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Críticas internas entre los republicanos por no haber escogido a un candidato suficientemente fuerte

Elecciones EEUU 2012 – El demócrata Barack Obama logra la reelección como presidente frente al republicano Mitt Romney

HECHOS

  • Barack Obama (Demócrata) – 51% (332 votos electorales)
  • Mitt Romney (Republicano) – 47% (206 votos electorales)

LAMENTOS EN FOX NEWS POR LA DERROTA DE OBAMA: «AMÉRICA HA CAMBIADO Y QUIERE QUE EL ESTADO CUIDE DE ÉL»

fox_reelección Ann Coulter y Sean Hannity

El canal de televisión Fox News apostó por el candidato del partido republicano, como había hecho de manera clara desde las elecciones de 2004. En el programa ‘Hannity Live’ del mismo día de las elecciones, tanto el propio Hannity como una de sus comentaristas habituales, Ann Coulter, lamentaron la derrota de Romney.

Ann Coulter- Me equivoqué, dice que Rommney iba a ganar y no fue así.  (…) Los republicanos no han conseguido tener nunca un gran líder, salvo en el caso de Ronald Regan

Sean Hannity- America está cambiando. Ahora es más de ‘ah, libertad’, ‘nada de presiones’, ‘que el Gobierno cuide de mí’.  Y los resultados también son predicibles.

Ann Coulter- ¡Se han quedado sin dinero!

Sena Hannity- Se han quidado sin el dinero… de los ciudadanos

Ann Coulter- Hay dos problemas. Un decreto sobre la inmigración, que ha causado que cambie completamente la demografía del país.  Y Mitt Romney hubiera arreglado eso. Desde el 65 el 80% de la inmigración viene el tercer mundo, es una población mucho más proclive que necesite la asistencia social del Gobierno. El segundo problema es que una vez que empiezas por ese camino, es muy difícil ir marcha atrás y quitarle a la gente lo que le has dado.

08 Noviembre 2012

Divorcio con el Tea Party

Daniel Greenfield

El Partido Republicano se postuló a estos comicios con dos candidatos republicanos moderados avalados por una plataforma electoral apoyada en el empleo en un momento en el que la economía es el motivo de preocupación de todo hijo de vecino y en el que el inquilino de la Casa Blanca ha fracasado estrepitosamente a la hora de encarrilar la economía. Y perdió.


Los tertulianos de los debates matinales lo pasarán divinamente debatiendo lo que debió de haber hecho Mitt Romney. Los republicanos de derechas dirán que debió haber sido más agresivo y que debería haber atacado a Obama con Bengasi. Los republicanos moderados hablarán de la falta de popularidad entre los latinos. Los hay que culparán al huracán «Sandy», otros al gobernador republicano de Nueva Jersey, Chris Christie, y muchos apuntarán a un fraude electoral. Y todos tendrán parte de razón; pero esta derrota no se gestó en las dos últimas semanas; se viene produciendo desde dos años atrás.

Romney se hizo con las primarias porque era presidenciable. Pero al parecer, en realidad no tenía nada de presidenciable. Cuando el principal criterio que determina si un candidato es apto para la presidencia consiste en carecer de opinión, de punto de vista y de motivos para postularse al cargo, no. Cuando el principal criterio para ser el candidato presidencial republicano consiste en convencer a la población de que no tienes nada de republicano, es que no lo es.

Romney era un astro político con una excelente formación y equipo. Pero para ganar elecciones, hay que cambiar la opinión de la gente. Emplearse a fondo o luchar no basta. Hay que movilizar a la gente con una causa. El retorno republicano no comenzó con candidatos inofensivos; comenzó con manifestantes indignados disfrazados y banderas fundacionales que se concentraban en los exteriores de las asambleas electorales convocadas para promocionar la reforma sanitaria «Obamacare». Los triunfos conservadores de las legislativas de 2010 no fueron obra de una institución política timorata, sino de una vigorosa oposición a pie de calle. Y una vez que el movimiento de protesta fiscal Tea Party prende la llama, la institución republicana va y se pone a actuar como si el Tea Party hubiera saboteado su retorno, y  cortó vínculos con la movilización. Divorciados, la movilización republicana y el Partido Republicano echaron a perder la oportunidad.

Las alucinantes victorias de las legislativas de 2010 tuvieron lugar gracias a que una oposición conservadora audible e indignada convenció a la mayoría de los estadounidenses de que la reforma sanitaria «Obamacare» les iba a ser nociva. Y a continuación, ese fabuloso motor de cambio fue relevado y reemplazado con consultores políticos totalmente dedicados a alcanzar el centro y ofender al menor número de personas posible. Pero siendo inofensivo no es como se ganan las batallas. Y evitando el conflicto no se ganan elecciones.

