23 julio 1952

Alí Nagib será el nuevo presidente al frente de un comité revolucionario

Caída del último faraón de Egipto: El Rey Faruk es forzado a abdicar por un golpe de Estado que establece una dictadura militar

Hechos

El 23 de julio de 1952 fue depuesto el Rey Faruk de Egipto.

Lecturas

Entre últimas horas del 22 y 23 de julio de 1952 tropas al mando del Comité secreto de oficiales del ejército egipcio ocuparon los puntos estratégicos de El Cairo obligaron al rey Faruk a nombrar un gobierno militar presidido por el general Alí Nagib.

La situación, que viene a complicar la crisis de Oriente Medio tras los cruentos combates entre el ejército egipcio y las tropas coloniales británicas, quedó parcialmente clarificada esta tarde: el rey Faruk ha sido ‘invitado’ a trasladarse a Europa para una temporada de descanso.

La fórmula oculta apenas la abdicación de Faruk; los militares se aprestan a designar nuevo rey a su hijo Fuad, de 7 meses.

Ali Naguib durará en el poder hasta que su compañero Nasser lo deponga en 1954. 

El Análisis

Faruk cae, Egipto despierta

JF Lamata

Con su lujoso y exilio rumbo a Italia, el rey Faruk abandona no solo el trono de Egipto, sino también una era de decadencia, corrupción y humillación nacional. El golpe militar liderado por el general Muhammad Naguib (Ali Nagib en algunas transliteraciones) no solo ha puesto fin a la monarquía más longeva del mundo árabe, sino que ha canalizado un profundo hartazgo popular acumulado tras años de frivolidad palaciega, pobreza social y la desastrosa derrota frente a Israel en 1948, que terminó de hundir la legitimidad del llamado «último faraón».

Egipto, nación con una historia milenaria y un presente hasta ahora sometido a los intereses británicos, se encontraba al borde del colapso moral. La monarquía, aliada con oligarquías locales y distante de su propio pueblo, había perdido cualquier conexión con las demandas sociales de tierra, pan y soberanía. Los jóvenes oficiales que han encabezado esta revolución —entre ellos un nombre que empieza a destacarse, Gamal Abdel Nasser— han prometido limpiar las instituciones, terminar con la ocupación británica del canal de Suez y devolverle a Egipto un liderazgo que le corresponde por historia y población en el mundo árabe.

Ahora, el país observa con mezcla de esperanza y recelo. La caída de Faruk no garantiza una democracia ni un modelo claro de futuro. Pero sí es, al menos, el fin de una dinastía que confundió el trono con un diván dorado y la política con un juego cortesano. Egipto parece despertar, y con él podría empezar a redibujarse el mapa del mundo árabe. La monarquía ha caído. La dignidad, quizás, empieza a levantarse.

J. F. Lamata