8 agosto 1897

El responsable del asesinato es el anarquista italiano Michele Angiolillo Lombardi, con vínculos con el independentismo cubano

Asesinado el jefe del Gobierno de España, Antonio Canovas del Castillo y artífice de La Restauración

Hechos

El 8.08.1897 fue asesinado D. Antonio Canovas del Castillo

Lecturas

El 8 de agosto de 1897 muere asesinado el presidente del consejo de ministros de España, D. Antonio Cánovas del Castillo, líder del Partido Conservador, que ocupaba la presidencia del Consejo de ministros, cargo que ha ocupado durante varias veces en este periodo de Restauración. Su último mandato comenzó el pasado 23 de marzo de 1895.

Es asesinado en el balneario de santa Águeda por el anarquista italiano D. Michele Angiolillo, inscrito en el establecimiento como corresponsal del periódico italiano Il Popolo. Según declararía en el momento de su detención, el motivo fue la venganza por las muertes de los anarquistas detenidos en Barcelona a raíz del atentado contra la procesión del Corpus en junio de 1896. Michele Angiolillo será ejecutado por garrote vil el 20 de agosto de 1897.

La reina regente de España, Dña. María Cristina de Habsburgo-Lorena nombra presidente del consejo de ministros de España a D. Marcelo Azcárraga Palmero, del Partido Conservador, que se mantendrá en el cargo hasta el mes de octubre.

Muerte y esperanza

(Márques de Valdeiglesias)

9-8-1897

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Pasan las horas y no por ello consuclase el dolor. La trágica y espantosa realidad aplasta, pero no convence. Era ayer mismo cuando ese hombre, que hoy es un puñado de sangriento polvo, llenábalo todo, tronaba en la tribuna, adoctrinaba en la Academia agigantábase en el Gobierno, resplandecía en el salón, daba, en fin, la norma de su vida a la vida entera de un pueblo. Mezclado en todos los combates, señalada su fama de león aquí y allá por todas partes donde hubo batalla, espíritu de la historia hecha y elemento de partido para la historia por hacer, había que considerarlo como un hombre-símbolo, como una fuerza propulsora de su tiempo… ¿Cómo entonces parecerá a nadie cosa real este tránsito rápido de tanta vida a tanta muerte?

Fenómeno tal observase hoy en la lectura de la prensa. Lanza esta unánime una inmensa exclamación de protesta contra el crimen, de dolor por el infortunuio y la desgracia irreparable. Pero la biografía, el hecho menudo y personal, la semblanza detallada y de costumbre casi no aparece en parte alguna. ¿Cómo encerrar en unas cuantas líneas una vida que es una época y la representación moral de un hombre que comienza siendo un sistema discutido y acaba siendo un régimen victorioso?

Asesinato de Cánovas

EL LIBERAL (Director: Miguel Moya Ojanguren)

9-8-1897

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No podemos hacer la dramática relación del crimen ayer cometido en la persona ilustre del jefe del Partido Conservador, con otras frases que las que expresen una vivísima y profunda protesta contra el hecho incalificable que ha venido a producir una persturbación hondísima en la vida pública de esta desgraciada nación: a lanzar un factor más de muy graves consecuencias, sobre la acumulación espa atable de los muchos que ya existen; a privar a la patria de una figura por numerosos conceptos ilustre y merecedora de general admiración y respeto.

Dotado el Sr. Cánovas de excepcionales atributos, los cuales, por lo que entre ellos habían, puesto su augusta inteligencia, su ilutración profundísima, la entereza invencible de un espíritu, de energía pertinaz de sus esfuerzos, la adaptación de sus actos y discursos a los consejos de

Esa horrible secta que amenaza herid de muerte a la sociedad toda y procura realizar sus atentados, lo mismo entre quien encara la más alta expresión de la autoridad de los pueblos, a ejemplo de Carnet y Cánovas, como entre lo más inocente, delicado y poético de la vida social, a ejemplo de las víctimas del Liceo de Barcelona, ha venido a servir con sus fieros instintos y atentados a la obra de glorificación del ominente político, quien ha entrado por virtud de ella en el reinado agvero  y desapasionado de la historia, con una de esas interesantes, conmovedoras y abnegadas posturas que se bastan por si solas, si otras muchas razones no lo justificasen, para hacer inmortal y resplandeciente el recuerdo de un hombre público.

Cánovas fallecido de muerte natural hubiera provocado la discusión y la crítica; Cánovas asesinado por los enemigos desalentados de la sociedad y consagrando el último destello de su portentosa inteligencia y los últimos vocablos de su asombrosa palabra a gritar ¡viva España! Se ha conquistado el derecho a la gratitud de su patria, a la veneración de los patricios futuros y a los laureles de la Historia.