¿Sorprende a alguien que los comicios presidenciales de 2012 hayan terminado como han terminado? Los demócratas de la era Bush eran como formación el peor de los incordios. Eran hostiles, desagradables y practicaban el obstruccionismo. Y no sólo fueron recompensados con la cámara Baja, sino que también se hicieron con la Casa Blanca. ¿Por qué? Porque la población descontenta se acerca a la oposición. No se siente inspirada por una retórica moderada, sino por aquellos que parecen dar salida a su indignación.
En el momento en que el Partido Republicano se distanció del Tea Party, se distanció de su alma y de su único motor. Y no tenía nada que lo reemplazara. El Partido Republicano dejó de ser la oposición y se transformó en una oposición dispuesta a reubicarse más cerca del centro. Romney encarnaba la disposición a decir lo que hiciera falta para ganar,  lo que despertó la desconfianza de la opinión pública.
El ascenso de Romney constituyó el triunfo de lo inofensivo. Romney protagonizó una campaña agresiva, pero sólo como ejercicio mecánico, un ataque impecable llevado a cabo por profesionales formados remunerados para promocionar ganchos verbales en direcciones peligrosas. ¿Pero y si lo que esperaba realmente el votante era cierta dosis de agresión?

¿Y si lo que quería era a alguien que replicara su indignación por estar en el paro, por tener montañas de facturas sin pagar, por desconocer de dónde sacar su próxima nómina? Romney tuvo mucho éxito a la hora de exponer que él sería un gestor  más solvente de la economía. Ello bastó para llevarse a una porción notable del electorado, pero una porción insuficiente.

La institución tuvo su oportunidad con Romney. El ex gobernador tenía todo lo que había que desear. Era moderado, era bipartidista y progre. Con sus credenciales en el sector privado, era perfecto para decir que sabría gestionar la economía. El partido tenía al candidato idóneo en el momento idóneo, y la fastidió.

El Partido Republicano ha intentado interpretar a «Don Agradable». A lo mejor va siendo hora de ser el movimiento de la oposición. Y la forma de hacer esto es volver a aprender las lecciones del Tea Party. El Partido Demócrata empezó a ganar en el momento en que hizo suya a la extrema izquierda, en lugar de alejarse de ella. Si el Partido Republicano quiere ganar, entonces tiene que hacer propia a la derecha y aprender a indignarse otra vez.

08 Noviembre 2012

Un difícil Obama II

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

Campaña, elección e inicio de mandato: todo resultó reñido, democrático, emocionante. El presidente de EE UU, Barack Obama, revalidó en las urnas su liderazgo. Lo hizo con holgura de voto popular —cuando más de una predicción aventuraba que perdería— y lo hizo, con mucha mayor ventaja, en compromisarios. La coalición de clases medias urbanas, sindicatos, mujeres, minorías y jóvenes que le llevó a la Casa Blanca en 2008 perdió alguna fuerza —la realidad de gobernar, la frustración del bloqueo político, la debilidad de la recuperación—, pero mantuvo una ventaja suficiente como para dar un nuevo mandato al 44º presidente. El despegue tardío de Romney tras su actuación en el debate de Denver no fue suficiente.

La división política de la sociedad estadounidense, que no es nueva, quedó de manifiesto. Pero también este resultado prueba la madurez de un electorado que, a pesar de creer mayoritariamente que el país no va en la dirección adecuada, da más tiempo al presidente para que culmine la recuperación económica y las reformas en curso.

La aceptación de la derrota por parte del senador Romney y la asunción de la victoria por parte de Obama estuvieron dentro de la elegancia habitual. También fue previsible el mensaje de optimismo del vencedor: “Lo mejor está por llegar”. Romney se atuvo a la cortés promesa de buscar terrenos de encuentro que faciliten el segundo mandato de su rival.

La promesa puede quedarse en eso. Tanto el reto más urgente —salvar un precipicio fiscal, cuando empiece 2013, de grandes recortes de gasto público y subidas de impuestos que serían una ducha helada para la tibia recuperación en curso— como las reformas pendientes van a depender del entendimiento entre la Cámara de Representantes, que sigue bajo mayoría republicana, y la Casa Blanca. Si Obama ha aprendido algo en los dos últimos años es que la factura del bloqueo político también alcanza al presidente.

Esta asimetría entre ambas Cámaras —en el Senado se mantiene la mayoría demócrata— y la pugna con el presidente pueden complicar extraordinariamente la gobernanza de EE UU, sobre todo si los republicanos persisten en la estrategia, reforzada desde la irrupción del Tea Party hace dos años y su creciente influencia en el viejo partido conservador, de poner barreras por principio a todas y cada una de las iniciativas presidenciales.

