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EL MUNDO publica un serial de perfiles de figuras mediáticas competidoras en tono burlón redactadas por Martín Prieto

HECHOS

A partir del 23 de junio de 1996 EL MUNDO inició la publicación de perfiles críticos contra periodistas competidores.

23 Junio 1996

Jesús Polanco, un hombre peligroso

Martín Prieto

El Congreso de una República sudamericana que no hace al cuento nos invitó a Jesús Polanco y a mí a dar sendas conferencias sobre la libertad de expresión en un ámbito de mucho ringorrango. Volando él en «Gran Clase» y yo en «Turista», como corresponde a nuestra diferencia social, nos encontramos en la sala «Vip’s» del aeropuerto de destino donde nos esperaba el protocolo pertinente: a él le aguardaba un chófer de su editorial «Santillana» y a mí, un coche de respeto de la Presidencia de la Nación con un custodio armado hasta los dientes, que luego utilizaría mi esposa para visitar tiendas y recorrer la ciudad. Así quedó reestablecido el equilibrio de las clases sociales. No creo que fuera por el distingo que me hicieron, pero en cuanto me vio, punteó con su índice mi pecho saludándome cordialmente: «MP, eres un irresponsable». Como ya me había despedido de lo suyo y no trabajaba para él, supuse que el calificativo obedecía a que mis modestas acciones de su empresa editora se las había vendido al precio que le plugo y sin discutírselo. A mi conferencia asistió puntualmente entre el público, digo yo que malediciéndose alguna burrada austral por mi parte, porque en cuanto le despaché como al gran editor español y a El País como un excelente producto periodístico de la democracia española, se levantó y se fue.

Su dictamen fue un absoluto plomazo, totalmente ajeno a la sociedad que nos recibía, digno del zutano que supongo fue quien se lo escribió. Luego, siendo yo allí el conocido y él un ignoto, le presenté en televisión como el gran patrón periodístico que es y me miraba por el rabillo del ojo sorprendido de mi objetividad. Nunca entenderá que mi soberbia puede ser tan grande como la suya, que en mi hambre mando yo, y que una cosa es respetarle y otra muy distinta temerle.

FRASES APOCRIFAS.- Pero resulta que sí puede ser temible. «Jesús del gran poder». «No hay cojones para negarme a mí una televisión en España». «Quien se me enfrente que se marche del país». «Tengo más abogados que periodistas». Probablemente son todas ellas frases apócrifas pero no en balde retratan al sujeto. Es ese tipo de enamorados de su propia testosterona que te aseguran que echan cinco sin sacarla, y, prefiriendo que le tengan hasta pavor por sobre que le quieran, te puede presumir de su terrible capacidad de destrucción. Trabajé lealmente para él, como es debido, defendiendo su periódico hasta desventrando gavetas de despacho en la guerra por la propiedad del mismo. Dirigiendo en funciones el diario me negué a que chocara con el delincuente de Sebastián Auger, con quien pretendía entrar en estúpida polémica, y le mandé una carta de dimisión firmada en blanco cuando se subió por las paredes porque publiqué un artículo de Fernando Savater («La osadía clerical») que podía afectar a la venta de sus libros de texto en los colegios confesionales, a más de reproducir la excelente fotografía de César Lucas en Interviú sobre una «Marisol» esplendorosamente desnuda que una extraña fiscalía consideró entonces perseguible de oficio.

El interfono de mi despachito me dio la voz de Polanco con tono cavernoso: «Sube a mi despacho». «Coño -le repliqué-, no me lo digas en ese tono». «Te lo digo como me sale de los cojones». Javier Baviano, hoy vuelto al redil y antaño director general de aquella casa estaba presente cuando aduje que había que romper con la doble moral aún, entonces, imperante. «Y la doble moral, ¿qué es?», me preguntó. Guardé silencio y pedí permiso para retirarme, ya convencido de que Polanco no leía los libros que editaba ni, presumiblemente, los editoriales de su propio periódico. Siempre he supuesto que intentar explicar lo obvio es una pérdida de tiempo, y no iba yo a ilustrar a tan poderoso caballero. Pero ya le quisieran para sí otras empresas editoras, hoy en alto riesgo. Este hombre tiene instinto (un poquito asesino), huele el negocio, se las ve venir, es capaz por todo ello de arriesgar su dinero personal. Mi esquizofrenia ante lo suyo es inevitable porque no siendo yo nadie él es capaz antes de deshacer las maletas tras un vuelo de doce mil kilómetros e ir a visitarme a mi casa preocupado por mi estado de salud, y luego tiene narices para convertir «Antena 3» en «Sinfo Radio»; cerrar un negocio interesante y próspero para convertirlo en un hilo musical.

PERSONAJE CLONICO.- Y es que Jesús Polanco, grande por tantas otras cosas, es un profesional del ventajismo, muy mal acostumbrado a tener ministros en su nómina. Al menos en buena parte de Sudamérica, aún bajo regímenes de terror, se me cerraban las puertas ante mi representación de periodista y se me derrumbaban en atenciones en cuanto yo aludía a mi condición de distinguido empleado de Polanco. No entiendo cómo es cardiópata, siendo frío como el hielo hasta para su primera mujer, Chispa, y los hijos que de ella tuvo. El heredero de su imperio será su sobrino Javier Díaz Polanco, clónico suyo, único personaje del que se fía.

En nuestros mejores tiempos, al menos para mí, cuando le estábamos fabricando un excelente periódico, le dije que su papel era el de Katharine Graham, editora y propietaria del Washington Post. Casi me pega porque, machista redomado, y bastante inculto, no tolera que nunca se le pueda comparar con una mujer. Lo que son las cosas. Su empresa acaba de editar la biografía de Ben Bradlee, mítico director del Post. Se la recomiendo, porque en su lectura entenderá que no hay nada más gratificante que editar un diario, defender la libertad de expresión, y encima, ganar dinero en el empeño. El problema de Jesús Polanco es que no se pone límites a sí mismo, voluntarista feroz, si le dejamos se queda con todo. El no lo sabe, pero es un marxista. Para nada cree en la libre economía de mercado.

30 Junio 1996

Jordi García-Candau: «Terminator»

Martín Prieto

Palacio de Oriente en la noche. El Rey convida a una cena de gala. Señoras de largo y caballeros de frac con condecoraciones. Yo parezco el pingüino de Batman con la Encomienda del Mérito Civil colgando de la pechera. El a la sazón ministro de Defensa, García Vargas, se me acerca y pregunta lógicamente extrañado: «¿Quién te ha dado esa medalla?». «Pues el Gobierno socialista del que formas parte». Protocolo ordena la fila en el Salón del Trono para el saludo. Me colocan inmediatamente detrás de un tal Cebrián, consejero delegado de «Prisa», antaño íntimo amigo y única persona con la que no me hablo, siendo correspondido en el afecto. A mi espalda, Jordi García-Candau, entonces director general de RTVE, Luis María Anson y Francisco Luzón, quien fuera presidente de Argentaria. La atmósfera psicológica se puede cortar con cuchillo y tenedor.

García-Candau me presenta a su exquisita señora. Muy suelto de cuerpo le espeto: «Te equivocaste de marido. De los Candau el bueno es Julián, el gran periodista deportivo que ahora dirige el As». Revoleo del protocolo y pasan a Candau por delante de Cebrián. Rompo la fila y voy a darle un abrazo a Felipe González quien está en un aparte con el estirado de Laborda, muy imbuido entonces de su presidencia del Senado. «MP, estás muy gordo». «Ahora entiendo Presidente por qué estás perdiendo tantos votos». «Me llamas a Moncloa y nos tomamos un café». «Mira mejor no, porque me puedes convencer de cualquier cosa. Prefiero equivocarme solo». Regreso a mi sitio y me cruzo con Candau que se está recolocando. «Yo estoy donde siempre; eres tú el que pareces haber cambiado de opinión política». Callé y para mis adentros le mandé a hacer de «ministro» en su acepción lunfarda que equivale a la española de sodomita pasivo. Total: escenas palaciegas.

Conocí a Jordi García-Candau, redactor de Radio Nacional, cubriendo como un forzado en 1982 el juicio contra los militares golpistas del 23-F. Tres meses de tensión que llegaron a ser insoportables. Yo lo tenía más fácil que él aunque algo más peligroso: a las siete de la tarde una amante absolutamente loca, pero émula de Carlos Sáinz, atravesaba Madrid de punta a punta depositándome en mi periódico a tiempo para en tres cuartos de hora redactar mi crónica.

MONEDAS DE CINCO DUROS.- Candau, algo tristón, con una sempiterna gabardina y, me parece que algo inseguro de sí mismo, andaba el pobre cargado con monedas de cinco duros pasando tomas de lo que allí ocurrí,a luchando contra una batería de cabinas telefónicas de pago que gentilmente nos había proporcionado el Ejército como remedo de Oficina de Prensa. No tenía carnet del PSOE pero se reclamaba, igual que yo, de socialista. Luego he comprobado que como Belloch, como Rosa Conde, como Cristina Alberdi, éstos son los peores especímenes porque hasta obtenerlo trabajan horas extras para hacer méritos, excepción hecha de mí mismo, que soy un pavo.

Yo me fui a América a arrastrar una máquina de escribir por todo el Cono Sur, y él comenzó una carrera meteórica desde la nada hasta el infinito. Debutó como director de «Radio Cadena», sentando las bases de su desaparición y apaleando empleados hacia el paro sin que le temblara su pulso solidario. Se le tenía por hombre de Calvino, y por tanto de Alfonso Guerra. Falso. Mi querido Jordi se levanta cada mañana, sale al balcón, se chupa el dedo, lo enhiesta al aire y sigue la dirección de los vientos. Destituido por Pilar Miró por ineficaz, le emboscaron en el Consejo de Administración de RTVE con el encargo de hacerle la cama, lo que, en comandita, logró a cuenta de unos gastos de representación en los que Pilar cayó como una osa tonta. La sustituyó en el cargo para ofertarnos lo que ha sido la peor televisión pública de la democracia, y dejando una cuenta de resultados que no la digiere ni el Tribunal de Cuentas. Me temo que quien ha recibido una herencia envenenada no sea Aznar sino Mónica Ridruejo.

Candau acabó por convertir el Ente radiotelevisivo en eso: en algo que es, existe o puede existir, pero que a la postre no pasaría nada si no existiera. Un asunto contingente, que puede ser o no serlo. Sólo abierto un pequeño quicio a la competencia, nuestro hombre descubrió las virtudes de la competencia «vitaminada»: extraía dinero del Erario, metía publicidad por un tubo en sus dos cadenas televisivas, y se empeñó en bajar el nivel, por competir con las privadas llegando hasta el absurdo y cayendo en la abyección de una programación garbancera, llegada al colmo de la imaginación de mantener mañana y tarde, día a día, dos programas de María Teresa Campos, luz del criterio y la mejor razón. Vota socialista para esto.

DILAPIDAR EL DINERO.- LLegué a creer que esta señora era la madre de mi héroe, porque entonces entendería algo, por la mano del nepotismo. Pero lo grave es que le gusta. Es el modelo Candau de aquel joven algo sombrío que soñaba con cambiar esta sociedad. Me malicio que al tal Jordi le conmueve antes Rafaella Carrá que Pablo Iglesias. Si además tienes capacidad para dilapidar el dinero de los demás te conviertes en un todopoderoso chulo del Estado.

Admito que saludé su nombramiento con algún alborozo suponiendo que aquel redactor que yo conocí, y los que eran como él, mantenían su corazón impoluto. Vuelto de América no les reconocía. Les dejé en la pana, desaliñados, con greñas y haciéndose preguntas, y me los reencontré, tras cinco años de poder, trajeados por «Armani». Me llamó a su despacho. Supongo que teniéndome por tonto, me explicó que su déficit provenía entre otras cosas de tener que mantener la orquesta de RTVE. Le observaba perfecto y pulido, con las mejillas brillantes como si se las hubiera frotado con una franela. Yo estaba descorbatado, cansado y de trapillo. Cruzando sus piernas mientras me daba doctrina quedé hipnotizado ante las suelas de sus zapatos en las que se podía comer y que mantenían la pegatina del precio. Es un «Terminator» anodino. No sé en qué anda ahora, pero si yo fuera ministro de Industria le nombraba presidente de Hunosa, porque es un experto en nada pero con buen tino para arruinar lo poco que queda. Eso sí: con dudosas señoras, extraños señores, muy buena vida y un montón de paripé.

