30 abril 1945

Su cadaver fue machacado y difamado por la multitud

El dictador fascista de Italia, Benito Mussolini, muere linchado brutalmente por partisanos italianos

Hechos

El 28.04.1945 fue ejecutado el ex jefe de Gobierno italiano (‘Duce’), Benito Mussolini.

Lecturas

El final se produce al poco tiempo de que Himmler haya ofrecido la rendición de Alemania. 

Por orden del Comité de Liberación Nacional de la Alta Italia, ha sido fusilado este 28 de abril de 1945, en Bonzanigo, cerca de Como, el dictador de Italia Benito Mussolini. El 25 de abril pasado el Comité había emitido un decreto que condenaba a muerte a todos los miembros del gobierno fascista y a los dignatarios del fascismo italiano, culpables de haber contribuido a la supresión de las garantías constitucionales, de haber destruido las libertades populares, de haber creado el régimen fascista, comprometido y traicionado el destino de la nación y de haber conducido a la situación actual.

Mussolini fue detenido por un grupo de guerrilleros el 27 de abril liderados por el socialista Sandro Pertini cerca de Musso, a 14 kilómetros de Menaggio. Los alemanes que los custodiaban entregaron al jefe fascista a cambio de que se les permitiera proseguir su retirada a Austria. Mussolini y su amante Clara Petacci, quedaron bajo custodia de una casa del Pueblo de Bonzanigo. El derrotado Duce sólo hubiera podido escapar a la muerte temporalmente si hubiese caído en manos de los partisanos que los capturó pensaba trasladarlo a Como ciudad en la que los aliados acababan de entrar, aclamados por una multitud delirante de entusiasmo.

Para evitar que esto ocurriera, el Comité de Liberación Nacional dirigido por Pertini designó al ‘coronel Valerio’, nombre de guerra de Walter Audisio, perteneciente al comando general de la resistencia. Valerio se trasladó al pueblo donde Mussolini y otros 50 jefes fascistas permanecían prisioneros y designó a los 17 que, junto con el Duce, debían ser juzgados de acuerdo con el decreto del 25 de abril. Tras un brevísimo proceso llevado a cabo por un tribunal de guerra improvisado se pronunciaron 18 condenas a muerte. Valerio se encargó personalmente de hacer salir de la casa a Mussolini; Clara Petacci se niega a separarse de su amante.

Valerio los hace caminar unos metros y luego los obliga a colocarse de espaldas a un muro, cerca de un portal. Allí, Valerio lee la sentencia y le pide a Clara que se separe, pero ella se niega. Entre los otros ejecutados figura el piloto personal del Duce y un ex diputado comunista, Nicola Bombacci, que se había unido al fascismo deslumbrado por la experiencia de la república social mussoliniana.

El siguiente en desaparecer será Adolf Hitler el 30 de abril. 

01 Mayo 1945

Una vida y una política

LA VANGUARDIA (Director: Luis de Galinsoga)

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El signor Alessandro Mussolini, herrero en Predappio, provincia de Forli, en la Romaña, era un avanzado de fines de siglo. No había ido al a escuela como no sea la de Bakunin y los suyos. En la herrería se reunían en tertulia todos los que sustentaban la idea. Esta solera familiar no se destiñe. Pese a que la madre, la signora Rosa, la maestra del lugar, era fiel creyente y practicaba su religión. En esta contradicción familiar hay que buscar muchas cosas que luego adquirieron su desarrollo. Y también en lo físico moral, como aquellos nervios de la madre que se descomponían hasta el punto de obligarla a levantarse diez y doce veces de la cama, durante la noche, para dar vueltas arriba y debajo de la gran cocina campesina… ¡Cuántas crisis de pesimismo, cuantos desfallecimientos de un hombre aparentemente de acero deben buscarse, sin duda, en aquella herencia materna!

Nació, pues, en Predappio el 29 de julio de 1883. Se entrega de lleno al periodismo fundando ‘La Lotta di Classe’ (La Lucha de Clases) hasta ser nombrado director del órgano socialista ‘Avanti’, a los 29 años de edad (1912).

