4 enero 1968

Lurlean Wallace ocupará el cargo de Gobernadora de Alabama en sustitución de su marido

Escisión en el Partido Demócrata de Estados Unidos: El segregacionista George Wallace, gobernador de Alabama, será candidato a la presidencia por un Partido Independiente

Hechos

El 4 de enero de 1968 George Wallace se postuló como candidato a la presidencia de Estados Unidos en las elecciones de noviembre.

Lecturas

Kennedy mandó a la guardia nacional contra el Gobernador de Alabama, George Wallace en 1963. 

George Wallace elegirá como su candidato a Vicepresidente de EEUU al general Curtis LeMey

El Análisis

Wallace, el rebelde sureño que quiere dinamitar el bipartidismo

JF Lamata
George Wallace, el gobernador de Alabama con el ceño fruncido y el verbo incendiario, ha decidido meterse de lleno en la carrera presidencial, pero no con los demócratas que lo criaron, sino al frente de su propio Partido Independiente. Ayer, con el descaro que lo caracteriza, anunció su candidatura para las elecciones de noviembre, agitando la bandera del segregacionismo y escupiendo sobre las políticas de integración de los Kennedy, a quienes tilda de “niños ricos” desconectados del Sur, y de Lyndon Johnson, al que llama traidor por abrazar, aunque sea a medias, la causa de los derechos civiles. Wallace no es un novato en el arte de dividir: su mensaje de “ley y orden” y defensa de la “tradición sureña” resuena en un electorado blanco que se siente acorralado por el cambio. En un país donde el bipartidismo es rey, este sureño testarudo podría robar más votos de los que Washington quiere admitir.
El tablero electoral está que arde. En el lado republicano, Richard Nixon parece llevar la delantera, aunque Ronald Reagan y Nelson Rockefeller no se lo pondrán fácil en las primarias. Entre los demócratas, todo depende de si Johnson, desgastado por Vietnam y las protestas, decide seguir o tirar la toalla. Si no lo hace, Robert Kennedy, con su aura de mártir y su mensaje progresista, podría ser el hombre a batir. Wallace, sin embargo, no está aquí para jugar limpio: su campaña es un grito de guerra contra el establishment, un puñetazo en la mesa de los blancos sureños que ven en la integración una afrenta personal. Con su retórica afilada, Wallace no solo desafía a Nixon y Kennedy, sino al sistema entero, apostando por un voto de resentimiento que podría fracturar el mapa electoral como nunca antes.
No nos equivoquemos: Wallace no va a ganar la Casa Blanca, pero no necesita hacerlo para dejar su marca. Su candidatura es un recordatorio de que América está partida en dos, con un Sur que se aferra a un pasado de segregación mientras el resto del país, o al menos parte de él, intenta mirar hacia adelante. Si logra movilizar a los desencantados, podría desviar votos suficientes para inclinar la balanza en una elección que ya se perfila como una de las más reñidas en décadas. Mientras Nixon afila su estrategia y Kennedy predica esperanza, Wallace apuesta por el rencor. La pregunta no es si ganará, sino cuánto daño puede hacer. En este 1968, con las calles en llamas y Vietnam en la conciencia, Wallace es la chispa que nadie pidió, pero que todos temen.
JF Lamata