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El Gobierno Zapatero acusa a la cabeza de la Iglesia católica de equivocarse

El Papa Benedicto XVI compara el laicismo de España con el anticlericalismo de la II República

HECHOS

El 5.11.2010 el Papa Benedicto XVI realizó unas declaraciones sobre la situación en España.

El Papa Benedicto XVI llegó el 5.11.2010 a España como peregrino, como pastor y, pese a lo asegurado por el Vaticano en los últimos días, también como líder político. En el avión que le llevó desde Roma a Santiago, al ser preguntado por «el avance del secularismo y la rápida disminución de la práctica religiosa» en Occidente, Ratzinger aseguró que es en España donde se juega la batalla decisiva entre fe y razón. Y estableció una relación entre el choque entre la fe y el «laicismo agresivo» en la España actual y el anticlericalismo de la Segunda República.

Sin papeles ni corsés diplomáticos, hablando muy rápido, en italiano y de forma espontánea, el Papa explicó que el «problema del secularismo y la laicidad del mundo occidental» tiene en España uno de sus epicentros. Ratzinger opinó que hay un «desencuentro», un choque, e ilustró la situación con una explicación histórica: «España siempre fue un país generador de fe», dijo, «el renacimiento del catolicismo en la época moderna se produce sobre todo gracias a España, donde figuras como San Ignacio, Santa Teresa o San Juan de la Cruz dan forma a la fisionomía del catolicismo moderno. Pero es también verdad que en España nació una laicidad, un secularismo fuerte y agresivo, como vimos en los años treinta». Y concluyó: «Esa disputa, o mejor este choque entre fe y modernidad, ambas muy vivaces, tiene lugar de nuevo hoy en España». Por eso, añadió el Papa, «el futuro de la fe y el encuentro -¡y no el desencuentro!- entre fe y laicismo tienen su punto central en la cultura española».

08 Noviembre 2010

El 'apagón' de Trento

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

El Papa, con un discurso exagerado, pierde una buena ocasión de acercar Iglesia y Estado

Benedicto XVI es ante todo un teólogo y, por ello, su gran preocupación estriba en reconciliar fe y razón. Y su segunda visita a España, con etapas en Santiago de Compostela y la dedicación ayer de la Sagrada Familia de Barcelona como basílica menor, constituía una ocasión excepcional para aunar fe, razón y cultura. No la ha aprovechado. En esa hercúlea tarea que el Papa se ha impuesto de combatir la diríase que imparable secularización de Europa, extrañamente España es algo así como el centro de operaciones; allí donde se juega, según las palabras del Pontífice, la suerte de la batalla. Pero Ratzinger exagera.

España ciertamente ya no es «la luz de Trento», como escribió Menéndez y Pelayo, como tampoco Francia es «la primogénita de la Iglesia». La afluencia de público en Santiago y Barcelona fue inferior a la prevista: ni sombra de las 200.000 personas esperadas en la ciudad gallega y una cuarta parte de las 400.000 que las autoridades municipales habían previsto en la capital catalana. Eran muchas menos, aunque, eso sí, entusiastas de esa Iglesia católica que en demasiadas cuestiones vive en el pasado y que prefiere el dogma a la realidad. Son ellos quienes mantienen una cada vez más débil llama tridentina que amenaza con apagón.

El Papa fue injusto y poco diplomático cuando, volando hacia Santiago de Compostela, comparó en el tradicional encuentro con periodistas el «laicismo agresivo» de la España actual con el que incendiaba iglesias y conventos durante los años treinta del siglo pasado. Si hubo anticlericalismo, alguien debería preguntarse por el clericalismo y el pensamiento único imperante en los siglos de alianza entre el trono y el altar, entre la espada y la cruz. Ratzinger olvidó el trato preferente que la Administración da actualmente al catolicismo. Y ayer el Pontífice volvió a la carga cuando en la homilía en la Sagrada Familia descalificó y cerró las puertas a otros tipos de familia, se inmiscuyó en asuntos del César, al pedir ayuda pública para el matrimonio «natural» y sus frutos, y anatemizó la ampliación de los supuestos del aborto. En este viaje, Benedicto XVI ha desperdiciado una espléndida ocasión para reconciliar, como hizo en su día el poeta Maragall, las dos visiones del mundo en el que nació el templo de la Sagrada Familia: el clericalismo reaccionario y el anticlericalismo revolucionario del movimiento obrero catalán.

La visita ha tenido, en un mundo en el que el decaimiento de la práctica religiosa es incluso superior al descrédito de la política, toda una multiplicidad de niveles. En Cataluña, el nacionalismo conservador se ha sentido satisfecho con las intervenciones del Papa en catalán, que alientan en vano la esperanza de que un día exista una conferencia episcopal propia. La Iglesia católica, no obstante, va muy por detrás de la laica España autonómica: Cataluña no es siquiera una región eclesial porque ni sus propios prelados se atreven a reivindicarla.

12 Noviembre 2010

¡Qué cosas consigue el Papa!

