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Empresas vinculadas a dirigentes del PSOE se hicieron millonarios con los sobrecostes de las obras encargadas a RENFE para la construcción de nuevas infraestructuras

Dimite el ministro de Sanidad, Julián García Valverde (PSOE), por el caso de corrupción ‘AVE’ durante su etapa al frente de RENFE

HECHOS

El 14 de enero de 1992 presentó su dimisión el ministro de Sanidad, D. Julián García Vargas, siendo reemplazado por D. José Antonio Griñán.


VALVERDE HIZO MILLONARIAS A EMPRESAS DE DIRIGENTES DEL PSOE

A la hora de construir determinadas infraestructuras, RENFE – cuando la dirigía el Sr. García Valverde – contrató a distintas sociedades intermediarias con precios muy abultados en un aparente caso de sobre-coste para hacer ricos a dirigentes socialistas.

Entre ellos el ex director general de la Presidencia del Gobierno D. Florencio Ornia y el que fuera empleado de la ejecutiva del PSOE, D. Juan Carlos Mangana, cobraron comisiones millonarias de la multinacional alemana Siemens por la adjudicación de contratos de RENFE para la línea férrea de alta velocidad Madrid-Sevilla. También Dña. Aida Álvarez, la empresaria vinculada al PSOE cobró comisiones de Siemens durante la etapa del Sr. Valverde.

Todos ellos han solicitado su baja como militantes del PSOE a raíz del escándalo.

SU MARCHA, UNA DERROTA PARA EL ‘GUERRISMO’

NarcisSerra1992 El Vicepresidente del Gobierno, D. Narcís Serra presionó a su colega Sr. García Valverde para que dimitiera por su responsabilidad en el llamado ‘caso AVE’.

garciavalverde1992_4 D. José Antonio Griñán, un peso pesado del PSOE andaluz, será el nuevo ministro de Sanidad reemplazando al Sr. García Valverde. Al contrario que el Sr. Valverde, el Sr. Griñán no es un discípulo de D. Alfonso Guerra, sino que es un hombre de los felipistas, en particular al presidente de Andalucía, D. Manuel Chaves.

14 Enero 1992

La dimisión

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

Julián García Valverde ha dimitido como ministro de Sanidad. La dimisión es consecuencia de la asunción de sus responsabilidades políticas -en el escándalo de las compraventas de terrenos por Renfe y sus filiales, cuando el ministro era presidente de la compañía ferroviaria.La decisión de García Valverde es un gesto positivo, al menos por tres razones. Personalmente, demuestra coherencia con la actitud de asumir sus responsabilidades en el control de la gestión de la compañía, de la que su petición- de crear una comisión parlamentaria de investigación fue un prólogo. Administrativamente, permite romper la parálisis que su ministerio -muy importante desde el punto de vista de los ciudadanos aunque quizá no lo sea tanto desde el de la influencia política- estaba registrando desde el mes de octubre. Políticamente, elimina un factor de turbulencia de la vida política, en buena parte bloqueada por esta cuestión.

Pero hay más. En este país, que parecía empezar a acostumbrarse a una rigidez extrema entre la realidad ciudadana y su dirección política, y en el que el verbo dimítir apenas se conjuga, el acto político de’ García Valverde constituye una noticia -esta vez sí puede utilizarse el vocablo- muy significativa. Es en todo caso el más relevante cese a petición propia de un político, para que con toda libertad se aclaren las responsabilidades en que podría haber incurrido, en un escándalo relacionado con la corrupción.

Importa menos ahora, y en todo caso correspon de a la justicia dilucidarlo, si esas responsabilidades se circunscribieron a la ignorancia, llegaron a la tolerancia o rozaron la connivencia con lo que irregularmente sucedía en su empresa. Simplemente conviene recordar, cuando tan propensos somos a calificar sucesiva o simultáneamente a los protagonistas de la vida pública como héroes o como villanos, la presunción de inocencia. En su nota de despedida, Valverde asegura que «si en la instrumentación de las compraventas se hubieran producido irregularidades, que quede claro que se han hecho sin mi conocimiento y con abuso de confianza».

