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El periodista de EL MUNDO replica duramente al director de EL PAÍS, Joaquín Estefanía, con artículo

El diario EL PAÍS se suma a CAMBIO16 en defensa de Mariano Rubio al hacerse eco de las escuchas telefónicas de Jesús Cacho

HECHOS

  • El 31.05.1992 el diario EL PAÍS reprodujo la conversación entre D. Jesús Cacho (de EL MUNDO) y los Sr. Peláez y Rodríguez Menéndez sobre el ‘caso Ibercorp’ que, había publicado la revista CAMBIO16.

Si ya el 23 de marzo el diario El Mundo había denunciado que su periodista D. Jesús Cacho Cortés había sido espiado y su sospecha de que Diario16 se estaba sirviendo de informaciones obtenidas de ese espionaje. La confirmación llegó el 28 de mayo cuando Cambio16 publica íntegramente la transcripción de conversaciones interceptadas de D. Jesús Cacho Cortés en las que hablaba con sus fuentes, D. Javier de la Rosa Martí, D. Juan Pelaez y D. José Emilio Rodríguez Menéndez con el que la revista dirigida por D. Juan Tomás de Salas Castellano quería demostrar que todo el ‘caso Ibercorp’ era una conspiración contra D. Mariano Rubio Jiménez del Sr. De la Rosa Martí además de para deteriorar la imagen de El Mundo, dado que en la conversaciones se desvelaba que D. Pedro José Ramírez Codina asesoraba las intervenciones parlamentarias del líder del PP, D. José María Aznar López.

El País dirigido por D. Joaquín Estefanía Moreira reprodujo también las conversaciones de Cacho Cortés el 31 de mayo. Eso llevó a que tanto el Sr. Cacho Cortés como el Sr. Ramírez Codina desde El Mundo acusaran a El País de actuar contra su periódico. También tomaron partido ABC y Antena 3 Radio, respaldando a D. Pedro José Ramírez y a D. Jesús Cacho Cortés de El País y el Grupo16.

31 Mayo 1992

CONSPIRACIÓN Y PROFESIÓN

Editorial (Director: Joaquín Estefanía)

La interpelación de la oposición a Solchaga la preparó el PP con el director de EL MUNDO, que le indicaba al señor Rato cómo debía comportarse. Este dato habla pobremente de las capacidades de la oposición y de la independencia del diario.

Las informaciones de CAMBIO16, que hoy resume EL PAÍS, en el sentido de que el escándalo Ibercorp forma parte de una conspiración contra el gobernador del Banco de España suscitan una gran cantidad de preguntas. El hecho de que dichas informaciones procedan supuestamente de la intervención ilegal de teléfonos y de la revelación indebida de conversaciones privadas no empaña el interés de las aseveraciones que los interlocutores, un periodista y un abogado, hacen. Las consecuencias que se derivan para el buen hacer de las profesiones a que ambos pertenecen son obvias.Las cintas muestran descarnadamente los métodos más burdos de manipulación de la opinión pública que puedan imaginarse. Un jurista de noble apellido adula sin rubor a un reportero investigador, que no hace otra cosa que esperar las confidencias, al otro lado del teléfono, de alguien que le dice lo que va a pasar», incluso si eso que va a pasar es competencia y decisión de un juez. E incluso si la realidad demuestra más tarde que eso «que va a pasar» no pasa. El tono de pequeños compinches que los dos utilizan, las descalificaciones personales del periodista a los directores de las dos publicaciones en las que trabaja, la ignorancia del informador sobre casi todos los temas de los que le hablan, acerca de los que, no obstante, escribirá luego profusamente en diarios y revistas, y la facundia del informante que «lo sabe todo» podrían, desde luego, figurar en un manual para petimetres.

Pero, al margen de este tono general de la información, resaltan de la misma algunas cuestiones singularmente llamativas, cuya importancia va más allá de la anécdota. La primera de todas es el conocimiento de que las interpelaciones parlamentarías sobre el caso Ibercorp las preparó el portavoz del Partido Popular, Rodrigo Rato, en connivencia con el director y algunos periodistas del diario EL MUNDO. Y según la versión telefónica del periodista, todavía no desmentida por nadie, el director del diario se empeñaba con tal énfasis en dar instrucciones y recomendaciones al líder parlamentario que merecería ser el líder de la derecha española.

Aunque el diario aludido ha minusvalorado este hecho, señalando que su director esa misma semana comió con dos ministros, un alto funcionario del PSOE y el coordinador de IU, permanece el hecho de que la interpelación de la oposición a Solchaga la preparó el PP con el director de EL MUNDO, que le indicaba al señor Rato cómo debía comportarse. Este dato habla pobremente de las capacidades de la oposición y de la independencia del diario. Ahora queda por saber -después de las revelaciones del propio periódico- si otro tanto se hizo con la interpelación de Izquierda Unida. Porque, desde hace tiempo, determinados sectores de la reacción española vienen filtrando la oportunidad o necesidad de un pacto a la griega entre el PP e IU para desbancar a los socialistas del Gobierno.

