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Los autores materiales del atentado nunca serán identificados legalmente, aunque se les vincula con grupos afines al Director de la Guardia Civil, General Campano, que quería saber quienes eran sus fuentes en el Ejército

Brutal secuestro y tortura al director de la revista DOBLÓN, José Antonio Martínez Soler, tras un reportaje contra la Guardia Civil

HECHOS

El director de la revista DOBLÓN, D. José Antonio Martínez Soler fue secuestrado y torturado por un comando de desconocidos después de publicar el 14.02.1976 un reportaje sobre la Guardia Civil titulado ‘De Vega a Campano’.

vega_campanoLa revista DOBLÓN, al igual que CAMBIO16, se había inscrito en el registro como una revista económica, cuando en la práctica era una revista política en defensa del cambio democrático.

El 14.02.1976 la revista CAMBIO16 dirigida por D. José Antonio Martínez Soler publicó su reportaje más célebre con el título ‘De Vega a Campano».

El informe hacía referencia al reemplazo del General Vega, considerado liberal, como Director General de la Guardia Civil por el General Campano, considerado conservador.

2.3.1976 D. José Antonio Martínez Soler fue secuestrado, torturado, llegando a escuchar amenazas a sus familiares y exigiéndole que hiciera público un artículo condenando la línea de DOBLÓN. Después lo liberaron.

El 13.03.1976 la revista DOBLÓN denunció los hechos y también criticando la forma en la que el único canal de televisión, TVE, informó de lo sucedido: «Televisión Española dio la noticia de forma tan tendenciosa que el telespectador recibía la impresión de que Martínez Soler fue torturado por la ETA, cuando es evidente que se trata de la ultraderecha».

El mejor relato de cómo ocurrió aquel secuestro lo escribió su propia víctima, D. José A. Martín Soler en el periódico gratuito 20 MINUTOS, en cuatro fragmentos que eran los siguientes:

 

14 Febrero 1976

DE VEGA A CAMPANO

DOBLÓN

Pocas veces un reagrupamiento militar ha sido tan elocuente e interesante como el que llevó a ab el último Gobierno de Franco el pasado 10 de octubre de 1975. EL movimiento de generales alcanzó a cuatro capitanías generales, pero, sin embargo, la atención estuvo puesta, en todo momento en el cambio de dirección de la Guardia Civil. Unos días antes ya corrieron rumores sobre esta significativa combinación. Incluso llegaron a oírse entre algunos grupos privilegiados de reconocido ultraderechismo gritos de ‘Campano sí, Vega no’ en la manifestación a la plaza de Oriente. La prensa dio el cambio de generales en la Dirección General de la Guardia Civil señalando en líneas generales que ‘la línea dura prevalecía sobre la moderada’.

El 17 de octubre de 1975 el teniente general Campano tomó posesión del cargo en la Dirección General de la Guardia Civil en presencia del vicepresidente del Gobierno y el ministro de la Gobernación, José García Hernández, y del ministro del Ejército, Coloma Gallego. Como publicó DOBLÓN en aquel momento, “Campano, primer provisional que acceidó al cargo de general, es asimilado, según sus exegetas, a la denominada línea dura. Fue el iniciador del proceso a nueve militares por presunto delito de sedición”.

“El teniente general Vega – decía DOBLÓN – se ha caracterizado por el talante moderado de sus intervenciones públicas, como la pronunciada en las exequias civiles en el País Vasco: “Esto no es una guerra particular, porque nosotros anhelamos la paz”.

Vega, que había sustituido a a Iniesta – asimilado con Campano a la llamada línea dura – en la Dirección de la Guardia Civil (Cuerpo que Vega conoce perfectamente y al que está forzosamente vinculado por haber sido guardia civil de 2ª en 1934, antes que general) volvió a su antiguo cargo de capitán general de Valladolid.

Campano – que inició su carrera en FET y de las JONS – declararía al tomar posesión que ‘son la serenidad, el estudio y la dedicación completa lo que nos puede ayudar en mayor grado a que las aguas turbulentas y un tanto desmadradas, vuelvan a sus cauces naturales y discurran tranquilas’.

Ejército político, pero apadrinado

Desde el cese en el Alto Estado Mayor del teniente general Díez Alegría en junio de 1974, y en relación con insistentes rumores sobre la supuesta existencia de ‘juntas oficiales democráticas’ se han pronunciado importantes discursos por las más altas jerarquías del Ejército. “Quien sienta una vocación política concreta que se separe de nuestras filas”. “Los ejércitos están más allá de las opciones políticas concretas”, declaró el ministro Coloma Gallego, hoy capitán general de Madrid. Luis Apostua, desde su columna diaria en YA señaló que “es muy difícil interpretar estas palabras en su alcance concreto, porque son numerosos los militares profesionales que tiene misiones en el Consejo Nacional, Cortes e incluso en el Gobierno…”.

El teniente General Díez Alegría, que se ha pronunciado abiertamente por la reforma constitucional, declaró: “Espero que las circunstancias no requieran mi presencia en la vida pública desde un puesto de responsabilidad”. “España será lo que sus hijos quieran”, dijo el prestigioso general tras exponer su oposición ante cualquier presencia del Ejército en política.

Arbitro moderador

En general, se fue dibujando a través de los políticos una figura del Ejército ‘político, pero apartidario’ (DOBLÓN, número 50), sentimiento bastante generalizado entre la oficialidad de las Fuerzas Armadas españolas, “ya que las facciones de uno u otro signo – dicen – fomentarían las diferencias”. Por eso el Ejército, en todos los órdenes tiene el deber patriótico de actuar como árbitro moderador para impedir – en opinión del profesor Ruiz Giménez – que los extremismos de izquierdas y de derechas coloquen al país en una situación de preguerra civil.

En honor a esa exquisita moderación nos han sorprendido algunos cambios fundamentales y de capital importancia realizados últimamente contra los usos que históricamente venían siendo habituales en la Guaria Civil. Los recientes cambios afectan a dos personas de reconocido talante abierto y de alto prestigio profesional de la Guardia Civil. Se trata del general Prieto López y del teniente coronel Martín Díez-Quijada.

El General Prieto, a León

El general Prieto López, cuyas declaraciones a DIARIO DE MALLORCA el agosto pasado le definen como un militar moderado, en la línea del teniente general Vega Rodríguez, fue uno de los que permanecieron en el Club Siglo XXI cuando de él se retiraron por disconformidad con el enfoque los generales más inmovilistas ligados a EL ALCÁZAR, Hermandades de Alféreces Provisionales, etcétera.

El General Prieto López ascendió a su empleo el 21 de julio de 1972 y conocía muy bien al anterior director general de la Guardia Civil, desde el año 1941, cuando Vega mandaba la compañía de la División Azul en la que Prieto era teniente. EL 17 de octubre, Campano se incorpora a la Guardia Civil, y en el Consejo de Ministros del 3 de diciembre (el último celebrado por el último Gobierno de Franco; el mismo Gobierno que había cesado a Vega y nombrado a Campano) se aprueba un movimiento de generales, y don Manuel Prieto López – a propuesta de Campano – pasa destinado de Valencia a León.

Es generalmente conocido entre jefes y oficiales de la Guardia Civil que a León suele ir destinado habitualmente el general en activo más moderno, el último elevado al generalato, y no hay precedente de que un general de la antigüedad de Prieto López haya sido destinado a aquella plaza. El general Antonio Herrero Miguel (general en activo más moderno que, efectivamente estaba en León) ha pasado a Madrid, y uno de Madrid a Valencia.

Como puede verse en el ‘Diario Oficial del Ejército’, la orden es de las últimas firmadas por el ministro del Ejército del anterior Gobierno, y en el mismo Diario, otras órdenes ya vienen firmada por el nuevo ministro del Rey, Álvarez Arenas.

El defensor de Otero, a Burgos

Pero si sorprendió este traslado en diciembre entre los jefes de la Guardia Civil, hace unos días se acaba de producir otro que ha llamado mucho más la atención. Se trata del cese del teniente coronel de la Guardia Civil don Ángel Martínez Díez Quijada

El destino que se le adjudicara se anunció el 1ª convocatoria el 23 de octubre de 1975 (Diario Oficial del Ejército, 240, pag 348) y al no ser peticionado – lo que da idea de su poco atractivo – se anunció en 2ª convocatoria el 7 de diciembre de 1975 (Diario Oficial del Ejército, 276, página 1049).

Díez-Quijada ascendió a teniente coronel el 8 de octubre de 1965 y es uno de los más antiguos en su empleo. Si “por necesidades del servicio” hay que mandar a alguien a Burgos – siguiendo la tradición de la Guardia Civil y de todo el Ejército – se manda alguno de los que estén sin destino en ese momento, o en todo caso, al más moderno en ese empleo. Al parecer, hay ocho tenientes coroneles de la Guardia Civil sin destino actualmente (Sánchez Pérez, Pastor Fernández, Hernández Velasco, Reig García, Álvarez Sito, Ramos Calvo, Rodríguez Hidalgo y Briones Espinosa), por lo que ha sorprendido más aún que se trasladara a Burgos a un teniente coronel tan antiguo, contra el criterio habitual seguido en la Milicia.

El teniente coronel de la Guardia Civil Dïez-Quijada es, como su esposa, profesor adjunto de Derecho Administrativo en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, es uno de los máximos especialistas españoles en Justicia Militar y, sobre todo, su nombre ha salido últimamente en los periódicos por ser el defensor que nombró el comandante de Ingenieros don Luis Otero Fernández, encartado en el sumario 250/75 y acusado del presunto delito de proposición de sedición junto a ocho capitanes, proceso que inició el teniente general Campano cuando era capitán general de Madrid.

