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El nuevo dictador de Egipto será Hosni Mubarak, que hasta ese momento era vicepresidente

El dictador de Egipto, Sadat, asesinado por integristas islámicos que no le perdonaron haber firmado la paz con Israel

HECHOS

El 6.10.1981 el presidente – rais- de Egipto, Anuar el Sadat, fue asesinado.

MUBARAK, EL NUEVO DICTADOR DE EGIPTO, PROMETE ‘MANO DURA’ CONTRA EL INTEGRISMO ISLÁMICO:

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07 Octubre 1981

Pierde occidente

DIARIO16 (Director: Pedro J. Ramírez)

Cuando Henry Kissinger definió a Sadat como ‘el más grande estadista del siglo’ estaba resumiendo la amplísima oleada de admiración que el líder egipcio suscitó en el mundo occidental tras su audaz viaje a Israel y el proceso negociador que culminó en los acuerdos de Camp David

Desde nuestra perspectiva, la muerte violenta, a manos de sus propios soldados, de quien llegó a ser laureado con el Nobel de la Paz, se nos aparece, pues como una trágica paradoja.

A ningún analista habitual de la situación en Oriente Medio le ha cogido, sin embargo, la noticia por sorpresa. Con la misma intensidad con que la imagen de Sadat había ido captando las simpatías

Hasta su humanitario gesto de dar acogida al derrocado Sha fue interpretado como una afrenta por quienes todavía no querían admitir que Jomeini representaba una forma de tiranía mucho más sangrienta e irracional que aquella a la que había desplazado.

Últimamente las dificultades internas de Sadat habían ido en aumento, al no conseguir ni sacar a Egipto de la miseria – tal y como había prometido en el contexto de su ofensiva pacifista – ni consolidar el proceso de concesiones mutuas iniciado con Israel en Camp David.

Acosado por la oposición de la Iglesia copta y por la crítica de sectores liberales, Sadat había terminado incurriendo en la contradicción de ceder a la tentación de aplicar medidas represivas en nombre de la continuidad de una posición teóricamente basada en la razón.

La incapacidad de los otros países moderados del mundo árabe – Jordania y Arabia Saudí – para sumarse al proceso de paz mientras no se resolviera el problema palestino y la reelección del intransigente Begin en Israel habían terminado sumiendo a Sadat en un profundo asilamiento, con la Casa Blanca prácticamente como único amigo.

Su protección no ha sido suficiente para defenderle de sus feroces adversarios: en primer lugar, Gaddafi, que con este asesinato ve derrumbarse el principal dique de contención de su paranoia hegemonista, en segundo lugar, Arafat, que desde el mismo día de la firma de Camp David prometió hacer lo posible por acabar con la vida de Sadat. Y, al fondo, pivotando sobre estos dos peones, la Unión Soviética, que nunca le había perdonado el bandazo pro occidental iniciado hace nueve años con la masiva expulsión de sus técnicos.

Es imposible predecir aún el curso de los acontecimientos en Egipto, pero no se puede ser demasiado optimista si se tiene en cuenta que la política de Sadat era fundamentalemnte la expresión de unas hondas convicciones personales con las que no sintonizaba buena parte de su entorno.

La desaparición de Sadat va a implicar probablemente una transferencia de su papel moderador a las dos monarquías que aún sobreviven en la zona. Sin embargo, ni la Arabia de Jaled ni la Jordania de Hussein parecen tener ni la capacidad de liderazgo ni la firmeza de actitudes que proporcionaba el régimen de Sadat.

Su muerte se constituye otro tremendo quebranto, en suma, para este tiempo nuestro tan preñado de incertidumbre.