Javier Cervera Gil

Hace unos días, Benedicto XVI ha denunciado el laicismo fuerte y agresivo que hoy padece España, y que ello es similar a lo que se observó en los años treinta. No se trata de un análisis histórico. Lo que ha hecho es constatar que hoy existe una confrontación del laicismo contra la fe, en Europa, y especialmente desde que gobierna Rodríguez Zapatero, en España. Además, el Papa habla de lo que conoce. No olvidemos que el niño Joseph Ratzinger creció bajo un régimen-estado no ya laicista, sino abiertamente pagano y perseguidor de la religión: el nazismo. Y éste se da en una Europa donde el sectarismo antirreligioso es una realidad a la que España no es ajena.
Quienes traen nuestra Segunda República anuncian en seguida que pretenden construir un sistema de escuelas laicas, introducir el divorcio, secularizar los cementerios y hospitales o hacer de los españoles de condición religiosa, ciudadanos de segunda. Y pronto lo ponen negro sobre blanco en la Constitución. En ella se prohíbe a los religiosos la enseñanza o se abre la puerta a la expulsión de los jesuitas (art. 26); también se excluye a la Iglesia de la posibilidad de gestionar los cementerios (art. 27), o se priva a los eclesiásticos o cualquier religioso del derecho, que sí ostenta cualquier otro español, de ser candidato en unas elecciones (art. 70).
En plena discusión constitucional el diputado Rodríguez Arévalo acusa de iniquidad y sectarismo anticatólico “a algunos miembros del Gobierno”. ¿No suena esto muy actual? De hecho, hace unos días, en Badajoz, un juez ha obligado a retirar los crucifijos de las aulas donde acuden a clase dos niños porque así lo han exigido los padres y de nada han servido las protestas de otros padres que sí querían esas imágenes religiosas en las clases de sus hijos. ¿No es esto laicismo extremo?
En los años treinta era el divorcio; hoy es equiparar las uniones homosexuales al matrimonio y el consiguiente ataque a la institución de la familia –así a secas, sin el absurdo adjetivo de tradicional– Después, ya en plena guerra, la República aprueba la primera ley del aborto de la Historia de España; este año en España se han ampliado las posibilidades de este genocidio infantil. No parece, pues, que el Papa ande muy desencaminado en su recuerdo de la España de los años treinta al contemplar nuestro presente.
Pero en aquella República no eran sólo las decisiones políticas. En los años treinta se observan cambios en el ambiente, en el clima social en relación con el hecho religioso. Durante la monarquía, el catolicismo vivía una situación cómoda. Sacerdotes, obispos y religiosos en general eran personas respetadas: insultar a alguno de ellos, por ejemplo, era motivo hasta de sanción gubernativa.
La práctica religiosa –acudir a misa, a los sacramentos…– era para no pocos, y especialmente en pequeñas comunidades, un acto social: ¿cómo no se va a acudir a la misa dominical? (Conviene apuntar que, también es verdad que la práctica religiosa de muchísimos es sincera y convencida). Pero todo ello cambiará. Desde abril de 1931, ofender o incluso apedrear a un sacerdote por la calle, especialmente en barriadas populares u obreras, no es, y cada vez más, motivo de reprimenda ni, mucho menos, de sanción.
Abandonar la práctica religiosa empieza a dejar de ser, cada vez en más casos, motivo de censura por parte del resto de la sociedad, especialmente en el medio urbano. Recordemos, además, que al poco de iniciarse la República, un enfrentamiento con unos monárquicos en la madrileña calle de Alcalá termina con la quema de templos en Madrid y otras capitales. Aquella España de los treinta asiste a un proceso de secularización, o al menos una aceleración del mismo, como hasta entonces no había conocido. Y no otra cosa ha afirmado el Santo Padre.
Y acierta el Papa cuando propone como camino de encuentro entre fe y laicidad la apelación a la cultura española. Porque, en aquellos años treinta en plena Edad de Plata, si en algún ámbito el laicismo y el enfrentamiento con lo religioso fue menor tuvo lugar en el mundo intelectual. Entre los hombres de la cultura los había alejados de la fe, pero también católicos y el respeto e incluso la amistad entre ambos grupos no fue cosa rara.
Y no perdamos de vista que en esta reacción –a veces airada– de esa progresía contra las palabras de Benedicto XVI se les ha visto el plumero. Nos dicen que el Papa se ha excedido por aludir a los años treinta, o sea, a la República, al ser ésta muy laica. Curioso. Ahora resulta que no les vale su propia (y recreada) “memoria histórica”. Porque, vamos a ver, ¿no nos querían presentar la Segunda República como un régimen idílico, ejemplo de Estado de derecho democrático, y quienes se levantaron contra ella como unos rebeldes ignominiosos?
Desde esa visión, que el Papa compare la situación actual con la de entonces sería algo no digno de crítica, sino de elogio y felicidad para ellos. Cuando la alusión a la España de los treinta es considerada improcedente se reconoce implícitamente que la auténtica verdad es que aquel régimen republicano, en su proclamada laicidad, no fue tan bondadoso como nos han querido presentar ¡Qué cosas consigue el Papa!
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