07 Julio 1996

Haro Tecglen: «La momia»

Eduardo Haro Tecglen

¡Hace algunos miles de años sin que pueda recordar ahora bajo qué dinastía egipcia, purgaba yo de jovencito en el servicio de documentación del desaparecido diario Informaciones, también entrando como nuestro protagonista por la madrileña calle de La Madera para pasarme las noches de claro en claro redactando eso: apoyos documentales, informes que sobre un caso puntual pudiera precisar una sección del periódico, y editoriales hoy abyectos pero en aquel entonces obligatorios, loando babosamente a quien fuera menester.

Recuerdo que era un 28 de septiembre, porque el primero de octubre, «Día de la exaltación» de Franco al caudillaje, era preciso otro enésimo editorial y, llevando años escribiéndolos ya no sabía en qué jardín de ditirambos meterme para no repetir en demasía y se me notara la desgana. Deambulando en procura de nuevos adjetivos encomiásticos me di un asueto extrayendo de los armarios la colección de Informaciones de un año de los primeros de la Segunda Guerra Mundial. Abrí al azar el tomo, busqué una primera página y topé con una columna de opinión titulada y firmada en gruesos caracteres por Eduardo Haro Tecglen, poniendo tan alto a Francisco Franco que de su texto tomé vergonzante y ladronamente las alabanzas que no se me ocurrían.

Leyéndole en aquella alta madrugada del jurásico superior se me saltaban las lágrimas porque sabía de los forzados trabajos de la entonces jovencísima «momia» por evitar la condena a muerte de su padre, oficial de la Armada, por el delito de mantener su fidelidad a la Constitución republicana que le tocó jurar y acatar. Y es que yo soy capaz de llorar en los cines.

«LA MOMIA.- Creo que fue Federico Jiménez Losantos quien comenzó a tildarle de «La Momia», acaso porque a él, desde otras trincheras radiofónicas y de papel, le aludían por clónico físico de Peter Lorre. Puestos a ser perversos, Losantos marraba en el calificativo. Alto, de complexión atlética, sin una arruga, con una mata de pelo que ya comienza a ser obscena, muchos de sus discípulos ya hechos unos cascajos no soportaríamos una fotografía junto a él. Lo que tiene de «momia» serán los secretos que sabe sobre los giros de la Historia y de la vida; y ese paciente y quizá cínico escepticismo que le permite ser irónico, sin llegar nunca a la crueldad, hasta hacia quienes se acercan a él entregados y admirados. Sea como fuere amigos y adversarios pretenden «enmomiarle» cuando cada día este Dorian Gray, pactante con el Demonio, es más rojo y crece en la frescura de una prosa cortante, corta, sin alifafes y destelleante.

Francisco Umbral, que de ese dolor también sabe, me ilustró: «Haro se encuentra tan intelectualmente joven, mucho más que todos nosotros, porque está escribiendo los artículos de sus hijos muertos». Paco le adora, y éste y otros argumentos menos personales venían a cuento de un premio que se le otorgó por unanimidad, honrándose los jurados en ella. Eduardo Haro Tecglen, aquel niño republicano que hoy cuenta en unas remembranzas de éxito, parece haberse quedado sin patria a fuer de haber tenido tantas (las varias Españas, París, Tánger, Informaciones, Triunfo, El País, diversos exilios interiores,…) y ha recalado en el estoicismo, no en el de sí mismo sino en el que le debe a sus seres y sus ideas más queridas.

Lo traté como a un santón, o si prefieren como a la «momia» ante la que me gustaría sentarme para hacerla preguntas como cuando editorialista (lo es) de un joven-viejo diario que contribuimos a fundar en los tiempos remotísimos del Viejo Testamento. Como todo gran hombre tenía adversarios y hasta enemigos. Los primeros me decían que no era nadie sin la Enciclopedia Británica, lo que nunca acabé de considerarlo como reproche; y los segundos aducían haber sido un comisario político en Triunfo, y le reprochaban un alma estalinista, tesis que frecuentan los que han dado en envolverle en vendas avejentadas y deshilachadas como producto de una pirámide.

AMANTE ENGAÑOSA.- Sólo le he tratado de teléfonos y de pasillos, aunque habiéndole leído desde siempre continúo haciéndolo con delectación, excepto cuando da gracias por ser quien es a sus actuales patronos. Me imagino que durante la guerra germano-soviética declinó por Stalin (¡no iba a hacerlo por Hitler!), tal como Charles Chaplin, con el que guarda rasgos en común excepto la riqueza. Pero no le veo ni de comunista ni siquiera de rencoroso social: bajo la coña suavemente cordial de su mordaz trato, apenas perceptible, lo que rascas como a «Charlot» es una gran compasión por el ser humano, una-fe-falta-de-fe en que vayamos hacia un mundo mejor, una pasión inextinguible hacia las mujeres, que nada tiene que ver con la condición feminista, y una infinita capacidad para encajar impasible y sin llorarle a nadie la mano de hostias que le ha ido dando la vida en su condición de no-trepador.

Es de los pocos que ven venir la vida y la reciben como a una chica de la que se sabe de antemano que siempre será una amante engañosa. Pareciera que el niño republicano se hubiera acostumbrado a todo: hasta a recibir la carta de un preboste en la que te cuenta que aun sabiendo de la decencia de tu padre es partidario de que le den paredón. «Y quedo a su disposición».

Por «políticamente incorrecto», esa estratificación geológica mental de la que abomino, a Eduardo Haro le denominan hoy de «momia» cuando anteayer le habrían intentado insultar llamándole judío. Hoy eso no está de moda pero los de siempre lo siguen pensando. Teniendo familia política hebrea, y muy querida, algo les conozco. Otra cosa son los israelitas, pero el judío errante procura ir de perfil y como pidiendo perdón por vaya usted a saber qué. Será una actitud que les ha quedado grabada en el código genético tras tantos «progroms». Haro Tecglen sigue sacando adelante su nueva y generosa familia y soportando el dolor de los demás que es el peor de los sufrimientos que se nos han dado. Un amigo común me comentó: «Lleva al cuello una pastilla de «Exit» para, llegado el caso aliviarse de tantas angustias». Me extraña que Haro, aunque ya haya pasado por bastantes infiernos que parecen signarle, lleve nada colgando del gañote, aunque sólo sea por una estética que no me cuadra con el personaje, todo dado a la introspección y para nada al más pequeño de los exhibicionismos. Llegados al caso de «salir» ya hablaremos si me concede el honor, que lo dudo, de la última plática.

14 Julio 1996

Martínez Soler, el purgado

Martín Prieto

En una de sus conocidas truculencias verbales que mucho nos divirtieron, tanto le perjudicaron y tan poco se compadecen con su verdadera personalidad, Alfonso Guerra durante la primera oposición socialista afirmaba que había que despedir a toda la plantilla de Radiotelevisión Española, colocarlos en fila india a la puerta de «Prado del Rey» y, tú sí, tú no, tú sí, tú no, readmitir sólo a los que pasaran un mínimo examen de profesionalidad u honradez. Cosas de Alfonso, aunque bien es cierto que eran aquellos tiempos en los que él y Felipe se habían personado en el juzgado de guardia para denunciar al pobre Fernando Arias-Salgado, a la sazón director general de RTVE, poco menos que por malversación de caudales públicos, y en medio de unas auditorías que extraían a la superficie un caos financiero y contable de pronóstico reservado, hasta darse el portentoso caso de que una gallina llegó a disfrutar de su correspondiente contrato laboral aunque nadie supiera nunca cómo firmaba la nómina, por más que el Ente sea pródigo en más retorcidas extravagancias.

Por ello resulta sorprendente que José Antonio Martínez Soler, quien poseyendo un gran sentido del humor también lo tiene del ridículo, haya movilizado dos columnas de la primera página del prestigioso Herald Tribune para denunciar que la cancelación de su contrato como corresponsal de TVE en Nueva York es una purga de los franquistas recién regresados al poder en España. Le envidio porque aunque se extienda su calva y se acentúen los rictus de su rostro es hombre de permanente ánimo juvenil y, acaso por ello, guarde demasiados recuerdos de las postrimerías del franquismo que protagonizó de mala manera para su integridad física.

MERCANCIA ANTIFRANQUISTA.- Eran aquellos tiempos en que se fundaban revistas de información económica, aparentemente inocuas, para meter en ellas de contrabando noticias políticas y hasta retazos ideológicos. Martínez Soler dirigía Doblón y tanta era la mercancía antifranquista que introducía en ella de matute que una tarde agentes del servicio de información de la Guardia Civil le secuestraron, le llevaron a un monte escurialense, le interrogaron, le amenazaron en todo momento de muerte, dejándole de noche en una trocha tras haberle dado tal mano de hostias que apenas le reconocía Ana Wesley, su serena y emprendedora esposa estadounidense.

Llegaron las libertades porque se murió Franco, estábamos en Europa y no cabía otra. Continuar a estas alturas de la película el reparto de acreditaciones entre demócratas y franquistas más que una falacia es una soberana pérdida de tiempo.

Pero volvamos al personaje por lo demás simpático, parlanchín, hiperactivo, cinético y culo inquieto donde los haya, que tiene la inteligente y americana costumbre de no oxidarse demasiado tiempo en un mismo trabajo, en el que en ocasiones ni debuta. Contratado para poner en marcha la sección de Economía de un diario se marchó de inmediato a Estados Unidos con una beca. Su entonces director le quería matar y me tocó templar gaitas así como posteriormente aceitar sus deseos de regreso. En otras ocasiones él recabó mi modesto concurso y mantenemos una buena relación en la lejanía que me impide mantener hacia él la más pequeña de las malicias, siendo importante mi afecto y mi respeto profesional.

De ahí precisamente mi sorpresa ante la politización que acaba de hacer de un caso personal moviendo a los amigos del Herald Tribune, a la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard y hasta enviándole una carta al Rey en defensa de una corresponsalía televisiva en Nueva York hacia la que se abrió camino a machetazos. Cuando tras dirigir brevemente un diario prosocialista como el desaparecido El Sol su propietario le despidió, supongo que abonándole la correspondiente y legítima indemnización pactada, nuestro amigo no pió, ni solicitó amparo, sino que hizo lo que se suele: buscarse otro empleo y no hacer olas.

LAS REGLAS DEL JUEGO.- En las pasadas vísperas electorales, tiempos poco proclives a las mudanzas, la antigua dirección de RTVE realizó una espectacular carambola de corresponsales en el exterior para dejar contratado en N.Y. a Martínez Soler, no sé yo si ajeno a los cadáveres que dejaba en el sendero. Mediante el acreditado argumento de que esto son lentejas y o las tomas o las dejas a Angel Gómez Fuentes y a Nuria Ribó, que no son menos que nadie, se les desplazó a Roma y a Londres; y a Rosa María Calaf que acababa de llegar a Italia se la reclamó a Madrid. Conociendo las reglas del juego ninguno se entregó a lamentaciones jeremíacas ni el beneficiario del juego de manos enjugó una lágrima por sus compañeros hasta que alzó la voz llegando al disparate por la pequeñísima reorganización del trabajo realizada por el nuevo director de Informativos de la Casa, el viejo y reconocido franquista de toda la vida Ernesto Sáenz de Buruaga, conocido censor y hoy reciclado en sicario de Miguel Angel Rodríguez y José María Aznar, a quienes les tira miguitas de pan en las cenas del PP tal como antaño María Antonia Iglesias a Txiqui Benegas.

Me vienen a la mente otros recuerdos. Ramón Sánchez-Ocaña dimitió de la dirección y presentación de un telediario por no anunciar los últimos fusilamientos de Franco y se entregó a la divulgación de la medicina sin esperar a que nadie le agradeciera el gesto. Fernando Castedo, otro franquista redomado, cesó de un día para otro a Iñaki Gabilondo, director de Informativos y presentador del telediario vespertino, quien hubo de irse a la calle a buscarse el pan en condiciones familiares dramáticas. Santiago López Castillo, Joaquín Castro Beraza, colgados en el espacio y dados felizmente a la pintura; tantos profesionales en su sazón haciendo pasillos por ver si cae algo que hacer; toda la historia de José Luis Balbín, capítulo aparte.