Otra revelación es la utilización de determinados abogados («chisgarabís de poca monta», los llama EL MUNDO), de los rumores y medias verdades que se publican en algunos medios para obtener rentabilidad en sus pleitos particulares. Cuando se habla sobre la reforma de la Administración de justicia -se hace demasiado poco hincapié en que es algo que no afecta sólo a jueces y fiscales, sino también a la abogacía. Ésta debe velar porque las garantías jurídicas de los procesados no sean empañadas mediante la deformación interesada y dolosa de la opinión pública.

La manipulación de periódicos y periodistas por parte de otros agentes sociales que defienden intereses ajenos a los de los lectores no es nueva. Tampoco lo es la connivencia de muchos de ellos -por dinero, por poder o simplemente por vanidad-. Pero las cintas que comentamos sirven además para poner al descubierto las verdaderas pasiones de determinados diarios y periodistas que pretenden inútilmente alzarse con la bandera de la independencia cuando el hilo de teléfono les une, como un cordón umbilical, a sus odios, sus frustraciones, sus envidias, sus ignorancias o sus impotencias.

Desde el principio del escándalo Ibercorp hemos tenido la sensación de que, entre otras muchas cosas, aquí lo que se dilucidaba era upa guerra entre algunos medios de comunicación, al margen de la cual quedaba la inmensa mayoría de sus profesionales. Nada que objetar, y no se dirá que EL PAÍS se distingue por su participación en las triviales batallas en las que algunos de sus competidores tratan de involucrarle inútilmente desde hace tiempo. Pero cuando se barajan asuntos de la importancia institucional del que comentamos es necesario insistir en la cura de humildad que a los medios de comunicación nos compete en esta democracia. Y no viene mal desenmascarar la gran tragicomedia de simulación que desde los sectores más pueriles de la derecha se viene instrumentando en connivencia con los restos del comunismo más ortodoxo. Mientras la oposición conservadora no sea capaz de apartarse de tanto predicador naif y de construir a un tiempo una alternativa sólida, los socialistas pueden quedarse cómodamente instalados en sus poltronas, y la alternancia en el poder, algo consustancial al régimen democrático, seguirá siendo por desgracia nada más que una utopía.

01 Junio 1992

EL MUNDO EN LA PROFESIÓN, EL PAÍS EN LA CONSPIRACIÓN

Editorial (Director: Pedro J. Ramírez)

También se puede hablar de «conspiración» si nos referimos a las vicisitudes de que ha sido víctima Jesús Cacho desde que tuvo el alarde de profesionalidad de destapar el caso. ¿Acaso no está primando en todo esto, señores Polanco, Cebrián y Estefanía, el desdén y el resentimiento propio de una vieja dama gruñona y despechada?

EL MUNDO reproduce hoy íntegramente en su sección de Sociedad el extenso editorial, «Conspiración y profesión», con el que EL PAÍS pretendió ayer descalificar nuestra decisiva aportación al caso Ibercorp. El debate de fondo sobre cuál debe ser el papel de la prensa en una sociedad democrática y sobre la cada vez más divergente actitud de dos órganos de la influencia social de EL PAÍS y EL MUNDO es lo suficientemente importante como para pasar por alto los insultos a los que -como consecuencia de su pobreza argumental- ha recurrido de manera reiterada nuestro colega. EL MUNDO va a responder, pues, a esas imputaciones con la sola fuerza de la razón. Pero, además de respuestas, EL MUNDO también quiere plantear algunas preguntas. Veremos si El País tiene o no contestación para ellas y si sus lectores comparten o no con los nuestros la posibilidad de conocer la opinión de los dos lados. Cualquier lector medianamente avisado que ayer escudriñara la tipografía gris de nuestro colega sin duda pensaría en un primer momento que al manejar el término «conspiración» en relación al caso Ibercorp, necesariamente tenía que referirse a la trama urdida por los gestores de la entidad y sus protectores políticos para poder desarrollar durante años una serie de actividades, calificadas ya de especulativas, irregulares e ilegales por la propia Comisión Nacional del Mercado de Valores. Es decir que la primera gran «conspiración» respecto a Ibercorp, es la que hizo posible que De la Concha y Soto obtuvieran una ficha bancaria en dudosas circunstancias, consiguieran financiación pública de forma privilegiada, recibieran información confidencial que les permitió posicionarse con ventaja en el mercado y no fueran molestados por la inspección del Banco de España mientras se dedicaban a trasvasar cientos o quizás miles de millones de los bolsillos de una pléyade de incautos accionistas a los suyos propios y a los de sus poderosos amigos que -empezando por Rubio y Boyer- pasaban así, en justa correspondencia, de protectores a protegidos.

