3 septiembre 1981
Golpe de Estado en la República Centroafricana depone a Dacko por segunda vez y convierte al General André Kolingba en nuevo Dictador
Hechos
El 2 de septiembre de 1981 se produjo un Golpe de Estado en la República Centroafricana.
03 Septiembre 1981
El golpe centroafricano
LOS MILITARES del general Kolingba han culminado en la pequeña, pobre y desgraciada República Centroafricana un golpe de Estado que venían desarrollando desde hace algún tiempo: el presidente Dacko les había ya entregado el poder desde el mes de julio, en el que empezó a preparar el terreno con la prohibición de partidos políticos, la proclamación del estado de sitio y, luego, levantado ese estado, con el reconocimiento de poderes especiales para el Ejército. Fue él mismo quien invistió a Kolingba, que ahora le devora. El presidente Dacko tomó estas medidas sólo en parte por resignación; en parte mayor, por miedo a la oposición, al descontento del pueblo y la menguante imagen propia. Dacko había gobernado antes que Bokassa; se le había considerado autoritario y servil para los intereses franceses. La imagen caníbal del emperador Bokassa, que devastó el país y robó todo lo que pudo -se le acusa de actos de canibalismo-, y que, sin embargo, mantuvo una cierta anuencia francesa -recuérdese el famoso asunto de los diamantes obse quiados a Giscard d’Estaing, uno de los temas que han podído influir en el cambio electoral- francés-, hizo que la sucesión otra vez por Dacko pareciera una bendición. Pero no tanto. Las tendencias dictatoriales reaparecieron, como el regreso al partido único -la Unión Democrática Centroafricana, constituida en marzo para dar al presidente un triunfo electoral-, le fueron configurando como un hombre indeseable, mientras crecía la figura de Patasse, político hecho en el exilio y detenido apenas vuelto a su tierra. Para cubrirse de este peligro, el aprendiz de brujo Dacko invocó otro: los militares. Son éstos los que le han derribado.Con gentileza. Alegan «razones de salud»: el presidente estaba demasiado enfermo -su enferniedad es realpara ocuparse de los asuntos del país. Por ejemplo, no se atrevió a suspender la Constitución -en efecto, sena como suspenderse a sí mismo, puesto que presidía en nombre de ella-, ni a perseguir totalmente las actividades políticas. Los militares ya lo están haciendo. No parece, por tanto, que vaya a cambiar esencialmente la política dominante, mas que en un sentido de apurar más su capacidad de poder.y de diezmar a la oposición. Con respecto a Francia no debe haber cambios. Las fuerzas francesas estacionadas en la República desde que ayudaron a Dacko no se han movido esta vez de sus acuartelamientos para sostenerle. Incluso Dacko hizo llegar una nota al embajador de Francia para advertirle que era solamente su salud la que le llevaba a la dimisión; realmente, si se hubiera resistido, quizá su salud hubiera empeorado definitivamente.
El Análisis
El 2 de septiembre de 1981, la historia política de la República Centroafricana volvió a repetirse como un mal chiste: David Dacko, presidente restituido por Francia en 1979 tras la caída del estrafalario y sangriento emperador Bokassa, fue nuevamente derrocado, esta vez por el general André Kolingba. Dacko ya había perdido el poder en 1966 por un golpe militar, cuando París decidió que sus políticas amenazaban sus intereses, y volvió al cargo gracias a la operación francesa que descoronó a Bokassa. Pero su segunda etapa en el poder pronto mostró que no sería precisamente el adalid de la democracia: instauró un régimen de partido único, se apoyó en las fuerzas armadas… y permitió que figuras como el propio Kolingba concentraran un poder que, al final, le resultó fatal.
El paralelismo con líderes como Milton Obote en Uganda es inevitable: ambos ostentan la poco honrosa distinción de ser presidentes “doblemente derribados”. En el caso centroafricano, la política se ha convertido en un círculo vicioso donde los presidentes son colocados y retirados por golpes militares, y donde las urnas y las libertades son meros adornos para el consumo internacional. Dacko, lejos de sembrar instituciones sólidas tras la pesadilla de Bokassa, acabó cayendo en los mismos vicios autoritarios que le precedieron, dejando a la nación en manos de quienes controlaban las armas.
Este nuevo capítulo confirma lo que muchos analistas temen: en buena parte del África negra, la democracia parece una planta que nunca logra echar raíces profundas. Las transiciones pacíficas son raras, los golpes de Estado son la norma y los presidentes suelen confundir su mandato con un cheque en blanco para eternizarse en el poder… hasta que otro uniforme decide que su tiempo se acabó. El caso de Dacko, dos veces presidente y dos veces derrocado, es un triste recordatorio de que, en esta región, la estabilidad suele durar lo que tarda en cargarse un fusil.
J. F. Lamata