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El periódico del Grupo16 recuerda crímenes del ex presidente cometidos en Málaga tras la guerra civil

Carlos Arias Navarro (AP) se querella contra DIARIO16, su director Miguel Ángel Aguilar y Cuco Cerecedo por llamarle ‘carnicerito’

HECHOS

El artículo ‘Carlos Arias, Carnicerito de Málaga’ publicado por DIARIO16 el 19.05.1977 causó que D. Carlos Arias Navarro se querellara contra el autor del artículo D. Francisco ‘Cuco’ Cerecedo y contra el director del diario D. Miguel Ángel Aguilar.

19 Mayo 1977

CARLOS ARIAS, 'CARNICERITO DE MÁLAGA'

Francisco Cerecedo

Carlos Arias Navarro, ‘Carnicerito de Málaga’: Madrid, 1908, Torero, al mismo tiempo duro y lacrimógeno, que se emociona fácilmente con las adversidades de la fiesta, en especial cuando es televisada en directo. A pesar de haber nacido en Madrid se inició como novillero en Málaga, en 1939, destacando rápidamente en el manejo de la espada, suerte en la que adquirió tan dilatada notoriedad que, en un tiempo récord, tomó la alternativa como matador, superando la feroz competencia existente en el ruedo ibérico en aquellos momentos. El historiador de las hazañas hispanas. Gabriel Jackson, no ha podido menos de reconocer doblemente que los fastos de la plaza de Málaga, en 1939, podían competir sin desdoro con los de la plaza de toros de Badajoz, que obtuvieron más éxito de crítica.

A partir de aquella época, arrastrado por su enorme afición, Carlos Arias no dejó de estar presente en la tragedia multicolor de la fiesta durante más de treinta y siete años. Como primera medida, nada más llegar a Madrid, en 1957, encontró alojamiento cerca de la taurina calle de la Victoria, en un viejo caserón de la Puerta del Sol, donde permanecería ocho años. Mucha nostalgia debió haber sentido ‘Carnicerito de Málaga’ de los años pasados en aquella castiza zona de la capital, por donde desfilaron tantos españoles, porque, alejado por los avatares de la vida, y ya situado, no vaciló en regresar en cuanto pudo, en 1973, a los extrañables muros.

No le iba a durar mucho la alegria. Meses más tarde, triunfador en la importante feria de El Pardo, tras la vacante producida por la muerte violenta de ‘El Almirante’ se convierte en cabeza de cartel y traslada su domicilio a Castellana 3, desde donde emprendería una decisiva labor para el auge de la fiesta nacional. Hay que subrayar entre otras, la audaz medida, asombro de propios y extraños, destinada a propagar las corridas entre extranjeros, tomada el 10 de febrero de 1976, abaratando enormemente las entradas de los toros mediante la oportuna devaluación de la peseta.

Simultáneamente, con plena conciencia del papel que desempeña la crítica, no vaciló en realizar economías, limando  el presupuesto para instalar una red electrónica que le permitiera conocer, sin coacciones, las opinioes de su cuadrilla sobre sus actuaciones más soñadas en los cosos. Tampoco debe ser olvidado que, desde diciembre de 1973 hasta julio de 1976, periodo en el que mandó en los ruedos, revitalizó la fiesta nacional con una inyección de 350.000 parados que, libres de preocupaciones laborales pudieron ocupar sin vanas excusas sus puestos en los tendidos. Equivocado o no, ha demostrado su amor a la fiesta.

Dentro de la religiosidad natural de todos los diestros con su cortejo de macarenas, escapularios, medallas y capillas portátiles. Carlos Arias Navarro se ha distinguidoo de sus compañeros de terna, con piadosa originalidad, por su devoción a lo que llama ‘la lucecita de El Pardo’, que recomienda a los españoles para ser reconfortados instan´taneamente en los momentos de desfallecimiento. La Iglesia, con su tradicional prudencia, todavía no se ha pronunciado al respecto.

Tras una retirada de diez meses, Carlos Arias acaba de reaparecer en los ruedos después de haberle perdido la almohada para meditarlo al ‘Niño dde Referéndum’. Jamás torero alguno ha mantenido propósitos tan elevados: ‘Vuelvo porque estamos dando el ridíulo ante el mundo’ Y luego ha añadido: ‘Y por amor a España y en servicio del Rey’. Y con riesgo de que se marchiten sus geranios de Aravaca. Se ignora si volverá con los antiguos peones, Gabriel Cisneros, Luis Jáudenes y Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona, que un día quedaran deslumbrados por aquel pase de adorno denominado ‘el espíritu del 12 de febrero’.

Carlos Arias llega de nuevo con la convicción de que los valores de la fiesta nacional se hallan en peligro los toros vascos, catalanes y gallegos se caen continuamente y ya no aguantan los tres puyazos reglamentarios de goma ni una banderillas de humo, tampoco se respetan los principios fundamentales del toreo y las gentes arrojan urnas a los ruedos. Se hace necesario restaurar la olvidaba suerte suprema. Lamentablemente, la afición, interesada en nuevas figuras, no le hace demasiado caso.

Francisco Cerecedo

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