19 octubre 2003

El nuevo presidente será el periodista Carlos Mesa

El Presidente de Bolivia, Gonzalo Sánchez de Lozada presenta su dimisión y huye del país incapaz de resolver la crisis

Hechos

Fue noticia el 19 de octubre de 2003.

Lecturas

Hugo Bánzar ganó las elecciones en Bolivia en 1997.

El nuevo presidente será el periodista Carlos Mesa hasta la celebración de nuevas elecciones.

19 Octubre 2003

Bolivia rota

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

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La suerte de Carlos Mesa como nuevo presidente de Bolivia no es envidiable. Este periodista sin peso político ni adscripción formal, vicepresidente desde el año pasado, ha de conducir a la nación más pobre de América continental en su peor crisis política en 20 años, tras la renuncia y huida a Miami de Gonzalo Sánchez de Lozada. En el país andino, roto por la convulsión social y el descrédito de las instituciones, se mantiene la situación que desencadenó la sangrienta revuelta que ha liquidado a un presidente represor abandonado a última hora por el Ejército y sus aliados políticos.

El moderado Mesa, investido de madrugada por el Congreso, ha anunciado una serie de propuestas pacificadoras. Una es acortar su mandato, que podía llegar constitucionalmente hasta 2007, y celebrar elecciones anticipadas; otra, promover una Asamblea Constituyente que refunde Bolivia; finalmente, convocar un referéndum vinculante sobre el proyecto de exportación de gas a EE UU, detonador de la explosión popular. Medidas todas ellas gratas a los diversos frentes de la protesta, cuyo líder más visible es el indigenista cocalero Evo Morales.

Sánchez de Lozada, un magnate educado en EE UU que utilizó su primer mandato presidencial (a mediados de los noventa) para hacer reformas liberalizadoras, había perdido progresivamente el contacto con la realidad boliviana, a la que en los últimos días caracterizaba de «compló narcosindicalista». El descontento fue atizado con la erradicación de los cultivos de coca, siguiendo el guión de Washington, y el proyecto de exportar gas por valor de 5.000 millones de dólares a California vía Chile. Doble anatema para la mayoría de los bolivianos -ocho millones en un país como dos Españas-, que todavía viven en presente la pérdida de su franja marítima en la guerra de 1879-83. Ello a pesar de que el gas es la gran esperanza de Bolivia.

El país andino progresó a partir de 1982, cuando se inició un paréntesis democrático después de siglo y medio de inestabilidad política. Y en los años noventa mantuvo un crecimiento medio de casi el 4%. Pero las recesiones vecinas y el impacto del programa contra la coca golpearon fuerte a una población que sobrevive en su mayoría con menos de 80 dólares al mes. Los ajustes presupuestarios recetados por el FMI acabaron de catalizar la ira popular.

Bolivia no ha conocido un periodo largo de progreso. Los años democráticos apenas han alterado las férreas coordenadas socioeconómicas de un país cuyas mayorías indígenas no se sienten representadas por las frecuentes componendas parlamentarias de La Paz. Necesita desesperadamente una oportunidad para crecer con una mínima armonía social, y el presidente Mesa merece un plazo de gracia y la ayuda de todos, empezando por las organizaciones que han llevado el peso de la revuelta. La otra mano fundamental debe llegar de Washington, históricamente determinante en Bolivia. Si Bush quiere contribuir a su estabilidad, debe flexibilizar sus drásticos planes contra la coca, que han miserabilizado a miles de familias, hasta que los bolivianos pongan en marcha claras alternativas económicas.

El Análisis

El fin del “Goni” y la hora de un nuevo rumbo

JF Lamata

La dimisión y huida de Gonzalo Sánchez de Lozada el 17 de octubre de 2003 marca uno de los episodios más convulsos de la historia reciente de Bolivia. Conocido como “Goni”, Sánchez de Lozada había regresado al poder tras las elecciones de 2002, derrotando por un estrecho margen a Evo Morales, líder emergente del MAS (Movimiento al Socialismo), y a otros candidatos como Manfred Reyes Villa. Su triunfo fue, en buena medida, producto de alianzas parlamentarias más que de un respaldo popular mayoritario, lo que ya anticipaba un gobierno frágil, sostenido por pactos inestables.

Su caída ha estado marcada por la llamada “Guerra del Gas”, las protestas masivas contra la intención del gobierno de exportar gas natural a Estados Unidos y México a través de puertos chilenos. En un país donde la memoria de la pérdida del litoral frente a Chile en el siglo XIX sigue viva, la decisión se percibió como una afrenta, además de la sensación de que los recursos naturales volvían a beneficiar a las élites y a compañías extranjeras. La represión brutal de las manifestaciones, que dejó decenas de muertos, terminó por hacer insostenible su permanencia en el poder y precipitó su huida a Estados Unidos, acompañado de la imagen de un presidente incapaz de escuchar el clamor de su pueblo.

El poder ha quedado ahora en manos del vicepresidente Carlos Mesa, periodista e intelectual, que asume la presidencia en un contexto de máxima tensión social. Mesa tendrá la misión de conducir una transición hasta las nuevas elecciones, aunque no está claro si logrará resistir la presión de unos movimientos sociales crecientemente radicalizados. En el horizonte ya se perfilan dos grandes corrientes: por un lado, el ascenso imparable de Evo Morales, portavoz de los sectores indígenas y campesinos; por otro, los candidatos tradicionales que aún intentan preservar el viejo orden político. Lo que está claro es que con la caída de Sánchez de Lozada se abre una nueva etapa: la Bolivia de los pactos de élite parece tocar a su fin, y emerge la Bolivia de las mayorías movilizadas que exigen un Estado diferente.

J. F. Lamata