9 julio 1952
La que fuera considerada como principal ficha de Stalin en Rumanía queda relegada dentro de los procesos internos de cada uno de los países del bloque del este
Purga en la Dictadura comunista de Rumanía: Gheorghiu Dej destituye y arresta a la ministra de exteriores Ana Pauker
Hechos
El 9.07.1952 Anna Pauker due destituida como ministra de Exteriores de Rumanía.
Lecturas
Ana Pauker es la cabeza de la dictadura comunista de Rumanía proclamada en 1947.
Se suma a otras purgas a comunistas judíos como la de Slanski en Checoslovaquia o la purga de médicos judíos en la Unión Soviética.
07 Agosto 1952
El punto flaco de Ana Pauker
El avispado lector sabe seguramente que Ana Pauker es ‘la ministro de Asuntos Exteriores’ del Gobierno comunista de Rumanía, que hace algún tiempo ha cesado en su cargo y ha caído en desgracia y perdido el favor del zar rojo de todas las Rusias.
Como ocurre con sus compañeros de partido, ha pasado de los halagos del Poder a la penumbra de un destino ignorado, que lo mismo puede ser Siberia que una celda de la Lubjianka de Moscú, que una desaparición misteriosa y definitiva del mundo de los vivos.
Ana Robinhson es una maestra de escuela judía, cuya inteligencia, sectarismo y ferocidad le hicieron escalar rápidamente los más altos puestos de mando del Politburo rumano, tan pronto el bolchevismo extendió su dominación siniestra en el desgraciado país balcánico.
Tan arpía como La Pasionaria y tan astuta como la Kollontai – la embajada de los soviets en Suecia – Ana mostró desde el primer momento su fanatismo, su crueldad y su falta de escrúpulos y de sensibilidad para el desempeño de cargos de responsabilidad del partido hasta el punto de disfrutar plenamente de la confianza del padrecito Stalin.
Mujerona fuerte, alta, de melena corta, más bien hombruna, de brazos membrudos y manos grandes – que se cerraban continuamente con el gesto crispado y amenazador, que es el saludo de cuantos militan en su sangriento ideario -, Ana tronitonante, fulminadora, iracunda en la tribuna, no carecía de cierta capacidad de sugestión maligna, con la que captaba adeptos que muchas veces sucumbían ante su poderosa seducción, emparejada con el selvático ardor de la propaganda exaltada.
Y así logró apresar entre las terribles tenazas de sus brazos y varios hombres, que unos fueron maridos y otros amantes, entre éstos nada menos que Maurice Thorez, el un día omnipotente jefe del comunismo francés, que hoy reside en Moscú, sometido a los ‘amorosos cuidados’ de los capitostes del Kremlin, para recuperar su quebrantada salud. De él tiene un hijo, así como otros dos de sus dos matrimonios legales; matrimonios que han sido liquidados, el primero, por divorcio, y el segundo, por defunción, pero por defunción ante el piquete de la ejecución de la cheka.
Porque una de las especialidades de esa hiena es la delación. Y su propio segundo esposo, el ingeniero Pauker, fue denunciado por la misma Ana como troskista, y fusilado inmediatamente. Sacrificó, pues, el cónyuge a la ideología, el amor, al partido; la felicidad matrimonial, al sanguinario rito bolchevique…
Sería curioso saber el concepto que este monstruo de mujer posee del amor, del matrimonio y de la felicidad conyugal…
Y, sin embargo, con parecer Ana tan poco femenina ha claudicado por una afición tan eminentemente femenina como son los ‘trapos’.
La delatora implacable, la comunista fanática, la furia del Averno rojo, la cruel arpía sin sentimientos, corazón ni entrañas tenía un punto flaco que parecía inadecuado en una hembra de su ralea: su debilidad por las modas de París. Y para hacerse con los últimos modelos manipulaba con la valija diplomática, gracias a la cual traficaba también en divisas, hasta el extremo de haber puesto a buen recaudo muchos millones para el momento en que, fatigada del paraíso soviético, se decidiera a ‘escoger la libertad’.
