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Forcadell: "¡Sólo hay dos opciones o la independencia o desapareceremos como pueblo!"

Diada catalana 2013: ‘La cadena humana’ organizada por la ANC convierte la fiesta en un acto sólo para independentistas

HECHOS

El 11.09.2013 se celebró la Diada en Catalunya con la ‘Vía Catalana’ organizada por la ANC.

LOS AGITADORES DE LA INDEPENDENCIA

 Dña. Carme Forcadell, presidenta del lobby independentista Asamblea Nacional Catalana, ha sido la convocante del acto un lema claro: «O independencia o Catalunya desaparecerá como pueblo».

 Dña. Muriel Casals, presidenta del lobby de difusión de cultura catalana Ómnium Cultural también ha respaldado convertir la Diada en una reivindicación independentista.

 


13 Septiembre 2013

En efecto, Rajoy no puede permanecer de brazos cruzados

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

SIN LA menor falta de pudor, la Generalitat que preside Artur Mas puso ayer todas las instituciones catalanas al servicio del independentismo. Los mossos d’Escuadra, TV3, los ayuntamientos gobernados por ERC y CiU, las autovías y el transporte público se convirtieron en instrumento de propaganda de un nacionalismo que identifica Cataluña con sus propios intereses.

La cadena humana que enlazaba la ribera del Ebro con la frontera pirenaica fue un gran acto de exaltación de un nacionalismo fanático que, en perjuicio de los ciudadanos de esa comunidad, recurre a los métodos del totalitarismo para avanzar hacia una independencia que se sustenta en un permanente victimismo y en la presentación de España como una nación opresora. Ese fue el discurso de Carme Forcadell, presidenta de la Asamblea Nacional de Cataluña, que afirmó que la única alternativa era elegir entre «la independencia o la desaparición». No se puede ser más reduccionista de la condición humana.

Como subrayamos en nuestra portada, el nacionalismo encadenó a los ciudadanos catalanes a unos mitos y una deriva que pueden conducir a una confrontación civil si quien puede impedirlo lo permite. Francesc Homs, mano derecha de Artur Mas, aseguró que «Rajoy ya no puede seguir de brazos cruzados» tras esta movilización. Efectivamente, estamos totalmente de acuerdo por una vez con sus palabras: Rajoy no debe permitir que se vuelva a repetir lo que sucedió ayer en Cataluña, que supone un desafío a la legalidad y una ofensa a todos los españoles. Como tampoco puede dejar impunes los actos de los grupúsculos extremistas que quemaron la bandera española y fotos del Rey en Barcelona o la salvaje e intolerable agresión ultraderechista a la librería Blanquerna en Madrid, exponente de la cultura catalana, que será utilizada sin duda para engrosar el memorial nacionalista de agravios.

La bola de nieve que está creciendo en Cataluña sólo se puede explicar por la dejación de responsabilidades del Gobierno de la nación, que ni con Zapatero ni con Rajoy ha hecho nada para que se cumplan las sentencias de los tribunales ni las leyes en materia de lengua, educación y símbolos, conculcadas sistemáticamente por la Generalitat. En lugar de dar una respuesta de firmeza a la política de hechos consumados del independentismo catalán, Rajoy está cometiendo el error de avenirse a una negociación secreta con Artur Mas, a seguir financiando la destrucción del Estado español y a mantener la ficción de que los nacionalistas son interlocutores respetables con los que se puede dialogar.

Vargas Llosa estuvo ayer acertadísimo al recordar las catástrofes que ha provocado el nacionalismo en el siglo XX y al afirmar que la civilización se basa en superar ese tribalismo que encarna y defiende Artur Mas para lograr su supervivencia política.

Es verdad que el PP, el PSC, Ciutadans y Unió no se sumaron ayer a esta cadena humana y que hay que relativizar su representatividad en el conjunto de la población de Cataluña. Pero sería un error minusvalorar la magnitud de un desafío que está creciendo en esa comunidad contra el Estado con los medios del Estado y que exige firmeza para acabar con la impunidad con la que actúan Artur Mas y sus cómplices separatistas.

Ojalá llegáramos a ser testigos algún día de «una Diada para todos», como propone Albert Rivera, lo que conecta con el espíritu de Luther King, que representa lo contrario de lo que hicieron ayer quienes participaron en este acto independentista.