La aportación de EL MUNDO al caso Ibercorp

EL MUNDO lleva investigando esta macroconspiración con la tenacidad y el entusiasmo propios de un periódico que trata de contribuir a la regeneración de la democracia española y considera que la información es siempre un derecho de los lectores que jamás puede ser trocado en objeto de cambalache para negociar favores políticos o económicos. Hoy mismo nuestro periódico hace una nueva aportación documental enormemente significativa, al publicar la lista completa de los titulares de acciones de Sistemas Financieros que tuvieron el privilegio -o, en algunos casos, la suerte- de vender a la autocartera de la propia sociedad muy poco antes de que el precio dejara de ser sostenido artificialmente. La expresiva presencia en la misma de una serie de familiares y amigos tanto de los gestores de Ibercorp como del propio gobernador del Banco de España viene a corroborar contundentemente la teoría de que estamos ante una estafa en toda regla, urdida en el seno de un clan cerrado y excluyente, al que los socialistas han tenido la imprudencia de permitir ocupar amplias parcelas del poder económico. Nada ni nadie nos impedirá seguir investigando el caso hasta donde humanamente sea posible. La propia CNMV reconoce en su informe al juzgado que fueron las revelaciones de EL MUNDO y no ningún otro resorte de control social, las que pusieron en marcha sus pesquisas. Es lógico que nuestra aportación esté generando una amplia reacción de reconocimiento a nivel nacional e internacional y que ello haya disparado en la cúpula de EL PAÍS el llamado «complejo Watergate» que, como bien ha recordado Víctor de la Serna, no era otra cosa sino la mal contenida preocupación y envidia de los competidores de The Washington Post. Lo que no es lógico es que esas humanas mezquindades lleven a un órgano sobre el que aún pesa la responsabilidad de ser el diario más leído los domingos, a trastocar por completo los valores más esenciales relacionados con la libertad de expresión y, en una inmoral pirueta, convertir al agredido en agresor. Porque, efectivamente, también se puede hablar de «conspiración» si nos referimos a las vicisitudes de que ha sido víctima Jesús Cacho desde que, en compañía de Casimiro García Abadillo, tuvo el alarde de profesionalidad de destapar el caso. ¿Porque acaso no denota la existencia de una «conspiración», el que un periodista sea objeto de seguimiento, reciba amenazas de muerte muy específicas, encuentre un microtransmisor en el cajetín de su domicilio y vea reproducidas sus conversaciones telefónicas en una revista cuyo propietario además de íntimo amigo de los gestores de Ibercorp ha sido el principal beneficiario de sus líneas de crédito? ¿Cómo es posible que un periódico acostumbrado a recabar solidaridades y poner el grito en todos los cielos por incomodidades mucho menores, un periódico que por ejemplo acaba de conseguir el secuestro sin precedentes de un libro que concernía incómodamente a su propietario, haya permanecido en silencio con relación a todos estos episodios e incurra ahora en la indignidad de liquidar farisaicamente la cuestión, asegurando que «el hecho de que dichas informaciones procedan supuestamente de la intervención ilegal de teléfonos… no empaña su interés»? ¿Supuestamente? ¿De qué otro modo se puede acceder, dígannoslo ustedes, a la literalidad de una trivial conversación con todos sus chascarrillos incorporados? ¿Acaso no está primando en todo esto, señores Polanco, Cebrián y Estefanía, el desdén y el resentimiento propio de una vieja dama gruñona y despechada, frente a un profesional que ha demostrado espectacularmente que, si bien el medio puede ser el mensaje, la libertad y el talento siempre viajan en el hatillo de cada quien? La «conspiración» que le preocupa a EL PAÍS, tiempo es ya de glosarla con detalle, no es, pues, ni la dirigida contra los accionistas engañados, ni la orquestada contra los periodistas amenazados y espiados. La «conspiración» que le preocupa a EL PAÍS es la que nuestro periódico ha nucleado contra Mariano Rubio y para sostenerla da carta de naturaleza a las dos «sensacionales revelaciones» de las cintas de CAMBIO16: a) Que un abogado comunicó a Cacho -quien «no hace otra cosa que esperar al otro lado del teléfono»- una noticia que luego ni siquiera se materializó. b) Que el director de EL MUNDO ayudó al portavoz del PP a preparar su interpelación parlamentaria. Como ya hemos dicho se trata de las dos acusaciones más estúpidas y pueriles que imaginarse pueda. El hecho básico -prudentemente omitido por El País- de que EL MUNDO no publicara esa noticia al comprobar que era falsa, lo aclara todo con relación a la primera. Respecto a la segunda, hemos de decir que los profesionales de EL MUNDO acudieron a la reunión citada a recabar información y no a darla, y que si las opiniones del director del periódico sirvieron para algo al señor Rato, sería en mucho menor medida de lo que influye en los editoriales de EL PAÍS la verdad gubernamental revelada que tan ávida, asidua y dócilmente recogen sus directivos de labios de Felipe González, Narcís Serra, Carlos Solchaga y hasta Rosa Conde. La cena con Rato fue uno más de los infinitos contactos que políticos y periodistas mantienen entre sí, en los que se intercambian opiniones, y en los que cada uno se expresa en el tono que le da la gana. Aferrarse a la literalidad con que Cacho se refiere, -distendidamente y desde la confianza que los estrechos lazos profesionales vigentes en EL MUNDO le permiten- a la actitud del director del periódico para convertirle en protagonista de una maquinación política, es una baza argumental tan endeble que enseguida requiere para apuntalarla nada menos que de la consabida monserga sobre la «connivencia» entre la «derecha» y los «comunistas», a la que Moncloa recurre como «ratio última» cada vez que se le acaban las ideas.