Aquella pantera que rugía en las Asambleas y que subyugaba a los hombres con su mirada y sus además felinos: aquella amazona arrolladora por su prestancia física y su personalidad – que inspiraba terror, frenesí y sumisión ciega – ; aquella magnetizadora de masas, que ante ellas se presentaba pobremente vestida como una proletaria, por la noche, en sus habitaciones íntimas lujosamente amuebladas, cenaba cual señorona o burquesaza, a base de caviar y champagne, con sus amigos y sus amantes, ataviada con las ‘toilettes’ más estupendas y constelada de joyas deslumbrantes. De día era una especie de heroína, de jornalera, de luchadora, de hija del pueblo, de epiléptica demagoga, dispuesta a redimir al obrero. De noche, una Margarita de Borgoña, que no necesitaba apuñalar a sus amantes y arrojarles desde la Torre de Nesle al Sena, porque para eso estaba la Gepeu, si se le antojaba hacerlos desaparecer.
Pero al ser descubierto el doble juego peligroso, éste ha terminado. Y Ana Pauker, sumida en la tiniebla de un destino desconocido e incierto – deportación, reclusión, tiro en la nunca, rapto misterioso – ha pasado a disfrutar ahora del título predilecto que Stalin adjudica a cuantos incurren en su enojo: «víbora lúbrica».
Y hay que reconocer que en el presente caso el calificativo se acomoda con bastante precisión a las condiciones de ‘la exministro de Asuntos Exteriores’ de la Rusia sovietizada.
El Análisis
Durante los años más oscuros del estalinismo en Europa del Este, pocos nombres concentraron tanto poder —y tanto miedo— como el de Ana Pauker. Ministra de Exteriores de Rumanía entre 1947 y 1952, era considerada no sólo la mujer más poderosa del país, sino uno de los rostros más visibles del comunismo en toda la región. Su cercanía con Moscú —se la llamaba incluso la “amiga personal de Stalin”— la convirtió en una figura temida y omnipresente, al punto que, aunque el dictador formal fuera Gheorghe Gheorghiu-Dej, el pueblo hablaba sin rodeos del “Gobierno de la Pauker”. Durante su mandato, se consolidó el régimen de partido único y se impulsaron las colectivizaciones y purgas con una brutalidad sin matices, sellando el destino de oponentes y disidentes, incluso dentro del propio partido, como los purgados Lucrețiu Pătrășcanu (encarcelado en espera de ejecución) o Iuliu Maniu.
La caída de Pauker el 9 de julio de 1952 sorprendió tanto por su rapidez como por su dureza. Fue destituida, encarcelada brevemente y expulsada del Partido Comunista, en lo que parece haber sido una hábil maniobra de Gheorghiu-Dej para eliminar a su rival más influyente. Aunque el movimiento no pudo haberse producido sin el aval de Moscú, sigue siendo enigmático por qué Stalin, tan cercano a ella, permitió su defenestración. Una explicación plausible radica en el creciente antisemitismo que contaminaba el Kremlin en los últimos años de Stalin, marcado por delirios de conspiraciones sionistas y la paranoia sobre los llamados “médicos judíos”. Ana Pauker, judía de origen, se volvió de pronto incómoda, no ya por su política, sino por lo que encarnaba en el imaginario estalinista: una élite supuestamente conspiradora, cuya caída debía servir de advertencia a otros.
Pese a que la muerte de Stalin en 1953 detuvo planes de purgas aún mayores, Pauker jamás fue rehabilitada, ni siquiera en tiempos de desestalinización. Su figura quedó como un símbolo paradójico: por un lado, el rostro visible del terror estalinista en Rumanía, implacable frente a enemigos reales o imaginarios; por otro, víctima ella misma de las mismas dinámicas de poder, purgas y traición que había ayudado a instaurar. Su legado es incómodo, complejo y, sobre todo, revelador de las crueles contradicciones del comunismo de obediencia moscovita: ningún dirigente estaba a salvo, ni siquiera quienes alguna vez caminaron junto a Stalin.
J. F. Lamata