En círculos amplios de la Guardia Civil ha causado extrañeza y cierta inquietud el hecho de que se alteren las tradiciones del Cuerpo en materia tan delicada como traslados, ceses y nombramientos en virtud de planteamientos políticos que pueden parecer muy concretos. Y la Guardia Civil, que por la naturaleza de su propio servicio ha mantenido con grandes sacrificios los pies en el suelo, ha vivido más de cerca que nadie la verdadera realidad española, en contacto con los hombres y los pueblos de todos los rincones, es un Cuerpo que atrae a grandes profesionales de la Milicia.

Ricardo de la Cierva tampoco ha olvidado en su ‘Crónicas de Transición’ que ‘en la toma de posesión del teniente general Campano como director general de la Guardia Civil se pronunciaron tres discursos y parece que en ninguno de ellos – dice el historiador – se aludió al director cesante, lo cual no comprendo del todo; porque no solamente se trata de un hijo del Cuerpo, sino que, además, marcha para hacerse cargo de una capitanía general de singular importancia, militar y relevante trasfondo histórico’. Lo que no comprendía el profesor De la Cierva, pueden comprenderlo ahora muchos guardias de segunda.

Rafael Idañez

13 Marzo 2006

NUESTRO DIRECTOR, TORTURADO

DOBLÓN

 

El día 2, martes, a las 9.30 de una mañana espléndida, a pleno sol, fue secuestrado nuestro director, José Antonio Martínez Soler, salía de su domicilio de Las Matas (Madrid) camino de la imprenta, donde debería atender, como todos los martes, el ajuste de la revista. Martínez Soler montó en su automóvil y avanzó lentamente por el camino terroso e irregular que le llevaría a la carretera de La Coruña. A los pocos metros de recorrido, José Antonio divisó a un hombre de espaldas cerca de una esquina. Poco antes de llegar a la misma apareció por la calle perpendicular a la de su itinerario un automóvil que le cerró el paso. A una gran velocidad salieron del automóvil cuatro personas, tres de las cuales armadas de metralletas, que se dirigieron al coche de Martínez Soler, de donde le sacaron violentamente al tiempo que el individuo que anteriormente había visto de espaldas le amenazaba con una pistola. Inmediatamente le hicieron en los asientos posteriores de su propio automóvil, le comunicaron que se trataba de un secuestro y le rociaban la cara (especialmente los ojos) con un spray blanco que le ocasionó una ceguera temporal. Acto seguido le esposaron, le liaron un ancho rollo de esparadrapo en los ojos y en la cabeza, le colocaron unas gafas, le calaron una gorra y le echaron por los hombros un chaquetón del que subieron las solapas. El coche echó a andar al tiempo que le aplicaban una pistola en el costado y otra en el cuello. Poco después fue obligado a trasladarse a otro automóvil y al cabo de unos pocos minutos salieron de la autopista y entraron por un camino de tierra – una senda forestal – hasta la llegada al punto de destino. Una vez allí caminó un rato sobre la nieve y finalmente le tiraron sobre una roca y allí continuó la tortura que ya se había iniciado en el propio automóvil. Le apretaron las esposas, le hicieron quitarse los zapatos y le propinaron con una preciosa fusta muchos golpes e en la cara, en el cuerpo y en las plantas de los pies, le golpearon con la metralleta en la cabeza y en otros puntos del cuerpo, etcétera.

Fue entonces cuando le explicaron que sabían que era el director de DOBLÓN y que por ello se encontraba allí y que le iban a matar, así como a su mujer si no colaboraba. “¡Tú mujer será aún más fácil de matar que tú mismo!”, le dijeron. A continuación le insultaron sin que casi en ningún momento le dejaran de torturar, y abominaron de la revista, de la que mostraron varios ejemplares de números distintos por lo que ellos denominaron su ‘línea izquierdista’ y ‘anti patriótica’. Finalmente le dijeron que si quería salvar la vida debería escribir de su puño y letra una declaración. Le quitaron entonces la venda de los ojos y pudo darse cuenta de que se encontraba en un monte bajo de roble muy espeso que impedía toda visibilidad. Cerca se oía el ruido de motos y disparo. De forma muy formalista, uno de los secuestradores abrió una carpeta negra de plástico e donde sacó varios folios y papeles de calco. Nuestro director escribió – en original y tres copias – lo que le dictaban sus torturadores.

Martínez Soler fue cuidadosamente registrado. En el bolsillo llevaba su documentación, originales para la imprenta, su agenda y 1.200 pesetas. Le devolvieron inmediatamente el dinero y la documentación, pero inspeccionaron muy detenidamente la agenda y finalmente se a llevaron. También se guardaron los originales destinados a la imprenta no sin antes golpearle al descubrir que uno de éstos consistía en una entradilla para la entrevista con Simón Sánchez Montero que publicamos la semana pasada.

A continuación le anunciaron que por esta vez le dejarían con vida, pero que si no abandonaba el país y, por tanto, DOBLÓN en el plazo de tres días, si no publicaba en el diario INFORMACIONES un comunicado condenando la línea de la revista que dirige y si denunciaba lo ocurrido darían muerte a él y a su mujer.

Finalmente le quitaron las esposas, pero le ataron las manos y los pies cuidadosamente, le rociaron nuevamente con spray los ojos y la cara y le conminaron a permanecer sin moverse durante media hora y le informaron que encontraría su coche, con las llaves puestas en la explanada del Alto de los Leones.

Cuando José Antonio estimó que había transcurrido dicho tiempo, logró deshacerse con la boca de sus ligaduras. “Cuando me quité la venda de los ojos – nos ha dicho – sentí un gran amor a la naturaleza que me rodeaba y una formidable euforia por sentirme vivo”. Martínez Soler, después de andar algún tiempo desorientado mirando por un solo ojo – el otro fue golpeado tan furiosamente que no podía abrirlo en ningún grado – logró llegar hasta un puesto que resultó ser San Rafael. Entró en un bar y llamó a su mujer, a quien pidió que viniera a buscarle, después de haberse lavado la sangre de la boca que manaba constantemente. José Antonio salió a la carretera para esperar a su mujer, pero ésta pasó de largo, ya que en principio no pudo reconocerle, tal era la deformación de su esposo. Poco después llegarían a Madrid, donde recibió las primeras curas médicas. Horas después, denunciaba los hechos ante el juzgado de Guardia.

Solidaridad

Muy pronto empezaron a llegar rumores a las redacciones de periódicos y agencias sobre lo ocurrido a nuestro director, pero él se esforzó – y todos los medios informativos colaboraron extraordinariamente – en que no se diera noticia de los hechos hasta que no declarara ante el juez y se entrevistara con el jefe superior de Policía, señor Quintero, con el fin de no entorpecer la acción de la Justicia. Una vez que la prensa fue informada sobre el acontecimiento, en la Redacción de DOBLÓN se bloquearon las líneas, debido al alto número de compañeros, de amigos, de hombres de empresa y de la Administración, así como de lectores que nos llamaban para interesarse por el estado de nuestro director y para ofrecer su ayuda en todo lo que fuera menester. Ángel Gómez Escorial escribió un magnífico artículo en PUEBLO en el que decía entre otras cosas:

“La agresión a Martínez Soler es un ataque a toda la prensa española. La violencia, una vez más, se incrusta en el quehacer profesional y queda la sospecha de que los agresores – también, una vez más – quedarán sin castigo. Se quiere silenciar a la prensa desde áreas incomprensibles y culposas. Se acusa a la prensa de ser causante de fenómenos disgregadores, cuando lo único que ha hecho – y en solitario – ha sido propiciar una situación más justa y más democrática.

El mismo día – 6 de marzo – en la primera página del mismo periódico, Cándido escribía:

“Qué más quisiéramos que escribir fuese llorar. Ahora es saltar por los aires, como estuvieron a punto de saltar los redactores de CAMBIO16, o que le esposen a uno (¿pero es que las esposas se venden en las tiendas como los rodamientos?) y le dan una paliza 3R gravemente peligrosa, tal como han hecho con el director de la revista DOBLÓN”.

La información en TVE

En cambio, Televisión Española dio la noticia de forma tan tendenciosa que el telespectador recibía la impresión de que Martínez Soler fue torturado por la ETA, cuando es evidente que se trata de la ultraderecha. No pocos profesionales se preguntaron, “¿A quién trata de encubrir Televisión Española?”. El tema fue planteado ante el propio ministro de Información y Turismo, a quien se le presentó una fotografía de Martínez Soler tomada después de las torturas. Ni el ministro ni el director de TVE allí presente pudieron explicar la actitud de este medio.

Por otra parte, en la Asociación de la Prensa – con cuyo presidente se había entrevistado Martínez Soler – también se manifestaron numerosos profesionales contra este atentado y en especial la Comisión de Defensa Profesional, de donde salieron varios telegramas expresando la condena por tales actos.

Finalmente – cuando cerramos este número – se han reunido los directores de numerosas revistas, los cuales han enviado al presidente de Gobierno, Arias Navarro, al vicepresidente para Asuntos del Interior, Fraga Iribarne, y al ministro de Información y Turismo, Martín Gamero, una carta refrendada por más de 400 periodistas de dichas revistas, cuyo texto reproducimos en la página 15.