Los favores que EL PAÍS debe al Gobierno

¿Qué significado hay que atribuirle, preguntamos nosotros ahora, al hecho de que este furibundo ataque de EL PAÍS contra EL MUNDO, haya coincidido con exactitud matemática con las declaraciones de Mariano Rubio a otros dos periódicos, sosteniendo idéntica tesis? ¿Qué relación existe entre éste y otros abruptos alineamientos con las tesis oficiales y los múltiples favores gubernamentales a los que una y otra vez se ha hecho acreedor el diario EL PAÍS, hasta el extremo de permitirle acceder en condiciones cuando menos irregulares a sendas concesiones de radio y televisión? ¿Cómo se puede tener la desfachatez de cuestionar la independencia de quienes nada tenemos, desde la cebada opulencia de quienes llevan años lucrándose a costa de negocios que, como los libros de texto, requieren de intensa tutela oficial? ¿Cómo se puede incurrir en la impudicia de plantear objeciones éticas a quienes han demostrado supeditar su conveniencia a sus ideales, desde la hipócrita indecencia de quienes por la mañana son capaces de defender la liberación de la mujer mientras de madrugada intentan enriquecerse aún más, traficando con pornografía dura? Estamos seguros de que, incluso en estos tiempos de abdicación y conformismo, la respuesta a todo ello continuará, por lo menos, flotando en el viento.

02 Junio 1992

EL EMBARAZO DE ESTEFANÍA

Jesús Cacho

Yo podría contar cómo hablaba Estefanía desde su domicilio y desde su casa con los ministros del solchaguismo, con el Solanita de turno. Jesús Polanco y su máquina de hacer dinero están nerviosos. Se han visto rebasados en tirada por los renovados bríos del diario ABC, y por el peligro potencial de un señorito que montó un tinglado llamado EL MUNDO

Recuerdo con toda viveza la última entrevista que en julio del 88 mantuve con Juan Luis Cebrián. Yo había entrado nervioso en su despacho de Miguel Yuste, se iba a dilucidar mi futuro en aquella casa, pero pronto vi que la estrella del periodismo español estaba mucho más nerviosa que yo. Había bajado el foco de su lámpara halógena para esconder su rostro en la penumbra y como en una pintura tenebrista el haz de luz le daba plenamente en su bigote rubio, en el que pronto comenzaron a brillar gotitas de sudor. Entonces me tranquilicé. El director de EL PAÍS me dijo que entre la empresa y un servidor había un problema de confianza. La gerencia había perdido su confianza en mí, de forma que en tales circunstancias lo mejor para ambas partes era la rescisión del contrato. Yo por mi parte repliqué que hacía ya tiempo que había perdido mi confianza en un medio que había dejado de defender la libertad de expresión para ponerse al servicio del Poder, y que estaba de acuerdo con esa rescisión. Le dije muchas otras cosas, algunas muy duras sobre los poderosos amigos de la casa a quienes ésta protegía, informativamente hablando. Cebrián «tragó» sin rechistar, que la gallardía y el valor personal han sido siempre virtudes harto escasas en Miguel Yuste. El domingo pasado el diario EL PAÍS dio a sus lectores una nueva muestra de ese coraje, esa gallardía que caracteriza a sus altos directivos. El domingo, EL PAÍS decidió pasarme una vieja factura personal, subiéndose en el día de mayor tirada al inefable carro de los que intentan propalar que el escándalo Ibercorp no ha sido más que una maniobra dirigida contra el Gobernador. Y desde el anonimato de la data sin firma, dedicó toda una página a transcribir una conversación telefónica obtenida ilegalmente, y un tercio cumplido de un largo editorial. No voy a entrar en las rencillas personales que de forma tan evidente mueven el ánimo de su autor. La «princesa redactora» no revela otra cosa que pura animadversión personal. Lo que parece evidente es que la herida abierta en EL PAÍS por mi salida, hace ya más de cuatro años, sigue abierta, y sigue supurando resentimiento contra mi persona. Lo que hice con mis libros fue desmontar el gran tinglado ideológico de EL PAÍS, la gran farsa de la independencia de un medio que vive atado por razones ideológicas y de negocio con gran parte del «establishment» económico y financiero español. No hice otra cosa. Es evidente que eso sigue escociendo, pero, repito, contra esa desdicha no encuentro otro remedio que el viejo consuelo casero castellano: ajo y agua. Sólo tengo motivos de agradecimiento para EL PAÍS. Quizá una queja: que el editorialista del domingo no haya tenido a bien citar por su nombre a este reportero investigador. Dentro de unos años se lo habría podido enseñar a mis nietos, ved en qué remedo de «Daily Mirror» vino a parar aquel gran defensor de las libertades que fue EL PAÍS. Hay detalles de ese editorial realmente pintorescos, que sólo pueden ser producto de los traumas personales de una «princesa rencorosa». Juan Peláez, marqués de Alella, además de ser uno de los más duros y prestigiosos abogados españoles, es mi amigo. Y con mis amigos y desde mi casa hablo como me da la gana, ¿o es que, por ventura, hay que pedir permiso a EL PAÍS y consultar su libro de estilo?

