4 septiembre 2007

El veterano periodista y antiguo militante comunista había estado a las órdenes de Pedro J. Ramírez desde la fundación del diario EL MUNDO en 1989

El columnista Javier Ortiz abandona el diario EL MUNDO para fichar por el nuevo periódico izquierdista PÚBLICO

Hechos

El 17.09.2007 D. Javier Ortiz publicó su último artículo en el diario EL MUNDO al tiempo que informaba en su blog su marcha del citado periódico.

Lecturas

REPROCHES A PEDRO J. RAMÍREZ

zap_Ramirez2006 En su nota de despedida el Sr. Ortiz reprochaba al director de EL MUNDO «no ponerse en contacto directo con él para justificar las decisiones que tomaba sobre él».

EL ARTÍCULO EN EL QUE JAVIER ORTIZ EN SU BLOG INFORMA DE SU MARCHA EN EL MUNDO:

Un cambio importante (para mí)

Javier Ortiz

Esta mañana he comunicado a la dirección de EL MUNDO que abandono mi labor como columnista de ese periódico. Lo he hecho mediante una carta al director, Pedro J. Ramírez. Pensé en telefonearle para darle cuenta de mi decisión, pero luego reparé en el hecho de que ya hace unos cuantos años que él no se ha puesto en contacto directo conmigo para justificar ni una sola de las decisiones que ha tomado a mis expensas –algunas de ellas muy importantes para mi situación laboral–, lo cual indica que, con el paso del tiempo y por las razones que sea, ha considerado que prefería relacionarse conmigo de manera oblicua. Me he avenido a sus preferencias y yo también he optado por utilizar una vía indirecta.

Muchos de mis amigos y amigas no entienden que tomar esta decisión me haya costado Dios y ayuda. No se dan cuenta de la tupida red de lazos afectivos que uno puede establecer con un periódico para el que ha escrito durante 18 años. La línea editorial importa, pero no lo es todo, ni mucho menos. Cuentan también, y mucho, las relaciones afectivas. Me refiero al afecto que me une a muchas personas que siguen en ese diario y a las que quiero.

Ahora que ya no voy a trabajar para él, tampoco me cuesta nada admitir que guardo un reconocimiento muy especial al propio Pedro J. Ramírez, con independencia de que en los últimos años hayamos tenido unas relaciones tirando a enrevesadas.

Cuando se interesó por mí, allá por 1989, yo era un periodista ignoto, que escribía para publicaciones muy minoritarias, unas por su temática, otras por su ideología. Me respaldó, me defendió y me promocionó. En sólo un mes, antes incluso de que el periódico saliera a los quioscos, me pasó de jefe de sección a redactor-jefe. Me permitió encargarme del nacimiento de EL MUNDO del País Vasco, junto con el bueno de David Barbero. Un año después me llamó a Madrid, ya como subdirector, jefe de Opinión, responsable del Consejo Editorial y columnista, tareas de las que me ocupé simultáneamente durante casi una década. Tuvimos nuestras agarradas, algunas muy sonadas y visibles, pero siempre me mostró respeto y aprecio. Y luego, cuando decidí dejar el cargo e irme a mi casa a la vista de nuestras insalvables divergencias políticas, tragó, aunque a regañadientes y con su proverbial racanería, y me mantuvo como columnista. Todo lo cual, visto en conjunto, debo agradecérselo y se lo agradezco sinceramente.

Voy a iniciar ahora otra etapa de mi vida, ésta como columnista de PÚBLICO, el diario que pronto estará en los quioscos.

Me interesa la nueva experiencia en varios sentidos.

En primer lugar, voy a escribir para un periódico que, a diferencia de EL MUNDO, no me soporta, sino que me jalea. Un periódico que anuncia que va a defender –y espero que lo haga– una línea de izquierdas.

En segundo lugar, voy a tener una columna diaria, 365 días al año, salvo bisiestos. Quienes seguís desde hace tiempo estos Apuntes sabéis que no me asusta escribir a diario, pero hay en este propósito mío de ahora un punto suplementario de desafío, porque no es lo mismo escribir en familia, al modo de los Apuntes, que hacerlo de cara a muchos lectores que están por conocerme.

En tercer lugar, me estimula y me divierte participar en el nacimiento de un nuevo diario. Tengo tantas incógnitas como el que más, pero no puedo evitar acordarme de la máxima de Tácito que marcó el nacimiento de EL MUNDO. Decía: «No hay atractivo en lo seguro. En el riesgo hay esperanza». Una reflexión que yo solía completar recordando unos versos que Jacques Brel cantó sobre la tumba de su amigo Jojo: «Tú y yo sabemos que el mundo se adormece por falta de imprudencia».