Martínez Soler que se ha tomado unos días para reponerse de sus heridas, agradece emocionado tantas muestras de solidaridad. Dentro de dos o tres días volverá a ocuparse de la dirección de DOBLÓN, a pesar de las amenazas recibidas. Este es su país y esta es su profesión y estima que, al no abandonar ninguna de ellas, trabaja, en la medida de sus fuerzas.

Página 7

02 Marzo 1976

Admirable Martínez Soler

GACETA ILUSTRADA (Luis María Anson)

José Antonio Martínez Soler es uno de los más brillantes y eficaces periodistas de la nueva generación. La posición ideológica de esta revista es discrepante en muy sustanciales aspectos de la que mantiene el señor Martínez Soler. Pero un elemental sentido de la objetividad nos obliga a hacer pública nuestra admiración por la trayectoria periodística del director de DOBLÓN. Hombre cordial, simpático, humanísimo, inteligente, enamorado de su oficio, el señor Martínez Soler acuñó la fórmula de CAMBIO16 y a él se debe el lanzamiento de esta revista. Después ha demostrado su gran talento y su dominio de la profesión en DOBLÓN e HISTORIA INTERNACIONAL. Martínez Soler hace un periodismo serio y responsable, de cuya línea ideológica discrepamos y cuya calidad periodística admiramos.

Nuestra indignación se acrecienta ante el bárbaro atentado del que ha sido víctima y del que dan detallada cuenta los diarios. Deseamos la concordia de los españoles, solicitada por el Rey en su primer mensaje, y estamos en contra de la violencia de ciertos grupos de extrema derecha y de extrema izquierda. Martínez Soler es hoy el símbolo de lo que deseamos superar en este país, con la organización de la moderación que aísle los extremismos violentos. Compañero entrañale, profesional admirable deseamos que José Antonio Martínez Soler reciba el abrazo emocionado de todos los que trabajamos en el G. I. y que hemos sido golpeados con sus golpes.

02 Marzo 2006

Mi secuestro. 30 años después

José Antonio Martínez Soler

Tuve que dar un frenazo en seco y en plena cuesta. Unos locos habían cruzado su coche en medio de la calle y me impedían el paso. Pensé que se les había calado allí mismo.

Miré por el retrovisor de mi R-12 color hueso, con la intención de dar marcha atrás y salir por mi calle (Francisco Cabo) a la autopista de La Coruña. Instintivamente, miré el reloj: las nueve de la mañana pasadas. Ya iba tarde para cerrar, en la imprenta de Alcobendas, los últimos pliegos del semanario Doblón.

Todo fue muy rápido. Tres o cuatro personas salieron del coche que me impedía el paso. Me pareció ver que sacaban bruscamente –“¡qué raro!”, pensé- unas bolsas de deporte. El atasco iba para rato.

Volví a mirar por el retrovisor, antes de dar marcha atrás, y vi a un hombre mayor, con pelo rizado y un poco cano, que corría cuesta arriba hacía mi coche apuntándome con una pistola.

Miré al frente y las bolsas de deporte se habían convertido en metralletas (no eran como las que yo tuve en la mili; me parecieron más cortas y compactas). Sus dueños se cubrían la cara con dificultad: solo vi a uno con el rostro cubierto con pasamontañas, muy cerca de mí, apuntándome con su arma y golpeando con ella el cristal de mi ventanilla. Los otros rodearon mi coche.

Era martes, dos de marzo de 1976, tres meses después de la muerte de Franco.

(Tres meses llenos de inseguridad y miedo de cara al futuro. En medios periodísticos, sindicales, militares y políticos clandestinos abundaban entonces los rumores más extravagantes sobre escenarios golpistas. Los residuos del regimen franquista -que nosotros habíamos bautizado en Doblón como el “bunker”- querían mantener las esencias de la dictadura sin dictador. Pero teníamos indicios de que el flamante rey Juan Carlos no estaba por esa labor. “Era un prisionero más en el bunker franquista”, decíamos. Franco afirmó antes de morir que dejaba “todo atado y bien atado”. Y había rumores de que algunos generales y banqueros estaban tomando medidas para que así fuera).

Hacía una mañana soleada, aunque fría. Aún quedaba bastante nieve en Navacerrada. Un día maravilloso de invierno que, tan de mañana, yo no podía imaginar cómo iba a acabar.

No reconocí a ninguno de mis captores. En realidad, nunca supe si eran cuatro o cinco: el viejo que vino por detrás y tres o cuatro que me atacaron de frente.

En lugar de bajar el cristal, abrí la puerta, ya muerto de miedo, y, en ese instante, una mano – no se de quién- presionó un bote blanco de spray y me roció la cara con un líquido abrasivo que rajaba mi piel como si me cortaran con un montón de cuchillos a la vez.

Afortunadamente, un segundo antes, al ver de refilón aquel bote de spray acercándose de golpe a mi cara, cerré los ojos con fuerza y a tiempo para salvarlos.

Ya no volví a abrirlos hasta, unas horas más tarde, pasado el Alto de los Leones de la Sierra de Guadarrama, cuando me necesitaron con los ojos bien abiertos.

Uno de ellos me dijo:

“No te muevas, esto es un secuestro. Si no haces tonterías, no te pasará nada”.

Me sacaron de mi asiento tirando de la hombrera de mi chaqueta azul cruzada.

(Creo que ahora está arrugada en el sótano, y aún debe tener mi sangre seca, desde hace treinta años. Nunca la llevamos a la tintorería ni me la volví a poner jamás. No soy supersticioso, por si trae mala suerte.)

Al salir del R-12, uno de ellos me cruzó los brazos por detrás y me puso las esposas. Al mismo tiempo, otro me tapaba velozmente los ojos con un gran esparadrapo y dio con él un par de vueltas pillándome las orejas y el cogote.

Tuve mala suerte, al mover instintivamente mi cabeza a derecha e izquierda, para evitar la quemadura, provocada por aquel líquido tan doloroso que me echaban por la cara y sobre el esparadrapo que me cubría y protegía los ojos.

Tuve mala suerte, sí, porque quien me estaba poniendo las esposas, a mis espaldas, recibió en su cara el impacto del mismo líquido que iba destinado a mí, y creo que en exclusiva. Dio un pequeño grito:

“Joder, lo que escuece (o lo que quema) esta mierda”

Y soltó par de maldiciones y tacos. Naturalmente, me acusaba a mi de ser el causante directo de su quemadura imprevista.

Me metieron en el asiento de atrás de mi R-12 con un secuestrador a mi lado que, de vez en cuando, apretaba su metralleta contra mi costado, mientras protestaba por la quemadura que, según él, yo le había hecho.

Los dos vehículos echaron a andar hacia la autopista de La Coruña, única salida que tenía Las Matas, el pueblo dónde vivíamos mi mujer, Ana Westley, y yo, en una casita pequeña y extremadamente fría que habíamos comprado a un jardinero de la zona.

Ya de camino, se relajaron un poco y me explicaron, esforzándose por parecer amables, que se trataba tan solo de un secuestro para sacar algún dinero por mi rescate. Decían saber que yo era de familia rica.

Desde el primer momento, en cuanto descubrí al de la pistola por el retrovisor, y a los de enfrente con las metralletas reglamentarias, supe quiénes eran y qué podían querer de mi. Repitieron lo mismo un par de veces:

“Tranquilo, hombre, en cuanto paguen tu rescate, te soltamos”.

Tenía bastante claro quiénes eran mis secuestradores y podía, incluso, imaginar lo que buscaban. De hecho, yo había pasado las dos últimas semanas muy inquieto, sin recibir ningún recado de mis fuentes de información militares. Nada. No tuve ninguna reacción a la información, tan sensible y arriesgada, que había publicado en el semanario DOBLÓN del 10 de febrero anterior, con la Portada dedicada a la Guardia Civil y con el antetítulo “De Vega a Campano”.

Desde que publiqué mi último artículo sobre los traslados irregulares de altos mandos moderados de la Guardia Civil, a mediados de febrero de 1976, no había tenido noticia alguna de mis fuentes anónimas. Desaparecieron de golpe. Ni una sola llamaba telefónica. Llegué a pensar que me habían abandonado, una vez conseguido su objetivo que era exactamente -según me dijeron al darme las primeras pistas y luego los datos exactos- frenar la purga de altos mandos moderados en la Guardia Civil.

No entendía muy bien de qué hablaban mis secuestradores, medio en clave, durante el viaje. Me hicieron muy poco caso -creo que iban un poco nerviosos- hasta que tomaron velocidad propia de autopista.

“¿Por qué dicen estos lo del rescate, en vez de ir directamente al grano?”, pensé mientras buscaba explicación a tantos rodeos que yo consideraba innecesarios.

Desde luego, no fueron al grano hasta que me tuvieron en un lugar completamente seguro para ellos. Si hubiera ocurrido algún percance, contraorden o accidente no previsto, durante el trayecto por carretera, nadie hubiera sabido la razón real del secuestro. Por eso, deduje que la conversación durante el viaje debía estar alejada de la purga de altos mandos militares, que se produjo durante la enfermedad de Franco y los dos meses posteriores a su muerte. Y así fue.

 

MI SECUESTRO (II)

Mis hijos mayores, Erik y Andrea, me piden que continue. Por ellos, ahí va, que hoy es domingo.

Dale limosna, mujer…

No se por qué, desde que pusieron los dos coches en marcha, estuve convencido de que me llevaban hacia el Puerto de Navacerrada, al Noroeste de Madrid. Desorientado, con los ojos cerrados, los párpados ardiendo, por el efecto retardado del spray, cubiertos por el esparadrapo y por unas gafas, no tenía ni idea de por dónde circulábamos a tanta velocidad.

