17 junio 1923
Oficializada la nueva denominación del país como Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Culmina la Guerra Civil en Rusia: El Ejército Rojo de Lenin y Trostsky se impone a ‘los blancos’ tras 6 millones de muertos
Hechos
El 17.06.1923 terminó definitivamente la Guerra Civil en Rusia con triunfo para el Consejo de los Comisarios del Pueblo, nuevo órgano de gobierno del país que pasaba a definirse como Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Lecturas
Desde el mismo momento de tomar el poder en Rusia, con la revolución de octubre de 1917, los comunistas tuvieron que enfrentarse a una guerra civil sin cuartel contra los contrarrevolucionarios que duraría hasta 1920, aunque en algunas zonas del país permanecerían los combates hasta 1923.
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EL GANADOR DE LA GUERRA: EL EJÉRCITO ROJO
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LOS PERDEDORES:
Los «blancos» tenían en sus filas a Socialrevolucionarios, Mencheviques, kosacas y monárquicos (con lo original que suponía ver a partidarios del zar Nicolás II y de Kerenski ahora en el mismo bando). Los ‘blancos’ recibieron apoyo internacional de países como Reino Unido, Francia, Japón, Checoslovaquia y Estados Unidos, pero todo fue inútil.
El siguiente paso tras ganar la Guerra Civil será crear la Unión Soviética.
El Análisis
Tras años de sangre, hambre y terror, la Guerra Civil rusa concluye con la victoria del Ejército Rojo y la consolidación definitiva del poder comunista. Millones de muertos jalonan el camino de este conflicto brutal, en el que no hubo campos de batalla convencionales, sino un país entero sumido en la anarquía, la represión y la violencia fratricida. Bajo el mando férreo de León Trotsky, los bolcheviques no solo organizaron un ejército disciplinado, sino que impusieron una lógica implacable: quien no estaba con ellos, estaba contra la revolución.
El llamado Ejército Blanco, por su parte, nunca llegó a ser una fuerza cohesionada. Monárquicos que añoraban el zarismo combatían junto a liberales que soñaban con una república parlamentaria; nacionalistas regionales desconfiaban de los generales imperiales; socialistas moderados que habían sido aliados del gobierno provisional en 1917 no lograban entender cómo se habían convertido en enemigos del nuevo poder soviético. Contaron incluso con el apoyo militar de potencias extranjeras —Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Japón— que intervinieron buscando frenar el contagio revolucionario. Pero esa intervención, lejos de ayudar, permitió a los bolcheviques presentarse como defensores de la patria frente al invasor y traidores internos.
La victoria comunista no solo supuso el fin del zarismo y de sus nostalgias, sino también de cualquier alternativa democrática o pluralista en Rusia. La revolución roja se consolidó como una dictadura de partido único, sostenida por la represión organizada. Nació la Cheka, la policía secreta encargada de extirpar todo atisbo de disidencia, preludio del NKVD y del futuro KGB. Así terminó la guerra civil: no con la reconciliación de un pueblo desgarrado, sino con el silencio impuesto por el terror. Rusia no solo eligió a sus vencedores, eligió su futuro: un régimen comunista, ideológicamente compacto, despiadado en su método y decidido a moldear a la fuerza un nuevo orden. El precio de la victoria roja fue el entierro definitivo de la revolución democrática de febrero y la sumisión de toda una nación a la voluntad de un solo partido.
J. F. Lamata