Desde aquel puesto iba a sostener una de las luchas más decisivas de su existencia, la que le pondría en uno de los primeros planos de la política nacional. Había estallado la guerra y el Partido Socialista, fiel a su tradicional pacifismo era contrario a la intervención italiana. El director de ‘Avanti’, en cambio, sintió en el fondo de su alma, el viejo odio atávico contra ‘il tedesco’ y contra el Imperio austriaco que lo represnetaba a los ojos de los italianos. Además, el pacifismo socialista no hacía mella en un espíritu alimentado con Nietzsche y Maquiavelo. Se declaró abiertamente por la intervención al lado de los aliados adoptando el sentimiento nacional irredentista por Trieste y el Trentino. Salió del ‘Avanti’ y fundó un nuevo diario: ‘Il Popolo d´Italia’, alterando los términos del de Manzini: “L´Italia del Popolo”. Su acción desde aquel momento, se dirigió a combatir a la opinión neutralista y, llegada la guerra, se alistó como voluntario, predicando así con el ejemplo. En su regimiento de ‘bersaglieri’ combatió valerosamente fue herido y alcanzó el grado de sargento. Al llegar la paz, se entregó de nuevo a la política, en uno de los momentos más agitados de la historia de Italia. El ex socialista se enfrentó nuevamente con sus antiguos compañeros.

La victoria se hundía en el desorden. Los persistentes enemigos de la guerra resurgían ahora: se reprochaba el escaso resultado obtenido, se insultaba a los oficiales, se renegaba de los éxitos obtenidos. Una ola de pesimismo y de anti-patriotismo invadía el país. Los ex combatientes, los que habían realizado ímprobos sacrificios por la victoria, se unieron insistivamente para defender el honor de haber combatido; los nacionalistas se agruparon para salvar a la nación: los que tenían algo que perder se juntaron para defenderlo: los nacionalistas se agruparon para salvar a la nación: los que tenían algo que perder se juntaron para defenderlo. De esta suma de intereses surgió el fascismo. Quizá el camino a seguir hubiera sido otro, tal vez era mejor adoptar una fórmula constitucional para salir del atolladero, pero lo históricamente cierto es que lo que nació fue el fascismo, entonces, no era más que un gesto instintivo de defensa, un movimiento de reacción contra un ambiente de descomposición, y que empezó a gobernar como un Partido parlamentario más.

La marcha sobre Roma (octubre de 1922(, la dimisión del Gobierno Facta, el llamamiento del Rey, la llegada a Roma (‘Majestad, os traigo la Italia de Vittorio Veneto’) el encargo de formar Gobierno. He ahí los hechos, tal conocidos, que llevan al antiguo revolucionario, al republicano de corazón, al emigrado de Lausana, al ex director de ‘Avanti’, el sargento de ‘bersaglieri’ a ser primer ministro del Rey de Italia.

La política de Mussolini desde el Poder ofrece, en general, aquellas fluctuaciones a que, por múltiples razones, se ve obligada Italia tradicionalmente. Precisamente en el momento que tales fluctuaciones son abandonadas y se adopta una posición rígida, es cuando sobreviene la catástrofe.

El gran cambio en la política interior vino pronto. La crisis del asesinato de Matteoti fue lo que determinó. Hasta entonces, el Gobierno Mussolini no era más que un Gobierno de coalición en el cual, junto con los fascistas, entraban otros grupos al objeto de tener una mayoría parlamentaria; ya que el Parlamento subsistía y continuaban la libertad de Prensa y otras características del régimen liberal. Habían cesado, en cambio los desórdenes en la calle y en el campo. Justamente, pues, se atribuye al deseo de acabar con esta subsistencia el motivo que movió a los asesinos del jefe oposicionista Matteoti: querían cerrar la boca a quien era capaz de desenmascarar ciertos asuntos financieros escandalosos producidos al amparo del movimiento fascista – como de toda gran turbación pública – y crear un incidente irreparable destinado a impedir la convivencia entre el fascismo y los demás partidos. Desaparecido en julio de 1924 no se volvió a tener noticia alguna de Matteoti hasta que su cadáver fue encontrado dos meses después, enterrado en las cercanías de Roma junto a una cuneta. Pero, entre tanto, se había producido un escándalo formidable, con amplias repercusiones internacionales, en la cual el fascismo rompió definitivamente con los restantes Partidos. La oposición cometió el error de apartarse del Parlamento ‘retirándose al Aventino’, de ello se tomó pie para transformar el Parlamento. Fue suprimida la libertad de Prensa, se constituye el fascismo como partido único, se toman, en suma, todas las medidas esenciales que habían de convertir al Fascismo en una dictadura rígida. Seis meses después del asesinato de Matteoti, el Gobierno estaba formado solamente por fascistas y había roto con los elementos de derecha y de centro que le habían prestado apoyo.

