3 diciembre 1952

Once dirigentes comunistas checoslovacos encabezados por los judíos Slansky y Clementis han sido eliminados

Purga stalinista en Checoslovaquia: El dictador comunista Gottwald manda a la horca a sus rivales internos dentro del partido: Rudolf Slansky y Vladimier Clementis

Hechos

El 3 de diciembre de 1952 fue ahorcado Rudolf Slansky y otras 10 personas en Checoslovaquia acusados de ‘traidores’.

Lecturas

El ex secretario general del Partido Comunista checoslovaco, el judío Rudolf Slansky, fue condenado a muerte junto con trece altos funcionarios del partido. La acusación se basaba, para occidente, en crímenes inventados así como en confesiones obtenidas por medio de torturas y extorsiones. Con este proceso, el dictador comunista de Checoslovaquia, Klement Gottwald, en el poder desde 1948, considerado como ‘el Stalin checo’ se ha librado de su rival Slansky, encarcelado en noviembre de 1951.

Los once condenados a muerte en los recientes procesos de Praga han sido ejecutados al amanecer. Entre ellos se contaban el ex secretario general del Partido Comunista checo y vicepresidente del gobierno, Rudolf Slansky y el ex ministro de Asuntos Exteriores, Vladimier Clementís.

El juicio contra Slansky, Clementís y otros antiguos dirigentes comunistas se abrió el 20 de noviembre último; se les acusa de conspiración para derrocar al gobierno comunista. La vista resultó sorprendente: los acusados no sólo admitieron todos los argumentos del fiscal, sino que se autoinculparon de los más increíbles crímenes y traiciones: «traidores y cómplices al servicio del fascismo, de potencias extranjeras capitalistas y de la Yugoslavia de Tito».

Pero la sorpresa llegó a su punto culminante cuando se supo que – según la instrucción oficial – había organizado personalmente el arresto de los demás acusados para reconocer que el mismo era el jefe de la conspiración fascista contra el comunismo.

Se da el caso de que todos los comunistas acusados eran judíos, dato que ha sido aprovechado por el fiscal para concluir que los reos habían actuado en estrecha relación con Israel.

Al parecer, los jueces no han vacilado en agitar banderas antisemitas, con tal de apoyar sólidamente su veredicto: once ‘conspiraciones’ fueron condenados a muerte y tres a cadena perpetua.

El juicio ha sido calificado de ‘grotesco’ por gran número de juristas.

No es la única purga que ha habido contra comunistas judíos. Ana Pauker fue depurada en Rumanía, y se investiga a médicos judíos en el Kremlin.

Klement Gottwald estará en el poder en Checoslovaquia hasta su muerte en 1953.

23 Noviembre 1952

La Farsa y sus protagonistas

LA VANGUARDIA (Director: Luis de Galinsoga)

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Ya sabemos ahora mucho respecto al mecanismo en que fundan sus grandes éxitos los fiscales soviéticos. Hay muchos testimonios vivos más acá del telón de acero que han pasado por las pruebas judiciales de la URSS y milagrosamente han podido luego contarlas. Generalmente sus relatos se refieren, empero, a la brutalidad física, a los horrores materiales que preceden al punto de maduración de un cuerpo hasta hacerlo apto para todas las claudicaciones, hasta la confesión automática de que no importa que errores o pecados.

Pero es Koestler ya muerto y bien al margen por cierto de su personal historia quien nos ha dejado con su genio literario en tensión la medida  exacta de la retorsión espiritual, del monstruoso proceso psicológico, metafísico, digamos, capaz de hacer de un hombre netero no sólo el reo de los extravíos que proclama la doctrina de los demás, sino el reo de sí mismo.

Cuando el camarada Rubachof, situado entre el cero y el infinito, terminó por decidirse por el cero, habían ya mediado todas las pruebas conducentes a la propia anulación. Ni siquiera su etapa final podía servir de punto de partida para una escuela de nuevos revolucionarios. La liquidación era total e inexorable. Una liquidación como nunca en la Historia se ha podido producir, porque los falsos mesías de la renovación subversiva cuando llegan al juicio han dejado de creer en sus congéneres y tampoco creen en sí mismos.

Esto explica mejor que nada, creemos, el hecho continuamente repetido de que el comunismo – y sus derivaciones – asuma periódicamente la faz de Saturno devorando a sus hijos. Como antes en Moscú, como anteayer en Budapest y en la misma Praga, como en la Varsovia situada bajo el signo del hierático Rokosowsky, como hoy de nuevo en la capital checoeslovaca, los hechos se repiten. Con distintos nombres, las personas son idénticas. Tal vez Rubachof, a pesar de sus claudicaciones, fue fiel a su destino hasta el fin. Mas no la Pauker; mas no Dimitrof; mas no tantos otros que abjuraron una y otra vez de sus convicciones para seguir en el apócrifo candelero. Así, de esta manera, Clementis y Slansky, protagonistas del proceso de Praga de estos días. Ni siquiera sus confesiones forzadas y su segura condena definitiva e irrevocable puede suscitar otro gesto de compasión que el de desearles el perdón de Dios. Como tránsfugas son mucho más que dos equivocados idealistas este par de perosnajes que el ‘tribunal popular’ sitúa hoy ante la última pirueta de su destino trágico.