Asesinato de D. Antonio Canovas del Castillo

EL IMPARCIAL (Director: Andrés Mellado)

9-8-1897

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A traición, con saña cobarde y con miserable perfidia, un anarquista ha acabado con Santa Agueda con la existencia de D. Antonio Cánovas del Castillo. ¡Triste fecha la de ayer para España! ¡Negra efeméride, que centuplicará la indignación de la sociedad contra sus destructores!

En esta tierra hidalga no habrá hoy un solo corazón que no protesta con la mayor energía contra ese crimen, preparado en la sombra, meditado con fría calma, ejecutado por sorpresa y revestido de los más odiosos caracteres. Al caer en tierra bajo el plomo anarquista el Sr. Cánovas, los ciudadanos no se acuerdan ya de las diferentes políticas que puedan separarles. Todos son una misma cosa: españoles; y todos se unen en un pensamiento común: el del duelo nacional.

Sean los que fueren los errores del político, la figura genial de Cánovas se destaca en la historia patria con vivo relieve, y su muerte trágica viene a ser ingente pedestal que eleva ante el respeto y la admiración de los contemporáneos al estadista insigne que pereció luchando por su patria y por sus ideales.

Cuando los presos de Montjuich llenaban de espanto a ciertos espíritus perturbados con el relato de mentidas crueldades y de supuestas vejaciones, acaso preparaban el crimen de Santa Agueda y elegían de entre la turba miserable al autor del asesinato. Tales son los agentes para quienes se solicita la piedad social, abortos de la naturaleza, monstruos engendrados por la envidia del bien ajeno, vergüenza y oprobio de la humanidad. Todo castigo parecerá suave, toda persecución escasa, toda enérgica represión débil para acabar con esa maldita legión de protervos que va por el mundo repartiendo el exterminio.

¡Después de Carnot, Cánovas! Uno y otro han sucumbido bajo la misma sentencia de esos tribunales perversos que se constituyen en las tinieblas y delegan la saña común en el más vil de los afiliados.

¡De duelo nacional hemos dicho que fue el día pasado! Sí; desde el augusto niño que empieza a adivinar las tristezas de la vida en el solio de Isabel la Católica, hasta el más modesto de los ciudadanos, todos los españoles tenemos parte en el dolor de esa tragedia inesperada. En ella ha desaparecido una gloria española, el más enérgico paladín del trono, el historiador insigne, el orador portentoso, el carácter vibrante y dominador que se crecía ante las dificultades, la inteligencia cultivadísima y activa para la que no había cosa secreta en los mil problemas de la vida moderna.

EL IMPARCIAL depuesto todo linaje de diferencias de opinión, elevo hasta el trono el homenaje de su duelo y pide para el muerto las oraciones de los españoles y una tumba solemne que conmemore el recuerdo del hombre ilustre y de su aciago sacrificio.

Cánovas

9-8-1897

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El hombre eminente, el gran patriota, el estadista cuyo nombre llena las páginas más brillantes o la historia contemporánea, acaba de morir, cayendo bajo el plomo asesino de un criminal extranjero.

No podía pertenecer a España, que le honraba con tener entre sus hijos más preclaros al Sr. Cánovas del Castillo, el malvado que a traición ha cometido tan odioso, tan abominable asesinato.

Recibimos la noticia, leemos los telegramas con su espantosa concisión y casi nos resistimos a creer una desgracia tan grande.

Hace un momento, aquella inteligencia soberana toda lo dirigía, todo lo llenaba; era una garantía de buen gobierno para Europa y para el mundo entero.

Aquí mismo, hasta sus adversarios más implacables se detenían con respeto ante su persona.

Podían impugnar sus ideas, sus planes, su administración; pero todos admiraban la claridad de su inteligencia, su palabra maravillosa, el temple de su carácter sereno y, sobre todo, su honradez intachable, sus virtudes cívicas, espejo de todos los varones eminentes de la nación.

Y hoy, en un momento fugaz. Un facineroso, un aborto del presidio o de las heces del maldito anarquismo ha destruido aquella vida tan necesaria para el Trono y para la Patria.

Día de luto es el de hoy para España: estamos bajo el peso de una de las mayores catástrofes que podían afligir a este pueblo, por tantos conceptos desdichado.

Profunda angustia conturba nuestro espíritu. No ha de creerse, ahora que yacen los despojos mortales del gran hombre en un féretro, que móvil ninguno de adulación ni siquiera de la respetuosa amistad que le profesábamos pueda influir en nuestros juicios ni en nuestros sentimientos.

Cánovas, el genio inmortal que ha de dar nombre a nuestro tiempo, pertenece desde hoy a su historia.