CONFIDENCIAS.-

Yo podría contar cómo hablaba Estefanía desde su domicilio y desde su casa con los ministros del solchaguismo, con el Solanita de turno. Cómo recibía instrucciones sobre qué operación de fusión bancaria se estaba gestando y era necesario frustrar con su publicación inmediata. Yo podría contar cómo llegaban las «exclusivas» a EL PAÍS por motorista desde Moncloa, desde Alcalá 7 y desde Alcalá 50. Yo podría relatar el tono, el fondo y la forma, de muchas conversaciones de las que fui testigo, pero no lo haré para no caer en los detalles chuscos del editorial aludido. Afortunadamente salir de EL PAÍS no me supuso dejar de dormir a pierna suelta. Y es que, como han demostrado otros periodistas con más pedigrí que el mío, gente como Martín Prieto, Sebastián, Jáuregui y muchos más, se puede salir de EL PAÍS y trabajar, ser feliz y triunfar en toda regla. Porque, afortunadamente, el país España es mucho más grande y, sobre todo, más libre que EL PAÍS periódico. Pero hay otro plano, obviamente más importante que la herida que mi salida de Miguel Yuste dejó abierta, que explica los dos tercios restantes del editorial. Y es que a EL PAÍS le ha salido un divieso llamado EL MUNDO. Jesús Polanco y su máquina de hacer dinero están nerviosos. En los últimos tiempos se han visto rebasados en tirada por los renovados bríos del diario ABC, y por el peligro potencial de un señorito que, hace poco más de dos años, se fue con su hatillo a la acera de en frente y, con mucha inteligencia y cuatro palos, montó un tinglado llamado EL MUNDO que hoy vale más de 10.000 millones de pesetas y vende más de 180.000 ejemplares. Esa es la maravilla de las sociedades libres. Un periódico que le está robando lectores al señor Polanco, y ahí es donde al señor Polanco más le duele: que le metan la mano en el bolsillo. A un señor que es capaz de inundar la pantalla de televisión de eyaculaciones y «felatios», de pomo duro, sólo por ganar dinero, lo que más le duele es perder dinero. Pero es, sobre todo, un periódico que está poniendo en evidencia a EL PAÍS ante grandes capas de población española. Y les pone en evidencia porque el diario de Polanco no puede sino seguir el rebufo de EL MUNDO en los Filesas e Ibercorps de turno. Y no es que no puedan por falta de profesionales, que los tiene y brillantísimos, sino porque la jerarquía de El País está pillada, atada de pies y manos en la trama de los intereses económicosfinancieros, de los compromisos ideológicos y/o societarios con los poderes del dinero. A esa superestructura no le interesa cierto tipo de periodismo. Y si algún periodista de esa casa osara arriesgarse por otro camino, sabe que sobre su cabeza pendería la amenaza de despido fulminante, como recientemente ha ocurrido con José Antonio Navas, Fernando Nadal, Rafael Cid y otros. Sólo la preocupación que en Miguel Yuste produce EL MUNDO puede explicar la virulencia de un editorial que, por utilizar sus propios adjetivos, destila «odio, frustración, envidia, ignorancia e impotencia». Sólo la unión de dos heridas, una vieja, la de este periodista; otra nueva, la del periódico EL MUNDO, puede explicar una reacción catártica tan sublime como la experimentada el domingo por el editorialista de EL PAÍS. Ahora ya sabemos que Estefanía sí estaba embarazada. El domingo abortó, se quitó la careta, de natural cobarde, mientras Polanco y Cebrián actuaban de parteras. Pero está claro que pararse en este análisis sería grave pecado de ceguera política, porque hay un nivel político en el entero episodio que es el que debe interesar a todo verdadero demócrata. Las decisiones en el Principado no las toma Estefanía, sino alguien que está muy por encima de la princesa, por encima incluso de Rainiero, y esas decisiones tienen mucho que ver con cierta operación de gran calado que se ha puesto en marcha para cornear a EL MUNDO, y de la que en su día habrá que hablar largo y tendido. Porque eso es lo que les importa ahora. Mariano Rubio está políticamente muerto, y sobre sus amigos de Ibercorp decidirán los jueces y su independencia. La sociedad española hace ya mucho tiempo que emitió su veredicto sobre los señores de la «beautiful people», esos fieles servidores del Estado, como se ha definido Rubio, acostumbrados durante décadas a servirse del Estado para su personal provecho. Esos servidores del Estado, con la complacencia del tándem González-Solchaga, siguen utilizando al Estado para intentar acabar con quienes pongan en evidencia sus manejos. Para esos señores mi delito ha sido investigar y contar el caso Ibercorp, en compañía de mi compañero y amigo Casimiro García-Abadillo, como antes hicimos con Filesa o con la Caja de Ronda. Y otros medios han hecho aportaciones sustanciales a la investigación, como el diario EXPANSIÓN, la revista TIEMPO o los propios Javier Ayuso y Andreu Missé de EL PAÍS. Ahora esos señores, sospecho que con ayuda de parte del aparato del Estado, quieren matar al mensajero. Me acusan de ser amigo -y a mucha honra- de Javier de la Rosa, quien, dicen, es el autor de la gran conspiración. Pero ¿cuál es la conspiración, arruinar a los accionistas de Sistemas Financieros o contarlo en la Prensa? ¿Quién ha cometido aquí un delito? No hay que dejarse engañar por las maniobras orquestales de los que han sido pillados con las manos en la masa. Lo que ha ocurrido en Ibercorp ¿es verdad o es mentira? Lo que Casimiro García-Abadillo y un servidor hemos denunciado en EL MUNDO ¿es cierto o falso? Los hechos son irrefutables, y lo demás son cortinas de humo para engañar incautos.