Clementis, sombra roja de Masaryk

De Clementis trazábamos aquí hace algún tiempo, poco más o menos, esta silueta: Importante sujeto este eslovaco curtido en las lides de la agitación desde sus tiempos de alumno de la Facultad de Derecho de Praga. Siendo estudiante, en efecto, se había distinguido ya como fundador de la Unión de Universitarios Marxistas y como director de una revista, ‘La Masas’ cuyo título expresa sobradamente su orientación y contenido: pero sólo sus largas estancias en Francia e Inglaterra, su contacto con los círculos revolucionarios de estas naciones, le dieron el espaldarazo de comunista activo y la confianza del Komintern, al que representó con el nombre de Klamens cerca del Partido francés.

Con su ficha especial de activista en los burós moscovitas, Wladimiro recorrió luego la escala consabida: contrabandista en la guerra de España, agente rojo en Polonia antes de la guerra, campos de concentración en Francia, huída a Londres, enchufe en la BBC. El año 1944 – tenía entonces 42 – acompañó al presidente Benes a Moscú, donde ya se tramaba el hundimiento de la república ideológica y liberal de Masaryk y la consiguiente gottwalización de Checoeslovaquia, para lo cual  un paso en firme fue designar al avispado Clementis, subsecretario de Estado; es decir, una especie de sombra fría, hermética y vigilante de la política, tendente a maniobrar hacia Occidente tan pronto su desilusión respecto a Rusia se hizo absoluta, de Jan Masaryk. Sólo el suicidio pudo librar al ministro demócrata de la tenebrosa intervención de todos sus actos, públicos y privados, del ‘fiel colaborador’ que le había señalado el Kremlin.

La defenestración voluntaria con la que Masaryk puso fin a un vida de románticos sueños frustrados, instaló automáticamente a su segundón en el Palacio Czernin. Quizá el espíritu de sus lujosos salones renancentistas, saturados de una tradición diplomática muy acient régime, cuadjados de formas depuradas, cortesías y reverencias, influyó en el desviacionismo de Clementis. En fin de cuentas, un pasado familiar católico – Eslovaquia – el sentido reverencial de una niñez y una adolescencia imbricadas en la tradición de la mejor burguesía centroeuropea, pueden despertar súbitamente al conjuro de unos despachos, unos búcaros y unas estancias donde tanta política de compromiso había tenido sus escenarios.

El caso es que Wladimir Clementis comenzó a mostrar sinuosidades respecto a la línea de actuación exterior marcada por el Politburó. En la ONU, por ejemplo, se permitió afirmar que los sufrimientos de Checoeslovaquia, durante la guerra eran por lo menos iguales a los experimentados por Rusia y Alemania. Y ello después de que Stalin acababa de afirmar – política germanófila soviética en favor de la bolchevización de las cuatro zonas – que el pueblo alemán seguía en martirio al ruso.

La herejía si bien muy notad a se disimuló entonces porque Wladimir Clementis dirigía la comisión de su país en Lake Success. Incluso se le infundió confianza dejando ir a su esposa a Nueva York. Y con ella regresó a Praga, al aprecer cargado de los laureles ficticios que los satélites del Kremlin cosechan en los areópagos universales de Nueva York…

Pero había hablado demasiado. Probablemente con mayor verborrea en los pasillos de la sede de las Naciones Unidas que en el salón. Tal vez con encomio para el bravo Tito y para los tiempos en que el patrón Masaryk, por el secado propugnaba la política del libre discusión entre los pueblos… En fin, el hombre volvió al Palacio Czernin. Y ahora sabe ya que los mandatarios del número 1 no olvidan jamás. Ni perdonan…

Slansky, Tránsfuga cruel

Rudolf Slansky es un israelita que inició su vida adulta como ferroviario en Zilina, una ciudad del norte de Eslovaquia. Súbdito de Francisco José a la sazón, el joven Rudolf, que hablaba alemán o yiddish profesaba sentimientos germanóflos. Situado en el país de los sudetes, propugnaba activamente desde 1918 la incorporación del territorio y sus minoráis raciales al Reich, negando, claro está, todos los derechos austríacos y checos.

Separatista sudeste, separatista eslovaco, Slansky no hacía ascos ni a Hitler ni a Henlein, hasta que el Kremlin se declaró partidario de la política nacionalizadora y del derecho que los pueblos a disponer de sí mismo. Y he aquí que cuando Hitler ocupa el país y después Praga, el viejo nacionalista busca refugio en Moscú. Parece ser que en la capital rusa desempeñó cierto papel en el Komintern. Puede ser así: lo cierto es que volvió a Praga por una curiosa jugada del destino, en brazos de los cosacos de Vlassof.