07 Octubre 1981

El mundo después de Sadat

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

EL 3 de septiembre, Anuar el Sadat iniciaba lo que él mismo definió como una purga: el 6 de octubre ha sido asesinado en unas condiciones que permiten suponer, atravesando la muralla de confusión de las primeras noticias, que se ha podido producir una revolución y que ésta, si triunfa, puede cambiar enteramente la situación en Orienté Próximo, que es tanto como decir en el mundo. Reagan mantiene una especial atención sobre la zona, en la que se reúnen, junto al petróleo, algunos de los revolucionarismos más caracterizados del Tercer Mundo -los islámicos- y una presión soviética mantenida por los países vicarios, esencialmente Libia.En todo ello estaba la purga de Sadat del 3 de septiembre. Una purga que llenó de estupor y consternación a los amigos y aliados del propio Sadat, más que a sus enemigos, porque el nivel de subversión y la capacidad de compló del país parecían muy bajos. Pero el movimiento crítico era muy importante. Venía de las 40.000 mezquitas del país, de la enorme fuerza de los Hermanos Musulmanes y del Jamal Islam. Con ellos, la represión hacía caer también a los coptos y confinado a su Papa. Los cristianos coptos -se han conformado casi siempre con sobrevivir en un país musulmán, aunque eran también críticos; casi podría decirse que su persecución tenía por objeto equilibrar la de los musulmanes ante la opinión pública. Se cerraron periódicos, se encarcelaron periodistas -una costumbre ancestral en cada gran movimiento contrario a las libertades- y se persiguió a las organizaciones izquierdistas, que tienen en realidad muy poca fuerza en el país. Unas 1.500 personas caían en esta purga; el número se ha elevado después a 3.000, según las cifras oficiales, y a muchos miles más, según la oposición. La intención de Sadat era controlar absolutamente el país para apoyar una operación de gran envergadura fraguada en Washington: la creación de un bastión de defensa conjunta en el que armas y hombres de Estados Unidos estarían sujetando el triángulo Israel-Arabia Saudí-Egipto. Todo este gran movimiento se puso en marcha con el envío de armas a Arabia. Y su justificación es la presencia rusa en la zona y la necesidad de erradicarla. Sadat lo subrayaba bien cuando, al mismo tiempo que reprimía a la población, expulsaba del país al embajador soviético con nada menos que mil funcionarios de su embajada, cifra que explica suficientemente, por otra parte, cuál era la importancia de la presencia soviética.

Ahora es obvio que tenía razón Sadat en sospechar y prevenir cualquier movimiento de resistencia. Pero sus aliados no habían pedido una acción tan dura como la que él emprendió. Le consideraban ya un megalómano, casi un paranoico que había empezado el trágico camino que emprendió el sha en Irán: una represión histérica y una persecución de la religión, bajo la consigna, que él emitía, de «nada de política en la religión, nada de religión en la política». Consigna prácticamente incomprensible para los islámicos de cualquier secta, que jamás han dudado que Corán y Gobierno sean una misma cosa. Quizá este condenado por desconfiado que ha sido Sadat estaba ayudando a poner en marcha el compló que denunciaba; quizá la oposición comprendía en ese momento que quitar de en medio a Sadat y a su régimen era para ella cuestión de vida o muerte. El hecho de que haya sido un camión de soldados que desfilaban ante el rais los que le han asesinado indica que atentado y revolución -sea cual sea su desarrollo y sus posibilidades- parten del interior, aun si tienen apoyo extranjero.

Los beneficiarios del hecho no son pocos. Para Libia ha sido un regalo venido del cielo -literalmente lo creen así-; para la URSS, otro. A lo mejor ayudaron con sus preces a que se produjera. Los países moderados o conservadores de la vecindad árabe no tenían gran confianza en Sadat. Temían que su histeria y su rudeza complicase la situación, como así ha sido. Sadat no era un hombre de amigos, salvo en Washington y en Israel, y es a los únicos con intereses en la zona a los que se puede excluir sin vacilación de la lista de sospechosos. Muchos otros países pueden haber atizado la revolución; pueden armarla y fomentarla ahora.

Si la situación no se sujeta, si realrnente estamos ante una revolución y esta revolución triunfa, todo va a estallar en Oriente Próximo. No es imposible una intervención de Israel, y no es fácil predecir si Estados Unidos sujetaría a Arabia Saudí contra esta intervención. No es imposible tampoco una intervención libia.

Lo que queda como realidades de la jornada de ayer, en la que murió Sadat -terrorista en su juventud y muerto por un atentado terrorista, después de haber recibido en vida el Premio Nobel de la Paz- es un aumento esencial de la tensión en el mundo. En pleno rearme, en pleno caos Islámico, en, un momento en que parecen imposibles todas las conversaciones de urgencia y de contención entre Moscú y Washington, se está hoy mucho más cerca de la guerra que ayer. Y al decir guerra no hay que pensar sólo en la limitada dentro de la zona.

07 Octubre 1981

El vacío

Ricardo de la Cierva

No, no era el gran vencedor en la guerra del Yom Kippur, aunque su pueblo, anegado en una propaganda tan abrumadora y deseable como las crecidas antiguas del Nilo, estaba totalmente convencido de ello. Al anochecer del 15 de octubre de 1973 la división acorazada del general Ariel Sharon penetraba entre el segundo y el tercer ejército egipcio y poco después conseguía establecer una sólida cabeza de puente en la orilla izquierda del canal. Dos divisiones más la siguieron y montaron la guardia sobre el camino abierto de EL Cairo, mientras en el frente Norte, contra Siria, la brigada Golani, reconquistaba el bíblico y vital monte Hermón. El Tercer ejército egipcio cercado, quedaba a merced de los israelíes. Fue entonces cuando a petición de Anuar el Sadat se reunió el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, sin resultado. Las amenazas soviéticas y las presiones norteamericanas lograron por fin que cesase el fuego. A las tres semanas de la gran sorpresa árabe en el Día del Perdón los generales de Israel y de Egipto se reunían en el kilómetro 101 de la autopista Cairo-Suez y concertaban la salvación del Tercer Ejército. En términos clásicos del arte de la guerra, la victoria era también de Israel.