Me acordé de los ciegos que venden “iguales”. ¡Qué desgracia tan grande la de ser ciego! En aquella oscuridad sobrevenida, me concentraba en acumular dosis de serenidad y de calma, por lo que pudiera pasar, y me hacía mil preguntas a la velocidad del rayo.

La mente es sabia y tiene sus recovecos para ayudarnos a sobrevivir en las peores circunstancias. Quizás por eso, me vino a la cabeza un poemilla que dicen en Granada. Me esforzaba por recordarlo y apenas tenía un par de versos a mano:

“Dale limosna, mujer/ que no hay desgracia mayor/ …./ que ser ciego en Granada”.

Buscaba en mi memoria, sin éxito, los versos perdidos. Debía encontrar un verso terminado en “nada” que rimara con “Granada”.

No me hacían ni caso.

De pronto, mi coche aflojó la marcha, tomó una curva cerrada y me imaginé que salía de la autopista. Era, efectivamente, una carretera llena de curvas y cuesta arriba. El hombre que iba sentado delante de mí, en el asiento contiguo al del conductor, comenzó a hacerme preguntas un poco absurdas, como de doble chequeo. Eran de este estilo:

“¿Dónde tienes asegurado este coche?

Pronto me percaté de que estaba hurgando en los documentos que yo tenía almacenados, en total desorden, dentro de la guantera del coche. La guantera es para los mayores lo que el bolsillo del pantalón es para un niño. Un archivo-museo de tesoros inútiles.

El copiloto prestó especial atención a una vieja nómina de mi empresa.

“¿Cómo se llama tu empresa?” “¿Qué antigüedad tienes? ¿Cuánto ganas al mes?”

“¡Lo que ganan estos comunistas de mierda!”

Por sus comentarios sarcásticos y sus risas, supe que mi sueldo de director del semanario DOBLÓN (ya en beneficios) les pareció escandalosamente alto.

Mi vecino de asiento apretó entonces el cañón de su arma (no estoy seguro de si se trataba de una pistola o de una metralleta) en mi costado.

¿Era una reacción de venganza o de envidia, provocada, quizás, por lo descomunal de mi sueldo en comparación con el suyo?

¿Era, quizás, su respuesta pauloviana cada vez que sentía el escozor de su quemadura, provocada por el spray que llegó a su cara, por accidente, cuando iba destinado solamente a la mía?

-¡Joder con estos comunistas! ¡Hay que ver lo que ganan estos comunistas de mierda!

Imbécil de mí, quise congraciarme con ellos, o al menos comunicarme –ser persona-, y respondí:

-Yo no soy comunista y nunca lo he sido.

Inmediato golpe de cañón en mi costado y advertencia casi reglamentaria:

-Tú, ¡a callar! ¿Alguien te ha preguntado algo? Responde cuando se te pregunte.

El copiloto intervino:

Con este sueldo ya serás rico y, además, podremos obtener un buen rescate de tu familia. ¿No crees?

Mis padres no tienen un duro

Fui preguntado y respondí.

-Mis padres no tiene un duro y mi casa está hipotecada. Mi padre es contable en la gasolinera “Las Lomas” de Almería y mi madre se dedica a sus labores. Ustedes se han equivocado de persona. Esto es un error.

(Risas nerviosas contenidas)

Silencio. Me percaté entonces de que, desde que me detuvieron y esposaron, yo les hablaba siempre de usted, muy respetuosamente, para congraciarme con ellos (quizás para halagarles), reconociendo así su posición de superioridad con respecto a mí. Estaba claro que ellos eran los jefes.

Ellos, sin embargo, me tutearon, desde el primer momento, y me trataron con desprecio y sarcasmo, manteniendo siempre la distancia para no confraternizar en nada conmigo. Supuse que, llegado el momento del interrogatorio, debería ser más fácil torturar a un completo desconocido que a alguien que ya conoces un poco como persona.

Cuando no ves nada, el tiempo se confunde con el espacio y adquiere otra dimensión, más difícil de medir. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos jugándonos la vida por aquellas curvas endemoniadas.

Sin manos con las que agarrarme a algún sitio, con las muñecas esposadas por la espalda, con dolor de hombros y el cuello rígido, iba dando tumbos, a diestra y siniestra, impulsado por la fuerza centrífuga o centrípeta del vehículo.

Cuando volcaba hacia mi derecha chocaba con la puerta del coche. Si lo hacía hacia mi izquierda me frenaba la presión contundente del cañón de un arma de fuego no identificada que, seguramente, ya me estaba produciendo un moratón entre las costillas.

Estaba tan concentrado en decidir cómo debía comportarme para hacerme “amigo” de los secuestradores que tardé en reconocer que me dolía el estómago. Lo tenía encogido y revuelto. Sentí un poco de nauseas. ¿Miedo? ¿Mareo? ¿Desorientación? ¿Demasiadas curvas, tomadas con exceso de velocidad y viajando, en contra de la costumbre, en el asiento de atrás y con los ojos tapados?

Un giro muy brusco seguido, en el acto, de un frenazo casi en seco, me sobresaltó. Sentí, de pronto, un miedo especial, distinto al que había sentido hasta entonces. ¿Miedo, quizás, al cambio de escenario? No se. ¿Miedo a ser abandonado en algún “zulo” con los ojos vendados?

Me movían como a una marioneta

Oí el ruido de las puertas al abrirse y conversaciones lejanas de mis compañeros de viaje con los del coche que debía ir delante (o puede que detrás) de nosotros.

Me sacaron del asiento de atrás de mi coche y sentí frío. Pisé un charco. En aquel sótano o “zulo” había bastante agua por el suelo. Pensé que habíamos entrado en un garaje encharcado. Me movían de un lado para otro como a una marioneta. Al cabo de un rato me metieron en otro coche y seguimos por una carretera que pronto se convirtió en un camino pedregoso de tercera categoría.

Hablaban entre ellos. Y circulaban muy despacio. Llegamos al destino. Me sacaron de nuevo del coche y me fueron empujando para dirigirme por aquel terreno lleno de piedras, charcos y matorrales hasta una valla de piedras, que tuve que saltar con la ayuda de dos secuestradores.

Caminamos durante unos minutos hasta que, en un punto, me ordenaron que me sentara en el suelo. Estaba muy frío, lleno de hojas mojadas y húmedo. Allí empezó el interrogatorio, objeto del secuestro. Pronto se confirmaron mis temores. Sabían que mi pseudónimo, con el que firmé el artículo objeto de aquel secuestro ilegal, era Rafael Idáñez. Lo he usado muchas veces. La entrevista que le hice a Alicia Koplowitz en el primer suplemento dominical de El Sol -creo que es la única que yo conozco- iba firmada también por Rafael Idáñez. le tengo especial cariño a ese nombre: es el primer nombre de mi padre y su segundo apellido

No quiero entrar en detalles. Sólo los imprescindibles. No me gusta –nunca me ha gustado recordarlo en los últimos 30 años- y no creo que sea necesario para el relato de los hechos. Por otra parte, al cabo de tantos años, me costaría mucho expresar o medir la intensidad del miedo, de la humillación, de la impotencia, del dolor físico, etc., que sentí en aquellas siete u ocho horas de tortura metódica.

Debe ser como los dolores del parto, que las madres olvidan pronto, al recibir el premio de una nueva vida: el bebé. De la misma manera, yo olvidé la medida del dolor en cuanto recibí el premio de una nueva vida: la mía.

Debía doler mucho lo que me hacían para sacarme la información que buscaban pero no puedo precisar, con detalle, ese dolor. ¿Lo he borrado de mi mente?

Estaba muy concentrado en las preguntas que me hacían, en sus reacciones, en sus risas y en sus comentarios más que en los golpes.

Estaba siendo sometido a un interrogatorio en toda regla. Me pareció bastante profesional. Como los de las películas. Había buenos y malos. Mejor dicho, había malos y un solo bueno.

(Creo que hacía de bueno el señor mayor que yo había visto por el retrovisor apuntándome con su pistola. Actuaba como si fuera el jefe de aquel comando).

No le rompáis nada. Sin señales

El presunto jefe daba órdenes como éstas, que me hicieron concebir esperanzas:

– No le rompáis nada. Sin señales. Me habéis oído. Sin señales.

Y seguían preguntándome y golpeándome. Yo debía conocer bien a los torturadores y encontrar las respuestas adecuadas para sobrevivir con el menor daño posible. Nunca tuve mi mente más despierta. Toda mi energía estaba destinada a sobrevivir. Quizás, por eso, se puede aguantar el dolor o enviarlo a un rincón inservible del cerebro.

Hasta ese momento, jamás había pensado seriamente en la muerte como algo próximo e inevitable. Era joven, sano y fuerte. Casi inmortal. ¿Por qué iba a pensar en la muerte?

No tuvieron necesidad de disimular por más tiempo acerca del presunto secuestro con rescate. Todos sabíamos por qué estábamos allí. Ellos comenzaron a desesperarse.

-¿Quién te dio la información para escribir ese artículo que firmaas como Rafael Idáñez sobre los relevos en la Guardia Civil?

– No lo se. Usaron seudónimos (golpes). Quiero decir, nombres falsos (más golpes). Quien me dio todas las pistas dijo que se llamaba José Pérez. (No es el verdadero pseudónimo)

-Sabemos quienes fueron los dos generales que te dieron los datos, pero queremos que nos lo digas tú mismo. Queremos oír los nombres de esos traidores.