De tantos desastres personales sólo quedará la bronca regia e internacional de Martínez Soler, trabajador, cordialísimo, correcaminos, buen periodista, mejor militante de lo suyo, futuro consejero de RTVE si lo desease, víctima del franquismo, del posfranquismo, del tardofranquismo y del neofranquismo que, como ha quedado anteescrito y reseñado, tiene una cara que no se la rompe ni la Guardia Civil.

21 Julio 1996

Juan Luis Cebrián, un gibraltareño

Martín Prieto

Martín Prieto continúa con su disección de personajes del mundo de la comunicación. Juan Luis Cebrián, actual consejero delegado del grupo Prisa -integrado por el diario El País, la Ser, Canal Plus, Cinco días y varias editoriales, entre otras empresas- es el elegido hoy. Con su habitual ironía, MP define a Cebrián como «un pitiminí experto en vender burras», aunque reconoce que cuando ejercía era un buen periodista. En el repaso a su trayectoria profesional destaca su afán desmedido por el poder, convirtiéndose en «censor» en los últimos años del franquismo o, más recientemente, en consejero de un banco. De ahí que MP sostenga que no se le respeta en los medios y que «sólo se le tiene miedo por su poder vicario».

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A las tantas de la madrugada sonó mi teléfono en una ciudad del Cono Sur americano. Una de esas llamadas de infarto que sólo se corresponden, dado el paisaje político, a que han dado un golpe de Estado militar en alguno de los países de tu cobertura periodística, a que se te ha muerto un familiar en España, o a que un prepotente al que el descanso de los demás le importa un carajo.

-MP, ¿cómo estás?

-Dormido y acojonado; ¿qué ocurre?

-Que acabamos de comprar la Ser.

-Pues mira, felicita de mi parte a Polanco.

-¿Sabes cuál ha sido mi primera decisión?

-Son las cuatro de la madrugada, estoy a 12.000 kilómetros de distancia y si te soy sincero habré de decirte que no tengo ni puta idea.

-Me he cargado la tertulia.

-¿Y eso?

-Porque estaba hasta los cojones de que se metieran conmigo.

La primera emisión de la radio de Marconi consistió en la retransmisión de un concierto y una tertulia. Juan Luis Cebrián Echarri, entrando en radio como elefante en cacharrería, echó abajo la excelente primigenia idea de Fernando Onega quien, dirigiendo los servicios informativos de aquella emisora, encargó a Javier González Ferrari, hoy director de Radio Nacional de España, un «confidencial» de las ondas que sacaban adelante periodistas tan dispares y solventes como Pilar Urbano, Pedro Calvo Hernando, Ramón Pi o José Luis Gutiérrez. Pasados los años y siendo imperante la realidad, volvieron las tertulias a la Ser aupadas por la ley del mercado.

Cebrián fue el «praderita» (por Javier Pradera) del diario Pueblo, excelente órgano de expresión de los sindicatos verticales del franquismo en el que debutó profesionalmente como redactor-jefe de Opinión. En los años de nuestra amistad, que él llevó hasta introducirme en intimidades que yo no le hubiera tolerado nunca, se apuntó a todas las postrimerías de la dictadura. Cuando ejercía era un excelente periodista, pletórico de reflejos y energía, pero llegué a suponer, pese a su supuesta declinación demócrata-cristiana, que era trotskista, por su empeño en el «entrismo», en penetrar en instituciones hostiles para dinamitarlas desde dentro. Hizo su debut en Pueblo como tantos otros lo hicimos en Arriba. Luego por las mañanas subdirigía el tosiente, atosigado, agobiado, voluntarioso e impagable Informaciones que dirigió Jesús de la Serna, simultaneando aquel destino con la dirección de la revista Gentleman, que era lo que le gustaba. Antes de cumplir los treinta años se fue con el extinto Pío Cabanillas a dirigir los Servicios Informativos de la agonizante televisión franquista. Los esfuerzos aperturistas de Cabanillas tenían un sentido, pero la participación en ellos de aquel jovenzuelo que censuraba en TVE la información de Manolo Alcalá sobre la revolución portuguesa del 25 de abril de 1974 era incomprensible para los indigentes intelectuales que no comprendíamos sus pasos. En el Ministerio de Información organizaba pases privados sobre los sucesos portugueses para el Gobierno de Carlos Arias, y señoras. Y los vídeos hurtados a los españoles por este valedor de las libertades informativas se le remitían al entonces teniente coronel San Martín, al frente de los servicios secretos de la Presidencia y golpista en ciernes del 23-F, para que fueran identificados policialmente los demócratas españoles que entonces pululaban por Lisboa. Total: que si no es por Cebrián aquí ni se huele eso que se entiende por libertad de información.

Nuestro caballero, cayendo finalmente en la cuenta, tras larga meditación, de que la dictadura se extinguía con su fundador, viajó a Londres, so pretexto de una entrevista periodística para la susodicha Gentleman, para descarrilar a Carlos Mendo de la dirección del entonces nonato diario El País, siendo aquél un periodista prestigiado en España y EEUU, y a la sazón consejero de nuestra Embajada en el Reino Unido y obvia y legítimamente fraguista. Mendo, que es más honesto que el pan, dimitió para facilitar las cosas. Años después, Fraga, entonces ministro del Interior, afirmó en una cena en el diario que Cebrián, habiéndose puesto a su servicio, le había engañado hasta la vileza.

Eran los tiempos en los que El País era el periódico independiente de la mañana que antes salía por la tarde, dados los estragos tecnológicos que padecíamos. Juan Luis Cebrián ni se enteraba, porque habiendo nacido de pie y decidido de por sí a reclamar altos destinos, siempre tuvo claro que eran los capitanes los que tenían que sacar a la gente de las trincheras para que los generales se laurearan en sus despachos de la retaguardia. No sabía ni cerrar aquel periódico ni coordinar una redacción de nuevo cuño. Cuando la clase de tropa le sacó del apuro, se aventuró a volar solo, organizó el gran negocio de «Radio El País» sobre la acreditada tesis de que no se puede meter radio convencional de Onda Media por Frecuencia Modulada. Contra el criterio de sus más cercanos colaboradores montó un globo como El Globo, gran revista de información general que gracias a su talento subsumió 1.200 millones de pesetas antes de bajar la persiana. Lo he escrito alguna vez: Jesús de Polanco tiene que tener algún muerto enterrado en su jardín y este chico lo sabe, porque si no es inconcebible que le tolere perder tanto dinero, ahora mismo con el fútbol, y generarle tantos enemigos innecesarios. Cebrián no es consejero-delegado de Prisa, es la puta gastona y consentida de Polanco, pitiminí experto en vender burras. En los medios no se le respeta; sólo se le tiene miedo por su poder vicario. Es muy listo pero bastante inculto, tal como puede advertirse con bastante claridad en sus pobres ensayos y en sus infames novelas. Con grandes asistencias dio en acertar con un diario y resbaló en todo lo demás excepción hecha de los importantes servicios prestados a un banco en calidad de consejero.

Injustamente inseguro de sí mismo el mayor cociente intelectual que tolera a su alrededor es el de Augusto Delkáder, hoy director general de la Ser, y si eres, por ejemplo, un Juan Cueto estás perdido. Y de su vida personal ha hecho un bebedero de patos. Su primera esposa me comentaba… Bueno, dejémoslo ahí para poder ejercer yo de caballero. Digamos que, gran despreciativo, siempre quiso ser inglés pero se quedó en «llanito» y, aparentando ser británico, nunca pasó de gibraltareño.

28 Julio 1996

Luis María Anson, el primero de la clase

Martín Prieto

Hace millones de años le conocí dictando una conferencia sobre el Extremo Oriente en un club de opinión con las formas propias del repelente niño primero de la clase: desdeñó la silla y la mesita con su luz y el vaso de agua, perfecto y pulido sin siquiera unas fichas de consulta avanzó hasta el borde de la tarima de oradores para en pie y por más de una hora declamarnos con perfecta dicción, trémolo en la voz cuando necesitaba subrayar una emoción, y suave manoteo explicativo. Admiré su erudición, aunque mi ignorancia me impedía deducir si se estaba inventado emperadores de la Dinastía Ming, pero sobre su extraordinaria memoria no cabía duda resultando audible que no improvisaba ni las pausas de su oratoria ni la fonética del sinólogo.

Aún no había pasado un trimestre en el Reino Unido pero ya lo pronunciaba con el acento de un egresado de Oxford y acaso de ello provenga la leyenda de que Luis María Anson habla fluidamente cantonés, portento del que me permito dudar. Treinta años después acaba de reproducir en la Tercera de ABC su más celebrado artículo por las repercusiones que tuvo. «La monarquía de todos», suerte de proclama por la reconciliación nacional en torno a una Institución con ínfulas europeas y democráticas, entonces representada por Don Juan de Borbón. Se armó la de dios es Cristo. El 21 de julio de 1966 las fuerzas de Orden Público del régimen franquista no tuvieron nada mejor que hacer que requisar el ABC por toda España, tal como si contuviera amonal. No bastó. En aquellos años de incuria y estolidez se le flechó contradictoriamente: por uno fue procesado y por otro se le conminó a salir del país, teniendo que mandarle su periódico a Saigón, recién casado, y enviando desde el entonces Vietnam del Sur crónicas de notable belleza literaria de entre las que guardo en mi recuerdo el relato de una vietnamita sajándose fatalmente al ser abandonada por un repatriado soldado estadounidense.

Entiéndaseme: el martirologio periodístico de la dictadura está completo y abarrotado y en aquellos tiempos oscuros, compañeros de Anson o estaban en la cárcel o ni tenían la oportunidad de destapar la capucha de la pluma o afrontaban no ya secuestros sino suspensiones o el simple cierre de sus publicaciones.

EN LA CUNA.- Anson, quien se hizo de derechas de toda la vida en la cuna, siempre fue un ave extraña en su propia pajarería, un antifranquista por repugnancia intelectual que habiendo brillado de jovencísimo como el primero de la clase nunca tuvo la tentación de succionar las gabelas del régimen anterior a las que se agarraron con provecho muchos de los que hoy se presentan como inmaculados demócratas y que, acaso por mala conciencia, le debelan. Y siendo periodista de los de coraje moral ha resultado incómodo hasta para la Monarquía, y no digamos para los monárquicos de rancio abolengo, más de lo primero que de lo segundo.

Sin embargo, su fe en la institución monárquica es la del carbonero y sospecho que cree en pocas cosas más: en su familia, teniendo lógica debilidad por sus hijas, lo que le honra; en la Guardia Civil, a la que exageradamente debe estimar como uno de los pilares de la civilización occidental; en el ABC («Pasará el Rey, pasaremos todos nosotros, llegará el Príncipe, pero el ABC continuará ahí»); y en las mujeres, declinación que alabo y comparto. Es un excéntrico cultural no sólo estudioso de Oriente sino asimismo del Africa negra, de la negritud, cuestiones a las que ha dedicado ensayos, aunque la segunda leyenda de que también habla fluidamente suahali ya sí que directamente no me la creo por muchas que sean sus capacidades.

Tal es su fidelidad a ABC que al «chalet» que levantó para sus hijas lo bautizó como «La Tercera», aunque nadie sabe dónde habita por razones de seguridad. No fuma, sólo bebe agua, desprecia la comida y asiste a los actos sociales por obligación antes que por placer y como Fraga, que a medianoche se convierte en Cenicienta se levanta y se va, Anson hace lo mismo aduciendo que ha de controlar la última edición del diario, en el que revisa hasta las esquelas, redacta gacetillas y pies de fotos con pícara o aviesa intención. Es un «workoholic» (alcohólico al trabajo) y para mí es de los que tienen cama, baño y vestidor en su sub-despacho. Fue de los que llevaron el Periodismo a la Universidad, acertando en el fondo y equivocándose en la manera.