12 Septiembre 2013

La hora de la política

José Antich

UNA cadena humana desde El Pertús hasta Alcanar, que recorrió más de 400 kilómetros de norte a sur y que atravesó hasta 86 municipios de Catalunya, convirtiéndose en muchas poblaciones en riadas de gente que acompañaba a los cientos de miles de personas que entrelazaron sus manos a las 17.14 horas, es el resumen de la Diada del 2013. Es poco discutible el éxito de los convocantes, que cubrieron con creces sus expectativas bajo el lema «Via Catalana a la Independència». Así hay que reconocerlo, y felicitarse, una vez más, de la expresión de civismo que manifestaron todos los que salieron a la calle para participar en la Via Catalana. El objetivo era llamar la atención internacional con una gran respuesta ciudadana que sirva de impulso a la consulta que reclama una amplia mayoría de la sociedad catalana. Así fue también el año pasado y después de doce meses, y aunque haya habido por medio unas elecciones en Catalunya, la respuesta del Gobierno español ha sido insuficiente. Demasiado pobre para un conflicto que no amainará con el tiempo ni con la ansiada recuperación económica. En la ciudadanía ha calado con tanta fuerza la petición de una consulta que es impensable que desaparezca del horizonte político. Lo decíamos en nuestro editorial del domingo y lo hemos apuntado en otras ocasiones: hay que abrir una fase de diálogo profundo que desemboque en un acuerdo político. Si no se hace así no se podrá encontrar una salida. Esa es la cruda realidad. El Gobierno de Mariano Rajoy no debería aparcar un año más un problema que no hace más que crecer y que ha abierto una grave crisis institucional. Ayer era la hora de la ciudadanía, pero hoy vuelve a ser la hora de la política. De tener altura de miras y encarar con generosidad y audacia una solución.

14 Septiembre 2013

Visto lo visto... ¡qué error!

Juan Carlos Rodríguez Ibarra

En España asistimos a una situación insólita que nunca habíamos tenido en la historia. Hablo de un ataque al sistema democrático desde dentro del sistema democrático

Pasó la Diada, la fiesta de la Comunidad Autónoma catalana. Algo tendrá el agua cuando la bendicen. Las dieciséis Comunidades restantes y las dos Ciudades Autónomas también tienen una conmemoración anual en el día de su región, pero ninguna de ellas merece la atención mediática que se dispensa a Cataluña. Cinco o seis páginas de los medios de comunicación escritos y varios minutos de telediarios, además de los múltiples comentarios, acreditan que estamos ante una realidad diferente cuando se trata de Cataluña.

Tres días antes se celebró el Día de Extremadura y ni comparación. En el discurso institucional del presidente extremeño hubo algunas interrupciones por las protestas de algún grupo insatisfecho por la realidad laboral extremeña, pero no actuaron salvaje y violentamente como los energúmenos que, al grito de “Cataluña es España”, irrumpieron en la delegación madrileña de la Generalitat de Cataluña, agrediendo a algunos diputados que allí estaban. Esos fachas hicieron ese día más independentistas que toda la cadena humana del día 11. Igual que los que quemaron banderas españolas y retratos de El Rey, aumentaron el número de nacionalistas radicales españoles.

Ante esa realidad, no se puede negar que estamos ante un grave problema. En España asistimos a una situación insólita que nunca habíamos tenido en la historia. Hablo de un ataque al sistema democrático desde dentro del sistema democrático. En Alemania, Hitler se cargó el Estado democrático y el derecho alemán desde dentro del sistema. No entró en el Parlamento con metralletas y el ejército y se cargó la libertad, al estilo de los golpes de Estado o pronunciamientos militares ocurridos a lo largo de nuestra desgraciada y corta historia democrática. Es la democracia la que le dio a Hitler plenos poderes para convertir un Estado libre y democrático en un Estado nazi. Fue el parlamento el que le apoyó, fue el pueblo el que aplaudió.

En Italia, pasó algo parecido con Mussolini. Marcha sobre Roma de los camisas negras, el Rey se asusta, plenos poderes a Mussolini y, como primer ministro, se carga la democracia desde dentro de la democracia. En Austria, un referéndum fantasma y fraudulento permite la anexión a Alemania. La historia de Europa está llena en ese tiempo de casos en los que la democracia desaparece, atacada desde dentro de la democracia. Como consecuencia de eso, Segunda Guerra Mundial y 60 millones de muertos. Los europeos aprendieron la lección y dijeron “nunca más”. Crearon el Mercado Común, hoy la Unión Europea y, afortunadamente, nunca más.

