15 mayo 1972

Ex Gobernador de Alabama conocido por sus ideas segregacionistas, en 1968 fue candidato independiente a la presidencia y ahora aspiraba a serlo regresando al Partido Demócrata

El candidato a la presidencia de Estados Unidos en las primarias demócratas, George Wallace, es víctima de un atentado que le deja paralítico

Hechos

El 15 de mayo de 1972 George Wallace fue herido durante un acto de campaña electoral en su candidatura a la presidencia de Estados Unidos en las primarias por el Partido Demócrata.

Lecturas

George Wallace fue candidato por el Partido Independiente en 1968, pero después volvió al Partido Demócrata.

El gobernador del estado de Alabama, George Wallace, ha resultado este 15 de mayo de 1972 víctima de un atentado, que le ocasionó graves heridas. Partidario de la segregación racial, Wallace aspiraba a la candidatura presidencial por el Partido Demócrata.

17 Mayo 1972

Trágico y desconcertante

LA VANGUARDIA (Director: Horacio Sáenz Guerrero)

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El candidato político norteamericano habla a la gente desde una tribuna a prueba de balas, rodeado da agentes de policía y guardaespaldas. Luego se quita la chaqueta, baja de la tribuna y estrecha el mayor número posible de manos. Lo segundo es la expresión de los modos familiares y populares de la gran democracia americana; lo primero la herencia de una tradición violenta, que viene de la expansión hacia el oeste, y también la poco más que ritual precaución ante la posibilidad de que algún hombre solitario, con un arma en la mano, intervenga en la contienda verbal con un acto irreparable.

El esquema, trágico y desconcertante, ha vuelto de nuevo a la actualidad. Un joven de 21 años ha disparado cinco balas contra el gobernador George Wallace. Parece que el gobernador salva la vida; se teme, en cambio, que quede paralítico. Los candidatos demócratas rivales y el mismo presidente, han expresado su consternación. Por desgracia, el recuerdo de las muertes violentas del candidato demócrata Robert Kennedy y del líder pacifista Martin Luther King, en 1968, también en año de elecciones proyecta sobre el atentado de ahora un resplandor lívido, de desesperanza. “Sólo cabe preguntar ahora quién será la próxima víctima’, escribe nuestro corresponsal en Nueva York al final de su crónica.

“Si hemos llegado al punto de que una figura pública no puede expresar sus puntos de vista sobre los problemas del país, tiemblo al pensar en el futuro de nuestra nación”, ha declarado uno de los rivales de Wallace en el Partido Demócrata, el senador McGovern. Hay motivos para temblar, en efecto. Pero lo más desconcertante es que el atentado político, tal como se viene produciendo en los Estados Unidos, no parece fruto de un clima de intolerancia; ni ha resultado tampoco hasta ahora de la existencia de vastas conspiraciones organizadas, que es lo que parecía más verosímil.

El atentado político se diría y ya estamos en las fronteras del absurdo, que apenas es ya un acto político, si a las motivaciones del agresor nos ceñimos. El atentado político en la actualidad norteamericana parece el resultado de tres factores concurrentes: la huella de los innúmeros actos de violencia que continuamente aparecen en las pantallas grandes y chicas; el deseo de notoriedad de personalidades débiles, retraídas o resentidas, Y el hábito de llevar encima un arma de fuego.

Es curioso que este último y decisivo elemento, la facilidad con que se venden, se llevan y se usan armas, que encontraremos en todos los países en que el atentado político se da todavía con ciertos caracteres de habitualidad, no provoque mayor reacción en la misma sociedad que sufre sus consecuencias.  Los hombres públicos más populares – por una u otra razón en uno u otro sentido – caen bajo las balas. Los agresores resultan ser gentes apenas responsables. Pero, eso sí, tienen a su disposición un arma que no sirve para otra cosa que para matar o herir a otro. Y, sin embargo, las armas siguen difundiéndose con la mayor facilidad. Y ni siquiera provocan campañas como las que provoca el uso de drogas, de efecto más lento y que no actúa más que con quien la toma.

George Wallace, en cuya recuperación física debemos todos confiar, no es un político especialmente atractivo para la mentalidad europea actual. Pero sabe recoger el resentimiento del blanco americano relativamente pobre, del conservador con poco dinero, del trabajador o el empelado muy condicionado por sentimientos de grupo y poco sensible a las voces más liberales y más cultas que le hablan de cosas que a él le dicen poco. El tema del traslado obligatorio de escolares en autobús a escuelas alejadas, para facilitar la integración racial, lo siente, en cambio, intensamente. Wallace sabe recoger estas ondas, y de ahí que su popularidad se haya extendido. Es posible que el atentado refuerce aún más su audiencia. No es raro, cuando se recurre a la violencia, que le tiro salga por la culata. Eso suponiendo que el agresor supiera lo que hacía.

Lo trágico es que la vida política de los Estaos Unidos esté a merced de actos solitarios de gentes apenas responsables que quieren compensar su debilidad con el uso de un instrumento que la sociedad, de modo suicida, pone en sus manos: un arma de fuego.

El Análisis

Wallace, la bala y un país que no aprende

JF Lamata
En un mitin en Laurel, Maryland, George Wallace, el eterno rebelde de Alabama, fue alcanzado por varios disparos mientras hacía campaña por la nominación demócrata para las presidenciales de noviembre. El hombre que en 1968 sorprendió al mundo con una tercera posición nada desdeñable como candidato del Partido Independiente, volvió al redil demócrata con su retórica incendiaria, dispuesto a desafiar a Nixon desde dentro. Pero una bala, disparada por Arthur Bremer, un joven desequilibrado con un diario lleno de rencores, ha dejado a Wallace gravemente herido, confinado a una silla de ruedas. Increíblemente, el exgobernador no se rinde: promete seguir en la carrera, aunque su sueño de ser el rival de Nixon se tambalea. América, que ya vio caer a Kennedy, a Malcolm X, a King, suma otra cicatriz a su historial de violencia política. ¿Cuándo aprenderá?
Bremer, el atacante, no parece movido por una gran causa, sino por un deseo enfermizo de notoriedad. Su diario, encontrado por la policía, pinta a un hombre obsesionado con dejar su marca, aunque sea en sangre. Wallace, con su mensaje de “ley y orden” y su defensa velada del segregacionismo, siempre ha sido un imán para la controversia, pero nadie esperaba que su campaña terminara en una camilla. Su retorno al Partido Demócrata, tras el flirteo independentista de 1968, ya era un movimiento arriesgado: los liberales del partido lo miran con recelo, y su base sureña no perdona del todo su “traición” al alinearse con las reformas de Johnson. Ahora, herido y debilitado, Wallace sigue siendo un símbolo de división, pero también de una terquedad que roza lo heroico. Sin embargo, las primarias se le escapan: George McGovern, con su mensaje anti-Vietnam, parece llevar la delantera.
El atentado no solo marca el cuerpo de Wallace, sino el alma de una nación que no logra escapar de su fiebre violenta. Que Wallace continúe su campaña desde una silla de ruedas es un testimonio de su carácter, pero también una metáfora cruel: un país paralizado por el odio y el miedo. McGovern, con su discurso progresista, probablemente se alzará con la nominación, dejando a Wallace como una nota al pie en una elección que ya huele a reelección de Nixon. Pero el impacto de esta bala va más allá: es un recordatorio de que América sigue disparándose a sí misma. Wallace sobrevivió, sí, pero su candidatura, como el sueño de una nación unida, sigue en estado crítico. ¿Cuántas balas más soportará este país?
JF Lamata