EL «ABC».- Excepto en lo antedicho no es un dogmático aunque le pueda un carácter de los mil demonios. Potenció la Efe bajo su presidencia y, ¡cómo no!, pretendieron de su gestión alambicados recovecos inexistentes. Su mayor éxito se produjo al acceder a la dirección de un ABC preagónico por obsolescencia tecnológica y cargas sociales. Es paradójico que medio tan conservador jubilara a sus empleados con sueldo real y permanentemente actualizado.

Teniendo claro el sensato de Guillermo Luca de Tena que estaba al tablero hasta el patrimonio familiar, Anson fue su brazo armado para extraer a la vieja casa de su crisis sobre la que se cernía hasta el tiburoneo de una competencia desleal presta a hacerle el «dumping» y hasta a rebajar al absurdo los anuncios por palabras. Anson tuvo que pasar la cestita y llegó a pedir por anticipado publicidad a los empresarios. Otros, que no la familia propietaria, no se lo perdonarán nunca, porque habían dado la pieza por cobrada.

Sigue siendo el niño primero de la clase, lleno de sorna y sentido del humor, sin pasar los años por él, divirtiéndose con las fobias que suscita, no sé ya si librándose de todas las celadas que le tienen tendidas, no siendo la peor la que le procura ETA.

Es duro de pelar, profesional y físicamente. Pobre nunca ha sido, pero el único «pelotazo» que ha dado en su vida ha sido la publicación de su Don Juan, bombazo editorial de medio millón de ejemplares, y que aprovechó tardía y extrañamente para anglosajonizar su primer apellido cuya tonada castellana le había glosado antaño José María Pemán.

Hoy, como otros sin su renombre, sigue adelantándose y proponiendo profundizar esta democracia reformando el sistema electoral, la financiación de los partidos o la organización de la Justicia. Le (nos) volverán a sacar de la pista con alguna anticipada jubilación de lujo, y treinta años después se demostrará que en lo esencial este hombre tenía razón. Y es que en España, aún, se supone que perder el tiempo es ganarlo. La máxima vale tanto para las derechas como para las izquierdas, teniendo nuestro hombre tantos adversarios en ambas que, probablemente ése acabe resultando su mayor mérito, más que el de ser el primero de la clase.

04 Agosto 1996

Luis Mariñas: el ladrón de Bagdad

Martín Prieto

Martín Prieto define a Luis Mariñas como «el hombre que más telediarios ha dirigido y presentado en la historia de la televisión española». Dice que alcanzó el éxito y que fue ridiculizado después por ello. Porque -advierte con sabiduría Martín Prieto- «aquí el esfuerzo no se cobra: se paga».

Por más que así se autonominen, no existen las Ciencias Exactas porque no hay cien por cien en el empirismo. No cuadran ni los números heredados de los árabes. Entre el tres y el cuatro se encuentra el número «pi» (3,1416,… hasta el infinito), y matemáticos azacaneados andan a la búsqueda de otro número entre el cero y el uno del que se sabe su existencia pero que no hay manera de meterlo en la tabla de los logaritmos.

En un trabajo como el de la información siempre tuve a mano una máxima: en caso de duda limítate a hacer periodismo. Dada la de hace seis años, cuando el entonces presidente del Gobierno afirmaba que la invasión de Kuwait por Irak era un problema local que no nos afectaba, antes de enterarse del asunto en profundidad, y ofrecerle a George Bush nafta gratis en la base de Morón más toda la logística que podíamos prestar a sus superbombarderos de saturación, Luis Mariñas, director de los Servicios Informativos de «Tele-5», descubrió ese número «pi» informativo pidiendo una entrevista con Sadam Husein.

Tras los meses de crisis previos al conflicto, Sadam decidió conceder una audiencia televisiva, la única, a quien había tenido la paciencia de solicitársela emperrado. Fue una rompedora exclusiva mundial que yo atribuyo a que el sátrapa estimó que una televisora española y privada le resultaría más neutral, como así fue, y que Mariñas tenía el aspecto del amigable y cinematográfico Ladrón de Bagdad. Y eso que durante la guerra del Golfo el 25% de la emisora lo controlaba Javier de la Rosa, quien nos hacía llorar por los kuwaitíes mientras se quedaba con su pasta, por lo que, tiempo mediante, le alcanzará algún día una filosa gumía.

Resuelta la cita el equipo voló desde Madrid hacia una zona aérea de exclusión raseando y con el temor de ser derribados hicieron la aproximación a Bagdad de noche y siguiendo los faros de los coches hasta que la torre del aeropuerto de la bramante «Capital de la Fe» les reconoció y dio permiso de aterrizaje.

ESTANCIA VIGILADA.- Les tuvieron una semana en un hotel vigilados y permitiéndoles que se rascaran rítmicamente el mondongo hasta que los metieron en una teoría de coches que viraban por la ciudad según la posición del intermitente de otros autos estacionados en esquinas hasta acceder al cuartel general de Sadam donde fueron cacheados hasta la insania de exigírseles lavarse las manos con algo que sería «salfumán» aunque luego sólo Mariñas estrechara la del líder iraquí, temeroso de que la CIA colocara una chincheta emponzoñada en su silla para envenenarle por el culo.

Luego se demostró que el áspid que le tenían preparado era el general Schwarzkopf al frente de una imparable «fuerza de tareas» internacional y de una desinformación periodística basada en el «black out», en un apagón noticioso que corrigió los errores cometidos en Vietnam.

Cinco horas de entrevista con el amo-enemigo del Golfo Pérsico con tres traductores y hablando cada uno en su idioma. Si se acabaron besando ni lo sé ni lo he preguntado. Conozco el sustazo de Luis Mariñas con los vídeos en la mano buscando su avión de fortuna por el militarizado aeropuerto de Bagdad, que en breve sería arrasado en aquellos arbolitos de Navidad que contemplamos en España desde nuestros butacones de primera fila. Tuvo reflejos. Mostró a la seguridad una de las fotografías que había tomado con Sadam, y mano de santo: le devolvieron aparato y tripulación. Ya aproximándose a la zona de ayudas de Barajas solicitaba eufórico: !mujeres¡, a más de dos ambulancias para un par de técnicos que arribaban con la inevitable gastroenteritis, ignorando que en una salita le esperaban escuchándole por megafonía su esposa, su suegra y su abuela, a quienes no traía ni un chador de regalo.

En Estados Unidos hubiera sido el «Pulitzer» de aquel año. La CIA y el «Mossad» israelí pidieron los vídeos que sólo fueron entregados tras su emisión, en los que Sadam anunciaba su amenaza de atacar a Israel con cohetes «Scud».

PRESENTADOR INCOMBUSTIBLE.- Antes se lo perdonarán al iraquí que a Mariñas, el hombre que más telediarios ha dirigido y presentado en la historia de la televisión española, hacedor desde la nada de los informativos de «Tele-5», tímido, harto de que las adolescentes le asalten pidiendo autógrafos por su parecido con Kabir Bedi, el mediocre actor que interpretó a «Sandokán», héroe del Salgari de nuestra juventud, y con problemas molares que corroen su dicción, a lo que añade su vicio de improvisar ante la cámara.

Cinco años después. Lo que va de ayer a hoy. Su Casa decide celebrar el 12 de octubre, el «día de la raza» secuestrado por los italianos, en Broadway Ave., N.Y.C. La conexión con Madrid se convierte en un desastre de enlaces microfónicos en los que nadie escucha a nadie. La mala suerte siempre llama dos veces. Un obrero polaco manipula incorrectamente un depósito de propano volando el chalet de Luis Mariñas y huyendo su mujer, Beatriz Pérez-Aranda, que le hace la competencia en «Tele-Madrid», por un ventanal astillado y con el cabello en llamas. A ocho horas de Madrid los amigos, tranquilizándole, le mantienen en N.Y.C. aún en su angustia.

Otras almas caritativas no se hacen esperar pasándole la vieja factura de su aventura en Bagdad. Desde la SER el profesional de la sonrisa Nacho Lewin, la «Mula Francis», con el armario lleno de esqueletos hasta para la empresa que le emplea, larga un programa reidor poniendo en calesa a nuestro hombre y, supongo, que ignorante de las dificultades por las que estaba pasando, porque otra cosa ya sería maldad gratuita.

Pero antes de que regresara a su casa destruida le asestaron la propina desde Lo más plus en el «Canal Plus». De su trabajo se regodearon Máximo Pradera, retoño del Inclito, que desdeñando su talento ha dado en encontrarse en payaso televisivo, y Fernando Schwartz quien siendo director de la Oficina de Información Diplomática y acompañando a los Reyes en un viaje dejó al Monarca con el traste al aire haciéndole pronunciar en el Congreso de Brasilia un discurso copiado de un artículo de Felipe González en Le Monde. Muy preocupado por lo que se tenía que poner cada noche no encontró tiempo ni para dar explicaciones al séquito periodístico. Y es que sigue lo de siempre y como en el tango de Discépolo «los inmorales nos han igualao», y a Luis Mariñas poco le van a perdonar el éxito y su continuidad en él. Aquí el esfuerzo no se cobra: se paga.

11 Agosto 1996

Miguel Ángel Rodríguez 'Aznarín'

Martín Prieto

Al sur de Buenos Aires aceleraba un auto como loco por los caminos secundarios de ripio que comunican entre sí las estancias en la Pampa húmeda argentina y que alimenta a millones de vacas que dan dos cosechas de cereales al año. Adelante ya sentía los síntomas del vértigo horizontal cuando advertí una curva que no era tal, sino un caprichoso codo de 90 grados y, pese a la brutal frenada que me reventó dos neumáticos, salté sobre los yuyos en la confianza de que la Pampa carece de piedras, pude girar en amplio, trepar la banquina y retomar el camino. Un gaucho me invitó a matear y me advirtió: «Gallego, siempre hay que mirar pa’tras porque es de ley saber la polvareda que vas levantando a tu paso. Debes mirar siempre a la banquina, que lo pa’lante suele estar tan claro que nunca nadie lo evita». Tenía razón y sólo encontré consuelo en mi dislate recordando que años antes quien iba a ser mi esposa se estrelló contra una vaca, resultando ilesa (ella sí, no el bovino). José María Aznar, y a cuenta de los toros ciertos de los GAL y los fondos reservados para unos pocos, se ha agarrado como niño pequeño a la «mamadera» y lo que a él le interesa es mirar pa’lante y que poco o nada de su tiempo es ocupado por el inmediato próximo pasado. Tras un presidente sin freno, aunque con marcha atrás, como Felipe, hemos dado en otro «que no tiene retrovisor». A la vista de que políticamente no pasamos por la ITV, tenemos garantizado el accidente del que por su perspicaz juventud me sorprende no sea advertido por Miguel Angel Rodríguez, «M.A.R.», secretario de Estado para la Comunicación y a más de ello consejero áulico de Aznar. Este, en su vértigo horizontal hacia Maastricht, tras el que se ignora si continúa el camino o nos espera el abismo, va acelerado, y o se sale del sendero o se da con una vaca. Nunca confié en que M.A.R. le aconsejara mejor porque él ha sido un desprolijo empujador de su jefe-padre sin mirar a otra parte que no fuera La Moncloa. Vaya en honor de mi compañero haber sido uno de los escasísimos, si no el único, que preavisé que al llegar a portavoz presidencial rozaría el desastre, al menos les unió a ambos cuando, ya avanzadas las cosas, en Aznar no creía mucho ni don Manuel quien tonteaba a la sazón con Isabel Tocino.

Cuidado con él, que posee vicariamente más poder que el de su cargo. El suyo no es específico al que alcanzaron a tener bajo el «felipato» personajes como Javier Solana, Rubalcaba y hasta meto en el paquete a Rosa Conde dada mi acreditada piedad hacia los de su humilde condición, pobre en su infancia, indigente en su madurez.

M.A.R. tanto goza, sean cuales fueren sus méritos, de confianza y hasta del agradecimiento presidencial que resiste la feroz inquina que le tienen algunos de los principales ministros del Gobierno. A más le ampara el afecto de Ana Botella, asunto crucial cuando menos hasta la primera crisis gubernamental. No se olviden ustedes de eso. Estoy harto de estimar, y con razón y satisfacción, que, con Aznar en el Gobierno, España será dirigida por una mujer, matriz que molesta al presidente (a mí no) y sobre el que gastaremos mucha tinta en el futuro, si no, al tiempo, aunque no puedo saber si nuestra dama podrá sostener su ahora secreta influencia sobre los cimientos y las conspiraciones de entrecasa, a menos que privadamente haga un pacto de legislatura con Marta Ferrusola.