INDEFENSION.-

Alguien ha recomendado estos días a Rubio cambiar de estrategia, alguien le ha recomendado hablar, y como es muy poco probable que cosa tan extraordinaria se le haya ocurrido al gobernador solo, también podrían haberle recomendado que diga de una vez, y de verdad, quién está detrás de Schaff Investments. Que toda la estratagema de defensa montada por los Julios Feo o quien quiera que sea consista en unas triviales grabaciones telefónicas realizadas ilegalmente en mi domicilio semanas después del estallido del escándalo, es sencillamente grotesco. He sido objeto de una tremenda campaña de acoso en lo más sagrado que tiene una persona, que es su libertad, su intimidad, el derecho a la inviolabilidad de su domicilio. Una banda organizada, una mafia que sigue almorzando en restaurantes de cinco tenedores me ha amenazado de muerte, a mi y a mi familia, ha espiado durante semanas mis pasos, ha penetrado en mi casa y ha instalado un microtransmisor en la terminal de mi línea telefónica, todo como en los mejores tiempos pasados de los nazis, como en los mejores tiempos presentes de la Mafia siciliana. Y esto ante la mayor indefensión que imaginarse pueda, sin la menor protección. Pero la agresión no ha terminado ahí. Ha continuado con la publicación de esas irrelevantes cintas, y amenazan con seguir publicando más como prueba de la gran conspiración. Si mi teléfono ha permanecido «pinchado» durante 15 días o un mes, pueden tener material para un año: con mi familia, con mis amigos, con mis fuentes… Cuando uno se encuentra indefenso ante tanta villanía, cuando ve que el Ministerio Fiscal no interviene de oficio para parar la publicidad de esas cintas, para poner coto a semejante ultraje a la libertad de un ciudadano, cuando uno tiene constancia, digo bien, constancia, de que determinados miembros del Gobierno tienen en su poder esas cintas desde hace tiempo sin que hasta el momento hayan corrido a denunciar el hecho ante el juzgado de guardia, entonces uno siente que el Estado de Derecho comienza a ser una pura entelequia. Esa es la pequeña tragedia que la mediocridad de una princesa pusilánime ha llevado a la cabecera de EL PAÍS. Yo no quiero el apoyo de EL PAÍS frente a los atropellos denunciados. Pero que el periódico que fue vanguardia de la lucha por las libertades democráticas se haga cómplice de comportamientos mafiosos, no puede ser causa sino de profunda tristeza. Que el periódico propiedad del multimillonario Polanco, uno de los hombres más poderosos de este país, quien hace unos meses se apresuró a solicitar -y obtener- el secuestro de un libelo colombiano donde se le acusaba de narcotraficante, haga después la vista gorda y se avenga a publicar con lujo de pífanos y tambores el material de una conversación obtenida a un periodista por métodos delictivos es, aparte de una indignidad y una cruel ironía, un indicio cierto de que algo ha empezado a fallar en esta sociedad, algo ha comenzado a ceder en los pilares mismos de la convivencia, se ha empezado a hacer tabla rasa de las reglas de juego, ha empezado la derrota del Estado de Derecho. Mientras haya periódicos dispuestos a contar la verdad e incordiar al poder; mientras haya ciudadanos libres preparados para defender la libertad, no me callarán, ni nos callarán. Estoy convencido de que existen muchos militantes y votantes socialistas que comparten estos ideales. Yo he nacido para ir contracorriente, para ser libre, no para servir a un amo. Y así moriré. Me envía Elisa, desde Tarifa, un hermoso telegrama: «Si tu país anda derecho, mantenlo derecho; si se tuerce, enderézalo. Porque bueno o malo, es el que tenemos. En vez de abandonar, ayúdale a crecer».