A la vejez, viruelas.

¿Qué va a suponer este cambio de cara a la página web en la que tú, amigo lector, amiga lectora, te encuentras ahora? Pues la verdad es que no lo sé. He pactado con la dirección de Público que podré reproducir aquí las columnas que publique en el nuevo diario. Es posible que la mayor parte de los días todo sea uno y lo mismo, aunque a lo mejor hay días en los que me apetece escribir dos piezas, una de cara alPúblico y otra pro domo mea.

Prefiero atenerme al viejo lema que Napoleón aplicaba a las batallas: «On s’engage et puis on voit». O sea: uno se mete en la pelea; luego mira y decide cómo se las arregla (dicho sea en traducción libre).

Es a lo que yo me dispongo en este punto y hora. Ya veremos.

En todo caso, mis más sinceras gracias a todos y todas por seguirme en mis peregrinajes.

Javier Ortiz

¿IMPIDIÓ EL MUNDO A ORTIZ CRITICAR AL BANCO SANTANDER’

zap_muertePolancoBotin Después de su salida de EL MUNDO, D. Javier Ortiz publicó en su blog un artículo que él mismo había escrito en el año 2001 en el que daba cuenta de que el periódico en el que había trabajado durante años no le había permitido publicar un artículo crítico hacia el presidente del Banco Santander, D. Emilio Botín.

17 Julio 2009

Historia de una columna

Javier Ortiz

Leer
Me llamaban de EL MUNDO. No diré quién: dejémoslo en que no era precisamente el chico de los recados. Pero en este caso ejercía funciones de tal: me comunicó que más me valía desistir de la idea de hablar de ese libro porque, si lo hacía, mi artículo jamás vería la luz.

El pasado sábado avisé en mi columna de EL MUNDO de que tenía la intención de dedicar hoy ese mismo espacio a contar cosas sobre Emilio Botín, gran patrón del BSCH.

En realidad, mi deseo no era tanto hablar de ese señor como de los avatares seguidos por un libro publicado recientemente por Ediciones Foca titulado El Poder. El libro, obra de un veterano periodista llamado Josep Manuel Novoa, aborda con mucho detalle y datos en mano la reciente historia del sector financiero español y, muy especialmente, de los métodos por los que don Emilio Botín y su camarilla ha conseguido hacerse con la parte del león de ese sector, logrando, entre otras cosas, que el Banco de España le haya regalado el Banesto, esquilmando a los pequeños accionistas del que fuera en su día principal banco de la península, ahora en trance de desaparición.

Había llegado a mi conocimiento que el libro en cuestión ha sentado tan rematadamente mal al señor Botín que ha puesto en marcha toda una operación de altos vuelos para silenciarlo. Huelga decir que, si así ha sido, es porque lo que cuenta el libro es verdad. En caso contrario, lo primero que habría hecho el poderosísimo banquero habría sido encargar a sus tropecientos mil abogados que pusieran una legión de querellas contra el autor del libro y contra su editor, reclamando incluso el secuestro judicial de la obra. En lugar de eso, lo que ha hecho don Emilio es montar un gabinete de crisis para asegurarse de que ni un solo medio de comunicación llame la atención sobre la existencia de la obra. Papel predominante en ese empeño corresponde a un miembro del gabinete de relaciones públicas del BSCH, de cuya catadura da cuenta el hecho de que sus propios compañeros lo apodan, no muy cariñosamente, el pequeño Goebbels. Me imagino que no hará falta detallar los métodos de que se está valiendo el mencionado gabinete de crisis para alcanzar sus objetivos: la influencia del BSCH en el mundo de los medios de comunicación –vía cartera de publicidad, patrocinios, accionariado, etcétera, etcétera– es sobradamente conocida.

Bueno, pues en éstas estaba ayer por la mañana, tomando notas para la confección de la prometida columna, sentadito al borde de la piscina y escuchando el excelente último disco de John Gorka, cuando de repente suena el teléfono. Me llamaban de EL MUNDO. No diré quién: dejémoslo en que no era precisamente el chico de los recados. Pero en este caso ejercía funciones de tal: me comunicó que más me valía desistir de la idea de hablar de ese libro porque, si lo hacía, mi artículo jamás vería la luz. Me quedé de una pieza: en once años que llevo como columnista de EL MUNDO, jamás nadie me había dicho qué podía o qué no podía escribir. Argumenté eso, argumenté que mis opiniones son mías y llevan mi firma («Vete a contarle eso a Botín», fue la respuesta)… argumenté de todo, pero todo fue inútil.