Miguel Angel Rodríguez tiene a su favor que no es nadie (hace ya tiempo que los altos cargos del Estado se subastan a la baja en las esquinas) y ni siquiera su paso como redactor del vallisoletano El Norte de Castilla (¡qué gran cabecera!), Delibes, Umbral, Leguineche, Lago, Lozano, y tantos, le dan una pátina de periodista de fuste porque corriendo demasiado rápido se fue a topar con un entonces jovencísimo Aznar, aspirante a la presidencia de Castilla y León. Es él mismo quien se ríe abiertamente cuando le sugieres un posible pasado en las filas de la extrema izquierda, intento falaz de amigos que más le quieren y que están empeñados en fabricarle una biografía que aún no tiene. De entre 17 electos, número 12 de la lista del PP por Madrid, lo cual no es precisamente poco para él yendo además innecesariamente de «cunero» y metido a martillazos en la primera oferta electoral.

Le he rastreado hasta el cansancio y me rindo: obviamente no ha tenido tiempo de hacerse aún con grandes enemigos de los que te dan lustre, ni con fervorosos entusiastas de lo suyo. Todavía mamoncete aún le quedan un par de piernas para destetarse de Aznar. Porque en eso, tanto quienes le quieren como los que le acechan coinciden rotundos: Miguel Angel Rodríguez no tiene otra ideología que la de un engarce psicológico con su jefe de filas que nada tiene que ver con la interesada fidelidad perruna sino con un flechazo a primera vista. M.A.R., joven pero ya no alevín, y suficientemente político como para desayunarse una ensalada de sapos y ofrecerle una velada agradable a un adversario, tiene una entrada parecida en el oficio a José Luis Gutiérrez, ex director entre otras cosas de Diario-16, algo así como de demasiado macho y resolutivo por la vía de la testosterona que ha hecho pasar por innecesarias horcas caudinas a modestos periodistas como él que sólo se estaban ganando la peonada en las campañas electorales del líder a las que no aportó nada que pueda tenerse como prodigio. El tiempo le enseñará que entre el mandar y el dirigir media un trecho cualitativo. Lo que sí resulta el barbado es un listísimo apasionado por la electrónica aplicada a la comunicación. Recién accedido a La Moncloa se sorprendió de la falta de medios y de tecnología que él ya había instalado en la sede del partido de su Padre-Padrone, y le asistía la razón. Este navega en el espacio audiovisual mejor que Magallanes y en el que antes o después acabará de preboste en la empresa privada en cuanto le boten de la política Cascos, Arenas o Rajoy, entre otros varios que le tienen enfilado. No es un iletrado y ha publicado ya dos novelas: Marta y Las últimas horas del barrio de la Cruz. Esta última injustamente aplastada por su acceso a la primera línea de mando. Leyéndole confío que mantenga ese limpio corazón populista que se le advierte. A Francisco Umbral le robo el título de esta crónica en el entendimiento de que Aznarín es este chico que sirve a otra ambición sin saber los demás cuál es la suya.

Como yo también tengo piscina y no me sirve de nada no sabiendo nadar, hago lo que mi maestro: las novelas de M.A.R. las tiro al agua. Que no se me enoje el personaje: antes había arrojado las de Joaquín Leguina.

18 Agosto 1996

Jiménez Losantos: agitador agitado

Martín Prieto

Federico es un buen chico. No es sobrador el ripio ni le perdono una vida ya amenazada por otros, pero siendo para tantos tan repelente o tan maestro Ciruela, hacen falta meses discutiendo con él para caer en la cuenta de su honradez personal. Lo que le ocurre es que cree en demasía en lo que piensa y raras veces introduce la duda sobre lo que observa, y me temo que antes que la de intelectual, le place su condición de agitador político-cultural, en ocasiones más agitado que yo, que ya es irse lejos en el exceso.

Aunque de él sigamos teniendo noticia por sus escritos en ABC o en Epoca y sus palabras en La linterna (COPE) de Luis Herrero, para mí está desaparecido; le convido a almorzar y me deja plantado en el restaurante, le telefoneo y no se pone, le mando recaditos por personas interpuestas y hace oídos sordos, y no correspondiéndome para nada el papelón de amante despechado, le sigo guardando un gran afecto, aunque en los asuntos contingentes de la política tengamos tanto que ver como el asténico con el pícnico, como habrán comprobado los insomnes que nos contemplaron en el informativo nocturno que conducía Fernando Onega.

Según testimonios fiables, desde el pasado año reside en Miami, ignorándose si piensa transterrarse de por vida o sólo pretende distanciarse temporalmente, supuestos sobre los que se tejen las siguientes hipótesis, dado el secretismo, por otra parte legítimo, que envolvió su traslado:

a) Que habiendo sido dotado del don de la precognición, aventuró los resultados de las legislativas del tres de marzo pasado, y previendo el tremendo virón nacionalista del PP, quien andaba en hablillas desinformadas (de su persona y de la de José María Aznar) como ministro de Cultura de este Gobierno, prefirió poner un océano de por medio.

b) Que se encuentra en La Florida en misión evangélica para convertir al liberalismo a Jorge Mas Canosa y a todo el «exilium tremens» anticastrista, lo que justificaría su encendida defensa de la ley Helms-Burton y su práctica acusación de peristas a los empresarios españoles que se han instalado en Cuba sobre bienes abandonados hace ya cuarenta años.

c) Que, lógicamente temeroso de ser sujeto pasivo de un atentado etarra, fuese a hacer las Américas por poner algo de sosiego a su vida, dado que, a tenor de amigos suyos, en los meses previos a su traslado había rentado un guardia civil retirado que, con un pistolón, le seguía a todas partes.

AMENAZAS.- Es cierto que en el último Gobierno socialista, la a la sazón secretaria de Estado de Interior, Margarita Robles, advirtió a varios periodistas que estaban en el caritativo punto de mira de ETA, ofreciéndoseles escolta, contravigilándolos o dándoles acelerados cursillos de autoprotección. Pero aun perteneciendo al derecho natural la salvaguarda de la propia piel, y no teniendo a Jiménez Losantos por medroso, no di pábulo a este supuesto hasta que alguien próximo a él me hizo caer del guindo: «Es que a ti no te han secuestrado de noche y a punta de pistola a la salida de tu trabajo, ni te han llevado hasta un monte dando ya la vida por perdida, ni te han abandonado con un tiro en la rodilla para que te desangraras como un perro». Y eso es lo que le ocurrió a FJL a manos de unos descerebrados independentistas catalanes, forzándole a un primer exilio en Madrid innecesariamente rencoroso hacia el catalanismo.

Por lo demás, es sabida su militancia en el marxismo-leninismo, línea Mao Zedong, pecado venial y juvenil del que se arrepintió tras un viaje a Pekín, de donde volvió espantado, y caído del caballo en su camino hacia Damasco. Trocó sus clases de literatura española por las de liberalismo, reclamándose de tal más que nadie y poniendo en la picota hasta a José María Cuevas poco menos que por rojo.

El corrimiento desde la derecha a la izquierda suele ser impracticable, pero el deslizamiento inverso produce tremebundos especímenes de conversos, particularmente si proceden de clases humildes, hasta el punto de que resultan más tratables liberales de nacimiento como Pedro Schwartz que un ex revolucionario como Federico.

NOSTALGIA POR CATALUÑA.- Sin embargo, sus demonios personales corren jacarandosamente por la enemiga al nacionalismo catalán y a la persona de Felipe González. Me malicio que lo primero procede de una relación amor-odio que este hombre debería hacerse ver, porque hasta en sus más violentas diatribas se le trasluce el afecto o la nostalgia por Cataluña, o cuando menos por Barcelona.

Espero que el tiempo le quite la razón en sus temores sobre la disgregación cultural española y así, de su libro primigenio Lo que queda de España quedará sólo el capítulo de su memoria personal, que es el mejor escrito, porque Jiménez Losantos maneja mejor el castellano cuando se pone sentimental, y si no, reléase su relato de los últimos días de Azaña injustamente vituperado sólo por venir del firmante.

He de reconocerle su cualidad de adelantado del antifelipismo, del que fui exégeta, y que le ha dado tantos réditos recopilando tomazos de filípicas vendidos como pan caliente, que él mismo admite irónicamente que González ha dado de comer a sus hijos, aunque en el pecado lleva la penitencia del aborrecimiento de sus colegas, que han visto saturado el mercado editorial de compilaciones periodísticas.

Allá donde esté, si me lee por Internet, le ruego me permita una dulce objeción: dándole lo mismo ocho que ochenta, confunde descaradamente los defectos del carácter de Felipe González, de armas tomar, con el socialismo, la socialdemocracia, la izquierda y hasta la intemerata si fuera menester, aun siendo cierto que el felipismo tenga curas, sacristanes y hasta iglesia. En eso incurre en perversa incuria intelectual y hasta periodística. Pero que cada buey se rasque contra el muro que prefiera.

De nuestros encontronazos quedó exenta la relación personal por algo que le respeto: la austeridad. Siendo yo de torpísimo aliño indumentario, al menos mudaba cada noche de corbata, mientras él acudía siempre al vestuario a cambiarse y dudo de que sea propietario de dos trajes. Tacañería no es, porque es generoso si hay que socorrer a los demás.

Si se reinstala en España, su futuro está cantado: volver a Cataluña para fundar un partido junto a Aleix Vidal-Quadras, a la derecha del PP.

25 Agosto 2021

Manuel Vicent: grecorromano

Martín Prieto

No sé quién hideputa, cuando en los años de nuestra transición política Manuel Vicent se dio a conocer como destelleante periodista en El País, argumentó que su cabeza semejaba un glande por su forma de proyectil de obús, acentuada por una alopecia senatorial. Marró el fulano, sospecho que envidioso de su talento, porque la metáfora que le corresponde sería la del sátiro soplando el pífano con su peluda barbilla cabril y su impávida mirada de violador de nínfulas. Habiéndole tratado bastante poco no es que me haya pasado la mitad de mi vida mirándole mariconamente a los ojos, pero los tiene de esos claros que si se los sostienes de pupila a pupila acabas viéndole las circunvoluciones cerebrales o metiéndote en un tobogán acelerado e incontrolable. Yo a este zutano sólo le hablo admirando su despejada frente para patinar en ella sobre los senderos del más ático y apreciable de los cinismos. Debajo del traje con el que se disfraza se le advierte la clámide con la que junto a Cicerón se pasea por el Foro criticando al César, o por la Acrópolis objetando la conversa de Sócrates o los ulteriores textos de Platón.

No es que sea valenciano, lo que ya diría bastante en su honor, sino de la específica variante de los de Castellón. Mi querido colega Luis Herrero, que en Oropesa le hace el correturnos agosteño a Pedro J. Ramírez, para que Aznar pueda dedicarse al «paddle», no me dejará mentir sobre la larga distancia con la que los levantinos de La Plana contemplan pachorronamente el devenir de la vida. Pese a la Malvarrosa y su tranvía es lo que separa a Vicent de Blasco Ibáñez, prolífico, rápido, antimonárquico, anticlerical, debelador con justicia de la Compañía de Jesús y del hipócrita de Iñigo de Loyola, periodista, novelista, diputado, peripatético y hasta adelantado de empeños postcoloniales como la «Nueva Valencia» que organizó en la provincia argentina de Corrientes, inundada por bañaderos como El Saler y donde intentó cultivar un arroz que le salió de granulado flaco y largo, más bien tirando a chino con el que Vicent se estrelló como paellero en una memorable noche porteña en la que festejábamos la retirada a sus cuarteles de una abyecta dictadura militar. Armado sólo con un sartenazo, aquel arroz soso, agua salobreña del grifo, un fogón eléctrico y tocino ahumado por toda añadidura, este hombre que parece soportar las inclemencias desde al menos la guerra de Troya, iba echando asuntos al improvisado caldero mientras preguntaba «¡¿Cuántos somos?!», y desde el salón se le respondía «¡Diez, doce, diecisiete, veinte…!», a medida que en mi casa porteña iban apareciendo corresponsales y enviados especiales de medio mundo. El subproducto culinario acabó adquiriendo un aspecto de arroz frito sobre pato cantonés y, sabiamente, nos fuimos todos a cenar a las calles reventadas de festejos y alegrías y esperanzas. Terminados en un cenador nos separaba una dama de nuestro mayor respeto y prendida del frenesí popular, quien dejó de atender a su plato y con su mano izquierda comenzó a hacer diabluras con la entrepierna de Manuel Vicent mientras con la derecha hacía lo propio con mis vergüenzas. Hasta la bilirrubina se me subió a la cara, y entendiendo el lance y con mi esposa delante, se me atragantó el bocado. Miré para Vicent y seguía masticando tan pancho como si no le estuvieran haciendo una paja. Y es que este esteta es así, secreto, hermético y misterioso hasta el punto de ni siquiera dar razón de sí mismo.