Jesús Cacho

02 Junio 1992

Un enigma editorial

Federico Jiménez Losantos

Habría que saber cuál es la razón última para que el diario de Polanco y Cebrián, el más próximo al Gobierno, haya tirado por la borda cualquier precaución profesional y casi cualquier reserva ética para atacar al director de EL MUNDO en un editorial abominable que respalda y justifica la reproducción de unas cintas grabadas ilegalmente al periodista Jesús Cacho, cintas que no tienen el menor valor informativo, salvo tal vez el de confirmar que los periodistas suelen hablar de sus directores en términos poco respetuosos. Decir que hay una conspiración, cuyos nombres y motivos no se dan, porque un diputado del PP cena con un director de periódico, el que ha destapado y quizá mejor conoce el escándalo Ibercorp, en vísperas de la interpelación a Solchaga sobre este asunto, es tan demencial, tan rematadamente absurdo, que hay que pensar en una razón oculta para que El País entre, como un elefante en una cacharrería, en lo que, según él mismo, era una querella entre periódicos rivales, EL MUNDO y Diario 16. Ya ni siquiera eso es sostenible, porque la misma intervención del diario gubernamental demuestra que existe un alineamiento distinto y, además, una guerra diferente entre periódicos. Si EL MUNDO ha criticado a Diario 16, y viceversa, no hay crítica mas feroz y disparatada que la de El País a EL MUNDO. ¿Se habrá decidido la reproducción de las cintas de espionaje al periodista y el editorial adjunto con la anuencia o bien con la ignorancia de Cebrián y Polanco? Pronto lo sabremos. Si ha sido cosa particular del director, dése por cesado, porque el daño que se hace a sí mismo el periódico y el favor que le hace a EL MUNDO son evidentísimos. Pero si nadie paga el pato, es que el disparo viene de lo alto.. Si esto último se confirma, si la exhibición de la vida privada y del secreto profesional de un periodista siguen siendo utilizados para rebajar el valor de sus averiguaciones y para difuminar la responsabilidad de los afectados por su publicación, entonces no sólo se está prestando un altavoz a los delincuentes dedicados a estas prácticas «gangsteriles» contra la libertad de expresión, sino que se está favoreciendo inequívocamente en los sectores medianamente informados de la opinión pública la convicción de que, efectivamente, en el caso Ibercorp existe una conspiración: la de los amigos personales, políticos y financieros de don Mariano Rubio, que hacen todo lo posible por evitar el juicio político y, llegado el caso, penal del gobernador del Banco de España. Si Rubio hubiera dimitido cuando debió hacerlo, en el mismo momento en que se descubrieron los primeros datos del escándalo, creo que éste hubiera sido mucho menor, y Rubio mismo estaría en mejor situación para defenderse. Sin embargo, los métodos de sus defensores están siendo tan burdos y tan deleznables que permiten alimentar cualquier sospecha. La de que lo conocido es peor de lo que parece y también la de que peor que lo conocido es lo que se podría conocer.

04 Junio 1992

Escuchas

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

LA CONFIDENCIALIDAD de las conversaciones telefónicas es un derecho fundamental especialmente protegido por la Constitución. De ahí que todos los poderes públicos estén obligados no sólo a respetarlo en sus actuaciones sino a defenderlo de manera activa cuando es conculcado y, en igual medida, que los tribunales de justicia otorguen su amparo de forma preferente a los ciudadanos afectados y con la mayor prontitud.Cuando el Grupo Popular solicita la intervención del fiscal general del Estado en el esclarecimiento de los presuntos casos de escuchas telefónicas ilegales que últimamente han tenido como protagonistas, a políticos, financieros, abogados y periodistas, recuerda uno de los deberes básicos del ministerio fiscal. Pero el recordatorio no es de ningún modo superfluo: la iniciativa del fiscal general del Estado ha brillado por su ausencia cuando se trata de salir al paso, con el Código Penal en la mano -desde 1984 las escuchas telefónicas sin autorización judicial están tipificadas como delito-, de una práctica que este periódico siempre ha considerado éticamente repugnante además de delictiva.

