14 enero 1953
Según el comunicado oficial, los médicos antes de ser ejecutados confesaron su culpabilidad
Stalin y Beria ‘purgan’ a la cúpula de médicos judíos del Kremlin asegurando que planeaban asesinar a los líderes de la URSS
Hechos
El 14 de enero de 1953 se hizo público en la prensa occidental el comunicado del PCUS informando de un complot de médicos ejecutados por haber intentado asesinar a Stalin.
Lecturas
El 14 de enero de 1953 se hizo público en la prensa occidental el comunicado del PCUS informando de un complot investigado por la policía secreta soviética, la NKVD de Beria mediante el que un grupo de médicos eran ajusticiados acusados de haber intentado asesinar a Stalin, el líder máximo del PCUS y, con ello, dictador supremo de la URSS.
LOS PRINCIPALES EJECUTADOS:
Los purgados principales son el Profesor M. S. Vovsi (terapeuta), profesor V. E. Vinogradof (terapeuta), profesor M. B. Kogan (terapeuta), profesor P. I. Egorof Kovel (terapeuta), profesor A. E. Faldman (otorrinolaringólogo), Y. G: Etinger (terapeuta), profesor A. M. Grinshtein (neuropatólogo) y G. I. Maimraf (terapeuta).
Se les acusa de ser los responsables de la muerte del fallecido dirigente comunista Zdanov y de planear la muerte de Stalin y otros dirigentes del PCUS.
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Stalin moriría por causas naturales unos meses después, en marzo de 1953.
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14 Enero 1953
El terror como instrumento de gobierno
Después de la inaudita noticia de la nueva gran ‘purga’ iniciada en la propia ‘patria del proletariado mundial, aparece ya claro, a los ojos del buen creyente comunista, que nada, absolutamente nada, queda limpio ni es seguro en el mundo por el que sueña. Ya la más negra traición hace su nido en las mismas inmediaciones del ‘padre de los pueblos’. Ya ni siquiera los que gozan del inmenso privilegio de verle de cerca, de auscultarle el corazón o los pulmones, de analizarle la sangre, están libres de la ponzoña imperialista y burguesa cuyos tentáculos llegan a lo más hondo del saneta sanctorum comunista. En verdad que el comunista de buena fe debe echar inquietas miradas a su alrededor preguntándose, a cada momento, ¿cuál será ahora el traidor? Y el comunista por mala fe u ocasión debe preguntarse, ¿qué línea seguiré, qué conducta adoptaré para no separarme de la voluntad momentánea del gran jefe, o para ser amigo de los que la representan y enemigo acérrimo de los que de ella se separan?
La entrada a saco de la acción devastadora o depuradora en el cuerpo médico soviético – empezando por los propios regentes de la clínica del Kremlin – habrá producido en todo el país una oleada de inmenso pánico entre los profesionales de la Medicina. Porque es seguro que estas ‘purgas’ comunistas no se limitan a la cúspide, de cuyos avatares se entera finalmente todo el mundo; deben transmitirse, como la ondas concéntricas producidas por una piedra en un estanque, hasta los últimos rincones del inmenso territorio y de la gigantesca administración soviética, produciendo angustias de muerte, intrigas inextricables y maniobras de toda índole entre millones de personas. En verdad que el pueblo ruso es bien desgraciado, porque han dado con un régimen que tiene el terror como instrumento principal de gobierno. Un terror que, en virtud del totalitarismo del Estado, se refleja en esferas de la vid humana insospechadas para el intervencionismo del más acusado de los tiranos de otros tiempos. Un terror, también, al que los progresos técnicos modernos dan un poder de escrudiñamiento, de vigilancia y de dominio como no hubiera podido soñar el más sádico de los déspotas de la leyenda.
