6 enero 1967

Fue compañero de batalla tanto de Ben Bella como Bumedian en la lucha contra Francia, pero acabó enfrentado a ambos

Asesinado en España, Mohamed Jider, uno de los principales opositores a la dictadura comunista de Bumedian en Argelia

Hechos

El 3.01.1967 fue asesinado en Madrid Mohamed Jider, ex dirigente del FLN de Argelia.

04 Enero 1967

Mohamed Jider fue asesinado anoche frente a su domicilio

ABC (Director: Torcuato Luca de Tena y Brunet)

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Esa tormenta nacional norteafricana que ha conmovido la crónica del mundo durante tantos años parece encontrar a través de ciertos acontecimientos incalificables su prolongación o arreglo de cuentas sin fronteras. Igual que Ben Barh Barka desaparece en París sin dejar rastro, Mohamed Jider cae bajo las balas de una patrulla asesina en Madrid cerrando uno de los episodios más confusos de la última historia interior argelina.

Mohamed Jider era un hombre afable al cual los periodistas acreditados ante el FLN podían abordar en los últimos días de la resistencia con toda facilidad, una vez que fue liberado de las prisiones francesas. Con cincuenta y cuatro años de edad, este ‘jefe histórico de la rebelión – uno de los neuve que desencadenaron la sublevación antifrancesa –era quizá el hombre con mejores condiciones y preparación económica de todo el equipo del FLN y por eso recayeron en él los problemas graves de las finanzas argelinas, en el exilio primero y en Argel más tarde.

Pero como todos los miembros de la sublevación colegial, su reacción ante el comportamiento intolerable de Ben Bella le hizo enfrentarse con el falso líder que pretendía aprovecharse de la revolución para su exlusivo beneficio personal. La dirección ‘colegial’ del FLN en tiempos de guerra no podía, según el sentir de Jider y todos los demás miembros ‘históricos’ de la rebelión, encarnarse en un hombre como Ben Bella, sin prestigio personal suficiente para convertirse en el ‘Nasser’ de la liberación argelina.

Este choque entre Ben Bella y sus antiguos compañeros de prisión y de combate condujo a Jider a realizar la operación más espectacular y posiblemente penosa para el régimen de Ben Bella. Fugándose con once millones de dólares del Tesoro argelino, que Jider depositó escrupulosamente en un Banco Internacional, el antiguo financiero del FLN pretendió debilitar la posición del régimen Ben Bella en su costado más sensible.

Desde entonces, la subida al poder de Bumedian y la prisión de Ben Bella habían devuelto al polígono de fuerzas originales de la sublevación anticolonialista un sinceridad que Ben Bella había desmontado desde su ocupación del poder, tratando de personalizar la revolución había predicado. Quizá Jider habría encontrado el camino del regreso a su patria, a la que amaba apasionadamente, en un corto plazo de tiempo, y, desde luego, no parece lógico buscar a sus asesinos en ningún cuadro determinado de la vida política argelina puesto que sus relaciones con el actual Gobierno no tenían nada de malas. Luchas de influencias; recelos clandestinos o explosiones de sentimientos oscuros, la verdad es que la ‘manera’ como las fuerzas políticas del norte de África tratan de resolver sus problemas interiores utilizando la confianza que los países occidentales conceden a los extranjeros residentes, convierten en una difícil empresa el equilibrio de las naciones neutrales frente a las querellas intestinas norteafricanas, que tanto en el caso Ben Barka como en el caso Jider se han visto desbordadas por acciones subterráneas de servicios secretos o de bandas sin filtración pero con lamentable contundencia. La vida de cualquier hombre, huésped de un país es un depósito sagrado que la nación encargada de acogerle debe cuidar con extremada atención. El trágico noviembre de Ben Barka en París y el trágico enero de Jider en Madrid podrán tener orígenes diferentes, pero representan en ambos casos un abuso de confianza y de resucto  al país que albergaba el exilio de hombres llenos de virtudes, víctimas simules de ajustes de cuentas intestinas y un puro atropello a las reglas de la hospitalidad que debemos rectificar con toda urgencia. Nuestras calles, en ningún caso pueden convertirse en un matadero impune para cuestiones interiores norteafricanas, que según paree no tienen otro arreglo que el disparo. Y estas dos cuestiones, nuestra piedad por el asesinato y nuestra reclamación de condena para el asesino, son las dos conclusiones que debemos retener de esta abominable crimen perpetrado bajo la paz de un país acogedor y caritativo.

El Análisis

Los pistoleros de Bumedian

JF Lamata

El 3 de enero de 1967, las calles de Madrid se tiñeron de sangre argelina. Mohamed Jider, figura destacada del Frente de Liberación Nacional (FLN) y protagonista de la guerra de independencia, fue asesinado en la capital española en un crimen que, desde el primer momento, lleva la firma invisible —pero reconocible— de la policía secreta del coronel Houari Bumedian, actual dictador de Argelia.

Jider había sido uno de los rostros políticos de la Argelia insurgente y, tras la independencia, un alto cargo del nuevo Estado. Sin embargo, su relación con Ahmed Ben Bella, presidente hasta el golpe de 1965, se deterioró con rapidez. Desde el exilio, Jider se convirtió en crítico tanto del autoritarismo de Ben Bella como, después, del endurecimiento comunista impuesto por Bumedian. Para el Consejo Revolucionario, su voz era incómoda: cuestionaba la deriva prosoviética y denunciaba las purgas internas del FLN.

Su asesinato en territorio español se produce apenas año y medio después de que Bumedian encarcelara a Ben Bella y consolidara su poder. Todo apunta a que Argelia exporta sus guerras internas, eliminando opositores allí donde se refugien. Para el régimen de Argel, la desaparición de Jider borra a un enemigo con legitimidad histórica, pero para la historia del país queda la mancha de un Estado que no tolera la disidencia ni siquiera más allá de sus fronteras.

La Argelia independiente, que prometió libertad y dignidad a su pueblo, demuestra así que en sus pasillos de poder se prefiere el silencio del miedo al ruido de la oposición. Y que los fantasmas de la guerra no mueren con la independencia: a veces viajan en avión, cruzan fronteras y matan en nombre de una revolución que se ha convertido en dictadura.

J. F. Lamata