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Dimite el General Alexander Lébed que aspira a disputar a Boris Yelstin la presidencia de Rusia

HECHOS

Fue noticia el 6 de junio de 1995.

06 Junio 1995

Rusia y sus generales

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

LA DIMISIÓN del general Lébed, poderoso y carismático líder del 14º Ejército ruso, está más relacionada con el futuro político de Rusia, con las elecciones parlamentarias de diciembre y las presidenciales del año próximo que con cuestiones militares. El mando que ha desempeñado le ha valido un gran prestigio entre los enemigos de los nacionalismos periféricos, hoy inmensa mayoría entre los rusos. Como jefe del ejército en la parte oriental de Moldavia, de mayoría rusófona, sus tropas intervinieron de forma abierta -y eficaz- contra los independentistas moldavos y lograron la división de la república.El conflicto no se enconó en demasía pese a lo! centenares de muertos habidos. La solución fue provisional e imperfecta, siempre sometida a tensiones, pero impidió el baño de sangre que muchos auguraban. Los rusoparlantes disponen de una autonomía que con la presencia del 140 Ejército es independencia, aunque Conservan legalmente sus lazos con la República Moldavia. Lébed, joven, buen orador y con enorme prestigio entre sus compañeros de armas, se erigió en el gran defensor no sólo de los rusos que viven en la República de Moldavia, sino de todos aquellos, más de 30 millones, que habitan regiones que quedaron fuera del territorio de Rusia después de la disolución de la Unión Soviética.

Mientras mostraba una intransigencia patriótica muy bien vista en Rusia, Lébed ha diseñado una escalada de críticas a Yeltsin y una defensa de soluciones bonapartistas contra el desmoronamiento del orden y el poder de las mafias que tienen amplio eco en la sociedad rusa. Es difícil saber hasta dónde podrá llevarle este éxito de popularidad. Él carece de una plataforma política y si quiere concurrir a las elecciones tendrá que incorporarse a alguna formación política en la que fácilmente será una figura que se superpone a la estructura del partido.

Lo que está claro es que Lébed no abandona el ejército para desempeñar otro cargo militar. Su proyecto es dedicarse a la política en un momento en que todo el mundo espera un fracaso muy serio de Yeltsin, y se hace urgente la necesidad de que destaquen nuevas figuras con popularidad entre los electores. Es muy probable que el propio ministro de Defensa, Grachov, esté preparando su entrada en política. En todo caso, aceptó la dimisión de Lébed sin problemas. El proyecto prioritario de este joven general parece estar en las elecciones presidenciales de 1996. Su candidatura no sería sino un indicio. más de las dificultades con que Occidente, se va a encontrar en su trato con la nueva Rusia. Admirador declarado de Pinochet, Lébed cree saber que los problemas de Rusia tienen soluciones simples si no se complican con escrúpulos humanitarios. Es lógico que existan estos jóvenes bonapartistas hoy en Rusia. Lo malo es que pueden tener éxito en las urnas.

18 Junio 1996

La clave Lébed

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

EL GENERAL Alexandr Lébed es el político ruso más cortejado del momento. Con casi un 15% de los votos, ha conseguido un sorprendente tercer lugar en la primera vuelta de las elecciones presidenciales celebradas el domingo en Rusia y se ha convertido en clave para la segunda vuelta. Los resultados le habrán dejado un amargo sabor al presidente-candidato, Borís Yeltsin. Ha quemado muchos de sus cartuchos en su esfuerzo por conseguir la mayoría absoluta al primer intento, pero al final sólo ha logrado distanciar en tres puntos al que ya se anunciaba como único rival, el comunista Guennadi Ziugánov. La verdadera lucha empieza ahora, y en esta situación, el apoyo de Lébed puede inclinar el fiel de la balanza en uno u otro sentido.En general, estas elecciones han reproducido la división entre dos Rusias que quedó patente en las elecciones parlamentarias de diciembre pasado. Las zonas que más se han beneficiado del cambio económico han votado a favor de la reforma. Es decir, de Yeltsin. Las más castigadas por la transición hacia una economía de mercado han apoyado cierta vuelta atrás representada por Ziugánov. Este ha logrado un nivel de apoyo incluso superior al de 1995, pese al abuso del control sobre los medios de comunicación y de la chequera estatal que ha ejercido sin mayor escrúpulo Yeltsin. Éste, por su parte, se ha visto perjudicado por la alta abstención, fruto de un creciente descreinúento político que no resulta un buen augurio.

Es previsible que los votos del reformista Yavlinski vayan, aunque de mala gana, en apoyo de Yeltsin por militancia anticomunista, y que los del ultranacionalista Zhirinovski se vuelquen hacia Ziugánov en una segunda vuelta que, debería celebrarse el último domingo de junio o el primero de julio. No está tan claro lo que vaya a suceder con los votos de Lébed. El carismático general ha basado su campaña en el patriotismo y en la mano dura contra el crimen y la corrupción. Aunque ha terminado por adherirse a la liberalización de la economía, él mismo reconoce que su electorado es básicamente comunista. No es fácil, por tanto, prever su comportamiento en la segunda vuelta. Ahora bien, Lébed, militar pasado a político y en busca de un destino, sabe también que su tercer puesto y su edad, 46 años, le permiten aspirar a ser en un futuro próximo el tapado de Yeltsin, algo que el propio presidente ha dejado entrever. Lo que plantea serias dudas es que Yeltsin -cuyo entorno habría ayudado a financiar la campaña de Lébed- responda a la renovación moral que el general reclama.