–Un tal José Pérez.

Conste que éste no es el seudónimo que usaron mis fuentes de información, pero a ellos les di el que, de verdad, habían usado conmigo. El pseudónimo lo sabemos mi mujer y yo, los secuestradores y la fuente anónima (o fuentes) que nunca llegué a conocer en persona. Por eso, pienso que, de haber conocido la identidad real de mis fuentes, bajo tortura, estoy casi seguro de que les hubiera delatado.

Hicieron bien en no darme sus nombres auténticos aquellos militares que se identificaron por teléfono como demócratas. Nunca se sabe. Un par de meses más tarde, en el Club Siglo XXI, ya casi recuperado de las heridas, se me acercó un general del Ejército de Tierra que se identificó como uno de mis informantes y quiso entablar conversación amistosa sobre el caso.

Le dije que, tras el shock traumático de las torturas, había olvidado los nombres que utilizaban mis informadores y le pregunté cual era el pseudónimo utilizado por él. Me dijo un nombre que no era correcto. Me puse en guardia pero seguí la conversación como si nada. Naturalmente, sin soltar prenda. Estuve muy asustado hasta que salí huyendo de España (y sin mirar hacia atrás).

Al no conseguir las respuestas que esperaban, mis potentes entrevistadores aumentaron la presión. Algunas torturas me parecieron ridículas, aunque muy dolorosas. Me tiraban de las patillas hacia arriba sin llegar a arrancarme el pelo. Me recordaba al hermano prefecto de mi colegio La Salle, pero a lo bestia. Otra me azotaban con ¿una porra? ¿un palo?. Me quitaron los zapatos, pero no los calcetines. La porra es más eficiente cuando golpea la planta de los piés desnudos. Divinos calcetines. Sentí caer el sudor por mi cara. Más tarde comprobé que no era sudor sino sangre.

Desde aquella experiencia no solicitada, no he pasado ni un solo día de mi vida sin pensar en la muerte.

 

MI SECUESTRO (III)

Mis hijos y varios amigos me han pedido que cierre ya, de una vez, el último capítulo de aquel secuestro, casi como ejercicio de terapia, y que cuente otras historias de “abuelo cebolleta”. La verdad es que llevan algo de razón. Después de haber escrito sobre el caso, por primera vez en 30 años, y aunque fuera pasando como sobre ascuas, tengo la extraña sensación de haber espantado algunos fantasmas del pasado. Y sin recurrir al siquiatra. Bueno, mejor dicho, utilizando a mis lectores como eventuales siquiatras.

Gracias a todos por estar ahí y por animarme a contarlo.

Sigo y concluyo la historia, que hoy es domingo y está lloviendo.

Los secuestradores me pidieron que hablara de todos los militares, guardias civiles o policías de cierto rango que yo hubiera conocido a lo largo de toda mi vida. Así lo hice, pero advirtiéndoles de que ninguno de ellos tenía relación con el artículo sobre traslados de altos mando en la Guardia Civil, que yo había firmado en “Doblón” con el nombre de Rafael Idáñez.

Después de registrar todos mis bolsillos, me preguntaron por mi relación con personas que, efectivamente, yo conocía. Tardé varios nombres en darme cuenta de que lo hacían casi en orden alfabético, según los iban identificando en mi abultada agenda.

Pese a no ver ni gota –aún tenía el esparadrapo cubriendo mis ojos- y estar completamente desorientado, sentado en aquel campo húmedo y frío, me pareció notar algunos sonidos, palabras sueltas e interjecciones de sorpresa del que hurgaba en mi agenda de teléfonos y citas.

Encontró allí algunos nombres de altos cargos, claramente franquistas o fácilmente identificables con la derecha española de toda la vida.

Naturalmente, también había otros nombres que pronto adiviné, por los golpes que me provocaban, que no eran del agrado de los secuestradores. Y no pocos desconocidos.

-¡Mira con quién se junta este cabrón!, se decían entre ellos.

No voy a mencionar esos nombres ahora. En la agenda de un periodista suele y debe haber de todo, y yo había acumulado muchos contactos en los ocho o nueve años que llevaba ejerciendo la profesión.

Parecían no tener prisa alguna. El interrogatorio iba recorriendo toda mi vida periodística, casi por el orden alfabético de mis fuentes de información. (Hispania Press, semanario “Don Quijote”, Televisión Escolar, programa “España, Siglo XX” de Televisión Española TVE, diario NIVEL, diario ARRIBA, semanario CAMBIO16, proyecto diario EL PAÍS, semanario DOBLÓN, etc.).

Había empezado mi carrera periodística muy joven y casi por error –para ganar algo y mantenerme como estudiante de Arquitectura- como redactor de la Agencia Hispania Press. Allí cubría sucesos, tribunales, policía, artistas (pasé un par de meses informando de “la noche de Madrid” para diarios de provincias), y asuntos económicos y políticos. Tenía anotados muchos teléfonos y direcciones, tanto de gente famosa como de absolutos desconocidos.

Les hizo cierta gracia que yo tuviera relación con Lola Flores, por ejemplo, pero les inquietó mucho más comprobar que yo tenía anotados todos los datos de contacto con el señor Comín Colomer (creo que se llamaba don Eduardo), así como de varios generales, poco sospechosos de antifranquistas, a quienes conocía a través del Club Siglo XXI.

Ellos conocían bien al entonces historiador Comín Colomer ya que, durante mucho tiempo, fue profesor y director de la Escuela de Policía de la Dictadura.

Alguno de los que me golpeaban podría haber sido alumno suyo. Les conté mi relación profesional con él, cuando investigaba, en su inmensa biblioteca particular (en los sótanos de una travesía de la calle Mayor) temas históricos relacionados con los pre-guiones que yo escribía para la serie de TVE “España, siglo XX” y que firmaba José María Pemán. (No lo pongo en mi currículum, pero durante mucho tiempo fui el “negro” de Pemán, en sentido literario, claro)

Les molestó mucho, y no se por qué, ver entre mis notas el nombre de Luis González Seara –quien luego sería ministro con Adolfo Suárez. Pero me gané más patadas y golpes debido a una anotación que llevaba en una hoja suelta y que decía algo así como “recoger artículo mujer de Simón Sánchez Montero en lavandería de Los Nardos”.

-¿O sea, que no eres comunista, verdad? ¿Y qué hace aquí el (improperio de libre elección…) de Sánchez Montero en el bolsillo de tu chaqueta?

Respondí:

-Su esposa trabaja en esa clínica y debo recoger allí el artículo de un colaborador de la revista.

Al cabo de varias horas de marearme con preguntas absurdas sobre todos mis conocidos y de molerme a palos, con cierto cuidado –eso sí- para no romperme huesos, comenzaron a presionarme mucho más en torno a mi relación con dos generales concretos de la Guardia Civil.

Uno lo recuerdo muy bien: el general Saenz de Santamaría, del Estado Mayor de la Guardia Civil. Era un hombre bajito, con bigote, fuerte, aunque algo rechoncho, y con gafas oscuras, que ya era conocido públicamente cuando estuvo a las órdenes del teniente general Vega, el anterior director general de la Guardia Civil, que fue sustituido en este cargo por el teniente general Campano.

Tal sustitución, realizada en el último Consejo de Ministros presidido por Franco, antes de caer el dictador fatalmente enfermo, nos dio la primera clave para investigar los cambios de destino de altos mandos en la Benemérita, que se producirían a partir de entonces, y especialmente tras la muerte de Franco, y que mis informadores anónimos me iban confirmando por teléfono. Años más tarde, cuando conocí el papel tan importante que había jugado el general Saenz de Santamaría para abortar el golpe de Estado del 23-F sentí una fuerte emoción.

-“No iban mal encaminados; por algo le perseguían aquellos terroristas franquistas”, pensé yo.

El otro general, por el que me preguntaban también insistentemente los secuestradores, tenía un nombre muy común y era para mi un completo desconocido. Ni siquiera recuerdo ahora su nombre (¿Gutierrez?, ¿Rodríguez?, ¿González? No se) y eso que debía tenerlo grabado con sangre. Pero lo he borrado de mi memoria. (Mi mujer cree que se llamaba Prieto).

Les dije una y mil veces que jamás había hablado conscientemente con esos dos generales y que sólo conocía al general Saenz de Santamaría por las fotos de los periódicos.

Tuve la impresión entonces, por el ir y venir de los miembros del comando y por las conversaciones que mantenían en voz baja lejos de mí, de que quizás habían fracasado con mi secuestro.

A esas alturas, después de varias horas de torturas minuciosas y metódicas, con las humillaciones de rigor que no vienen al caso, empezaron a convencerse de que yo no podía confirmarles los nombres de mis informadores, que ellos llamaban “traidores a la Guardia Civil y a la patria”, sencillamente porque no lo sabía.

No guardaba silencio por heroísmo de ningún tipo sino porque no tenía ni idea de quien me había ido dando las pistas de los boletines del Ejército (con fechas y páginas) para poder publicar el artículo basado en fuentes oficiales.

Llegué a sospechar que algunos oficiales de la UMD (Unión Militar Democrática, o algo así) que me conocían indirectamente –yo filtré la noticia de sus primeras detenciones a la prensa extranjera- habían dado mi nombre a mis fuentes anónimas diciéndoles que yo era alguien “de confianza”. Pero nunca conocí a esas fuentes. Quizás, por eso y sólo por eso, nunca las delaté.