Había llegado la hora de Slansky. Este germano-eslovaco, este feroz anticheco de 1918 y aun de 1933 se dedicó a limpiar el país de la casi totalidad de sus habitantes alemanes… El fue quien dirigió las expulsiones en el país de los sudetes, que tenía una tradición alemana de seis siglos; éxodo este que le valió una triste celebridad pues fue acompañado de dramas individuales inenarrables: millares y millares de personas (no precisamente responsables de la anexión de 1938) arrastrándose y muriendo de agotamiento por las carreteras, una ‘marcha del hambre’ que sólo gracias a la relativa proximidad de la frontera alemana fue algo menos trágica que aquella otra que partiendo de la Prusia oriental, por ejemplo tenía como meta de salvación el Oder.

También fue Slansky el responsable de los incontables cruces de frontera que se produjeron y siguen registrándose aun en el país de los suedetes en sentido inverso a la huída de 1933-1938 ante el régimen hitleriano. Porque los demócratas, después de pasar de Alemania a Checoeslovaquia, pasan ahora de Checoeslovaquia a Alemania… El éxodo de los Sudetes terminó hace ya tiempo: los que huyen ahora del régimen imperante son los chechos; a los ojos de quienes, ¡oh, ironía del destino!, Alemania se aparece hoy como la tierra de promisión.

Es de suponer que esta brillante ‘hoja de servicios’ no ha bastado… Slansky, acusado por los rusos de moderación (¡!), de titoismo, de desviacionismo y quien sabe si también de contactos subversivos con los ‘reaccionarios eslovacos’, se encuentra hoy, con otros de sus correligionarios, en el banquillo de los acusados, ante la horca. “Sic transit gloria mundi”…. Sucesivamente judío renegado, alemán, antialemán, ruso y antirruso, el eslovaco Slansky será una de las víctimas de la nueva purga.

El Moloch rojo sigue devorando a sus hijos. Como el proceso parece irreversible, ¿no podrá tocarle un día quizá al camarada Martillo [Molotov] o al camarada Beria o quien sabe si hasta al mismo número 1?

Barin

El Análisis

El Proceso de Praga: el devorador devorado

JF Lamata

El ahorcamiento de Rudolf Slánský y once de sus colaboradores, consumado el 3 de diciembre de 1952 en la prisión de Pankrac, ha supuesto uno de los episodios más sombríos del estalinismo en Europa del Este. Slánský no era un disidente ni un opositor: fue uno de los principales arquitectos del régimen comunista en Checoslovaquia, junto a su camarada y ahora verdugo, el presidente Klement Gottwald. Juntos diseñaron el golpe de Estado que, en 1948, transformó la democracia checoslovaca en una dictadura de partido único, aniquilaron a sus rivales políticos —como Jan Masaryk— y pusieron en marcha una brutal maquinaria represiva al servicio del modelo soviético. Que el propio Slánský acabara víctima de esa misma máquina que ayudó a forjar revela con precisión matemática la lógica circular y caníbal del terror estalinista.

El llamado “Proceso de Praga” fue una farsa judicial cuidadosamente escenificada: confesiones delirantes, acusaciones de pertenencia simultánea al trotskismo, al fascismo, al titoísmo y a conspiraciones imperialistas, todo narrado con una convicción tan forzada que no engañó a nadie. Slánský intentó suicidarse dos veces antes de su ejecución, símbolo de una caída tan abrupta como calculada. La justificación oficial fue la traición, pero el trasfondo es más turbio: ¿fue esta una maniobra de Gottwald para consolidar su poder personal y eliminar a su más temido rival? ¿O influyó la oleada de antisemitismo que, promovida desde el Kremlin, también había devorado a figuras como Ana Pauker en Rumanía o amenazaba a los médicos judíos en Moscú? Slánský era judío y, hasta hacía poco, protegido de Beria. El giro, por tanto, parece responder menos a una traición concreta que a una combinación de lucha interna por el poder, servilismo hacia Moscú y purgas con un innegable trasfondo racial.

Checoslovaquia no fue la única en experimentar este fenómeno, pero el proceso contra Slánský destaca por su crudeza y por la intensidad simbólica de ver cómo el verdugo se convierte en víctima. El estalinismo no tolera matices, ni biografías complejas, ni lealtades pasadas: solo obediencia absoluta hasta que el azar, o el miedo de otro, decida lo contrario. El asesinato judicial de Slánský es una advertencia para todos los regímenes que nacen de la represión: la violencia no es una herramienta de transición, es una espiral que, tarde o temprano, acaba devorando incluso a sus más leales artífices.

J. F. Lamata