segundo mandato bajo la promesa de hacer de sus ciudadanos «gente libre en un país libre», cuando el estallido ayer de una potente bomba en el estadio de Grozni volvía a despertar al país de su ensueño. Los fastos y el boato de las ceremonias en el Kremlin han terminado brusca y dramáticamente con la onda expansiva de este atentado en el remoto Cáucaso, como el amargo recordatorio de que en el balance del presidente ruso había una cuenta pendiente.
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El atentado no solamente ha segado la vida de 32 personas, sino que ha vuelto a poner en carne viva un conflicto que Putin creía haber empezado a resolver. Con el asesinato de Ajmad Kadírov los terroristas cortaban en seco el que tal vez haya sido el más sólido intento de establecer una solución de compromiso para esta región en rebeldía. La mayor parte de los clanes chechenos habían aceptado a Kadírov como presidente regional -aun sabiendo que la postura de Moscú no les dejaba demasiadas alternativas-, como fórmula para tratar de acabar con casi una década de conflicto, porque el hastío por tanta sangre derramada parecía ser lo único en lo que la mayoría de los ciudadanos chechenos y las autoridades federales rusas empezaban a estar de acuerdo.
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Pero ya se ha visto que en Chechenia no hay solamente una guerra entre el poder central ruso y los independentistas. A ésta se superpone otra y no menos virulenta, un conflicto civil entre los chechenos mismos, que enfrenta a los partidarios de una solución moderada que mantenga sus aspiraciones en el marco de lo que es actualmente posible, contra los militantes islámicos que pretenden imponer a toda costa unemirato teocrático a la imagen de los talibanes afganos. Después de tantos años de guerra sin que ninguna de las partes haya logrado imponerse sobre las demás, en Chechenia se ha formado una tupida y siniestra red de venganzas, cuentas pendientes, corrupción e intereses inconfesables, de la que ya no pueden escapar ni los unos ni los otros.
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Vladimir Putin ha demostrado hasta ahora que no le tiembla el pulso a la hora de tomar decisiones en momentos de crisis, y, por lo que se ha visto en sus tiempos de jefe de Gobierno y durante su primer mandato como presidente, tiene una acusada tendencia a devolver siempre los golpes con fuerza. La sucesión de condenas a este atentado que han sido enviadas desde las principales capitales occidentales le demuestra que en estos momentos goza de un amplio apoyo político por parte de Europa y Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo. Ambas potencias han de convencerse, de una vez por todas, de las dimensiones del problema y de la urgente necesidad de interesarse y coadyuvar a su resolución. No sirve ampararse en la lejanía de las tierras caucásicas.
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Sin embargo, cuando Putin decía ayer que los autores de este atentado «serán castigados», muchos civiles chechenos tienen razones para temerse lo peor. Ojalá que lo que ha pasado con el escándalo de las denuncias de abusos por parte de soldados norteamericanos en las prisiones iraquíes pueda servirle de ejemplo al presidente ruso, viendo cómo unas simples fotografías se han convertido en la peor arma de destrucción masiva para la fortaleza moral de la Casa Blanca. Tal vez esto le ayude a comprender que si era sincero prometiendo una sociedad de libertad y democracia para todos los rusos, ha de demostrar que su fuerza reside más en la razón que en los tanques.
10 Mayo 2004
Un fracaso de Putin
La historia se repite, pero en este caso la reincidencia agrava aún más las cosas. Una bomba colocada en el palco de honor del estadio de Grozny quitaba ayer la vida al presidente Ajmad Kadírov, junto a un elevado número de dignatarios y militares de la Administraciónsubrogada de Chechenia. Era la conmemoración de la victoria soviética en la II Guerra, que se celebra en todo el país, y hace dos años, en idéntica ceremonia, otro artefacto colocado por el separatismo checheno causaba 30 muertes, muchas de ellas, de niños escolares. Pero esta vez, la muerte de Kadírov, el hombre elegido por el presidente ruso, Vladímir Putin, para liquidar la insurrección caucásica, pone al desnudo el fracaso de una acción política que ni seduce a la población, ni es militarmente capaz de acabar con la acción terrorista de los rebeldes.
La propia tradición rusa de conmemorar con gran aparato la derrota nazi, incluso en Grozny, es toda una ironía porque los chechenos, que fueron deportados a cientos de miles, acusados por Stalin de colusión con el enemigo alemán, guardan pésimos recuerdos de lo que Moscú llamó la Gran Guerra Patriótica, y el bombazo es la manera que tiene el terrorismo separatista de observar la fecha.
Kadírov, que procedía de las filas del nacionalismo radical, y había sido reclutado en 1999 cuando era muftí, jefe religioso musulmán de la república, era el hombre de Moscú desde hace cuatro años, y había sido elegido presidente en octubre pasado, en unos comicios de los que lo menos que hay que decir es que registraron un número inverosímilmente alto de votantes -80% de ellos, favorables a Kadírov- en un país donde la inseguridad es extrema.
Ni Rusia ha perdido la guerra, ni Putin la ha ganado. No hay un verdadero ejército rebelde enfrente, sino una multitud de grupos, clanes, familias en revuelta -lo que hace aún más difícil su eliminación-, porque la guerrilla ha sufrido auténticos reveses ante el Ejército ruso, pero los insurgentes retienen, pese a ello, su capacidad de hacer el país políticamente inviable, asestando terribles golpes, como el de ayer en el estadio.
Tan sólo una negociación política puede poner fin a la revuelta, pero el presidente ruso se ha comprometido a no negociar con los que califica de «bandidos», dando por buena una Administración que es evidente que no recibe el apoyo de gran parte de la población, y aún peor, ante unos insurgentes que cuentan con complicidades en lo más alto, como parece probar que pudieran colocar una bomba prácticamente bajo el asiento presidencial. Por todo ello, a la nueva Rusia de Putin le quedan graves yviejos problemas por resolver.