Es decir, Valverde resalta que uno puede irse a su casa sin necesidad de haber robado. No es su honorabilidad personal lo que está en cuestión, sino su credibilidad política y la del propio Gobierno. Por ello cuesta entender el tiempo transcurrido entre que decidió renunciar a su cargo -las navidades- y el momento en que lo ha puesto en práctica. De entonces a hoy han proseguido las revelaciones sobre el escándalo; la actual dirección de Renfe ha presentado una denuncia al juez por la actuación de uno de sus principales asesores, y la oposición ha exigido la destitución del titular de Sanidad.

¿Por qué se han necesitado tantos días para instrumentar la decisión? Según la versión oficial, la dimisión de Valverde fue presentada el viernes y aceptada ayer por Felipe González. Pero también cabe pensar que hasta el último momento sus superiores no han visto clara la necesidad de que dejase el cargo, como parecen indicar las palabras de la ministra portavoz, al acabar la última reunión del Gabinete, al afirmar que «mientras el presidente no diga lo contrario, cualquier hipótesis de dimisión es descabellada». O eso constituía una mera reafirmación retórica de un hecho obvio (la competencia constitucional del presidente para destituir y nombrar ministros); o bien la tardanza en resolver el problema ha obedecido a una táctica de morosidad, discreta pero activamente reclamada por algunos sectores del partido socialista -aguantar el tirón, esperar las conclusiones de la comisión parlamentaria, aguardar a que capee el temporal-, típica de los estilos menos flexibles y renovadores de la cosa pública.

La dimisión de Valverde demuestra su voluntad de transparencia y de asunción de responsabilidades. Aunque en ella hay también un claroscuro: su tardanza. Por ahora es imposible saber si obedece únicamente al enorme envite que supone la primera dimisión de un ministro a causa de un escándalo o es síntoma preocupante de la resistencia del poder socialista a sanear su gestión y hacerla más transparente. Dicho de otra manera, la renuncia del titular de Sanidad ¿era sólo inevitable o también necesaria? De la respuesta a esta cuestión dependen muchas cosas para el futuro inmediato de este país.

14 Enero 1992

¿A quién denuncia García Valverde?

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

EL ministro de Sanidad y Consumo, Julián García Valverde, dio a conocer ayer noche su dimisión del cargo a través de una significativa misiva al presidente del Gobierno, Felipe González, en la que justifica su decisión de abandonar el gabinete en razón de una «operación política» de la que, según él, ha sido víctima. ¿A quién denuncia Julián García Valverde? El fenómeno ha sido realmente tan clamoroso que no se requiere la más mínima dote de adivinación para saberlo: habla, en primer y principal lugar, de la actitud de varios de sus propios compañeros de Gobierno y partido. De ese sector que, desde hace varias semanas, lo ha tenido en el disparadero, facilitando que la oposición parlamentaria y los medios de comunicación pudiéramos -con toda razón, es verdad- acribillarlo. Alfonso Guerra lo dijo, apuntando contra José Borrell, y sabía de qué hablaba: ha habido un deseo claro de convertir a García Valverde en chivo expiatorio de las corrupciones gubernamentales, y a ese fin se ha contribuido con constantes filtraciones a la Prensa y con repetidas zancadillas procedentes de las propias filas socialistas. La denuncia presentada por Renfe contra el que fuera asesor de García Valverde en sus tiempos de máximo responsable de la compañía ferroviaria fue el rizo del rizo. La Administración socialista, que se denunciaba a sí misma ante los tribunales: la guerra interna no podía ser ya más abierta. Nada tiene de especial que, en esas condiciones, el ministro de Sanidad haya decidido tirar la toalla. El desenlace es sin duda merecido. Los errores acumulados por Julián García Valverde han sido excesivos, y no hace al caso que trate de exculparse apelando ahora a posibles «abusos de confianza», sobre todo cuando él mismo vuelve a remachar el clavo filosófico de su aberración reivindicando de nuevo las ya célebres «plusvalías socialistas». Pero también es cierto que Felipe González, aceptando la dimisión de Julián García Valverde, demuestra una inconsecuencia supina. Porque la actuación del hoy dimisionario ministro de Sanidad es casi un juego de niños comparada con la de otros responsables socialistas -recuérdese, muy especialmente, el caso Filesa- que no ha sido sellada con ninguna dimisión ni destitución. Hoy García Valverde, como ayer Pilar Miró, presta su cabeza de Bautista para acallar iras que apuntan mucho más lejos y mucho más alto: contra el propio presidente del Gobierno, para empezar, que ha tolerado que su partido se haya convertido en un nido de corrupción y carrerismo. La investigación sobre el escándalo de Renfe se verá facilitada por el apartamiento de García Valverde de sus responsabilidades gubernamentales. Pero su cese deja también; inevitablemente, un regusto amargo. Porque no era él sólo. Y, sobre todo, no era él el principal. Otros que tienen más culpa seguirán sentados en la mesa del Consejo de Ministros. Y, encima, rumiarán su éxito.

