27 julio 1985
Obote ya fue derribado por Idi Amín en 1971, que, desde el exilio, expresó su satisfacción por la caída definitiva de Obote
El presidente de Uganda, Milton Obote, derrocado por un Golpe de Estado encabezado por el General Tito Okello, nuevo dictador
Hechos
El 27.07.1985 un Golpe de Estado en Uganda en 1985 depuso al presidente, Milton Obote, que fue reemplazado por Bazilio Olara Okello.
Lecturas
El Sr. Milton Obote fue el primer presidente de Uganda al proclamarse la independencia.
Fue derrocado en 1971 por el golpe de Estado que instauró la dictadura del Sr. Idi Amín.
En 1979 fue restituido en el poder gracias a la invasión de Uganda por el Ejército de Tanzania con el visto bueno del Reino Unido.
La dictadura de Tito Okello se mantendrá apenas unos meses después al tomar el poder la guerrilla de Museveni e instaurar esta su propia dictadura.
05 Agosto 1985
El segundo fracaso de Milton Obote
EL ESPECTÁCULO recurrente de los golpes de Estado africanos tiene adormecida a la opinión no sólo occidental, sino también a la propia, salvo en los casos en que se produzcan con grave derramamiento de sangre. El del presidente de Uganda Milton Obote, que ha logrado ser depuesto por segunda vez desde la independencia del país en 1960, es, por añadidura, ilustrativo de unas esperanzas frustradas, de un fracaso del Estado nacional clásico en el continente, y de una alternativa que se quería progresista, lejos del alineamiento con uno u otro superbloque.Obote gobernó Uganda desde 1960 hasta 1971, año en que fue derrocado por el inverosímil Idi Amin, y con la ayuda del presidente tanzano Julius Nyerere pudo recuperar el poder tras la guerra de abril de 1979 entre Tanzania y Uganda. Tras un período de transición en el que se sucedieron presidentes tan inefectivos -Yusuf Lule y Godfrey Binaysa- como sanguinario había sido Amin, en las elecciones de diciembre de 1980 la opinión se volvió hacia el padre de la independencia. Pocas veces un líder africano ha tenido una segunda oportunidad para enmendar los errores autoritarios de su primer mandato y establecer un consenso nacional en un país que, como la mayoría de los que conocieron la experiencia colonial, está apedazado de lealtades tribales como mal sucedáneo de la idea de Estado.
El golpe militar de Idi Amin pudo durar hasta que se produjo la intervención exterior, porque cualesquiera que fuesen sus atropellos tenía al Ejército satisfecho con todo tipo de favores materiales. A su restablecimiento Obote tenía la oportunidad de rehacer la milicia de arriba abajo tratando de remediar su eje de fractura principal que es la división de las fuerzas armadas en torno a las dos etnias principales del país: la longi, a la que pertenece el propio Obote, y la acholi. Nada de eso se hizo desde 1980, sino que, al contrario, el predominio de los longi se había ido acentuando durante esos últimos cinco años. Al mismo tiempo, y sorprendentemente en un hombre tan atento a sus intereses como el presidente, el Ejército no tenía especiales motivos para estar contento, lo que le llevaba a cobrarse de la ciudadanía lo que no recibía de las arcas del Estado. A nadie sorprenderá, por tanto, que la línea golpista haya sido acaudillada por militares de la etnia acholi, a la que pertenece el nuevo jefe del Estado.
El golpista general Tito Okello, autoproclamado presidente, se deshace en las habituales promesas de elecciones libres y restablecimiento de la democracia, para lo que, desconfiadamente, no adelanta las elecciones, sino que las demora hasta el año próximo. Si bien es cierto que Okello en sus primeras proclamaciones se hacía eco de la necesidad de formar un Gobierno de unidad nacional que prepare al país para esos venturosos acontecimientos, el primer gabinete formado por el general y los hombres más prominentes del golpe son las conocidas caras de Kampala, los sobreros del régimen de Obote aunque con un cambio de collar tribal. Por eso hay que tomar con reservas la declaración de que se ha llegado a un acuerdo con la guerrilla del general Museveni, el principal movimiento de los que en los últimos años habían actuado en contra del presidente depuesto.
Cualquier tentativa de establecer sobre bases viables el Estado africano, no ya la democracia a la occidental, tiene que proceder a dar un interés en él a las etnias principales del país; sin llegar, probablemente, al pacto nacional libanés en el que están codificados los números para la participación de cada comunidad, porque cualquier aritmética acaba por anquilosarse, sí parece hay que reconocer la existencia de naciones dentro del Estado para que pueda funcionar el Estado nacional en África.
Cuando los ejércitos africanos se lanzan a la conquista del poder están reconociendo esa inexistencia del país, en la medida en que lo único tangible en el mismo es el propio aparato del Estado. Milton Obote, incapaz de superar esa contradicción entre tribu y consenso nacional, entre autoritarismo de grupo y pacto étnico, ha perdido su segunda oportunidad histórica. Batiría un récord si llegara a tener una tercera.
El Análisis
El 27 de julio de 1985, Milton Obote volvió a perder el poder en Uganda, esta vez a manos de un golpe militar encabezado por el general Bazilio Olara Okello. Es la segunda vez que Obote es derrocado —la primera fue en 1971 por Idi Amín—, y ese doble tropiezo resume una trayectoria marcada por promesas incumplidas y resultados desalentadores. Su regreso al poder en 1979, tras la caída de Amín, estuvo acompañado de la esperanza de que el país retomara el rumbo democrático, pero el mandato terminó hundido en acusaciones de corrupción, represión y favoritismo étnico, con una guerra civil activa en buena parte del territorio.
Desde su exilio, Idi Amín, que fue su verdugo en el 71, aplaude el golpe de 1985 como si se tratara de una vendetta personal, aunque todo indica que tuvo poco o nada que ver con el cambio de mando. La caída de Obote obedece más a divisiones internas en el ejército y a la incapacidad de sofocar las rebeliones que asolan el país, que a una mano invisible desde Libia o Arabia Saudí. Aun así, la ironía es amarga: Amín, uno de los peores dictadores del continente, celebra la caída de un presidente que él mismo contribuyó a colocar nuevamente en el poder tras su propia expulsión.
Con Okello al frente, Uganda no proyecta estabilidad sino la imagen de un tablero de guerra perpetuo, con facciones militares y guerrilleras disputándose el control. El país sigue atrapado entre las heridas abiertas del amimismo, los errores de Obote y un presente dominado por las armas más que por las urnas. A los ojos del mundo, Uganda se ha convertido en un ejemplo sombrío de cómo un Estado puede pasar de la independencia a la inestabilidad crónica en apenas dos décadas, dejando a su población rehén de una violencia que parece no tener fin.
J. F. Lamata