Se trata de un terror, además, cuyo crecimiento se hace en progresión geométrica. Ello es una necesidad lógica; casi una necesidad física. El terror, por un lado, en efecto, aumenta la sumisión hija del pánico. Pero, por otro lado, aumenta la confusión en los sectores amenazados, y, con la confusión, la desorientación, la vacilación, las posibilidades de equivocarse. Ambas cosas – aumento de la sumisión externa y pánico interno – llaman, cada vez con mayor fuerza, a nuevo y redoblado terror. Así, este temible instrumento de gobierno acaba por convertirse en el principal de todos. Y, poco a poco, su espíritu, sus órganos y sus agentes van adquiriendo la preeminencia absoluta en el país.
Ninguna persona de sano criterio puede atribuir verosimilitud a la fabulosa historia rocambolesca de los médicos soviéticos. Porque basta una pregunta, si hiciera falta, para anular el cuento: ¿Por qué no han matado a Stalin? Pero tampoco resulta fácil averiguar el motivo que ha llevado a los dictadores rusos a iniciar este proceso, que es uno de los más sensacionales de cuantos han nacido de la manía depuradora. El hecho de ser judíos seis de los nueve detenidos da pie a ciertos comentarios para suponer que estamos ante un nuevo paso delante de la ola de antisemitismo iniciada con los procesos de Praga. Y que está ola tiene por objeto principal atraerse la simpatía de los países árabes y suprimir a los más encarnizados enemigos de Alemania en el interior del bloque soviético.
En todo caso, el asunto solamente acaba de empezar. Así lo comprueba un comentario de Izvestia al advertir que ‘esto no es más que el principio, que los agentes extranjeros siguen buscando puntos débiles y vulnerables entre ciertos estratos intelectuales vacilantes, y que cierto número de órganos soviéticos han perdido la vigilancia y caído presa de la indolencia’. Alusión ésta, a ‘ciertos estratos intelectuales’ indicadora, al parecer, de que la nueva ‘inteligencia rusa’ no puede menos que sentir inquietudes que el régimen no encuentra de su gusto.
El Análisis
La acusación pública, en enero de 1953, de un supuesto “complot de médicos” judíos para asesinar a Stalin y a varios miembros del Politburó ha marcado uno de los episodios más delirantes y siniestros del estalinismo en su fase terminal. Los médicos —entre ellos figuras eminentes como el profesor Vinogradof o el terapeuta Vovsi— fueron arrestados y acusados de haber provocado la muerte de líderes soviéticos como Andrei Zhdánov, y de planear el envenenamiento del propio Stalin. La evidencia, como en tantas otras purgas, brillaba por su ausencia. La acusación era una amalgama grotesca de paranoia política, antisemitismo rampante y afán por purgar incluso a quienes ocupaban las esferas científicas y médicas del régimen.
El proceso, lanzado con fanfarria en la prensa oficial, parecía un preludio de algo mayor: se especulaba con una inminente ola de deportaciones masivas de judíos soviéticos, y algunos temían la preparación de un gran “juicio espectáculo” similar al de Praga. Esta campaña se insertaba en una tendencia creciente de antisemitismo político disfrazado de «antisionismo», que había salpicado previamente a figuras como Rudolf Slánský en Checoslovaquia o Ana Pauker en Rumanía. La propaganda presentaba a los médicos como agentes del imperialismo y del sionismo internacional, en línea con la conspiranoia global que Stalin cultivaba como antídoto contra cualquier forma de autonomía o pensamiento crítico, incluso en las filas más leales del aparato.
Sin embargo, el terror no tuvo tiempo de completar su recorrido: apenas dos meses después de estallar el caso, Stalin moría. Su muerte paralizó el proceso y los médicos fueron liberados y exonerados, aunque muchos habían sufrido torturas y alguno no sobrevivió a la detención. Aquella infamia fue el último acto de un régimen cuyo combustible fue el miedo, y cuyo líder nunca dejó de ver enemigos imaginarios en cada rincón del Estado que él mismo había moldeado. El “complot de los médicos” no fue una anomalía, sino la culminación lógica de un sistema donde el poder absoluto solo se sostenía a través del sacrificio ritual y periódico de sus propias piezas.
J. F. Lamata