Es uno de los elegidos por los dioses. Escribe tan bien que hasta se puede permitir el descaro de plagiarse a sí mismo. Tiene la luz que cae en un día despejado sobre un Mediterráneo azulado y cabrilleante de espumas, mar en el que navega a vela en su propio barco. Pudiente de nacimiento es de los ricos que admiraba Scott Fitzgerald, porque están moldeados en otro material que el del común de los mortales. Y como el marido de Zelda Siron, no hablo de dinero (esa ordinariez): hablo de clase, de estilo y de una manera intransferible de despejar el horizonte intelectual. Eso no se adquiere voluntariosamente: naces con el don. El que a Vicent le permitió retratar públicamente a Felipe González, cuando hasta los supuestamente más avisados estábamos babosamente enamorados de él, con tal acierto y tino que ni siquiera el presidente (lo fue y lo volverá a ser) conocía de sí mismo sus capacidades para la trapacería y la miseria moral. No sé si Vicent es augur o si Felipe se inspiró en su texto para redondear las atrocidades y disparates que signaron su primer mandato. Pero tal es la cosa que hay que leer con mucho cuidado a este escribidor de periódicos, porque prevé los ciclones con tanta discreción como antelación.

De entre los de su edad, todos los talentosos que vinieron a Madrid para echar su fortuna al tablero lo hicieron a pie, o como mucho en autobús y con una maletita de cartón. Manuel Vicent llegó en avión y paró en un buen hotel. Deslumbrado por su arte de vivir me le imagino de tal guisa: allá donde esté se levanta y abre una ventana que siempre da al Peloponeso, o, en casos de cólera justificada, al paso entre Scilla y Caridbis; el ciego de Homero le rasca la espalda mientras Aretino, esta vez casto, le hace los pies y nuestro sujeto se toma el pulso cardíaco y la tensión arterial; si el primero da 75 pulsaciones por minuto y la presión sanguínea se mantiene estable, el caballero se extrae cuidadosamente de su yacija y, ya blandamente erguido, contempla relajado el mundo con sus ojos fríos, con un escepticismo sobre el comportamiento de los hombres fechado aproximadamente un par de siglos antes del nacimiento de Cristo. Así quisiera ir yo por la vida, pero o no sé hacerlo o resultará que no me dejan o que tengo los ojos oscuros, ignoro las distancias, y mi afán de tranquilidad resulta destruido por un cabreo permanente como el de una mona en celo, fruto de esta rara bronca existencial que no me alivia ni la cultura grecorromana que sostiene a mi entomologizado de hoy. No habiendo hecho jamás el ridículo, le teme, y se secretea a sí mismo. Como galerista de arte no le juzgo, aunque se le tiene por bueno, pero me parece que su sustancia es la del mirón sobre una existencia que a la postre no es más que un teatrillo en el que se cuentan chistes malos. No es hombre de fe, ni política ni religiosa ni sociológica. Acaso por ello su observación de lo que ocurre adquiere el filo del escalpelo. Tiene un problema. Este lúcido del que se supone es pagano cree en el diario en el que escribe. Nadie es perfecto.

01 Septiembre 1996

Jesús Hermida: la melancolía

Martín Prieto

En Jesús Hermida he advertido siempre dos falsedades: una presunta enfermedad del corazón y la aparentemente espontánea jovialidad que expande, reparte y regala. De ser cierto lo primero aún sería un cardiópata más longevo que yo, y mira que hago esfuerzos para morir en el empeño; pero me parece que la pericarditis sólo fue un truco de su treintena para, ante el derribo final, zafarse del acoso, incluido el sexual, de miríadas de mujeres que cayeron sobre él cuando debutó en una única televisión en blanco y negro. No exagero un ápice. Hoy no sé, pero antaño recibía millares de cartas femeninas, encendidas de afecto desesperado, citas a ciegas y hasta maternales consejos para que se implantara los dos colmillos que entonces le faltaban y cuyas oquedades mostraba con toda naturalidad en esa sonrisa, para mí forzada, que le ha puesto los labios entre los paréntesis de dos marcadas arrugas más propias de un largo dolor que de alguna permanente y tontorrona autosatisfacción. Aborreciendo el avión se fue a Nueva York en paquebote con cajones de ese correo y, careciendo de medios para contestar, supongo las fue leyendo durante la travesía y arrojándolas al Atlántico Norte por la borda. Como casi todos, se las habrá corrido lo que quiso o lo que pudo pero nunca dio pábulo a ser tenido por un frívolo, no le conozco otras señoras que la que tuvo y la que tiene, y en las ocasiones en que gentilmente me prestó las llaves de su apartamento para justas galantes jamás di en encontrar en él algún corpiño extraviado bajo un almohadón, y sí una atmósfera sobria de varón solo.

Y objeto también su indudable don de gentes, imaginándole siempre donde creo más le place: en una casa en el campo, en invierno, sentado frente a una chimenea prendida, suponiendo el olor a tierra húmeda del exterior, mirando en silencio el crepitar de los leños y acariciando lánguidamente con un brazo colgando del butacón alguno de los perros abandonados que recoge. Y hasta me atrevería a escribir que tal como tantos otros grandes comunicadores, sin ir más lejos el propio Felipe González, puede ser un misántropo, o cuando menos veo por el cristal de su techado una melancolía inmutable que viene de muy lejos, que ha echado raíces con los años y que no tiene nada que ver con una importante timidez sobradamente superada.

A MADRID EN PATERA.- Hijo de un pobrísimo pescador desaparecido en la mar (se supone que en la noche intentó baldear agua con un cubo y cayó por la amura sin que lo advirtiera el resto de la tripulación) se vino a Madrid en patera a trabajar de peón del albañil, lo que debió templar tempranamente su carácter.

Paradójicamente lo que es cierto en él es lo que algunos estiman artificio o sobreactuación: su manoteo, la manera de retreparse en la silla, el entrecruce de las piernas, los puritos largos y delgados, el sello de amatista (¿) en el meñique, toda su expresión corporal, su forma de hablar como si estuviera escribiendo y de escribir como si estuviera hablando; ese amaneramiento que tanto juego ha dado a los caricatos no es tal, porque Jesús Hermida es así, no habiéndose construido ningún personaje, al menos hasta lo que alcanza a entender la intimidad que da el trabajar en común y hasta el haberme yo criado profesionalmente a sus pechos, aunque por lo que luego diré abominaría de quien me considerara un «chico Hermida» para lo que me falta el entusiasmo que él impele y me sobran hechuras de picador.

Desembarcó en Estados Unidos creyendo sinceramente y tras haberlo estudiado que hablaba inglés pero en Nueva York sólo se podía hacer entender por los taxistas hispanos, y pasose las noches de claro en claro viendo-escuchando televisión hasta que le sonó un «click» en un hemisferio cerebral y devino en el bilingüe que hoy es.

ESPAÑA HORTERA Y AMARGADA.- Tuvo el talento de irse a tiempo de una España espesísima y plomiza, hortera y amargada y saltar de un comentario de tres minutos de cierre televisivo en el que ya se advertía que traspasaba la pantalla a una corresponsalía en la Gran Manzana, en la que con todos los respetos para sus sucesores y se diga lo que se quiera imprimió una fortísima personalidad irrepetible con la que nos relató la década prodigiosa, la crisis moral por la guerra de Indochina, el kennedysmo, el primer alunizaje, Camelot, cuya reina Ginebra fue N.Y. para nuestro personaje. Como todo buen corresponsal español que se precie regresó a España para ser ninguneado y hasta puteado por mí, aunque fuera vicariamente, acabando por abrirse paso poderosamente porque igual que Frank Sinatra afirmaba que él no vendía voz sino estilo, Hermida bien puede decir que proporciona comunicación «a su manera». No voy a malgastar una línea sobre su indiscutible éxito, pero estimo que para él mismo su hora mejor fue la estadounidense, ya que al margen de consideraciones afectivas de allí se trajo una profesionalidad casi calvinista, ferozmente disciplinada y competitiva, que hoy padecen los que trabajan a sus órdenes.

Capaz de enfados apocalípticos si sale mal un trabajo ha desesperado a sus colaboradores y sumido en amargos llantos a las «chicas» de su factoría, pero unas y otras agradecen todo lo que aprendieron de este hombre que en pocos años ha sembrado por todas las televisoras una generación de periodistas a los que ha hecho ricos y famosos, pero un poco como el acreditado doctor Frankenstein, porque siendo Jesús Hermida inimitable, sus muchos discípulos, como suele, han heredado sus defectos y pocas de sus muchas virtudes, de entre ellas la de hurtarse siempre a la tentación del mal gusto que siempre proporciona fáciles y rápidos réditos. Personalmente lamento que no haya aceptado la dirección de Televisión Española, decisión que me consta le ha mortificado, pero conforta que no haya perdido su olfato americano decantándose por un medio privado. Sea como fuere, de él se me escapa la segunda falacia de su personalidad que encabeza este texto: esa insondable tristeza existencial inasequible al triunfo o la prosperidad del huérfano onubense. Su techo de cristal está suave y nostálgicamente empañado por la escarcha de un invierno, el humo de la chimenea y el vaho de los hocicos de sus perros perdidos.

08 Septiembre 1996

«Cándido»: la silla isabelina

Carlos Luis Álvarez 'Cándido'

Quienes se encuentren en edad para ello, que serán la mayoría de sus lectores, asocian a Carlos Luis Alvarez, «Cándido», con el diario ABC en el que por etapas empeñó su juventud y no sé si sus mejores afanes no siendo correspondido como debiera. Pero mal que les pese a las dos partes, ABC y «Cándido» parecen en la memoria continuar machimbrados, acaso porque ambos se merecen y nuestro hombre entró en aquella casa de brillante jovencísimo cuando en su añosa redacción aún se mojaba la pluma en el tintero y había linotipistas expertos en la caligrafía de cada cual.

Estando ya exiliado profesionalmente de aquel su territorio primigenio dimos él, Horacio Sáez Guerrero, a la sazón aún director de La Vanguardia, y yo, en cenar en Murcia por lo que no hace al caso, proporcionándonos una de las veladas más gratísimas y reidoras de las que tengo recuerdo, rememorando ellos las irrepetibles anécdotas que se daban en tiempos en las redacciones de los diarios de solera. «Cándido», flaquísimo, en sus mismos huesos y para mí que hasta más alto, aunque ya con los ojos quemados en los libros, tuvo por años como director al legendario Luis Calvo, del que se contaba había encanecido totalmente en una sola noche encerrado en la Torre de Londres esperando que le ahorcaran al amanecer. Calvo era corresponsal de ABC en el Reino Unido durante la II Guerra Mundial y tenido por espía nazi fue sentenciado a la pena capital tal como antes Arthur Koestler durante nuestra Guerra Civil y en la zona nacional, ya sí que como cierto confidente soviético. Nuestro embajador ante la corte de Saint James era el duque de Alba, el padre de Cayetana, quien siendo primo del rey de Inglaterra hizo uso de un viejo privilegio para ser recibido de inmediato por el monarca, de quien obtuvo el indulto para Calvo, que fue expulsado del país sin alcanzarle la camisa al cuerpo. Como no pretendo empañar ni siquiera alterar su memoria insisto en que no me consta la veracidad de tales sucesos aunque formen parte del manual de leyendas del periodismo español.

