3 junio 1947

El hasta ahora presidente húngaro, Ferene Nagy, abandona el país y se refugia en Suiza para evitar las purgas

Proclamada la dictadura comunista en Hungria con Matias Rakosi como dictador afín a la Unión Soviética

Hechos

El 5.06.1947 el presidente de Estados Unidos, Harry Truman, declaró a periodistas que consideraba lo ocurrido en Hungría como un ‘golpe de Estado’.

Lecturas

En noviembre de 1946 se había proclamado el comunismo en Bulgaria. 

Desde el 12 de junio de 1948 Matias Rakosi era el dictador de Hungría como secretario general del Partido Comunista de Hungría (PSOH) respaldado por el ejército de la Unión Soviética, que liberó el país de las tropas alemanas.

El 20 de agosto de 1949 se proclamó oficialmente la República Popular de Hungría, quedando fijada la dictadura comunista de partido único. Rakosi es el ‘hombre fuerte’ y Lazslo Rajk el número 2 como ministro de Interior primero y de Asuntos Exteriores después, hasta su depuración.

Una de las víctimas más populares de la represión estalinista de Rakosi será el cardenal Mindszenty. 

En diciembre de 1947 se proclamará el comunismo en Rumanía. 

01 Junio 1947

Nuevo gobierno en Hungria con preponderancia marxista

ABC (Director: Ramón Pastor)

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El golpe de fuerza comunista en Hungria presenta semejanza con aquel acto que llevó al Poder al racista Szalasi. Francisco Nagy puede ser comparado con Nicolás Kallay. Ambos se sometían hasta cierto punto a las realidades inevitables, aunque intentando conservar cierta libertad de criterio y de movimiento, mirando con alguna esperanza hacia las democracias occidentales. Los dos recurrían a la táctica que Stresemann llamaba ‘finassieren’, es decir, a la táctica de matices, habilidades y astucias. Había que aplacar el poderoso vecino aceptando y ejecutando su programa, hasta cierto grado. Gracias a este método, Hungria ha sido en dos épocas una isla semidemocrática en medio de un mar de totalitarismo.

Desgraciadamente en ambos casos llegó el momento en que el vecino cesó de tolerar la semi-independencia. Los alemanes impusieron la dimisión de Kallay y llevaron al Poder, primero a Szalojay; luego a su lugarteniente más caracterizado, a Szalasi. La nueva Hungria siguió fiel a la alianza alemana hasta el último momento, mientras que Rumanía se separó de ella a tiempo y de este modo logró recuperar la totalidad de Transilvania.

Ahora, con los rusos, ha ocurrido algo muy parecido: hay que prescindir de la voluntad de la mayoría si esta no se manifiesta favorable al sistema soviético, y para conseguirlo se emplea el cómodo método de los sucesivos complots. La única diferencia consiste en que Szalasi era el jefe de los nazis magiares, mientras que Rakosi cede la presidencia del Consejo a un miembro del partido de los pequeños terratenientes, claro está que a uno perteneciente al ala rusófila. De este modo el occidente no puede intervenir en la política interior de Hungria; aparentemente todo sigue igual, puesto que continúa la misma coalición gubernamental. Sólo que la influencia marxista a llegado a ser preponderante

El Análisis

HUNGRÍA ENTRA EN LA ÓRBITA SOVIÉTICA

JF Lamata

Con la consolidación del régimen comunista en Hungría en 1947 bajo el mando férreo de Mátyás Rákosi, Europa ve cómo se cierra otra puerta al pluralismo y se afianza un nuevo régimen autoritario bajo el dictado de Moscú. La Hungría que había sido aliada del Eje, con su siniestra etapa bajo Ferenc Szálasi y su partido Cruz Flechada, pareció tener una oportunidad de redención en la inmediata posguerra a través de una breve experiencia parlamentaria. Pero esa esperanza se ha evaporado. Con métodos de presión, manipulación electoral, intimidación a la oposición y purgas internas, Rákosi ha llevado al país, paso a paso, a convertirse en un satélite más del sistema soviético. Lo que Estados Unidos ha calificado con acierto como un “golpe comunista” no ha sido otra cosa que un asalto metódico al orden democrático.

Rákosi, discípulo obediente de Stalin y experto en la llamada “técnica del salami” (destruir a la oposición rebanada a rebanada), ha demostrado que la URSS no está dispuesta a tolerar espacios de libertad política en su zona de influencia. Como en Polonia con Bierut, en Bulgaria con Dimitrov o en Albania con Hoxha, se impone un modelo de poder único, leal a Moscú, intolerante con la disidencia y dispuesto a aplastar cualquier resquicio de autonomía nacional o religiosa. Y es aquí donde emerge un conflicto profundo: el del comunismo con la Iglesia. En países como Hungría o Polonia, con comunidades católicas significativas y jerarquías eclesiásticas con notable influencia social, los nuevos regímenes ven en Roma una amenaza. No aceptan una lealtad espiritual que cruce las fronteras del telón de acero. Para los comunistas, no hay sitio para ninguna obediencia que no sea a Moscú. Y por eso el clero empieza a ser acosado, vigilado, censurado y, en muchos casos, arrestado.

Occidente protesta, pero lo permite. Tras la Segunda Guerra Mundial parecen dispuestas a aceptar que la Europa del Este es zona de Stalin.

J. F. Lamata