24 noviembre 1978
El dictador de Bolivia, Juan Pereda Asbún es derrocado por otro Golpe de Estado que da el poder a un nuevo dictador: David Padilla Arancibia
Hechos
El 24 de noviembre de 1978 fue depuesto el Presidente de Bolivia, Juan Pereda.
25 Noviembre 1978
Golpe de Estado en Bolivia
BOLIVIA HA registrado en la madrugada del viernes el golpe militar número 188 de cuantos han sacudido su vida política desde su independencia en 1825. El golpe, incruento y consumado en menos de veinticuatro horas sin el disparo de un solo tiro, ha llevado al poder al general David Padilla Arancibia, hasta ayer comandante en jefe del Ejército boliviano. Ha desalojado de la cúspide política boliviana al también general Juan Pereda Astiún, cuyo mandato presidencial ha durado cuatro meses y tres días, desde que el pasado mes de julio asumiera -mediante otro golpe militar- la jefatura del Estado.En las últimas fechas la oposición boliviana, sobre todo la Unión Democrática Popular de Hernán Siles Zuazo, había intensificado su presión sobre el debilitado Gobierno de Pereda con el fin de lograr el adelantamiento en un año de nuevas elecciones presidenciales. Pereda Astiún, delfín de su antecesor, el general Hugo Banzer, en el poder desde 1971 hasta julio, pasado, pero enfrentado abiertamente a él durante la última etapa, no demostró esta filiación al anterior dictador, ya que había realizado declaraciones y adoptado medidas de envergadura y calidad tan amplias como para revelar una vocación democrática.
Pese al escabroso acceso de Juan Pereda al poder en las elecciones de julio triunfó en las urnas con más votos que votantes y, ante la impugnación interna e internacional, dio un golpe para afirmarse en el poder suprimió la ley de seguridad decretada por Banzer y levantó la custodia militar en las minas, además de reformar la ley electoral y prometer elecciones, cuya fecha ya estaba negociando con la oposición.
Sin embargo, el lastre recogido con la herencia de Banzer ha pesado más que sus apoyos. La primera medida política del nuevo inquilino del Palacio Quemado, residencia de los presidentes bolivianos, ha sido la de entrar en contacto con el partido de Hernán Siles Zuazo, vencedor moral -con certeza real- de las elecciones de julio, con un programa nacionalista y reformista que se ha ganado los votos de la clase media de su país. Siles Zuazo saludó ayer el golpe y lo calificó de «patriótico».
La segunda, garantizar la celebración de nuevas elecciones presidenciales en el primer semestre de 1979 y la presencia del nuevo presidente constitucional, el 6 de agosto próximo, al frente del ejecutivo boliviano. La tercera medida, la creación de un Gabinete donde únicamente el ministro de Asuntos Exteriores es civil.
La incógnita a despejar es la de si el general Padilla Arancibia cumplirá o no sus promesas de culminar el proceso de devolución del poder a los civiles, ya que va siendo demasiado elevado el número de militares que con este propósito como Jema llegan y acostumbran a quedarse en el poder. El test verdadero para calibrar el signo del golpe y su dimensión política real vendrá configurado también por la reacción de Estados Unidos, que desde su comienzo apadrinó el proceso institucionalizador boliviano con su placet, y también Brasil, el poderoso vecino que sigue con lupa de muchos aumentos cualquier cambio político en La Paz.
El Análisis
El general Juan Pereda Asbún ha sido desalojado del poder apenas cuatro meses después de haber sustituido a Hugo Banzer. Su paso por la presidencia ha sido fugaz y, a la vez, revelador: si Banzer supo tejer durante siete años un autoritarismo estable apoyado en Washington, en ciertos sectores empresariales y en un férreo control militar, Pereda, en cambio, nunca tuvo ni la legitimidad ni la destreza política de su antecesor. Su régimen nació marcado por el fraude electoral que él mismo organizó en julio, cuando intentó legitimar la continuidad banzerista, y desde el principio fue percibido como una presidencia débil, sin proyecto y dependiente de intrigas castrenses.
Mientras Banzer, tras abandonar el poder, se replegó para conservar influencia en los cuarteles y mantener abiertas sus conexiones políticas con la derecha, Pereda quedó aislado, enfrentado a sectores militares y sin apoyos internacionales. La falta de resultados económicos, la persistente represión contra sindicatos y estudiantes y la incapacidad para cohesionar al Ejército aceleraron su derrumbe. Finalmente, en noviembre, otra conspiración militar lo apartó del cargo, confirmando que Bolivia vivía atrapada en un ciclo de caídas y ascensos de generales, donde cada gobierno era más provisional que el anterior.
La salida de Pereda abrió el paso a un nuevo gobierno encabezado por el general David Padilla, que prometió ser de transición hacia la democracia. Sin embargo, la experiencia reciente obliga al escepticismo: demasiadas veces se ha hablado en Bolivia de “transiciones” que nunca cristalizan. Lo cierto es que el país continúa atrapado en la lógica de los golpes militares, incapaz de consolidar instituciones civiles sólidas, y su pueblo sigue pagando el precio de ser gobernado por caudillos de uniforme que se suceden sin ofrecer un horizonte de estabilidad.
J. F. Lamata