Sí es más cierto que en aquel palacete de ABC en la madrileña calle de Serrano, hoy reconvertido por angustias financieras en un multicentro comercial, ocurrían cosas de una desopilante bohemia hoy infelizmente desaparecida. Llegué yo a ver allí un montacargas de doble uso en el que se subían y bajaban bobinas de papel y también a un caballo que en unos amplios trasteros tenía estabulado algún Luca de Tena, supongo que para practicar equitación en el entonces final del Paseo de la Castellana. En la terraza del edificio triscaba una cabra que acabó suicidándose tomando carrerilla y saltando el petril hacia la calle.

De madrugada entraba «Cándido» a su periódico y por aquella escalinata que daba paso a la planta noble de la casa bajaba solemnemente su director Luis Calvo dando el brazo a una elegante señora, con la bragueta abierta, la chorra fuera y orinando fluidamente y en cascada mientras saludaba muy suelto de cuerpo a los ujieres. Calvo, por lo demás tan poderosísimo prosista en los periódicos como capaz de crueldades disparatadas que no sólo inducieron al suicidio de la cabra, andaba en amores con una actriz casada, aún felizmente viva y pintante y dueña de todos mis respetos y cariños. Otra noche un ordenanza requirió al joven «Cándido»: -«Don Carlos Luis, que en el despacho del director se escuchan gritos y golpes, como en una pelea, y no me atrevo a entrar». Nuestro hombre entreabrió prudentemente la puerta sólo para atisbar a Calvo persiguiendo a mi querida dama a los gritos de: «¡Puta, me pones los cuernos acostándote con tu marido!», exabrupto no carente de cierta lógica.

En pocos meses he tenido el placer de leer dos autobiografías periodísticas: la del ya mítico director del The Washington Post Ben Bradlee y las Memorias prohibidas de Carlos Luis Alvarez, que tienen doble mérito por haberlas escrito en su sazón y con mucha profesión por delante dado que pertenece a la raza de quienes no se jubilan, y porque en España políticos, intelectuales y periodistas contemporáneos no estamos resultando pródigos a la hora de poner en limpio nuestros recuerdos. La comparación entre ambos memoriales es brutal, y el de «Cándido» invita directamente a la depresión por la insanía de los primeros años en que le tocó bregar en este oficio y que han debido aportarle un talante entre resignado y escéptico, nada amargado, al menos en apariencia, y en una predisposición a ponerse en solfa a sí mismo y a los demás. Nunca me ha resultado cómodo identificarlo como periodista, a la postre oficio de legos curiosos, y, como mucho, eruditos, porque de entre ellos es sin lugar a dudas el más leído, culto y sabio en humanidades. De sus brevetes en ABC guardo uno antológico y ontológico en el que reflexiona mirando desde su ventana a un obrero apaleando arena desde un camión, observándolo con el distanciamiento de un astrofísico. La última vez que se fue de su vieja redacción procuré recabar su concurso para la que entonces era la mía, y siendo hombre más avisado que yo intuyó silenciosamente que alguien acabaría metiéndole en un armario. Y es que su sino parece ser el de la mueblería de exposición, teniéndose a sí mismo en el Grupo Z como decoradora silla isabelina colocado en una esquina del salón para darle lustre e impresionar a las visitas. Dado su criterio es un misterio incluso para él haber aceptado la comunicación y las relaciones externas de la primera RTVE socialista. Me malicio que es portador de un justificado desprecio o aburrimiento intelectual hacia la mayoría de sus colegas que se trasluce bajo su cordialidad o su etiqueta, y que por sobrevivir sin excesivas molestias se ha resguardado tras una pequeña corte de amigos-admiradores que también deben tenerle por silla isabelina porque «Cándido», un volteriano sin vitriolo siempre adorna allá donde le pongas. Es una cruz que tiene asumida y hasta debe divertirle porque no pierde el humor ovetense templado y socarrón.

A los manteles de aquella cena murciana y luego en sus memorias contaba de aquel redactor de sucesos que escribió de un viandante muerto al caerse a un pozo de tantos metros de altura. «Oiga: será de profundidad». «Usted cállese, que yo lo estoy escribiendo desde la perspectiva del fallecido». Y así le va a «Cándido».

15 Septiembre 1996

Javier Pradera: la conspiración

Martín Prieto

Hace ya tiempo le vi a lo lejos en las bodas del pintor Urculo y supongo que no me vio ni yo me levanté de mi mesa para saludarle. Meses antes Margarita Robles, a la sazón secretaria de Estado de Interior, me había advertido de que unos amorosos etarras manejaban, entre otros muchos, mi nombre con la franciscable intención de aliviar mis penalidades en el mundo, y Javier Pradera me había telefoneado simpáticamente para ofrecerme su casa. Le mandé literalmente a tomar por el culo, colgándole el teléfono, sabedor de que con una mano me atusaba, acaso por el rescoldo de un viejo trato, mientras con la otra me propinaba simbólicos y condescendientes azotitos ante sus visitas. No me lo habrá tomado a mal, y ya le he enviado recados hirientes a través del actor Sancho Gracia para que alguna noche los dirimamos los tres malcomiendo en la recepción que tiene instalada en el madrileño restaurante La Ancha.

Habiéndole siempre respetado he optado por apreciarle porque el sujeto tampoco tiene término medio, suscitando odios o afectos amazónicos. En otra reciente boda de mucha prosopopeya coincidí con un destacado político en ejercicio al que inquirí:

– ¿Cómo está Pradera de su salud?

– ¿Es que se ha muerto?

– No, sólo está pachucho.

– ¡Ah, pues a mí lo único que me interesa de la salud de Javier es que se muera!

En 1976 me lo presentó Juan Luis Cebrián en su despacho y, teniendo que ausentarse a otra reunión, me hizo un aparte: «Entreténmelo y dale conversación, que éste es uno de los tíos más listos de España». Tanto como eso no diría yo, pero sí tiene muebles en la cabeza, por encima de todo muy ordenados, lo que le proporciona un lento discurso lógico sean cuales fueren las premisas que le eches. Si hubiera utilizado su talento para hacer el bien podría haber llegado a prócer. Abogado, ganó sus oposiciones al Cuerpo Jurídico del Ejército del Aire, y cuál sería la estupefacción de aquellos aviadores en el apogeo del régimen franquista cuando descubrieron que habían hecho oficial a un notorio agit-prop comunista, en el que por su estirpe debieron creer encontrar un cachorro del más rancio conservadurismo español.

Uno de los protagonistas, si no el principal, de la temprana «movida» universitaria de 1956, había sido cooptado para el Partido Comunista por Jorge Semprún, entonces «Federico Sánchez», y era algo así como su representante en la Universidad y entre los intelectuales. De ahí la estrecha amistad entre ellos, hasta el punto de que me malicio que fue Pradera quien endosó a Felipe González la idea de hacer ministro de Cultura a Semprún. No sé hasta qué punto Pradera fue marxista o creyó que la Huelga General Pacífica patrocinada por la dirección exiliada del PC iba a voltear a Franco, pero hizo lo que tuvo que hacer, y con notable riesgo, en los tiempos en que la única oposición práctica a la dictadura la ejercían los comunistas. Cuando en un castillo de los reyes de Bohemia, «Pasionaria» y Santiago Carrillo defenestraron a Semprún y a Fernando Claudín por cabezas de chorlito, Javier Pradera se fue también arrastrado por el aluvión. Sospecho que de aquella clandestinidad le viene su afición por lo conspirativo, por la conjura de propia mano o ajena, y le alabo ese gusto intelectual. Además este hombre demasiado alto para su quinta, de pelo largo y poderosas facciones con cierto toque de haber sido dado de alta en la clínica del doctor Frankenstein, tal como su despreciado Alfonso Guerra prefiere tareas de cocina a servir los platos. Sé de buena tinta que cuando recién nacido se lo presentaron a su madre, la enfermera dijo: «Señora, ha tenido usted un influyente». Y ha cumplido su destino porque no le gusta el primer plano, prefiere editar que publicar, redactar un editorial de periódico a firmar un artículo, ir de aquí para allá, moverse en una cierta penumbra y aconsejar, asesorar, inducir, influir en suma, hasta cansar a Felipe, que le dijo a él y a otros en La Moncloa: «¡A ver, vosotros que sois tan listos, arreglad los problemas del país!».

Como casi todos los comunistas de antaño es muy cotilla y por encima de las gafas que le cabalgan a mitad de la gran nariz le brillan los ojitos en cuanto le chismorreas alguna maldad por nimia que sea. Y tiene su veta lúdico-infantil como todos los varones de buen tamaño, y en el entendimiento azañista («Hay que tener mucho cuidado de poner en circulación una tontería en Madrid porque arraigan más que las acacias») participó en una de las tertulias que frecuenta de una «Rumor, S.A.» que propalaba por la Corte los más disparatados y jocosos infundios. Pero sabe ser tremendo: lo he contemplado horrorizado y no siendo yo un versallesco, agarrar al sociólogo Pepín Vidal-Beneyto por las solapas, levantarlo en vilo y sacarlo de su despacho.

Fue un gran editor y puso en circulación la mejor literatura y pensamiento científico que pudo hasta que le sacaron de su predio malamente y con ignorancia, refugiándose en El País, en el que tuvo una singladura de ida y vuelta, quizá por las mismas mezquindades. Promoviendo el extraño y vergonzante sí a la OTAN del PSOE redactó un texto para abajo-firmantes y su diario se lavó las manos aduciendo, con lógica pero sin elegancia, que sus editoriales los firmaba Cebrián y no Pradera. Se fue cabreado a un Aventino y en mi casa porteña estuvo un par de tardes drenando su corazón dolorido. Ya en España le organicé un encuentro con Antonio Asensio y sus colaboradores dispuestos a ponerle un piso, a crear una pequeña editorial a su medida, pero volvió al redil cuyas cercas había contribuido a levantar y que a la postre era lo que más le convenía. No sé si he dicho que se ducha con la ropa puesta, frotándose con asperón, y que cuando Natalia Rodríguez-Salmones (la buena de las hermanas), le quita de tarde en tarde los calcetines, de cuyo hedor he disfrutado en un «zulo» que acogía laboralmente a dos desastrados, continúa asombrándose de tener también deditos en los pies. Lo quiero, ¡qué le voy a hacer!, aunque haya descendido de combatir a Franco a denostar a este periódico. Le ha proporcionado munición ideológica a algunos de los aspectos más deleznables del felipismo, aunque bien es cierto que recientemente ha condenado públicamente los desvaríos de González sobre la razón de Estado. Y no digo más; que el genial eremita de Rafael Sánchez-Ferlosio, su ex cuñado, o el Duque de Alba, Jesús Aguirre, prosigan por mí, que bien le conocen. Al contrario de aquel político indignado, le deseo larga vida. Si no, ¿a quién le iba yo a colgar el teléfono?

22 Septiembre 1996

El «Guti»: «Cónan» el bárbaro

Martín Prieto

Si tienes suerte, te has levantado con el pie derecho, José Luis Gutiérrez se encuentra de buen humor y ha dado en quererte, puedes recibir de él a modo de saludo un cordialísimo y concienzudo palmetazo en las espaldas de los que te hacen esputar parte del sistema bronquial, y, si estás desavisadamente sentado a la barra de un bar con un vaso en la mano, eyectas su contenido al rostro del camarero. Si por contra supone el «Guti» que el día que te lo tropiezas no le has amado lo suficiente, encontrarás una mirada de través a medio camino entre un ominoso desdén y una indisimulada promesa de partirte las piernas con un pedazo de cañería, aunque bien es verdad que no se tiene constancia de ataques físicos suyos a los seres humanos.

Poseyendo el don de la ubicuidad di por arruinada en un tiempo mi vida licenciosa porque aún refugiado en el más oscuro subsuelo de Madrid, ahí también estaba él con alguna de las mozas grandes y articuladas que le gustan, y hasta se encontraba al tanto mortificándome con ello, de mis maniobras tácticas y estratégicas sobre las cortejadas. No me tengo por medroso, pero jamás he pasado tanto miedo, rayando con el pánico, como cuando por primera y última vez accedí ingenuamente a cabalgar con él la moto de gran cilindrada con la que, rugiente, se desplazaba a sus inacabables citas.