El fenómeno del espionaje telefónico, que, como un Guadiana, aparece y desaparece desde hace varios años en los entresijos de la vida política y social española, representa, sin duda, una seria amenaza no sólo contra el ejercicio de un derecho constitucional privado sino también contra la limpieza que debe exigirse al juego político, financiero y, en general, a cualquier actividad pública. Los indicios -probados en algunos casos- que desde hace años apuntan a la proliferación de personas físicas o jurídicas que, con los medios que la tecnología moderna proporciona, se dedican a violar impunemente la intimidad de determinados ciudadanos más o menos relevantes, a controlar la actividad de sus oponentes políticos y de sus rivales profesionales y económicos, o a saber de antemano la orientación de determinadas investigaciones en curso, deberían bastar para poner en estado del alarma a los jueces, al Gobierno, al resto de las instituciones del Estado y a la sociedad en general, particularmente a sus sectores más relevantes.

Éste es un momento oportuno, de nuevo, para que las escuchas telefónicas ilegales sean perseguidas jurídicamente con el mayor rigor y repudiadas socialmente.

ANTENA 3 RADIO SALE EN DEFENSA DE JESÚS CACHO Y CONTRA PRISA 

aha3maquinagil_jimenezlosantos La tertulia del programa ‘El Primero de la Mañana’ de ANTENA 3 RADIO del día 1.06.1992 salió en defensa del periodista de EL MUNDO, D. Jesús Cacho y arremetió contra el diario EL PAÍS y PRISA por su editorial. Uno de los tertulianos más viscerales fue D. Federico Jiménez Losantos (ABC) que en la tertulia recordó supuestos chanchullos de EL PAÍS: «Ya se ha olvidado EL PAÍS por lo que se ve, de cuando Cebrián, Pradera, Martín Prieto y otros muchos aconsejaban a Felipe y compañía. Ya se han olvidado de cuando Ordoñez, faltando al secreto del Consejo de Ministros, telefoneaba en los descansos a una redactora de ese periódico, bien conocida. Ningún periódico ha tenido tanta relación con un partido, el PSOE, como EL PAÍS, ninguno», dijo el Sr. Losantos, «Poco a poco, gracias a cierta prensa, vamos camino de Sicilia. España, capital, Palermo», concluyó la tertulia de ANTENA 3 RADIO.

D. Fernando Jáuregui habla con J. F. Lamata sobre su salida del diario EL PAÍS:

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El Análisis

¡ALEGRÍA, NOS ATACA EL PAÍS!

JF Lamata

El ataque del diario EL PAÍS al diario EL MUNDO reproduciendo aquella conversación era el mayor triunfo que podía esperar D. Pedro J. Ramírez. Ser atacado por una revista pequeña como CAMBIO16 no era una batalla confortable para el Sr. Ramírez. Pero que quien atacara fuera EL PAÍS ya era otra cosa: EL PAÍS era el diario líder en España y además el diario que tenía el cesto de lectores que en aquel momento deseaba adquirir EL MUNDO. El Sr. Ramírez tenía ahora la excusa perfecta para presentar al diario de PRISA como ‘diario gubernamental’ como antes había hecho el Sr Anson desde ABC. Las duras réplicas de EL MUNDO contra EL PAÍS, cargadas de euforia incluían una pequeña contradicción: el hecho de que EL MUNDO había apoyado a PRISA cuando difundió las conversaciones del Sr. Txiki Benegas y ahora en cambio le indignaba que reprodujera las conversaciones de su periodista Sr. Cacho. La doble vara que caracteriza a los periodistas. Aunque quienes llegaron a un extremo más visceral contra EL PAÍS fueron los de ANTENA 3 RADIO, D. Antonio Herrero y el Sr. Jiménez Losantos comparando a los editorialistas de PRISA con los mafiosos que habían asesinado en Italia al juez Falcone tan sólo un mes antes (suspiro…).

De la polémica EL PAÍS vs EL MUNDO sólo había un punto amargo para el Sr. Ramírez: que EL PAÍS le acusaba de ser pro-PP desvelando su asesoría al Sr. Rato. En aquel momento, que te acusaran de ser pro-Batasuno o pro-rojo, en España era guay,  pero no hay nada peor que ser acusado de ser pro-PP cuando quieres tener lectores progresistas. De ahí que cuando le acusan de haberse reunido con D. José María Aznar, el Sr. Ramírez se apresurara a decir que también se había reunido con el comunista D. Julio Anguita.

J. F. Lamata

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