En el orden exterior, por otro lado, Italia, bajo el Fascismo, comenzó por realizar su política tradicional. Disgustada con sus aliados que, en verdad, no habían recompensado justamente su esfuerzo de guerra, se aproximó a Alemania, pero esta aproximación tenía más bien un carácter táctico. La prueba está en que, llegado un momento trascendental y que resultaba decisivo para la política italiana, ésta se mantuvo unida a la de las Potencias occidentales encabezando su acción: la ofensiva alemana contra Austria, determinada por el asesinato de Dolfuss (julio de 1934) dio lugar a una enérgica intervención de Mussolini, que situó tropas en la frontera del Brenero y formó, con Inglaterra y Francia, el efímero ‘Frente de Stressa’. Desgraciadamente para ella, el frente se rompió y el asunto de Etiopía surgió, turbando totalmente la vida política del país. Europa, en tal ocasión, cometió un error gravísimo: las sanciones. O sea un sistema que, sin impedir en absoluto lo que Italia se proponía, irritaba su susceptibilidad y enconaba el quisquilloso y teatral nacionalismo fascista. Por si fuera poco, mientras 52 naciones adoptaban las sanciones, Alemania, que había salido de la Sociedad de Naciones con anterioridad, lejos de unirse al gesto de los demás países, tendía una mano amistosa a Italia. Estos hechos determinaron en el Gobierno fascista una inclinación irremediable hacia la alianza alemana. Ella quedó sancionada inflexiblemente el día en que en la primavera de 193 los alemanes entraron en Viena sin que Italia mostrara la menor oposición. Con ello quedaba limitando con el territorio del Reich, que hacía sentir sobre ella la irresistible fuerza política de su formidable máquina política, económica y militar, y la de su masa de población. Con el fin de Austria y la consiguiente resignación italiana, quedaba sellada, en realidad, la suerte de la política fascista. Entonces vienen las leyes racistas – más absurdas en Italia que en muchos otros puntos – el endurecimiento del régimen en todos los órdenes, la marcha hacia la guerra.

Y estalló el conflicto entre Alemania y las Potencias occidentales. Italia se mantuvo, al principio, al margen. Se han dado muchas explicaciones a este fenómeno. La más convincente es la que dio posteriormente Hitler al decir “Italia estaba obligada según los Tratados a colocarse inmediatamente a nuestro lado”; Mussolini, para hacer honor a los compromisos tenía la firme intención de decretar la inmediata movilización de su país. Las mismas fuerzas – el Rey y el Ejército – que ahora han conducido a Italia a la capitulación, consiguieron impedir en aquellas circunstancias su entrada en guerra’. Sumner Welles, que visitó Europa – ya estallada la guerra, pero antes de la intervención italiana – sacó la impresión de que Italia no quería la guerra, pero que Mussolini sí la quería. Finalmente, a favor de las circunstancias, esta voluntad se impuso y el jefe del Fascismo tomó la iniciativa más catastrófica de su vida: el 10 de junio de 1940 Italia declaraba la guerra. El curso de los acontecimientos, que no era imposible prever o, por lo menos, sospechar, ha demostrado ampliamente que fue un error colosal, una equivocación de tal magnitud capaz de anular con creces los beneficios que a su Patria hizo anteriormente.

Benito Mussolini es una figura política de tal corpulencia, que su juicio escapa, con mucho a los límites de un artículo. Su gesto cesáreo de viejo romano, su oratoria ceñida y clásica, su gusto por las adunatas al aire libre, en las cuales hacía oír su voz desde una logia; su afición a las construcciones y a las obras públicas, son elementos que le unen al tipo de gobernantes de la antigua Roma. Pero, desgraciadamente se sintió prisionero de su propia escenografía. El Fascismo se convirtió para él en un mito que sobreponía sus frases y sus ideas a la concreta realidad de la Patria italiana en la Europa del siglo XX. Y por exceso de patriotismo quizá aquel hombre perdió la noción real de lo que estaba haciendo. A la fuerza de exaltar a Italia, la sometió a un país [Alemania] cuya potencialidad y condiciones habían de ligarla a su suerte y voluntad, como, en efecto, sucedió. Y la catástrofe se produjo casi con el rigor de una ecuación algebraica.