No tenemos serenidad ni reposo para trazar aquí, en estos momentos, el relato de su vida. Sólo sí, en globo, recordaremos que todo se lo debió a sí mismo, y que la Patria le debe a él muchos días de paz, de libertad, de orden y de prosperidades no superadas en los tiempos más felices.

La Restauración que hizo no tiene igual en la historia de las naciones.

Ahogó los rencores: acalló las venganzas; borró toda diferencia entre los partidos, de suerte que instaurado el nuevo rey, no hubo jamás diferencias entre vencidos y vencedores.

Manteníase en el poder sólo el tiempo preciso para realizar un plan bien concebido y beneficioso al país.

El tomaba siempre la iniciativa para que el partido adverso le sucediera.

Bajo sus auspicios y dirección han partido para Cuba a defender la integridad del territorio 200.000 hombres, ejércitos que en tiempo alguno llegaron a mandar los grandes capitanes españoles.

En su tiempo y bajo su gobierno han podido gastarse millones y millones para el esplendor de nuestra bandera, superando siempre el crédito a las más fantásticas y más halagüeñas esperanzas.

Hemos disfrutado de un sosiego público y de una libertad tan completos, que pueden envidiarnos los pueblos más democráticos.

Pero ¿qué decimos ni para qué vamos a encarecer sus grandes merecimientos, si habla más alto y lo dice todo la emoción profunda que en estos momentos experimentan todos los hogares y la agitación, mezcla de estupor y de piedad inmensa que se refleja en todas las clases sociales, a medida que van conociendo la infausta nueva?

Dios en sus altos designios lo ha permitido. El, en su inmensa bondad, reciba en su santo seno el alma noble y generosa del primer ciudadano que tenía España.

Dios también se apiado de nosotros e inspire a nuestros hombres de Estado, para que, al recoger la herencia del Sr. Canovas y al honrar su gloriosa memoria, se coloquen a la altura de estas circunstancias difíciles y continúen bajo sus distintos criterios la política de concordia, de patriotismo y de rectitud que supo el gran hombre imprimir a la Restauración desde sus primeros días.

Estábamos la expresión de nuestro dolor y enviamos el pésame más sentido a S. M. la reina, que tanta parte toma en el duelo nacional, y a la ejemplar dama modelo de esposas, que se había hecho un culto de felicidad del compañero de su vida, y que enloquecida ahora por el espanto y el dolor, vela su sueño de muerte y coloca en torno del cadáver las últimas flores, homenaje sin duda el más querido para el llorado muerto.

El Análisis

El fin trágico de Cánovas

JF Lamata

El 8 de agosto de 1897, la política española fue sacudida hasta sus cimientos cuando Antonio Cánovas del Castillo, el titán del Partido Conservador, cayó bajo las balas del anarquista Michele Angiolillo en el balneario de Santa Águeda. Mientras el país entero se debatía entre el duelo y la consternación, los editoriales de la prensa no tardaron en desplegar sus banderas de opinión. El diario pro-canovista La Época, como no podía ser de otra manera, se desvivía en elegías sobre un hombre que consideraban un símbolo viviente de la historia en curso. «Era ayer mismo cuando ese hombre llenaba todo», decían, subrayando que Cánovas no solo era un líder, sino una institución en sí mismo.

Por otro lado, El Liberal no podía contener su profunda protesta contra el crimen, lamentando la pérdida de una figura «por numerosos conceptos ilustre y merecedora de general admiración y respeto». En su tono, casi se podía sentir el latido de una nación herida, y una tácita admisión de que, aunque Cánovas era un hombre de la derecha, su asesinato trágico lo elevaba por encima de las divisiones políticas, consagrándolo a la inmortalidad. El Imparcial, en su fervor monárquico, se unía a la indignación generalizada, declarándolo un «duelo nacional» y pintando un cuadro sombrío de una sociedad en guerra contra los anarquistas, esos «monstruos engendrados por la envidia del bien ajeno».

Finalmente, La Correspondencia de España, en un tono más mesurado pero igualmente emotivo, rendía homenaje al «primer ciudadano que tenía España». Su dolor palpable y la exaltación de la restauración canovista no dejaban duda de que la herida en el tejido nacional tardaría en sanar. Así, mientras unos enarbolaban la bandera del duelo y otros clamaban por justicia, lo cierto es que el asesinato de Cánovas marcaba el fin de una era y el inicio de tiempos inciertos, dejando a España en un estado de reflexión profunda sobre su futuro y la sombra que se cernía sobre su estabilidad política.

Cánovas del Castillo había seguido el sino que antes que él padeció el general Prim, y no sería el último magnicidio de un jefe del Gobierno. En el siglo XX otros tres jefes de Gobierno tendrían el mismo destino fatal: José Canalejas, Eduardo Dato y Luis Carrero Blanco.

J. F. Lamata