Ahora, los españoles nos encontramos con un ataque al Estado desde dentro del Estado y no tenemos respuesta. No sabemos qué decir. No sabemos qué hacer. Y deberíamos intentar articular un discurso y una respuesta que pudiera dar seguridad y tranquilidad a todos los ciudadanos. Conviene que se tenga claro y se tome en serio. Tenemos poca experiencia en reformas constitucionales y algunos pueden pensar alegremente que saltándose las leyes y los procedimientos, aunque sea sin violencia física y con cadenas humanas, no se producirán consecuencias graves para nuestra convivencia.

Cada vez que digo algo de Cataluña me insultan llamándome bellotari, nacionalista español, facha y no sé cuántas cosas más. Yo no soy ni nacionalista español ni centralista, por razones que se comprenden fácilmente a poco que se estudie la historia de España desde el siglo XIX hasta nuestros días. Un extremeño no le debe nada al nacionalismo español, entre otras cosas, porque su territorio y sus gentes han sido víctimas del proteccionismo de ese nacionalismo del que se beneficiaron, entre otros, la industria textil catalana, el cereal castellano y la siderurgia vasca. En su libro Hacia una comprensión de la dictadura de Primo de Rivera, Ben-Ami escribe:

Como en Italia, donde Mussolini encontraba su soporte más sólido entre los industriales y los terratenientes, en España fue el horror al desorden y a la anarquía lo que arrojó a la alta burguesía catalana en los brazos de Primo de Rivera; hasta el punto de que puede considerarse ese grupo social como responsable del golpe de Estado, por haber creado una atmósfera de histeria en torno al terror proletario en la región y por manifestar su disposición a apoyar un defensor de la paz y del orden, tal como ellos lo entendían. Parece que algunos de sus principales líderes tuvieron conocimiento previo del pronunciamiento. Y, cuando éste tuvo lugar, Cambó -el líder de la Lliga Regionalista-, no dudó en exclamar que aquel era el único dulce que había podido paladear en un año amargo. Puig i Cadafalc lo corroboró al afirmar que, entre un golpe ilegal y los políticos corrompidos del sistema liberal hasta entonces vigente, la Lliga, prefería el primero.

El mismo autor sigue diciendo: La euforia con que las Cámaras de Comercio e Industria de Cataluña dieron la bienvenida al dictador fue ampliamente recompensada con «paz social» y con los aranceles más altos de Europa.

Para marcar una diferencia importante de sensibilidades diré que para un nacionalista la historia relevante es la de los conflictos centro-periferia que han tenido como escenario el suelo peninsular; mientras, para un progresista español lo importante son las luchas que han permitido la emancipación de los ciudadanos. En los planteamientos reformistas, el Estado es la clave de la transformación y de la nivelación social y económica de los ciudadanos. Por eso, muchos de los que nos consideramos ciudadanos de izquierdas tenemos tantos problemas a la hora de comprender cualquier deslegitimación, no de la España en abstracto y patriotera, sino de la España actual, democrática, constitucional, plural, diversa y descentralizada, donde por primera vez la izquierda y los progresistas pueden plantear y llevar adelante un proyecto político de igualdad, libertad y solidaridad para todos y entre todos.

Por eso resulta tan lamentable que en las dos únicas ocasiones en que los demócratas progresistas españoles hemos podido gozar de libertad plena para tratar de ganar la confianza de los ciudadanos y acceder al gobierno de España para seguir ampliando los derechos y la libertad, desde Cataluña se pongan palos en la rueda de esa posibilidad, abierta desde la Constitución de 1978, poniendo en peligro la convivencia y la libertad de este instrumento llamado España, como ya ocurrió en octubre de 1934 con la proclamación unilateral del Estado catalán y desde 2012 con el pronunciamiento del gobierno de la Generalidad de Cataluña.

¿Quién nos engañaba cuando, en los años 60 y 70 del siglo pasado, gritábamos en los conciertos de Lluís Llach, de Raimon, de María del Mar Bonet o de Serrat, aquello de «Libertad, Amnistía y Estatuto de Autonomía»? Los etarras que salieron de las cárceles españolas no querían libertad sino sangre. Nos equivocamos cuando se les amnistió. Los nacionalistas parece que tampoco era autonomía lo que pedían. También nos equivocamos, porque querían independencia. Unos y otro nos engañaron. Claro que entonces la izquierda catalana era para nosotros, el resto de demócratas progresistas españoles, el espejo en el que nos mirábamos. ¡Qué error, visto lo visto!

Juan Carlos Rodríguez Ibarra

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