Por un momento, pensé que mis captores se habían ido y que me dejaban allí tirado, en medio del monte o del campo, con las muñecas esposadas y los ojos tapados por el vendaje. Comencé a removerme por el suelo frío, húmedo, casi helado, para cambiar de postura. Me dolía todo el cuerpo pero no podía permitirme el lujo de pensar en el dolor. Debía concentrar todas mis energías en sobrevivir.

Cuando uno de ellos les dijo a los demás que no me rompieran ningún hueso, me dio un vuelco el corazón.

-“Si no me quieren romper los huesos”, pensaba yo desesperadamente, “es porque piensan dejarme vivo y sin señales graves”.

Aún estaban allí. No me habían dejado solo. Les oía cuchichear a lo lejos. Seguían allí pero no podía entender lo que decían. Pronto supe de qué se trataba.

Se acercaron, me tumbaron boca abajo y me quitaron las esposas.

¡Qué alivio tan grande! Algo nuevo me quemaba la cara, en la parte no protegida por el esparadrapo que me cubría los ojos, y me producía una sensación rara –incluso agradable. ¡Nieve! También la toqué con mis manos.

Me sirvió de orientación. Y eso es mucho más importante de lo que uno puede imaginarse. Al menos, sabía que estaba en lo alto de una montaña, con nieve, y que yo identifiqué –no se por qué, quizás porque solía verla desde Las Matas- como la Sierra de Navacerrada.

-“Si miras hacia atrás, te pego un tiro”, dijo de pronto uno de ellos, apretando el cañón de su arma contra mi espalda.

 

¿Mirar? ¿Con los ojos vendados?

Fue muy rápido. Inmediatamente, otro de ellos dio un fuerte tirón del esparadrapo que rodeaba mi cabeza y me tapaba los ojos. Debieron arrancarme algunos pelos del cogote y parte de la piel quemada de la cara.

Esa punzada repentina de dolor físico no fue nada puesto que, al instante, pude ver algo de luz. No me atrevía a abrir los ojos de golpe. De hecho, no podía levantar uno de los párpados (creo que era el izquierdo). Ya no se cual de ellos estaba peor. Con el ojo derecho entornado pude ver la luz. La luz… y un pistolón enorme apuntando a mi cara, a dos palmos de mi frente.

Abrí, poco a poco, los ojos. Únicamente pude ver al hombre que empuñaba el arma. Tenía la cabeza cubierta con un pasamontañas oscuro. Me recordaba un poco a los terroristas de ETA cuando hacen conferencias de prensa clandestinas. Yo miraba directamente a sus ojos (¿verdes? ¿casi marrones?), tratando de leer en ellos mi futuro inmediato, y, de refilón, también miraba al pequeño agujero negro del cañón largísimo de aquella pistola inmensa, mucho más grande que las que salen en las películas. Tras él había un enorme valle arbolado, un paisaje idílico, digno de una égloga de Garcilaso.

-“¡Qué raro!”, pensé. “Estoy demasiado tranquilo para lo que me espera”.

Instintivamente, con mis manos libres -y ya sin el vendaje sobre los ojos- traté de secarme lo que yo creía que era sudor y me limpié la cara. Mis manos quedaron empapadas de sangre.

-¿De donde sale tanta sangre?, me pregunté- Entonces reconocí visualmente el color rojo vivo y el sabor caliente, ligeramente salado, de mi propia sangre. Brotaba de mi boca y, en lugar de escupirla, me la había estado tragando como si se tratara de saliva caliente.

-“Si me va a matar de un tiro, ¿por qué se cubre la cara con ese pasamontañas? Se cubre porque no quiere que le reconozca y le denuncie”.

Durante unos segundos tuve la convicción de que saldría vivo de allí. Unos breves segundos.

El que me apuntaba a la cara habló:

-“Comprenderás que no podemos marcharnos con las manos vacías y dejarte aquí vivo con todas esas marcas en la cara y en el cuerpo. Ahora llega tu hora. Tú decides. No podemos perder más tiempo. Es tu última oportunidad. Voy a contar hasta tres. A la de tres, disparo, a menos que antes me digas los nombres que estamos buscando. Si colaboras con nosotros, no te pasará nada. Te dejaremos libre y podrás volver a tu casa. Tu coche está aparcado en el Alto de los Leones. Si no colaboras, te pudrirás en esta montaña. No te encontrarán ni los buitres. ¿Entendido?

Mirando fijamente a sus ojos, muy próximos a los míos, y oliendo su respiración y su rabia, empecé a repetir, a farfullar, cagado de miedo, mi respuesta de siempre:

“No tengo nombres… Si lo supiera…”

Me cortó en seco, casi gritando:

-“¡Uno!”

Silencio. Ahora lo recuerdo como un fusilamiento, un asesinato, a sangre fría y a bocajarro, como algo de película que nunca me pudo haber ocurrido a mi. Pero allí estaba, sin respuesta a su pregunta. Nada podía hacer.

-“Dos”

Movió la pistola varias veces de un lado a otro, indicando a los demás que estaban detrás de mí que se apartaran. No tenían por qué mancharse con mi sangre si finalmente apretaba el gatillo. Todo encajaba y parecía verosímil. Luego pensé que debían haberlo hecho muchas veces con otros que nunca lo han contado o que no vivieron para contarlo.

Eran profesionales. Detrás de mi hubo ruidos de hojas secas, medio podridas, y de gente que se retiraba de mis espaldas.

Me quedaba poco tiempo. Apenas unos segundos. Pensé –creedme- que era el final. Muchos amigos me han preguntado después en qué se piensa cuando crees que vas a morir. Tardé en responder. Me avergonzaba decir la verdad pero finalmente acabé contándolo.

Hacía apenas unas semanas que mi mujer y yo habíamos firmado ante notario –Alberto Ballarín Marcial- la escritura de compra de dos parcelas en Villanueva de la Cañada y, naturalmente, las letras correspondientes para pagarlas en no se cuantos años.

La casa de Las Matas era muy pequeña, vieja y fría y, si queríamos tener hijos, necesitaríamos una casa más grande y construida por nosotros mismos, como así fue, desde los cimientos hasta el techo. Ya habíamos echado un ojo a las ventanas y puertas. Vendrían de Almería, de una casa antigua, de más de 300 años, que iban a destruir en la Glorieta de San Pedro.

Desde que publiqué el artículo sobre los relevos de altos cargos en la Guardia Civil hasta que me secuestraron, habíamos visitado y pisado casi diariamente cada palmo de ese trozo de terreno, que ya nos pertenecía, y donde proyectábamos construir la casa en la que ahora mismo estoy escribiendo estas líneas. Aquella parcela era un sueño.

Nuestros pensamientos –cuando quieren- se concentran y van a más velocidad que la luz. No pensé en mi familia ni en mis amigos ni la eventualidad de que hubiera otra vida después de ésta. Ni siquiera pensé en mi mujer –que no sabría nada de lo que me estaba ocurriendo en ese momento. Ni en los hijos que me iba a perder…

-“Qué forma más tonta de morir!”, pensé después de oír el aviso del “¡dos!”. “Morir, justo ahora que ya tengo una parcela”.

-“¡Y tres!”

Estúpidamente, hice un esfuerzo por no cerrar los ojos y seguí mirándole muy fijamente. Quería adivinar mi futuro (¡y el de mi parcela!) como si su iris fuera mi bola de cristal.

No hubo disparo. Se levantó mascullando algo asó como “cabrón, etc.” y se retiró de mi vista, mientras los de atrás me machacaban la espalda, el culo y los costados a patadas y con algo contundente –quizás con la culata de la metralleta, que pude ver cuando me cogieron, o la porra que usaron en los pies.

En ese momento, me hicieron el único daño que tuve en los huesos. Dos fisuras y una fractura. Pero ¿quién puede perder un solo segundo pensando en los huesos rotos o en las patadas o puñetazos cuando acabas de resucitar con todo tu cuerpo entero? ¿Qué más pueden hacerme si el fusilamiento ha sido en falso, una pura simulación?

Han consumido –pensé- el último recurso de cualquier torturador profesional. ¿El último?

Sentí –lo reconozco- una inmensa alegría interior, casi mística. Boca abajo, con mi cara pegada al suelo mojado y con mis manos cubriéndome la cabeza de los golpes… Así debía ser el éxtasis, la visión beatífica, el orgasmo de los santos cuando sacan su espíritu fuera del cuerpo y se pierden como San Juan de la Cruz… en esa noche oscura y gozosa.

Cada vez que recuerdo los versos –tan poderosos y profundos- del místico de Fontiveros celebro aquel momento de resurrección y de fuerte apego a la vida.

“En una noche oscura, con ansias, en amores inflamada, ¡oh, dichosa ventura! salí sin ser notada estando ya mi casa sosegada”. Casi podía verme desde fuera de mí, desde arriba. Ahí olvidé la parcela y, por primera vez, desde que empezó aquella ejecución teatral, pensé en mi chica y en el futuro que nos esperaba. Desapareció la parcela de mi mente y apareció ella.

Bocabajo, la nieve aliviaba las quemaduras de mi cara. Una tarde maravillosa la del 2 de marzo de 1976. Sentí, quizás por primera vez con tanta potencia, la dulzura de vivir… Pero ellos no se dieron por vencidos.