14 Enero 1992

García Valverde

Francisco Umbral

Coño que si sabía de trenes. Sabía hasta de los trenes que no van a pasar nunca por sitios que no verán jamás el tren. Y en eso ha montado sus especulaciones. Sabía de trenes incluso más de lo que yo le concedía. Si uno tuviese que definir a García Valverde, yo diría que es, o más bien que era, un yuppi cruzado de chuleta, un tío muy puesto, algo pedante y con un ramalazo de haber sido el más malo del colegio (sigue teniendo una cara y un flequillo niñoide). En la larga gestión de Felipe González, nunca había cometido éste un error tan fuerte como nombrar ministro de Sanidad al tipo menos saludable, moralmente, de la política nacional. Enfermo profesional como es uno, el descontento de los médicos me llegó en seguida ante el nombramiento, como hoy mismo la alegría de su cese, bajo el pseudónimo de «dimisión». Era -ya ni siquiera es- un señorito casta dispuesto a hacer carrera con todo y como fuese. Decía el maestro d’Ors que para conocer la aristocracia de una mujer hay que verla caminar con una herrada en la cabeza. Para ver la aristocracia de un político hay que verle caminar con un Ministerio en la cabeza, como las modelos con una guía de teléfonos. En el carnaje de las batallas políticas, García Valverde ha caído de los primeros. En la ballestería literaria de los periódicos, le hemos acertado en pleno corazón, como si su corazón fuese la manzana de Guillermo Tell, sólo que un poco más podrida. Muy mal de hombres y cuadros debe andar Felipe González cuando nombra ministro de Sanidad, una cosa tan delicada, a ese thriller duro y con pies que es García Valverde. Esta misma mañana he constatado que el cuerpo sanitario anda como muy aliviado con la retirada de un ministro que ni entendían ni les entendía. Lo que tiene que hacer ahora el presidente es encontrar un hombre sensible para Sanidad, como lo fue en buena medida García Vargas, ya que aquí sí se trata de «poner el dedo en la llaga», pero en la llaga viva del muerto, o a la inversa. Y eso requiere, no un yuppi acortezado como García Valverde, sino un sentimental de la política, a ser posible un ministro enfermo, un hombre que lleve en sí las plurales y necesarias culturas del dolor, para que entienda el de millones de españoles que hacen el turno de su herida, la cola de su vida o de su muerte en los pasillos de las grandes clínicas. García Valverde no llegó nunca a resolver ni firmar el caso de la Concepción, quizá el centro médico de más solera intelectual y más actualidad científica de España. García Valverde no se enteró de la Fundación Jiménez Díaz ni se enteró de nada en sus meses de Ministerio. Ha sido un sietemesino ministerial y finalmente abortado. Caña al mono. La sanidad, tan atendida en Rusia por un sovietismo hoy desprestigiado, es la asignatura pendiente del socialismo español. A García Vargas, hombre de buena voluntad, le quitaron cuando estaba madurando su sensibilidad hacia el enfermo. Esperemos que no se nombre otro ministro de Sanidad a ciegas, donde caiga el dedo, porque esto no es un Ministerio de Obras Públicas. Los artrósicos y los gotosos no son de cemento armado Porland El Cangrejo, como las carreteras, sino un material más sensitivo y sensibilizado: médicos y enfermos. Si hay un ministro que se debe elegir con amor es el de Sanidad. Por eso no comprendemos cómo Felipe González puso a García Valverde, un duro de teleserie, un espadista con chaleco de dibujitos. Ya ha tenido que quitarle.

 

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