1 junio 1956

Molotov fue aliado de Kruschev en el proceso de aniquilación de Beria

Cae el ministro de Exteriores de la URSS, Molotov, en el proceso de desestalinización impulsado por Kruschev

Hechos

  • El 1.06.1956 las agencias de noticias informaron de la dimisión de Vlaseslav Molotov como comisario (ministro) de Exteriores de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que fue reemplazado por Chepilov.

Lecturas

El cese se produce a los pocos meses del XX Congreso del PCUS, el congreso de la desestalinización. 

MARCADO POR UN PACTO

Stalin_Molotov  Molotov fue el encargado de firmar (en presencia de Stalin) el pacto, en 1939, con la Alemania de Hitler para la invasión de Polonia.

Un año después será expulsado del partido junto con Kaganovich, Malenkov y Molotov.

02 Junio 1956

El final de Mister Niet

LA VANGUARDIA (Director: Luis de Galinsoga)

Leer

La dimisión de Molotov y su consiguiente desaparición del primer plano de la escena política soviética estaba inscrita con absoluto rigor lógico en la línea de la desestalinización. En todos estilos.

Molotov representaba, en el terreno político interior, el más calificado miembro de la ‘vieja guardia’ del partido que había permanecido fiel a Stalin, y a quien Stalin había respetado siempre no sólo la vida sino la posición y le había mantenido la confianza inalterablemente. Personalmente, él, por su parte, se había conservado siempre fiel al ‘padre de los pueblos’. Durante el zarismo, en un momento de persecución, Molotov acogió en su casa al que había de llegar a ser dueño de todas las Rusias. De ahí nacería una amistad que nunca había de ser desmentida. Y los observadores occidentales que tuvieron ocasión de presenciar los funerales de Stalin, hicieron notar, ya entonces, que entre el grupo de los sucesores, sólo el rostro ¡tan impasible!, de Molotov, revelaba alguna emoción.

En la política exterior, por lo demás campo que había sido siempre el que Stalin le reservaba, representó admirablemente la política stalinista. Incomovible, inflexible, rígido, durísimo, con una violencia contenida, pero que se adivinaba terrible, incapaz de esbozar siquiera el principio de una verdadera negociación, encastillado en sus posiciones de intransigencia. De los americanos había merecido el sobrenombre de ‘Mr Niet’ (el señor No), que por cierto, se decía muy bien con el seudónimo con el que se le conocía universalmente: Molotov (martillo).

La política de la sonrisa era incluso físicamente imposible para este hombre a quien nunca se vio sonreir. No podía representar otra política que la que personificó de puertas afuera de la Unión Soviética: el stalinismo. Es decir, la guerra fría.

Por esto la desestalinización debía herirle de muerte necesariamente. En honor de un hombre tan profundamente antipático como es, debemos decir que no ha sido de los que han tirado piedras contra el ídolo que antes adoraron y bajamente adularon, como han hecho los demás miembros de la alta dirección del comunismo soviético. Esta fidelidad póstuma ha acabado de determinar el proceso de su caída.

Y, por lo demás, ya los hechos externos anunciaban los que la lógica venía indicando: en un periodo como el actual, de tan gran actividad internacional por parte de la Unión Soviética, el ministro titular de Asuntos Exteriores se mantenía en un segundo plano secundario. Extraordinario era, principalmente, que no acompañara a Bulganin en sus viajes al exterior.

El Análisis

El camarada Molotov se enfría

JF Lamata

Ha tardado, pero el brindis por el nuevo orden soviético ya ha salpicado al camarada Molotov. El eterno ministro de Exteriores —que firmó pactos con Hitler, discursos con Stalin y silencios con todos— ha sido apartado discretamente por Khrushchov, quien sigue deshojando el florido ramo del estalinismo con la delicadeza de quien también lo regó. Tras sobrevivir a purgas, guerras, cambios de gobierno y hasta al secuestro de su propia esposa Polina Zhemchuzhina por la policía secreta [estuvo retenida por la policía de Beria desde 1948 hasta 1953], Molotov cae ahora por el peor pecado en tiempos de desestalinización: haber sido demasiado leal a Stalin… y demasiado callado después.

Pese a haber ayudado a Khrushchov a defenestrar a Beria, Molotov nunca dejó de parecer un mueble de otro régimen, con la tapicería marcada por los juicios de Moscú, la firma del pacto germano-soviético y el rostro impasible ante cada crimen del padrecito. Su silencio era un idioma muerto en un Kremlin que ahora quiere gritar “renovación” sin pedir perdón. La URSS se sacude su historia a cabezazos, y Molotov, símbolo de esa gris continuidad, era ya una reliquia demasiado incómoda. Que no lo haya lamentado públicamente es coherente: lleva décadas sin decir una sola palabra que no se le haya ordenado.

J. F. Lamata