(No pude terminarlo en el Talgo. Se acabó la bastería. Pero continuará. Lo prometo. Solo me falta el final)

 

MI SECUESTRO (Y IV)

Magnífica semana de primavera, pese al catarro que me ha dejado un pegote de hormigón en las fosas nasales y me ha alejado durante unos días de este blog.

El “alto el fuego permanente”, anunciado por los terroristas de ETA, ha rebajado muchos puntos el ICOA (Indice de Crispación y Odio Ambiental)

Estoy convencido de que el diálogo entre Zapatero y Rajoy, previsto para hoy martes, volverá a rebajar ese Indice tan siniestro, y aún tan español.

Claro que también provocará la rabia de algunos salvapatrias de la extrema derecha, de algunas víctimas que tienen aún el dolor a flor de piel y seguramente tambien de algunos disidentes extremistas de ETA. Ambos extremos seguirán metiendo palos en las ruedas de este largo y difícil proceso de paz para que no se les acabe el “chollo” del terror. He oído, con emoción, que varios demócratas vascos, concejales y otros cargos políticos amenazados por ETA, han renunciado a sus habituales escoltas y que, por primera vez en años, han salido ¡solos! a la calle.

Después de mi secuestro, hace 30 años, pasé varios meses, hasta el verano, bajo la protección permanente –es decir, durante las 24 horas del día- de escoltas armados de la Guardia Civil y de la Brigada Antiterrorista de la Policía.

Fue una experiencia inolvidable y enriquecedora, tanto por la convivencia tan íntima y positiva con los escoltas, que se juegan su vida por ti, como por el pesar que te causa la pérdida de libertad, impuesta necesariamente por la vigilancia permanente. Los escoltas te protegen, pero también te recuerdan que la muerte puede encontrarte al doblar la esquina.

Pero me estoy adelantando un poco en el relato de los hechos. Los escoltas vinieron a protegerme un par de semanas después de mi liberación, cerca del Alto de los Leones, en la Sierra de Guadarrama.

La semana pasada escribí sobre el fusilamiento simulado y la inmensa alegría de vivir que sentí al comprobar que, con esta argucia, los torturadores habían gastado su último cartucho para sacarme los nombres de mis fuentes de información (que yo nunca supe).

Tendido en el suelo bocabajo, entre nieve enrojecida por la sangre, rocas heladas y hojarasca mojada, con la cara ardiendo y recibiendo algunas patadas y golpes, comencé a relajarme.

-“Ya ha pasado lo peor”, pensé, aliviado aunque atento para no perder el control de mis nervios.

Algunos se marcharon y uno de ellos –el del pasamontañas- me sentó sobre una roca y me limpió la sangre de la cara y de las manos con un trapo, que tiró al suelo con menos miramientos que la Verónica.

El sol ya no estaba en lo alto, sino que daba muestras de querer esconderse a mis espaldas, noté más frío que antes y mis captores daban nuevas señales de impaciencia. Por primera vez, me percaté del ruido no muy lejano de unos motores que adjudiqué a motos potentes más que a coches. O hacían motocros por aquellos montes o estábamos cerca de una carretera.

Con un golpe seco, colocaron sobre mis rodillas una carpeta negra de pastas rígidas y, sobre ella, varios folios, sin membrete, entre los que iban intercalados los papeles para hacer copias de carbón.

Me pareció que se trataba de original y tres copias. Me dieron un bolígrafo y me pidieron que escribiera, apretando con fuerza para que las copias fueran legibles, lo que me querían dictar.

Y así empecé a escribir, con el pulso tembloroso, mi nombre, mayor de edad, DNI, domicilio, etc… hasta que el que tenía enfrente me dio un golpe y me arrancó los folios de un tirón.

-“La estás cagando. Eres periodista y sabes escribir perfectamente. Empieza de nuevo y con muy buena letra, como si lo estuvieras escribiendo tranquilamente en un despacho. No te queda mucho tiempo si no haces lo que te decimos. No te pases de listo.”

Efectivamente, otra vez me dieron original y tres copias con el papel carbón intercalado.

Volví a escribir, y esta vez, con una letra tan perfecta, tan clarísima que no parecía la mía. Di un salto atrás en el tiempo y recuperé mi letra infantil del colegio, la que utilizaba seguramente para los dictados del hermano Amado de María, aquel fraile de La Salle que me enseñó a amar la poesía.

En el encabezamiento puse de nuevo, como en una instancia oficial, mi nombre, apellidos, DNI, domicilio, etc. Luego me dijeron que pusiera EXPONE o DECLARO (¿o, quizás, fue CERTIFICA?). Creo que copié esas palabras pero no recuerdo en qué orden.

Y en la exposición yo escribía, al dictado bastante convincente de una metralleta clavada en mi espalda, todo lo que me iban diciendo.

Se trataba de construir un documento que pudiera tener valor oficial, firmado por mí como autor de artículo “De Vega a Campano”, en el que yo denunciaba al general Saenz de Santamaría y al otro general, cuyo nombre no recuerdo, como fuentes directas de la información que yo había publicado con el seudónimo Rafael Idáñez en el semanario Doblón que yo dirigía.

Me hicieron escribir algunos detalles –totalmente falsos- que daban verosimilitud a mi exposición. Y, al final, me dictaron la despedida oficial, de rigor en aquellos tiempos:

–“Y para que conste y surta los efectos oportunos, firmo la presente en… ”

Silencio de nuevo. ¿Estaban improvisando? Una de las voces que hablaba a mis espaldas intervino, con cierto tono de mando:

-“Guadalajara, a cuatro de marzo de mil novecientos setenta y seis. Escribe eso y luego lo firmas, debajo, con la misma firma que tienes en el DNI. ¿Te enteras?”

Así lo hice. Y, al instante, recogieron mi declaración firmada y pasaron a la última etapa del secuestro: las condiciones de la liberación.

Otra vez, pegaron el esparadrapo sobre mis ojos y, en lugar de utilizar de nuevo las esposas, ya ensangrentadas, me ataron las muñecas juntas por delante con el mismo rollo de cinta, dándole varias vueltas.

Ya tenían algo de mí. Y querían poder usar legalmente ese documento contra aquellos dos generales, sin que yo negara la autenticidad de mi firma ni renegara de mi declaración. Para ello, tenían que asegurarse de que yo no iba a dejarles en mal lugar.

Iniciaron una ronda alrededor de mi, de nuevo cegado por la cinta adhesiva. Hablaban uno detrás de otro, desde distintas posiciones, y yo movía la cabeza de un lado a otro, para atenderles y responderles, guiado por mi oído. Me sentía un poco mareado y agotado, como debe sentirse el toro, arrinconado en tablas, en sus momentos finales, cuando sólo le falta el descabello.

Estaba al límite de mis fuerzas. Creo que cometí un error al relajarme, después del simulacro de fusilamiento. Y ahora necesitaba recuperar la concentración y la sangre fría para no caer en sus provocaciones finales.

-“Sabemos muy bien donde trabaja tu mujer (en la calle Jorge Juan, redactora jefa de la revista Ciudadano, tiene un dos caballos). Si cuentas algo de todo esto, tu y tu mujer lo pagaréis muy caro”.

-“Si alguien te pregunta, dices que has tenido un accidente. ¿Está claro?”

Uno de ellos permanecía detrás de mí y apoyaba el cañón de su arma sobre mi espalda. Nunca supe si era el de la pistola o uno de los de metralleta, ya que solo sentía la presión de un objeto metálico redondo entre las costillas y volvía a estar ciego.

Apretando el cañón a gran presión, aunque cuidándose de no romperme ningún hueso, me dijo, casi escupiendo sobre mi cogote, que mi mujer (“la yanqui”) y yo teníamos que salir de España en tres días, a contar desde mañana. Y no volver nunca más.

Ahora van a pensar que soy un loco inconsciente o un temerario. Yo también lo he pensado muchas veces y aún no acierto a explicarme por qué, de pronto, cuando el desenlace del secuestro iba saliendo bastante bien, yo me armé de un valor insensato y salí por peteneras. Quizás por agotamiento, o por soberbia, le respondí, sin pensarlo dos veces, al instante:

-“Eso no. Si, por esto, tengo que vivir fuera de España, prefiero que me maten aquí mismo y no dentro de cuatro días. Yo soy español y quiero vivir y morir en España. Me pueden pedir lo que quieran, pero no me pidan que abandone mi país.”

Como si la mano de un ángel hubiera sostenido el arma que me presionaba en la espalda, la presión se aflojó automáticamente, a medida que yo iba pronunciando aquellas palabras que resultaron tener un efecto patriótico balsámico sobre aquella bestia fascista. El cañón del arma desapareció de mis costillas.

Se hizo un largo silencio. Supuse que se miraban, atónitos, entre ellos.

Otro dijo:

-“Ya vale. Puedes quedarte en España si no dices nada de todo esto, para que podamos utilizar esta declaración, que has hecho voluntariamente. ¿Queda claro? Y vas a contar hasta 500 antes de moverte y de quitarte la cinta de los ojos y de las muñecas. Tu coche está en el Alto de los Leones. Cuenta hasta 500”.

En ese momento, me levantaron entre dos y me llevaron andando unos metros. Casi no podía sostenerme sólo en pie y no a causa de los golpes sino, seguramente, por la mala postura que había tenido durante tantas horas sentado en el suelo.

Me dejaron de pie, apoyado en el tronco de un árbol y comenzaron a caminar. Oía sus palabras y sus pasos desvanecerse a lo lejos cuando ya llevaba contados más de cien números. Antes de contar el número doscientos ya no sentía ningún rastro de ser humano por allí cerca. Entonces me llevé las manos atadas a la cara para arrancarme el esparadrapo y recuperar la vista.