Mi primer impulso fue seguir adelante pese a la amenaza y montar la zapatiesta. Pero ¿qué zapatiesta iba a montar? Ningún medio de comunicación medianamente importante se haría eco de lo ocurrido, porque Botín los tiene cogidos a todos por sus partes más íntimas.

De modo que decidí escribir la columna que incluyo bajo estas líneas, en la que hablo de todo esto pero sólo en el plano general, avisando explícitamente de que no entro en la explicación concreta de los motivos que suscitan la reflexión porque, sencillamente, no me dejan.

Escribir esa columna fue la primera decisión que tomé, referida al problema inmediato.

Pero no fue la única decisión que adopté ayer. La segunda, difícilmente excusable a la vista de que la cloaca del periodismo actual amenaza ya con engullirme también a mí, tendrá su traducción a la vuelta del verano.

Horas antes de que sucediera todo esto había anotado premonitoriamente en este Diario: «Todo lo que tenía que escribir, ya lo he escrito. Todo lo que tenía que odiar, ya lo he odiado. Todo lo que podía amar, ya lo he amado. Nada me queda por escribir.»

Bueno, pues parece que acerté. Creo que me ha llegado el momento de cambiar de profesión.

Por cierto que había escrito esas líneas tomando pie en mi libro Jamaica o Muerte. No deja de tener su punto de ironía que ese libro fuera presentado en su día al público por un periodista llamado Pedro J. Ramírez.

Bueno, pues ya está. Éste es el texto de la columna que hoy publica EL MUNDO

El gran Poder

Ya se saben ustedes lo de los tres famosos poderes definidos por Montesquieu: que si el legislativo, que si el ejecutivo, que si el judicial. Hace algunas décadas –en plan inicialmente tirando a metafórico–, se empezó a hablar también del cuarto poder, en alusión a la influencia de la Prensa sobre los asuntos del Estado.

Pues bien: vayan olvidándose ustedes de todas esas antiguallas.

Ya no existe más que un poder real: el Poder. El Poder con mayúsculas. El Poder por antonomasia. El Poder que lo amalgama todo. Un Poder que puede sobornar parlamentarios, comprar gobernantes, enfeudar jueces y alquilar periodistas a tanto la docena.

La doctrina marxista clásica analizaba cómo la clase económicamente dominante se las arreglaba para que las instituciones del Estado y los aparatos de creación de la opinión pública actuaran en última instancia a su servicio. Se suponía que el conjunto funcionaba a través de un complejo entramado de relaciones sutiles, no fácilmente desvelables.

Todo ese rollo ha periclitado. En el momento presente, el tropel dominante pedalea no ya en el mismo pelotón, sino incluso en el mismo equipo. Según los días –y a veces según las horas–, la misma gente puede tomar decisiones políticas, financieras o mediáticas, sin cambiar ni de ocupación ni de sede, porque no son sino diferentes negociados de la misma Dirección General: a las 10, proteger a tal político corrupto –hoy por ti, mañana por mí–; a las 12, echar la persiana a un banco –y ahí se las arreglen los pequeños accionistas–; a las 18, decidir qué debe decir o dejar de decir la Prensa… Tan ricamente. Son meros cambios en el orden del día de la misma ocupación.

A veces se enfadan entre ellos. Porque el uno quería 50 y se ha llevado sólo 45. O porque aspiraba a figurar en el puesto 3 del ránking y lo han dejado en el 5. Pero no atribuyamos cualidad a la cantidad: son los mismos perros con los mismos collares.

Pertenezco al gremio de los que se supone que deberíamos contar todo eso. Audaz suposición. A la mayoría tanto le da: pregunta qué es lo que tiene que escribir o decir, lo dice, cobra y calla. Y a los pocos que aún quisiéramos seguir fieles al mandato fundacional de la profesión –que si la verdad, que si Agamenón, que si su porquero– sólo nos queda una aparente opción: callar o que nos callen.

Hay quien sostiene que cabe una tercera vía: contar lo que ocurre, pero manteniéndose en el plano de la pura teoría, sin descender al relato de enojosos ejemplos prácticos. Sin mencionar quién, cómo y con qué trampas se hace de oro.

Es lo que he hecho yo hoy: hablar del Poder omnímodo establecido, sin mencionar el botín.

Javier Ortiz.