Quiso su suerte que, a poco de su caída, le rescataran los alemanes. Acaso, de no ocurrir así, se le hubiera entregado a los aliados y no hubiera tenido el trágico final de morir miserablemente asesinado a manos de unos oscuros y anónimos guerrilleros, ni el de que su cuerpo fuera objeto de escarnio y burla por un populacho criminal, soez y desbordado. ¡Hay mucha distancia de Santa Elena a Dongo! Ha muerto un hombre de Estado que ha escrito páginas importantísimas de la historia de Italia y del mundo. Ha muerto un hombre indudablemente patriota, que amó apasionadamente a su patria, y en este mismo amor, llevando al paroxismo, halló, desgraciadamente, la fuente de su hundimiento. Ha muerto un estadista que tuvo geniales intuiciones y colosales errores. Ha muerto un gran político que tuvo aciertos y equivocaciones, pero que, pese a su gran estatura política, no dejó nunca de ser un hombre con las virtudes y las flaquezas inherentes a su humanidad siempre palpitante, henchida, en no pocas ocasiones, de noble intención, ante cuyo recuerdo no habrá alma hidalga que no se incline con respeto. Como tampoco la habrá que no execre el hecho de su ejecución tal cual se ha perpetrado, a manos de una turbia irresponsable. Por mucho que la tragedia universal haya endurecido los corazones, hay algo que está por encima de las contiendas y aun de los odios políticos: la piedra cristiana o, siquiera, el instinto humanitario.

El Análisis

Del culto al linchamiento

JF Lamata

Benito Mussolini, quien durante más de dos décadas fue reverenciado por millones de italianos como el “Duce” y proclamado arquitecto de un nuevo imperio romano, ha encontrado una muerte tan violenta como simbólicamente reveladora del derrumbe total del fascismo. El 28 de abril de 1945, mientras intentaba huir disfrazado entre soldados alemanes rumbo a Suiza, fue capturado por partisanos comunistas en Dongo, en el norte de Italia. Ejecutado sin juicio formal junto a su compañera Clara Petacci y una veintena de jerarcas de la República Social Italiana —entre ellos Mezzasoma, Pavolini, Buffarini, Liverani y Sforza— su cadáver fue trasladado a Milán, colgado cabeza abajo en la plaza de Loreto, apedreado, escupido y ultrajado por una multitud que hacía apenas unos años lo aclamaba. El culto fascista al cuerpo viril y al líder carismático concluye en la humillación pública de un cadáver convertido en trofeo de guerra.

El fin de Mussolini es también el colapso definitivo de la República de Saló, el gobierno títere sostenido por la Wehrmacht alemana tras su “liberación” de manos de los comandos de Hitler en 1943. Italia, desde entonces desgajada en dos mitades —una aliada a los nazis, otra colaborando con los Aliados—, busca ahora presentarse ante el mundo como parte de los vencedores. El gesto brutal contra el Duce no solo es venganza: es también una declaración de ruptura, de expiación, de reinvención nacional. Y una advertencia velada. El destino de Mussolini resuena en Berlín, donde un Hitler cercado en su búnker debe haber comprendido que no habrá huida posible ni última lealtad que lo salve del derrumbe. También en Tokio, el emperador Hirohito contempla la misma posibilidad: que el Eje, ya sin uno de sus vértices, se desmorone entre ruinas y cadáveres colgados.

La muerte de Mussolini no cierra solo una etapa política. Cierra una forma de entender el poder, basada en la propaganda, el culto personalista y la violencia como lenguaje de Estado. El fascismo, que comenzó en marchas uniformadas y arengas coreadas, acaba en silencio, metralla y desprecio. Y deja a Italia con el reto de reconstruirse no solo físicamente, sino moralmente, en un nuevo orden mundial donde no será fácil olvidar quién aplaudió, quién se benefició y quién eligió callar.

J. F. Lamata