Los republicanos tienen un serio problema de identidad y de estrategia. Dos derrotas sucesivas en la pelea por la Casa Blanca les sitúan ante un necesario proceso de definición en el que tendrán que revisar y calibrar los frutos del radicalismo ideológico. Romney, que buscó el centro tras su contorsión en las primarias y que creyó posible la victoria al dejarse ver ante el electorado como el gobernador pragmático que fue en Massachusetts entre 2003 y 2007, ha pagado el oportunismo. Su partido, probablemente ya sin él, deberá tomar nota del rechazo del electorado a varios líderes, extravagantes en su radicalidad, y buscar la refundación sobre los perfiles de una sociedad más diversa, más rica en culturas y colores de piel, más tolerante.

Para el mundo, y para Europa, la reelección de Obama es una buena noticia, tanto por la estabilidad de una política exterior mucho más cooperadora y multilateral como por el afianzamiento de una política económica de estímulo al crecimiento. Por sí solas no colman lo necesario, pero sin ellas o contra ellas, el orbe sería algo menos habitable.

08 Noviembre 2012

Un Obama sin margen para celebraciones

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

ARROPADO por más de 60 millones de votos, Barack Obama encara con determinación su segundo mandato presidencial, un nuevo cuatrienio plagado de desafíos económicos y geopolíticos, cuyo desenlace definirá su legado ante las futuras generaciones de norteamericanos. El presidente de EEUU ha hecho una formidable campaña electoral, aprendiendo de sus propios errores y corrigiéndolos sobre la marcha, en especial recuperando terreno después de su fracaso en el primer debate contra Mitt Romney, un adversario muy digno. La estrategia demócrata consistió en mantener la atracción sobre los cuatro segmentos del electorado -mujeres, latinos, negros y jóvenes- que ya fueron determinantes en su triunfo de 2008. Y lo consiguió pero sólo en parte. De hecho, el voto hispano en favor de Obama es el único de los cuatro grupos citados que ha crecido respecto al de hace cuatro años hasta alcanzar el 71%. Su nivel de apoyo en los otros tres grupos ha experimentado retrocesos, consecuencia del desencanto hacia su gestión, por un lado, y de la aguda situación económica que atraviesa el país, por otro.

Obama no va a tener tiempo de saborear este éxito. Dentro de 50 días se enfrentará a la que puede ser una grave crisis: el llamado «abismo fiscal». El término, acuñado este año por el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, hace referencia a las funestas consecuencias que podrían tener para la economía estadounidense y mundial una serie de leyes, fruto del pacto con los republicanos, que aumentarán los impuestos a las clases medias y recortarán los gastos públicos para reducir el déficit presupuestario. El ajuste es de caballo, pues supone una reducción del déficit en 2013 de cuatro puntos (del 8% del PIB norteamericano al 4%) en un solo año. El efecto del «abismo fiscal» -que entrará en vigor el próximo 1 de enero- podría provocar una recesión económica, lo que a su vez aumentaría la tasa de desempleo actualmente en el 7,9%. Por no hablar del tsunami que ocasionaría en la zona euro y en Asia, por citar dos ejemplos.

Obama, convertido en un rehén de su propia victoria, debe desactivar este escenario de pesadilla y eso pasa indefectiblemente por llegar a un acuerdo de urgencia con la Cámara de Representantes, renovada también el martes pero controlada de nuevo por la oposición republicana. Sin embargo, las perspectivas de un pacto a corto plazo parecen escasas, dado el precedente de 2011 cuando, mientras se negociaba el presupuesto federal, los republicanos amenazaron con hacer que el país suspendiera pagos y la crisis sólo se zanjó perfilando ese «abismo fiscal».

El presidente está dispuesto a asumir este desafío. En su discurso triunfal -probablemente el mejor que ha hecho desde que está en la Casa Blanca- tendió la mano a los republicanos para superar las «discrepancias a veces feroces» que les separan y trabajar juntos en la búsqueda de un futuro de progreso común.

El otro reto inmediato en la agenda de Obama se llama Irán. Su reelección abre la puerta a las negociaciones con el régimen de los ayatolás a propósito de su programa nuclear. Ayer mismo Teherán reaccionó con prudencia y frialdad a la noticia de que el afroamericano seguirá en el poder cuatro años más. «Negociar con Estados Unidos no es un tabú», recalcó un alto cargo iraní. Pero en este caso el tiempo también juega en contra de Obama, porque el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, inmerso en su propia campaña electoral -los comicios son el 22 de enero-, ya no se pregunta cuándo Irán tendrá la bomba atómica sino cuándo habrá que frenarlo con el uso de la fuerza.

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