19 julio 1956

Los dictadores comunistas de la Europa del Este que gobernaron con un estilo similar al de Stalin ven ahora como caen en desgracia ante los nuevos vientos de la Unión Soviética

Cae el dictador comunista de Hungria, Matias Rakosi, víctima del proceso de ‘des-estalinización’ de Kruschef

Hechos

El 18.07.1956 Matias Rakosi renunció como Secretario General del Partido Socialista Obrero de Hungría alegando ‘motivos de salud’.

Lecturas

El 18.07.1956 Matias Rakosi renunció como Secretario General del Partido Socialista Obrero de Hungría, partido único, alegando ‘motivos de salud’. En el poder desde 1947, durante su etapa se produjo la purga a sus propios camaradas: Lazslo Rajk fue ejecutado acusado de ‘desviacionista‘ y el primer ministro Imre Nagy, expulsado de la política por reformista.

ERNO GERÖ, NUEVO DICTADOR

Erno_Gero El nuevo Secretario General del Partido Socialista Obrero de Hungría, el cargo que acapara todos los poderes en la República Popular de Hungría, será Erno Gerö, que durante años había seguido la misma política stalinista de Rakosi. El periodo de Gerö en el poder es conocido como «Interregno de Gerő» y durará hasta los sucesos de octubre de 1956.

19 Julio 1956

Caída de Togliatti y Rákosi

ABC (Director: Luis Calvo)

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Es lógico que las graves revelaciones hechas por Kruschef en el XX congreso del Partido Comunista soviético, o más claramente la desestalinización del movimiento haya tenido repercusión en los países cuyos partidos comunistas dependen de Moscú, aunque oficialmente hayan sido disueltos lo mismo el Komintern que el Kominform. Es lógico, decimos; pero en el fondo hubiera sido más natural aún que perdiesen su cargo los colaboradores, auxiliares y cómplices inmediatos de Stalin.

Palmiro Togliatti se permitió preguntar a los acusadores del tirano qué hacían mientras este vivía y con qué derecho piden responsabilidades a los jefes y jefecillos de otros países. Si los Kruschef fuesen sinceros contestarían llanamente que ellos tenían que defender su vida; mientras que los Togliatti, lejos del alcance de los esbirros de Stalin, sólo defendían sus privilegios. Hubieran podidio hablar claro y alto, pero preferían callarse o en realidad unir sus voces al coro de alabanzas.

Pero mientras que la caída del hábil maniobrero italiano no es todavía oficial, la de Matías Rákosi lo es. El secretario general del Partido Comunista húngaro quizá fue el más stalinista de todos los procónsules. Lingüista consumado (antiguo alumno de la Academia Oriental de Budapest) ciudadano soviético durante varios años, casado con mujer rusa, Rákosi era el hombre fuerte de Hungria; tanto que incluso después de las revelaciones de Kruschef disponía de poder suficiente para expulsar del partido – hace muy poco de esto – a su enemigo el ex presidente comunista, relativamente moderado Imre Nagy, y a dos publicistas que reclamaban ‘un poco más de libertad».

A pesar de la responsabilidad directa en la ejecución del ex ministro de Interior y Asuntos Exteriores, Ladislao Rajk – recientemente rehabilitado – consiguió echar la culpa sobre la policía secreta (lo mismo hizo Kruschef con Beria). Pero todo tiene un término y Rakosi ha tenido que dimitir «por razones de edad» (tiene 65 años) y salud quebrantada. Su hechura, Hagedus sigue siendo – por ahora – jefe del Gobierno y advierte a la gente que no debe forjarse excesivas ilusiones a consecuencia de la dimisión de Rákosi. Y añade que para sustituir al jefe ha sido recomendado Ernö (Ernesto) Gerö, que durante varios años ha seguido la misma política radical, y stalinista que Rákosi. Sie transit… dirá éste, que por cierto sabe latín.

25 Octubre 1981

El día en que Stalin fue derribado en Budapest

José Comas Vega

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El empleado Itsvan Tollas rememora aquella noche hace veinticinco años, el 23 de octubre de 1956, cuando «nuestra columna llegó a la plaza de Stalin y al mismo tiempo entraron por todas las esquinas tractores y camiones que traían gruesos cables de acero. Ante nosotros se elevaba, sobre un pedestal de unos treinta metros de ancho y quince de altura, la estatua de bronce de Stalin, de dieciséis metros». Sobre el pecho de Stalin alguien había puesto un enorme letrero que decía: «Ruso: cuando huyas, no olvides llevarme contigo». La empresa de arrancar la estatua del pedestal no fue fácil. Tollas recuerda la llegada de un camión con dos trabajadores jóvenes que traían unos sopletes de soldar y empezaron a cortar la estatua por los pies. Después volvieron a colocar los cables, y a las 21.35 horas (yo miré exactamente la hora en mi reloj) cayó la estatua de bronce de Stalin desde el pedestal al suelo, en medio del júbilo de la muchedumbre de unas cien mil personas».

