6 agosto 1985
Sexto golpe de estado militar en Nigeria en los 25 años de existencia del país, el más rico y poblado de África
El dictador de Nigeria, General Buhari, derrocado en un nuevo Golpe de Estado: el General Babangida será el nuevo dictador
Hechos
El 27.08.1985 se produjo un Golpe de Estado en Nigeria que depuso al presidente Mohamed Buhari, que fue reemplazado por Ibrahim Babangida.
29 Agosto 1984
El estratega que esperó tres veces
El nuevo golpe de Estado en Nigeria, calificado por observadores de la escena africana como golpe de palacio, demuestra una vez más que la paciencia no es una virtud entre las fuerzas armadas nigerianas, las terceras en efectivos del continente africano (entre 110.000 y 120.000 hombres). Sin embargo, el nuevo presidente de la nación más poblada de África, general de división Ibrahim Badamasi Babangida, de la etnia hausa, ha esperado tres ocasiones para hacerse con el poder (1975, 1976 y en 1983).
Su ocasión más clara fue en el golpe que derrocó al presidente Sheliu Shagari, el 31 de diciembre de 1983, cuando el Consejo Supremo Militar, compuesto de 14 miembros, le ofreció la presidencia de la República. Babangida decidió entonces prestar su apoyo a la candidatura del general Buhari y ocupar un segundo puesto como jefe del Estado Mayor del Ejército.
Nacido, como muchos de sus colegas, de la cúpula militar en el norte mulsulmán, Babangida recibió una educación militar occidental. Tras graduarse en 1963 en el Colegio Militar de Nigeria, Babangida, de 44 años, se traslada a la India, donde pasó un año en su academia militar. Luego se trasladó al Real Centro de Vehículos Acorazados, en el Reino Unido, donde pasó otro año antes de realizar un curso de especialización en la academia del Ejército norteamericano.
La fama de Babangida en su país se inicia con la guerra secesionista de Biafra entre 1967 y 1970, donde se gana ascenso tras ascenso por su bravura y concepción estratégica. Su popularidad con sus soldados se acrecienta en 1976, durante el intento de golpe de Estado protagonizado por el teniente, coronel Bukar Dimka, cuando, solo y desarmado, se dirigió a una emisora de radio capturada por los sublevados y les convenció para que depusieran las armas.
Considerado hasta ahora como un soldado profesional, sin ambiciones políticas, el nuevo jefe del Estado nigeriano es calificado por sus amigos como persona de carácter abierto y amante del fútbol, el ciclismo y el golf.
El Análisis
El 27 de agosto de 1985, Nigeria volvió a despertar con un uniforme nuevo en el poder. El general Ibrahim Badamasi Babangida, hasta entonces jefe del Estado Mayor, depuso a su antiguo camarada Muhammadu Buhari, cerrando apenas 20 meses de régimen militar. La excusa fue clara: Buhari había prometido disciplina y austeridad, pero su gobierno derivó en autoritarismo económico, censura política y un aislamiento exterior que incluso incomodaba a los aliados tradicionales de Nigeria. El golpe, incruento, fue presentado como un “ajuste interno” en beneficio de la nación, una fórmula ya demasiado repetida en el vocabulario de los cuarteles nigerianos.
La lista de golpes en Nigeria es ya un rosario trágico: 1966, con Ironsi derrocando la Primera República; ese mismo año, el contragolpe que llevó a Yakubu Gowon; el golpe que encumbró a Murtala Muhammed en 1975; su asesinato en 1976 y el ascenso de Olusegun Obasanjo; la transición civil con Shagari en 1979, truncada en 1983 por Buhari; y ahora Babangida en 1985. La democracia, con tantos precedentes de inestabilidad, parece más una excepción breve que una norma viable.
Babangida no fue un actor secundario: participó activamente en el golpe de 1983 que entronizó a Buhari, y ahora lo desplaza, demostrando que en el ejército nigeriano la lealtad es frágil. Otro rostro que empieza a consolidarse es el del general Sani Abacha, que tuvo un papel destacado tanto en 1983 como en 1985, y que poco a poco se perfila como un hombre fuerte en las sombras. La lógica de clanes y lealtades cambiantes dentro del ejército se revela, de nuevo, como el verdadero motor político del país.
La reacción internacional fue de fría resignación. Reino Unido, la Commonwealth y la OUA apenas pasaron de comunicados de rigor: Nigeria es demasiado estratégica —por su petróleo, por su población, por su peso en África Occidental— como para arriesgarse a un aislamiento. Pero lo que queda claro es que la promesa democrática de 1979 parece cada vez más un espejismo. En Nigeria, las urnas se convierten en interludio, y las botas militares vuelven a marcar el compás.
J. F. Lamata