Yeltsin y Ziugánov van a luchar ahora por ocupar el terreno electoral logrado por Lébed. En este empeño, Ziugánov tenderá a suavizarse, mientras Yeltsin apelará al voto del miedo, al tiempo que enarbola la bandera del patriotismo y hace guiños a su izquierda. No hay que descartar incluso cambios inmediatos en el Gobierno y en el entorno presidencial para incorporar al propio Lébed.

En todo caso, el escrutinio parece haber sido limpio en términos generales. Debe seguir siéndolo en una segunda vuelta. Los resultados del domingo crean incertidumbre, pero Yeltsin aún tiene grandes posibilidades de triunfar, como ha reflejado alguna encuesta a la salida de los colegios electorales. En esta situación, lo mejor que puede hacer Occidente es mantener la respiración y no inmiscuirse en el proceso electoral. Cualquier otro gesto podría ser mal recibido por una población muy recelosa hacia el exterior. Finalmente, hay que resaltar el patético resultado cosechado por Mijaíl Gorbachov. Con el 0,5% de los votos, ha hecho el ridículo. Cuando uno ha entrado en la historia, es mejor quedarse en ella.

25 Junio 1996

Purga en el Kremlin

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

EL KREMLIN vive, una vez más en su centenaria historia, jornadas tempestuosas y luchas despiadadas por el poder. La purga desatada tras el nombramiento del general Alexandr Lébed como secretario del Consejo de Seguridad y ayudante del presidente Borís Yeltsin es clásica para la forma de dirimir conflictos en Moscú. Y afecta a dos vectores claves para entender la dinámica de la política rusa. El coyuntural está en la necesidad de que Yeltsin gane las elecciones presidenciales el próximo 3 de julio. El segundo, profundo y arraigado en las tradiciones culturales rusas, está en los hábitos de conspiración política y de lucha e insidia entre bastidores tan genialmente retratados por Fiódor Dostoievski.El fichaje de Lébed ha sido -al menos de momento- un paso brillante del equipo que dirige la campaña del presidente y cuyo cerebro es Anatoli Chubáis, que fuera responsable del programa de privatizaciones y con clara vocación demócrata y liberal. Con Lébed como bandera, la imagen de Yeltsin de cara al electorado indeciso e incluso hostil adquiere tintes que le faltaron en la primera vuelta respecto a la sinceridad de luchar contra la corrupción, en defensa de la ley y el orden y la liquidación de los privilegios del funcionariado.

Han sido echados por la borda para ello algunos de los lastres más aparatosos del presidente como el ministro de Defensa, Pável Grachov; el primer guardaespaldas del país, Alexandr Korzhakov; el jefe del Servicio Federal de Seguridad, Mijaíl Barsukov, y el primer viceministro, Oleg Soskovets. Está, sin embargo, por ver cómo se desarrollará la coalición entre el general Lébed, cuyas intenciones reonovadoras nadie pone en duda, y sus nuevos aliados liberales, que lo ven como un garante del orden para avanzar en una reforma origen de frustraciones, nostalgias y miedos.

Habrá que ver si el general Lébed puede mantener su cruzada contra la corrupción cuando ésta afecte a allegados a Yeltsin. Mucho tesón ha demostrado este joven general en sus operaciones militares al frente del XIV Ejército ruso en Moldavia, reprimiendo al nacionalismo separatista rumano. Más habrá de demostrar para sobrevivir a las conspiraciones palaciegas del Kremlin y resistir a las inevitables traiciones tanto de sus enemigos como de aquellos que hoy se proclaman sus amigos. Lébed supone hoy al menos esa obligación que las urnas han impuesto a Yeltsin de ‘ deshacerse de fuerzas que bloqueaban las reformas.

Pero nadie debe ignorar que las tentaciones bonapartistas de Lébed parecen ser incluso mayores que las de. Yeltsin, que no son pocas. El joven general puede ser hoy la mejor opción para evitar lo que Occidente sin duda considera el peor mal posible que no es sino el acceso al poder del comunista Guennadi Ziugánov. Pero es evidente que su compromiso con las urnas se basa ante todo en esa máxima probabilidad de llegar al poder de la mano de un Yeltsin reelegido. El imperio de la ley es imprescindible para que la democracia cuaje en aquel inmenso Estado amenazado de descomposición. Pero fiarse de la voluntad de líderes, Yeltsin o Lébed, Ziugánov o Chubáis, supone siempre el riesgo de apostar por la ventaja coyuntural. Yeltsin parece haber conseguido gracias a la alianza con Lébed el papel de claro favorito en la segunda ronda. Neutraliza así las peores amenazas de involución. Pero dista mucho de ser el proceso ideal hacia la democratización de ese gran país que es Rusia.

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