Pero el antiguo teniente del rey Faruk demostraría luego algo mucho más importante: su sentido de las realidades mundiales, y su condición de estadista capaz de guiar a su pueblo sin dejarse arrastrar por los grandes tópicos disfrazados de patriotismo intransigente. Sólo su inmenso prestigio pudo hacer posible que Egipto diese con dignidad, realismo y provecho, el mismo paso adelante que, con parejo sacrificio, emprendía Israel; y el premio Nobel de la paz – no concedido precisamente por una agencia de propaganda norteamericana – rubricaba el primer cimiento de paz duradera en el Oriente Medio, que era sobre todo la paz de Sadat. El día 26 de marzo de 1979 se firmaba el tratado, ante el presidente Carter, como garante y testigo, y poco después, se intercambiaban los instrumentos de ratificación.

Con plena coherencia respecto a su opción occidental, el Presidente Sadat tomaba no hace muchas semanas, dos decisiones trascendentales y arriesgadas. Ordenaba, primero, el arresto de numerosos líderes extremistas islámicos para evitar un síndrome jomeinista más que probable para quien conozca la profunda vigencia religiosa de los pueblos árabes. Seguramente para cubrirse ante la opinión musulmana castigaba también duramente a la Iglesia cristiana copta, medida que causaba lógica sorpresa en neustro ex embajador el general Díez Alegria. Nacionalizó de un plumazo cuarenta mil mezquitas. Topó, pues, Sadatcon el alto clero egipcio de una y otra confesión; y topó mucho más duramente con la Unión Soviética, al ordenar casi a la vez la expulsión de la hornada restante de diplomáticos y técnicos. Si queremos aplicar al caso Sadat, como hipótesis de adivinación, el principio romano cai bono fuerit y recordamos el sistema habitual utilizado por la URSS para las batallas secretas de su estrategia global – la participación por topos y satélites – no podemos descartar la seria hipóstesis de que la misma mano que dirigió por control remoto a los agresores de un destructor español en Santander haya podido orientar al destacamento suicida que, sin filiación comprobable, ametralló a la tribuna presidencial en El Cairo. Las dramáticas manifestaciones de júbilo por parte de diversos portavoces del Frente de Rechazo – alguna de ellas difundida descaradamente por la inconcebible RTVE – muestran, en vísperas españolas de la OTAN, el tremendo vacío que acaba de producirse en una de las zonas más explosivas del mundo. Al ver en la pantalla el provocativo disparate decidió seguramente su posterior comparecencia el ministro Përez Llorca.

Se justifica así plenamente la señal de alerta en los navíos de la Sexta Flota y la terrible preocupación del mundo occidental; se justifica menos que nuestra televisión haya convocado en la noche del crimen como máximo experto a un distinguido profesor que se ha atrevido a criticar como unilateral y arriesgada la política del Presidente asesinado, desde una óptica comunista y anti-occidental mucho más que universitaria (No condeno la presencia del experto, sino su presentación oficiosa y su insuficiente contraste). Un buen tanto para el comisariado político del medio.

El vacío de Anuar El Sadat incide necesariamente sobre el cumplimiento del tratado de paz con Israel, que deberá irese planteado en los próximos meses con trascendentales pases de línea y decisiones concretas en el Sinaí y otros puntos delicadísimos, ahora mucho más comprometidos. Tras la experiencia trágica del Irán, ¿saldrá ahora Egipto de la órbita occidental o incluso ingresará de nuevo, como estuvo a punto de hacer antaño, en la soviética? ¿A qué bloque se incorporarán los 2.100 carros, los 580 aviones modernísimos – la flota aérea más importante y entrenada del mundo árabe – y los cuatrocientos mil soldados del más aguerrido ejército islámico? Hasta ahora esos efectivos garantizaban la paz; ¿sabrá y podrá continuar el régimen egipcio sin Sadat su precario, perovital camino hacia la paz? Nuevamente el Yom Kippur, el Día del Perdón, plantea como una crisis mundial. Aún no hemos salido de la que surgió a orillas del Canal en 1973. Ahora, por nuestra irreal e insuficiente presencia política, diplomática y estratégica en la zona, vamos a asistir al planteamiento de la nueva crisis como simples y unilaterales espectadores. Porque casi sólo podemos aportar nuestro pequeño y lejano vacío de presencia al enorme y ominoso vacío que deja, en la zona más conflcitiva de la Tierra, ese gran estadista llamado Anuar El Sadat.

Ricardo de la Cierva

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