Una voz, bien conocida, me frenó en seco. Pertenecía, sin duda, al de la cara quemada:

-“No te muevas. Te hemos dicho que cuentes hasta 500. Espero que ahora sepas lo que es obedecer órdenes. Vas a ver lo que quema este spray y así pagarás lo que me has hecho esta mañana”.

Dicho y hecho. Se puso frente a mí y me vació el bote en la cara y por el pecho. La barba y el esparadrapo sirvieron de escudo y salvaron una parte de mi cara. El spray atravesó la camisa y dibujó un triángulo quemado sobre mi pecho, marcando la parte no protegida por el chaleco.

Y se fue, dejándome aquellas señales de monstruo, en contra las órdenes del jefe del comando. Esta vez sí conté hasta 500. Me quité la cinta de los ojos y mordí el esparadrapo de las muñecas, hilo a hilo, hasta que lo deshice. Estaba molido a palos, pero más vivo que nunca.

Me lavé con agua nieve y busqué la salida de aquel monte bajo de robles. Salté un muro de piedras y encontré algo que parecía una vereda que bajaba hacia el valle. No recuerdo el dolor.

Iba dando saltos de alegría, con una excitación indescriptible y mirando a todos lados con una curiosidad desmedida: como si nunca hubiera visto un monte de robles surcado por arroyuelos de agua nieve.

Pronto encontré casas, allá abajo, a ambos lados de una carretera. Hacía frío de atardecer invernal y el pueblo estaba prácticamente desierto. Sólo había dos jóvenes de mi edad (de la de entonces), cada uno a un lado de la carretera, sosteniendo una bolsa de deportes con picos pronunciados impropios de una raqueta de tenis. No quise acercarme a ellos.

¿Llevaban metralletas en esas bolsas? ¿Acaso me estaba volviendo paranoico? ¿Quedaron de retén para seguir mis pasos?

Fui directamente a la farmacia y pedí algo para las quemaduras de la cara. La nieve no era alivio suficiente. La dependienta me preguntó y le dije que me había estallado el carburador en la cara. Nunca entendí de motores de coches, pero creo que ella tampoco. Me dio una crema contra la inflamación creciente y me limpió las heridas. Pude abrir un poco más los ojos.

De la farmacia pasé al bar de al lado, donde pedí una copa de brandy. No pude probarlo. Tenía las encías y todo el interior de la boca llena de llagas. Pedí Anís del Mono, dulce, y lo tomé a sorbitos para cerrar las heridas internas, que no sangraban desde que comencé a bajar de la montaña.

Busqué un teléfono y llamé a Ana, mi mujer, a la revista Ciudadano. Me notó algo raro, quizás por la forma de hablar con la boca un poco torcida. Le dije que había sufrido un accidente, nada grave, que yo estaba perfectamente y que tenía que venir a recogerme con su coche. Me preguntó donde estaba y ahí me pilló. No me había preparado y no sabía donde estaba.

-“Un momento”, le dije. Y pregunté al camarero cómo se llamaba este pueblo.

-“San Rafael”, me contestó.

Mi mujer me preguntó entonces si había que llegar hasta allí por el túnel de Guadarrama o por el puerto. Yo no lo sabía. Eso le extrañó tanto que me preguntó, alterada, qué estaba ocurriendo.

-“¿Cómo es posible que no sepas cómo se llega hasta allí?”.

El camarero me ayudó.

-“Sí, por el túnel. Yo vine por otro lado. Y no preguntes más. Ven a recogerme sin decir absolutamente nada de todo esto a nadie. Por favor. No digas nada a nadie. ¿Está claro? Estaré en la carretera que cruza el pueblo, junto a la farmacia”.

Mientras esperaba allí, más de una hora, empezó a oscurecer. Los jóvenes de las bolsas de deportes seguían cada uno en su sitio. Adiviné, a lo lejos, el dos caballos de Ana y le hice señales, pero ella pasó de largo. No me había reconocido. Volvió a pasar por la farmacia y me recogió muy asustada. Le dije:

-“No hagas gestos extraños. Disimula como si nada. Me han secuestrado esta mañana y me han interrogado durante todo el día. Aún quedan dos de ellos mirándonos. Arranca el coche y vamos hacia el Alto de los Leones antes de que sea completamente de noche.”

Allí estaba mi coche con las llaves puestas. Ella insistió en dejarlo aparcado, para llevarme directamente al hospital, pero yo quise conducirlo, con un ojo y medio abiertos, muy despacio, seguido por su coche. Así lo hicimos y tardamos más de dos horas para llegar a Madrid, al domicilio del dueño de la revista, el doctor Julio García Peri, editor también del diario gratuito “Noticias Médicas”, en La Moraleja.

Mi editor se sobresaltó. En la redacción estuvieron todo el día muy inquietos sin saber nada de mi paradero. Ernesto Garrido, el redactor que firmaba el reportaje “Cómo es la Guardia Civil”, junto al mío “De Vega a Campano”, no había dormido en su casa del barrio del Pilar. Unos vecinos le dijeron que unos desconocidos había ido a buscarle muy pronto por la mañana.

Nadie sabía lo que pasaba.

Le hice un resumen muy rápido al doctor García Peri –un hombre cabal a quien yo apreciaba mucho y en quien confiaba con los ojos cerrados- y decidió llevarme inmediatamente al hospital de quemados de la calle Lisboa.

Llamó a un cirujano colega suyo (un tal doctor de la Fuente), abrió el cajón de su mesa, sacó un revólver y se lo guardó en un bolsillo del chaquetón.

Debo reconocer que me impresionaron su resolución y entereza tanto cómo su revólver. Salí de su garaje tumbado en el suelo de un gran Mercedes, para que nadie me viera.

En el Hospital me curaron las heridas de la cara, de la boca y de todo el cuerpo. En el quirófano, el doctor de la Fuente bromeó:

-“Has tenido suerte, joven. En Hollywood, muchas actrices pagarían por lo que tú tienes. Vas a cambiar varias veces las costras de la cara. Se te caerán como si fuera lepra, pero, al final, te quedará la piel tan fina como la de un bebé”.

Al regresar a casa del editor, encontramos allí al juez Clemente Auger –que más tarde sería presidente de la Audiencia Nacional. Le conté todo y me dijo que, al día siguiente, antes del cuatro de marzo, debía denunciar ante el juez de Guardia que me habían obligado con amenazas a firmar un documento, cuyo contenido no recordaba, fechado en Guadalajara a cuatro de marzo.

Teníamos que anular los eventuales efectos de aquel documento contra los dos generales demócratas de la Guardia Civil.

Dormí como un bendito y fui al Juzgado de Guardia acompañado por mi mujer y por el fiscal Jesús Vicente Chamorro, un viejo amigo que, en la democracia, llegaría a ser fiscal del Supremo.

Nos recibió el juez de Guardia, Jaime Mariscal de Gante, ex director general de Prensa de la Dictadura, quien me conocía perfectamente pero que, en aquel estado, no pudo reconocerme hasta que le dije mi nombre.

Con mi breve declaración judicial, el documento contra los generales moderados creo que quedó desactivado e inservible.

Al día siguiente, aún bajo los efectos tremendos de la matanza de obreros a la salida de una Iglesia de Vitoria, visitamos al jefe superior de Policía; teniente coronel Quintero, y al director general de Seguridad, general Castro Sanmartín –ambos a las órdenes del ministro Fraga Iribarne-, a quienes contamos la misma versión escueta, y con problemas de memoria causados por el trauma sufrido, que le habíamos dado al juez de Guardia.

Previamente, un general de Inteligencia de Franco, tío de un amigo nuestro en quien confiabamos, me recomendó personalmente, al oír toda la historia, que no dijera nada de nada a los cargos oficiales. Solo la versión que dimos al juez. Y así fue hasta ahora, al cabo de 30 años.

El general Castro nos recomendó salir de la península, a Canarias, por ejemplo, pues no podían garantizar nuestra seguridad, frente a las amenazas de esos grupos armados incontrolados. Decidimos refugiarnos, durante un par de semanas, en el Parador Antonio Machado de Soria. Y fue un acierto. Nunca olvidaré aquellos días de convalecencia junto a los álamos de amor, en la ribera…

¡Ay, Soria! De allí me traje un pino, guardado en el bolsillo de mi chaqueta. Lo planté en nuestra parcela. Hoy tiene ya 30 años, y está tan hermoso como la Democracia.

FIN

(Al fin lo terminé. ¡No puedo creerlo!)

Martínez Soler

El Análisis

LA VERDADERA ULTRADERECHA

JF Lamata

Si hay un latigillo del que se ha abusado en España es el de ultraderecha. Sectores de la izquierda lo usan para referirse así a toda la derecha que no esté acomplejada. También dentro de la derecha, el Partido Popular usa el término para referirse así a cualquier derecha que no sea la suya, entre los periodistas es habitual que el periodista con valores conservadores sea igualmente identificado como ultraderecha.

Pero los auténticos ‘ultras’, son aquellos que llevan al extremo de usar la violencia, cuando el fanatismo lleva a la violencia, es cuando entras en el terreno de los ultras. Los que torturaron a Martínez Soler, los que mataron a Yolanda o los de la matanza de Atocha… ¡Esos sí que eran auténticos ultraderechistas! (Además de criminales). Los otro, es un mero latiguillo.

J. F. Lamata

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