Obsesionado por la forma física y viéndome antaño asténico, enflaquecido y alicaído, se empeñó en recomendarme los ejercicios de mantenimiento del Ejército canadiense de los que me remitió un ejemplar fotocopiado. Años después, habiendo yo colgado mis hábitos sicalípticos y él en doloroso viaje familiar por el Cono Sur americano, le albergué en casa y en la primera noche mi esposa me despertó al alba: «¡Escucha, está ocurriendo algo!». Por el pasillo rompía el silencio del edificio como un intermitente y poderoso estertor, un crujidor aliento agónico.

TABLA DE GIMNASIA.- Sobresaltado y temeroso avancé con pisadas de lobo por la vivienda hasta atisbar al «Guti» en la terraza, en calzoncillos, cumpliendo su tabla gimnástica entre voluntariosos resoplidos de gran marsupial. Regresé a mi lecho: «Duérmete negra que todo está en orden».

Al mediodía le trasladamos a los extremos de Buenos Aires para almorzar un asado en una quinta, y de regreso quedó el automóvil sin batería. Con una mano me extrajo de él depositándome en la vereda, y con otra giró la llave del contacto quedándose con su cabezal y dejando el cuerpo introducido en su cánula.

Tuvimos que extraer el llavín con un electroimán. Se le conoce en el siglo como «Cónan» el bárbaro, aunque él ignora que así se le alude con cariño y no con desafecto.

Me une a él cierto rescoldo de rencor social propio de los empobrecidos que con una familia a sus espaldas han tenido que abrirse paso dificultosamente por la vida. Sus desvelos por su difunta madre, doña Palmira, extensibles a los hermanos más pequeños, le llevaron, ¡qué sé yo!: a estibar, a vendimiar si hubiera sido menester, a desguazar buques herrumbrosos con soplete, acudiendo a la escuela de Periodismo al volante de una hormigonera que estacionaba con gran aparato de bufidos neumáticos en los frenos. Para mí que todavía sostiene a algún pariente. Desde la dirección de aquella revista Gentleman, plataforma de un Ignacio Camuñas que estimaba la democracia como el derecho a no pagar a los empleados, hizo una brillante y empeñosa carrera en el Grupo-16 del que le sacaron por la cúspide destituyéndole de la dirección del diario. Poco antes le topé inopinadamente en «Casa Lucio» y antes de que me diera en lugar tan concurrido una mano de hostias le amansé con la verdad: «Defendiéndote a ti nos protegemos todos los demás». Fue el primer «caído» de la AEPI («Asociación de Escritores y Periodistas Independientes»), que no del «Sindicato del Crimen» porque, lobo estepario a la postre, tiende a jugar en solitario y es poco sindicable. Como tantos han sido y serán se ha visto en la tesitura de acogerse a sagrado; es decir: al ABC.

Otro amigo de Felipe González que se desencantó perspicaz y tempranamente, teniéndole yo mucho tiempo por errado y amargado en alguna descortesía felipista. Tal como posteriormente yo mismo, se ha tomado los desengaños de González poco menos que como un fracaso personal, y antes de descuartizar junto a Amando de Miguel al César visionario se pasó años escribiendo tremendas columnas al acetileno que se añoran por cuanto contenían más información que opinión, aunque la primera fuera vitriólica y la segunda inspirada cuando menos en la sosa cáustica.

AUSENCIA DE MALICIA.- Al final de ésta su primera singladura le tocó tallar en un periódico empresarialmente al garete y objeto de acechanzas, pero mantuvo el tipo y resistió las presiones permitiendo destapar la olla de Luis Roldán cuando éste tenía probabilidades de ser nombrado ministro del Interior, lo que demuestra la linealidad periodística de este hombre y su ausencia de malicia, porque de haber tenido yo esa información puede que la hubiera retrasado a la espera de que Felipe designase al perillán. Nunca podrá volver a tenderse tal celada desenmascatoria.

Librado al fin de las exigencias inherentes al responsable de un medio informativo, habrá recuperado sosiego y frescor, y a marchas forzadas, según comentan en su entorno, prepara o perpetra un libro humeante en el que se tomará cumplida venganza de quienes le serrucharon el piso y le patearon el tablero. Lo que no ha perdido, y habrá que felicitarle por ello, son sus maneras de malo de Popeye. Cuando en tiempos de tribulación sus subordinados reclamaban lo que no podía satisfacer extraía de una gaveta del despacho un grabador magnetofónico con una cinta en la que se escuchaban los inquietantes aullidos de los lobos en sus montes de León.

Una de sus múltiples novias, de las que este sempiterno solterón se ufana secretamente, le recibió en su casa para comer junto a una amiga común. Las dos chicas hicieron un aparte femenino en la cocina y cuando regresaron al salón el falso ogro, pero cierto Pantagruel, se había devorado en un plis-plas los tres platos, dejándolas en ayunas. Cree que la depresión, pese a haberla tenido muy cerca, se cura a cachetazos, y como el barón de Muntchausen estima que todo hombre que se precie puede salir de un pozo tirando hacia arriba de sus propios cabellos. En alusión a la dureza de su juventud e intuyendo el costado entrañable que procura preservar, más que por «Cónan» siempre tuve al «Guti» por «Mimí metalúrgico». Pero, por favor, que no llegue a sus oídos o tendré que mudarme de barrio.

29 Septiembre 1996

Luis del Olmo: la radio

Martín Prieto

Lo que no alcanzo a comprender de este forzado de la radio es que pese a su enérgico carácter no haya puesto a sus alturas pies en pared mandando al antifonario a quienes atrabiliariamente pusieron entre paréntesis su legítimo proyecto de radio, al que tenía tanto derecho como el que más, y aún mayores méritos y solvencia profesional que los beneficiarios del «modulazo» socialista que aún no han parado, por lo que diré, de acaparar ventajistamente las ondas radiales para su provecho, tanto económico como político.

Y es que de las asistencias de Felipe sólo te puedes defender tomando armas. Hace unos pocos años el Gobierno «felipista» que administraba el Estado sacó a concurso licencias de radio en frecuencia modulada, y de la licitación hizo un quilombo, una merienda de negros, con perdón de mis amigos de color.

Ya es tiempo de escribir que sicarios de Felipe remuneraron favores y lealtades incondicionales y dejaron con el culo al aire a profesionales solventes y objetivos, dotados de credibilidad, como Luis del Olmo, grandullón ingenuo que concursó sobre 35 frecuencias en la legítima esperanza de que le concedieran alguna, habiéndose trabajado como nadie el sector, y no le dieron ni la hora bajo el amable argumento de que «a del Colmo (así le definen los extraños adversarios que le niegan el pan y la sal), ni agua».

¡Coño con los políticos puestos a repartir el espacio radiofónico!

Se atribuye tan ilegítima como absurda venganza-sanción a Alfonso Guerra, entonces influyente vicepresidente del Gobierno, dejada caer al oído de Virgilio Zapatero, a la sazón ministro de Relaciones con las Cortes. El primero se defiende como puede del inacabable «felipismo» y el segundo ha regresado sabiamente a la vida privada, y ambos niegan tal veto.

Pero lo cierto es que de aquella tómbola de Marconi de la que nada se ha escrito por los muchos intereses políticos y económicos que encerraba, salieron escandalosamente beneficiados amigotes, compañeros de viaje, lameculos, pesebreros, parientes de jerarcas y honrados fabricantes de productos lácteos devenidos en comunicadores

BUENA PACHORRA.- En tamaña feria Luis del Olmo siempre salía el tercero, no fuera que renunciando el primero por cualquier albur quedara segundo y hubiera que concederle graciosamente una radio en Puerto Hurraco. De 35 ni una al mejor comunicador de la radio española, sobradamente asistido por los anunciantes y la audiencia. Lo que ignoro es cómo el conductor de «Protagonistas», hoy en «Onda Cero», tiene buena pachorra y buena voluntad para soportar tan impresentables desaires.

Yo que él, habiéndome ganado en propiedad un micrófono en directo habría mandado a tomar por retambufa a los urdidores de tamaña injusticia personal, pero este hombre se limita a aludir a la barragana de Alfonso Guerra por la que sólo le pidieron 600 millones de indemnización (asunto judicialmente archivado) y a definir como rata sectaria a María Antonia Iglesias, entonces comisaria política de los informativos de Televisión Española, que no sabe hacer la O con el canuto de las oes pero es experta en bombardear con amistosas miguitas de pan en los saraos a Benegas, hoy número cuatro y antes tres del PSOE.

Tan sectaria que ha dado en recomponerse con Luis y en abominar de mí por haber terciado de componedor.

Sólo faltando a la más elemental verdad podría escribir que Luis del Olmo es parcial dirigiendo su programa. Cree en una radio libre y la ejerce, aunque sus colaboradores violenten su criterio. Así, teniendo tantos motivos para un lógico rencor, contrata y sostiene en sus tertulias a un iluminado «felipista» como Ramón Cotarelo, meritorio catedrático que se traga lo que le echen con tal de hacer méritos o brillar en la extravagancia, o a mí mismo sabiéndome amigo de Alfonso Guerra.

Deben suponer sus adversarios, los que entienden estólidamente que o estás conmigo o estás contra mí, ese vicio tan español, que Luis del Olmo aspira a cambiar el sentido del voto, cuando se limita a permitir circular por sus micrófonos todas las opiniones del foro, abre las emisoras a los oyentes y encima recibe varapalos por ser correcto con los gobernantes que entrevista, estimando su audiencia que debería rajar con faca.

POR LA MAÑANA.- Quizá Luis salga cada mañana tan libre al aire por su biografía y experiencia en una radio estatal, que siempre acaba por cabecear ante el Gobierno de turno. Hijo de un ferroviario en Ponferrada al que mima en su vejez, derivó hacia una ingeniería de minas antes de entender que la extracción de carbón en las tierras de León se podía defender mejor en las ondas que en el subsuelo.

Matrimonia con Merce en Madrid, la gallega que le sostiene, y marcha de locutor a Barcelona haciéndose, como tantos, cosmopolita de las Españas, a fuer de ir emigrando, y pudiendo así vivir sin problemas entre Pujol y Vidal-Quadras. Nadie le ha regalado nada; las escasísimas emisoras que controla en Cataluña las compró con su dinero cuando le habían desahuciado, y hoy se encuentra ante un empastelamiento de radios municipales de ayuntamientos socialistas catalanes que tiran de los impuestos de todos para sufragar un tonto e ineficaz apetito radiofónico.

Por ello insisto en la rareza de un Luis del Olmo que cada mañana tiene cinco minutos infernales con su gente, que se le disuelven y se le olvidan de inmediato, tal como se resigna de buen grado a las putadas que le hacen y a las discrecionales medidas de audiencia a que le someten.

Además de la confianza de sus oyentes que le siguen en masa de Radio Nacional a la COPE y de ésta a Onda Cero, tiene todos los premios periodísticos, hasta los de la competencia, y figura en su haber que le censuró Rafael Ansón y le dejó marchar José María Calviño. Con menos se ha fabricado alguno una biografía.

Hace radio-total y como los virgos cómicos de la legua va por los pueblos vendiendo lo suyo, promocionando gente, llenando auditorios en directo, adquiriendo receptores antiguos que colecciona y ordena refaccionar, colocando retratos de Marconi en sus estudios, arando en un desierto de unanimidades, doliente porque los hijos no le siguen la senda y arrastrando el carro del medio más directo y urgente que es la radio.

Peregrina por el país y promociona carreras de coches de época y hasta un equipo de tercera o de sexta división, ¡qué sé yo!, al que lleva a entrenar al Milan o al Turín, de Berlusconi que les recibe en su casa y los pasea por el norte de Italia.

Es un noble fajador de lo suyo, pero andando en tan malas compañías como las de Raúl del Pozo, ha dado en doblar con el golf. ¡Ni que se lo hubiera recomendado Alfonso Guerra! Todos quieren meterle una pelotita en la boca.

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