El derribo de la estatua produjo en el empleado la sensación de que, «de repente, se debilitó la presión que durante tantos años pesaba obre nuestros corazones».

Desde aquella mañana del 23 de octubre, las calles de Budapest están llenas de manifestantes, en su mayoría estudiantes y trabajadores jóvenes, que gritan ¡Fuera rusos!, ¡Rakosi, al Danubio!, ¡Imre Nagy, al Gobierno!, ¡Todos los húngaros, con nosotros! La explosión de aquel día es la culminación de un proceso iniciado con la muerte de Stalin en la Unión Soviética.

Sandor Kopacsi, jefe de policía de Budapest durante la rebelión de 1956, después condenado a cadena perpetua y hoy exiliado en Canadá, recuerda que tres meses después de la muerte de Stalin, Matyas Rakosi, secretario general del Partido Comunista húngaro, acudió a Moscú, donde tuvo que afrontar a toda la dirección soviética en pleno. Nikita Jruschov le echó en cara: «Usted está diezmando al pueblo y comete un crimen tras otro. Si las cosas siguen así, la gente llegará con tridentes y le echarán del país».

En tono más suave, Malenkov dijo a Rakosi: «Usted es un viejo luchador y tiene que comprender la situación. Usted tiene que compartir el poder». Los soviéticos propusieron a Rakosi el nombre del viejo comunista Imre Nagy para primer ministro. Rakosi aceptó, pero dos años después pasó al contraataque y expulsó a Nagy del Comité Central, bajo la acusación de «partidario de Trotski y Bujarin».

La marcha de los tiempos trabaja en contra del estalinista Rakosi. En la Unión Soviética se denuncian los crímenes del estalinismo en el 20º congreso del partido comunista, se restablecen las relaciones con el hereje yugoslavo Tito, y en Polonia, tras la muerte del estalinista Bierut, en Moscú, y la revuelta popular de Poznan, llega al poder el comunista nacionalista Gomulka.

En Hungría, los intelectuales se reúnen en el Círculo Petofi, bautizado con el nombre del poeta nacional Sandor Petofi, que el año 1848 recitó ante el edificio del Museo Nacional el poema Arriba, magiares, la patria llama, con lo que desencadenó la rebelión popula contra la dinastía Habsburgo. El Círculo Petofi se convierte en el foco de la rebelión intelectual Cuando Rakosi, que había recuperado el poder pleno, quiere tomar medidas y efectuar detenciones masivas, el Buró Político no le si gue plenamente. El vicepresidente del Gobierno soviético, Anasta Mikoyan, irrumpe inesperadamente en la reunión del Buró Político del Partido Comunista húngaro y le obliga a dimitir. Rakosi se retira a un despacho y llama por teléfono al Kremlin. Jruschov le dice que el Politburó soviético «considera aconsejable que dimita».

Es el momento de Erno Gero un viejo funcionario del Komintern, veterano de la guerra civil española, en el fondo no menos estalinista que su predecesor Rakosi, pero que no puede detener ya el proceso en marcha.

El Análisis

Rakosi se va… pero el stalinismo se queda

JF Lamata

Hungría despide —por razones oficialmente médicas y extraoficialmente políticas— a Matias Rakosi, el autoproclamado “mejor discípulo de Stalin”, que tras años de purgas, represión y culto al líder, se traslada discretamente a Moscú, a curarse del mal más frecuente entre los viejos camaradas: la desestalinización. Rakosi deja como legado cárceles llenas, tumbas aún más llenas y un país exhausto de su puño de hierro.

¿Su sustituto? Erno Gerő, su fiel escudero y compañero de represiones, que promete continuidad sin entusiasmar a nadie. En Budapest no hay grandes celebraciones: todos saben que quitar a Rakosi para poner a Gerő es como cambiar de verdugo sin desatar las cuerdas. La pregunta ahora no es si el régimen cambiará, sino cuánto más podrá sostenerse disfrazando como renovación lo que no es más que una huida hacia adelante.

J. F. Lamata